
Si la final del Mundial de 2030 se termina jugando en Casablanca, como hoy parece probable, habrá que reconocer que la invasión de Ceuta en 2026 fue el comienzo de una gran amistad. Al fin y al cabo toda amistad tiene algo de invasión en el corazón de un desconocido, si nos ponemos cursis, y España y Marruecos sellaron su vínculo más íntimo en aquellos románticos días de reyerta, choza, sarna, gas pimienta y hachís. «Siempre nos quedará la playa del Trampolín», suspirarán algún día los retornados. Si es que retornan algún día.













