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La revolución inmóvil

La perfección irritante de Obama creó a Trump, porque la gente normal contrae rencor contra todo ideal impuesto y no propuesto. Y la imperfección irritante de Trump ha devuelto el obamismo a los americanos en la figura de Biden. Ambos movimientos de flujo y reflujo operan sobre el mismo elemento bilioso: la irritación, que es el líquido vital de nuestro tiempo. Los políticos populistas la atizan para llegar al poder, la siguen atizando para mantenerse en él y no dejan de atizarla desesperadamente hasta que cae el telón.

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9 noviembre, 2020 · 21:09

La extremeña legalidad del ‘Renferéndum’

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Hecho diferencial.

A falta de presidente, que convalecía en Washington de lo suyo con Trump, habló la vicepresidenta, que quiso asemejarse al Macron que cargó contra el nacionalpopulismo en la Sorbona. Mientras dura la crisis catalana, Albert Rivera ha decidido atinadamente hacer oposición a fuerza de extremar la lealtad, así que le preguntó a Sáenz de Santamaría cómo defender mejor y más juntos aún la democracia. Cortesía de aliado que Soraya no desaprovechó. Desgranó principios elementales del Derecho con unción de opositora, pero en un hemiciclo donde la adolescencia jurídica copa un tercio de los escaños sus palabras caían como la orina en el pantalón, según la fluida metáfora que el presidente Lyndon Johnson formuló al oído de Galbraith: «¿No has pensado nunca, Ken, que hacer un discurso sobre economía se parece mucho a mearte encima? Uno nota el calor, pero nadie más se da cuenta». Quien dice economía dice la Constitución.

Esta vez el monólogo de Gaby -que para ejecutarlo ya se arremanga la chaqueta como los aspirantes más ortodoxos del Club de la Comedia- consistió en reivindicar la independencia de Castilla. Cosechó sonoros golpes de platillo demagógico, como cuando le propuso a Zoido redirigir los barcos de policías a salvar pateras en el Mediterráneo. O cuando improvisó una honda elegía por el robo de su país, que según Rufián se produjo hace 80 años y nadie lo ha visto desde entonces. Cómo vamos a encontrar las urnas si la propia Cataluña no ha aparecido todavía. ¿Habrá mirado bien el ministro en objetos perdidos? ¿No estará Cataluña muerta de risa en una consigna de la estación de Sants, esperando a que la encuentre un funcionario de Adif, y problema resuelto? ¿Y no es posible que en el mismo recóndito lugar encontremos otras cosas extraviadas de incalculable valor, tales como la célebre mayoría silenciosa, el sentido del ridículo del señor Rufián o la careta de partido español que se quitó Podemos?

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27 septiembre, 2017 · 15:08

¿DT se hace la rubia?

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De la limusina a ídolo del pueblo sin pisar el suelo.

A su rubia majestad Donald Trump (D. T.) no le gusta Sadiq Khan, el alcalde musulmán de Londres, quizá porque no logra juzgarlo como alcalde sino sólo como musulmán. Pero no es don Donald tan rubio como para expresar su prejuicio abiertamente, y por eso recurre a un entrañable sofisma:

-¡Al menos siete muertos y 48 heridos en un ataque terrorista y el alcalde de Londres dice que «no hay razón para alarmarse»!

Donde la relación causa-efecto ha sido tergiversada para presentar a Khan como un frívolo, o peor, como un cómplice espiritual inconfeso de los terroristas. La verdad, o sea, el hecho previo a la posverdad descrita en el tuit, obliga a reconocer que los llamamientos de Khan a la calma no obedecían al comprensible pánico desatado por los ataques, sino al despliegue policial con que el propio alcalde reaccionó al terror yihadista. La clase de reacción de cualquier gobernante responsable en parecida tesitura, rece a Alá, a Dios o a Richard Dawkins: contestar a la amenaza aumentando la seguridad y al mismo tiempo explicar la medida extraordinaria a la población, a la que se toma por adulta.

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5 junio, 2017 · 11:49

Trump, el superniño

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Trumpismo a partir de 5 años.

Trump dejará de ser noticia cuando empiece a comportarse como un adulto. Cuando se convierta en el perro que muerde niños y supere el niño grande y platino que muerde perros tan reputados como la CIA, el FBI o la prensa. No será la justicia federal la que acabe con Trump, sino la justicia poética: la televisión lo construyó y la televisión lo destruirá el día que se comporte como un presidente de EEUU. Entonces llamará la atención de los medios por haberse normalizado, y el ciclo de la vida, en su caso tan remolón, se habrá cumplido.

Pero mientras forcejea con la adolescencia, Trump sirve como rutilante escaparate del infantilismo que hoy define la sociedad occidental. Si Nietzsche pronosticó el advenimiento del superhombre en el siglo XX, al XXI solo podría diagnosticarle la hegemonía del superniño. Así, el superniño Donnie anuncia que por primera vez desde 1921 el presidente no acudirá a la cena de corresponsales porque en una edición anterior se metieron con él, le hicieron pupa. El pretexto oficial no es más elaborado: no va porque la prensa es el «enemigo del pueblo»; de un pueblo que él encarna perfectamente. Pero he aquí que la flauta del burro tuitero emite el sonido casual de una verdad. Porque si por pueblo entendemos el populoso orgullo de la ignorancia y la red victoriosa del prejuicio sobre el hecho, entonces la prensa debe ser su enemigo jurado, por supuesto. Y si se queda sin lectores, habrá muerto con ilustrada dignidad.

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27 febrero, 2017 · 12:53

Posesión en Washington

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El presidente, haciendo política.

Todos intuimos que la toma de posesión de Trump resulta especialmente posesiva. Pese a que tomar posesión parece un sintagma redundante al estilo de comer comida, si alguien puede tomar y poseer sin empacharse es DT, que hoy realiza el prodigio de consumar la gran hipérbole: presidir Estados Unidos. Si las lágrimas de Chuck Norris curan el cáncer -lástima que no haya llorado nunca-, ¿por qué Donald no iba a ser capaz ahora de revertir la globalización sin dejar de tuitear?

A Trump sus votantes le han encomendado una tarea mitológica porque él mismo se ha presentado como un Hércules. Lo ha advertido Hughes: en Trump hay algo de avatar de Hulk Hogan, una agresividad más paródica que real. Su advenimiento inaugura una edad en que la respetable frontera entre farsa televisiva y política imperial se vuelve porosa, de modo que los críticos de televisión a partir de ahora están tan legitimados para enjuiciar a Trump como los analistas geopolíticos. Como el efecto de la porosidad es por definición bidireccional, el lenguaje de la telerrealidad modelará la realidad misma, pero también el ojo crítico terminará acostumbrándose a descontar los esteroides retóricos de las posturitas del presidente-forzudo. El trumpismo no es un fascismo, ni siquiera es de derechas: no es mucho más que la apoteosis del zasca. Por eso causan cierta lástima los nostálgicos de los buenos viejos tiempos, largamente confinados en las catacumbas de la incorrección política, a cuyo cándido corazón hoy llega el calor de la revancha viendo al astuto Donald ceñir la corona. La suya es la euforia del feo que cree haber ligado con la bella puta contratada por unos amigos piadosos.

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20 enero, 2017 · 10:54

Y Trump es su profeta

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El pesebre de Belén resulta que estaba en la Torre Trump.

Ya que nos pronostican la caída del Imperio Romano habrá que releer a quien la contó primero. Gibbon pensaba que el declive de las civilizaciones viene anunciado por el de las religiones, que en Roma cumplían papeles distintos según el observador: el pueblo creía que todas eran verdaderas, el filósofo que eran todas falsas y el político que eran todas útiles. Muerto Dios y amenazado el humanismo, nace la última superstición de Occidente: el culto a la sociedad, que se deifica a sí misma en el altar de la tecnología. A esta eucaristía cotidiana que convierte el pan duro del precariado en cuerpo revolucionario los nuevos sacerdotes la llaman empoderamiento. Salid a las redes, apóstoles del clic, y difundid por todo el mundo el evangelio populista.

También el cristianismo nació como una religión de pobres contra el politeísmo de los ricos y acabó convenciendo a Constantino. Desde el pasado martes tenemos un emperador que ya profesa la fe rabiosamente verdadera. ¿Cómo pudo suceder? No hay historia más vieja. Tampoco ahora los bárbaros provienen del otro lado del muro, sino de las catacumbas del propio imperio. Tenía que ser un rabino, el agudo Jonathan Sacks, quien esclareciera la entraña religiosa del fenómeno populista. Dice Sacks que el individuo occidental ha externalizado su conciencia. Ha transferido todas sus competencias al Estado y al mercado. Y durante medio siglo el demoliberalismo cumplió el contrato. Pero también generó una expectativa de prosperidad constante que la globalización y la digitalización han quebrado. Para entonces, el individuo se encuentra tan infantilizado que ya no sabe gobernarse a sí mismo, ni corresponsabilizarse de ningún fracaso. Antes al contrario: se vuelca en la cultura de la queja, cuya última estación es la patada al sistema y el aplauso pavloviano al último oportunista televisivo. Su reacción no es cerebral sino visceral, abonada por la nostalgia de una triple pérdida: de poder adquisitivo, pero también de poder identitario en una sociedad plural y de poder lingüístico bajo la asfixia de la corrección política. Nuestro individuo está acostumbrado a esperar de la política lo que sólo la magia puede dar, pero nunca falta en esta vida un homeópata elocuente. Hay magos de extrema derecha, que prometen regresar a una edad dorada que nunca existió. Y hay magos de extrema izquierda, que sacrifican la vida (de los otros) a un futuro utópico que nunca existirá.

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11 noviembre, 2016 · 12:32