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El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53

Salvad el Senado

Del legado político de Zapatero nos acordamos a diario, pero nos acordamos especialmente en días como ayer en que se celebró un pleno del Senado. Zapatero fue una vez al Senado y lo vio tan tristemente hueco que quiso llenarlo de contenido, y pudiendo llenar aquel vacío con las motos acrobáticas de Red-Bull o los animosos leones marinos del Zoo Aquarium, eligió llenar la Cámara Alta de provectos senadores cabreándose a lo largo de prolongadísimas sesiones parlamentarias convenientemente televisadas, a ver si así los tertulianos dejaban de cacarear que el Senado no sirve para nada y que hay que suprimirlo, con el dramático coste que tan bárbara decisión depararía a las arcas del Estado, obligado a subvenir los internamientos de sus senatoriales señorías en lujosos asilos repartidos por las 17 autonomías. Porque en algún sitio habrá que meter a los senadores si el Senado chapa, oigan.

Pero pese a las proverbiales buenas intenciones de Zapatero, que nadie se atreverá a discutir, el Senado no ha logrado equipararse al Congreso en interés mediático, no digamos ya en interés ciudadano. No hace mucho, cuando los esforzados quincemistas luchaban por la democracia en los alrededores de la Cámara Baja -bien que prefiriendo enseñar las tetas a recitar capítulos de Montesquieu, pero ése es otro tema-, los senadores contemplaban en sus tabletas aquellas vistosas cargas policiales y les acometía una envidia cainita:

—¡Míralos! ¡Siempre igual! Asaltemos el Congreso, asaltemos el Congreso… ¿Y el Senado, qué? ¿Quién se acuerda del Senado? —se lamentarían por entonces los senadores en límpido castellano, sin necesidad alguna de pinganillo autonómico para entenderse.

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5 junio, 2013 · 11:59