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Ya nos despertaréis

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Partitocracia española.

Este lunes de pascua se reanuda el cancán bobo de la partitocracia española, cuyos líderes se desempeñan como los electrones en la física de partículas: sólo se materializan cuando chocan. Choco, luego existo, dice el político hispano; y allá al fondo de un átomo unas vocecillas le hacen un coro como de Minions. Podríamos abundar en la cruel metáfora y comparar masas encefálicas con masas cuánticas, pero Cristo no ha resucitado para nada.

Nada real sucederá de aquí a junio porque hace tiempo que el cálculo partidista se impuso al interés general. Y si sucede un pacto de investidura sobre la bocina, nacerá un aborto frankensteiniano que morirá por inviable a los pocos meses. España sólo tiene una salida, que es la gran coalición con Podemos opositando cuatro años y decidiendo si madura y se institucionaliza del todo o se desintegra en sectas inconciliables. La única razón de que este estadio no se haya alcanzado aún se llama Pedro Sánchez, y con ZP van ya dos líderes accidentales muy seguidos en la reciente historia del PSOE. Y luego que por qué nos pasa lo que nos pasa, Felipe.

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28 marzo, 2016 · 11:31

El péndulo de Fulano

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Instrumento para medir la alternancia política en España.

Una implacable ley del péndulo parece regir la alternancia psicológica de los liderazgos políticos en la España reciente. Al carisma solar de Felipe González le siguió la adustez hidalga de Aznar, al que Zapatero opuso su sonrisa automática, depuesta por el retraimiento celta de Rajoy. Cuya contestación más radical la ejerce el prestidigitador de masas Pablo Iglesias.

No pretendo decir que Iglesias vaya a presidir el Gobierno inmediatamente después que Rajoy, aunque del talento político de don Sánchez cabría esperar ese y prodigios aún mayores, sino que la opinión pública española sigue dominada por su vieja afición al fulanismo. Al hombre aproximadamente providencial que borre el rastro del mandamás anterior, calcinado en el ejercicio del poder, al que ansiamos perder de vista sin preguntarnos si tardaremos menos en reprobar a su sustituto. En lo que va de democracia todavía no se ha marchado de La Moncloa un solo inquilino con el prestigio en pie, más allá de que el tiempo termine redimensionando sus legados. Así vemos cómo todas las virtudes que hicieron a Rajoy deseable hasta la mayoría absoluta -la previsibilidad, la seriedad, la sensatez del gestor frente a la liquidez zapateril- son las mismas que hoy lo vuelven aborrecible, y que a su vez hacen atractivo al pirotécnico Iglesias, tan fecundo en ardides como vacío de experiencia.

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Comentario en COPE sobre este olor entrañable a corrupción

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19 febrero, 2016 · 10:42

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

La dignidad de Cataluña

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Polifonía rota por la causa.

Ayer se celebró una efeméride poco recordada, y eso que afectaba directamente al periodismo, que es el receptáculo natural de toda efeméride. Se cumplían seis años del editorial conjunto titulado ‘Por la dignidad de Cataluña’, publicado un 26 de noviembre de 2009 y suscrito por doce periódicos con sede en Cataluña

He releído la pieza con atención. «Hay preocupación en Catalunya y es preciso que toda España lo sepa», encabezaba el editorial uno de sus párrafos de prosa calculadísima, a un tiempo templada y pasional. Se trata de una cumbre del género florentino: esa sutil presión que carga la llamada a la conciliación con la advertencia de la represalia. No era un editorial de periódico sino de nación, y el hecho de que en Madrid causara escándalo y orgullo en Cataluña ya auguraba una divergencia irreductible: un periódico madrileño aspira a revelar algo que haga daño al Gobierno, aunque en el peor de los casos sea mentira, mientras que un periódico catalán propende al control de daños de su Generalitat, aunque en el mejor de los casos el daño lo inflija la verdad. Esto solo sucede cuando el oficio, cuya única causa ha de ser la información, abraza con desarmante naturalidad una causa alternativa que juzga superior, y que Jordi Pujol -el editorialista mayor de Cataluña- sintetizó en la expresión «hacer país». Ahora bien: cuando los colegas catalanes deciden hacer país no a través de la ocultación sino precisamente de la transparencia, como hizo ‘La Vanguardia’ cuando filtró la crispada reunión de los pretorianos de Mas, hay que reconocer que logran una repercusión inalcanzable Ebro abajo.

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27 noviembre, 2015 · 10:18

El Sísifo de Parla

He sido yo.

He sido yo.

El periodismo es contar que Pedro Sánchez ha expulsado del PSOE a Tomás Gómez a personas que se preguntaban por qué Tomás Gómez seguía aspirando a la presidencia de la Comunidad de Madrid. Con este tajo gallardo logra Sánchez su primera credibilidad en el papel de regenerador político, porque la voluntad de limpieza se demuestra con los trapos sucios de casa, no con los del vecino.

Gómez tenía la cabeza sobre la vía del tren de la imputación, con estación de partida en Parla, donde el purgado fue alcalde entre 1999 y 2008. Ahora sabemos que la Fiscalía y la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal -¿qué coño es la UDEF?- advierten «hecho criminoso» en el sobrecoste de 41 millones de euros por los trabajos de construcción de aquella infraestructura que el munificente Gómez, por entonces el regidor socialista más votado de España, consideró indispensable para la movilidad de los parleños. Esta mañana Tomás Gómez se convirtió en el candidato más botado.

En octubre de 2008, el hombre que fantaseó con remedar al invictus Mandela frente a la rubia Aguirre me confesó en una entrevista que dormía cinco horas diarias porque su cuerpo no necesitaba más, y que se levantaba pensando qué haría si fuera presidente, «porque tengo cabeza de gobierno, no de oposición: he gobernado siempre». Le daba un aire exótico su nacimiento en los Países Bajos y su pasión por el gimnasio y la decoración minimalista. Se presentaba como un pragmático, un economista pulcro que quería llevar al viejo PSM a los umbrales modernos de la socialdemocracia nórdica frente al peculiar liberalismo castizo de Esperanza. Pero tras cada derrota electoral se levantaba de la lona un poco más escorado a la izquierda, con frecuentes excursiones en la demagogia más empinada, y ya últimamente veía una grabadora y se desataba el nudo de la corbata para estar más cómodo. Su acusación al ministro Alonso, a cuenta de la hepatitis C, de querer discriminar al que vive o al que muere en función de la cartera no figurará en la antología universal del matiz.

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El aznarismo no muere, solamente se transforma

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Era tan difícil competir en regeneración moral con la foto entre Pep Guardiola y el papa Francisco que el Congreso, esta mañana, acabó directamente votando a favor de ir a la guerra.

De acuerdo: es una guerra bendita por todos los organismos internacionales, con sus cartas de la ONU en regla y su villano probado en forma de Estado Islámico, cuyas cabezas cortadas son bastante más visibles que las armas de destrucción masiva. Pero al observador formado en la bullanga antibelicista de 2003 no deja de resultarle curioso que el envío de 300 soldados españoles a Irak –en principio la moción lo tenía todo para perder pelos en la gatera indignada del trending topic: soldados, españoles, Irak– genere tamaña indiferencia en sus señorías, en los propios reporteros y en la opinión pública hecha carne en las tertulias, donde a cambio la pitanza la ponían nombres de lo más doméstico como Acebes, Rato, Montoro, Wert o Duran. Cada uno por lo suyo.

Me fumé el pleno de presupuestos en la firme convicción de que el alivio así causado a mis hipotéticos lectores primaba sobre su derecho a la información. Pero cuando llegué al hemiciclo para el debate guerrero, el saurio Montoro seguía allí. O quizá era su doble, una suerte de dron parlamentario que don Cristóbal envió al cumplirse las 24 horas desde que empezara a desgranar optimismo económico. Para entonces las entendederas del hemiciclo estaban tan estragadas que Montoro se permitió un experimento del que nadie tomó nota, excepto este cronista servidor de ustedes: en medio de un murmullo de intensidad constante que equiparaba la Cámara Baja a la sobremesa de cualquier mesón en sábado, el ministro más odiado se permitió un colofón que a primera hora del martes habría desatado una lluvia de zapatos:

–La desigualdad es intolerable. Me preocupan especialmente nuestros jóvenes, que merecen un horizonte de esperanza con independencia de su origen social, del mismo modo que nuestros mayores tienen garantizadas las pensiones…

¿Qué dicen ustedes que ocurrió entonces? ¿Cómo creen que la oposición recibió semejantes provocaciones? Con la nada, señores. Con la indiferencia más oceánica. Para entonces la única manera que habría tenido Montoro de recuperar la atención de nuestros representantes y de la prensa habría sido pormenorizar los conceptos tailandeses en que Arturo o Iranzo o cualquier otro de los men in black desglosó su noche más loca.

Toda la atención que no se dispensaba al hemiciclo la atraía en los pasillos la expectativa de un canutazo inverosímil de Rajoy, para ver si se avenía a nombrar “la persona por la que usted pregunta”, o de Soraya, que había dedicado diez conspirativos minutos a reunirse con Duran Lleida, felón de la voluntad del poble y aliado en ciernes de la estrategia gubernamental para dividir el voto nacionalista. Pero don Mariano y la vice pasaron delante de nosotros, de nuestras libretas y de nuestros micros como el agua transcurre sobre la piedra.

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Elegía mortal y rosa por el diario La Gaceta

El periódico La Gaceta no llegará mañana a los quioscos. Hace ya tiempo que llegaba a ellos anémica de páginas y de razones, y solo a los de Madrid, aunque eso no se decía para que la gente siguiera pensando que era un diario de tirada nacional. La Gaceta no expira sino que a su cadáver le retiran piadosamente el respirador artificial, tan artificial como los delirios de grandeza de la dirección del grupo Intereconomía que la había comprado en septiembre de 2009 con la tartarinesca idea de construir una PRISA –qué risa– de derechas contra Zapatero. Y sí, claro, por qué no, vamos a ello y a lo que haga falta mientras la nómina entre con religiosa puntualidad. Si limpia, fija y da esplendor es el lema de la Academia, dame pan y llámame tonto es el del periodismo real.

En realidad, La Gaceta fue primero La Gaceta de los Negocios, periódico económico fundado en 1989 que llegó a pelear con Expansión y Cinco Días por el liderazgo en el sector salmón. Yo me incorporé a ella en febrero de 2008, siendo su director José María García Hoz, que leyó un par de artículos míos en un diario local donde curraba y me hizo un contrato como no me lo hará nadie, supongo, ya. Un año y poco después le estaba haciendo una huelga porque aquella Gaceta también iba a pique y necesitó de un ERE en el que salían amigos. Descubría uno el sindicalismo solidario, no ideológico, aunque supongo que el segundo no es más que la continuación cancerosa del primero en el mismo tejido de la complicidad laboral, páginas, langostinos y petacas escondidas tras el monitor en aquella primera Gaceta mía de iniciación y locura.

De algún modo Intereconomía nos salvó y nos trajo a Castellana desde el polígono de Alcobendas en donde penábamos, y aquello estaba lleno de tías buenas y de ideología, no necesariamente solapadas, y disfrutamos de todo ello con sacerdotal aplicación. Zapatero, con su delirante día a día, regaba de espuma pavloviana los titulares tonantes de Dávila (las querellas de mañana). Al compartir la redacción con las chicas de la tele –creo que había varones también, ahora no estoy seguro–, cada jornada equivalía a preparar un examen puritano de Historia Americana y a arreglarse luego para el baile de graduación.

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26 diciembre, 2013 · 15:37

El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53