
Patria.
Ha cometido Isabel García Tejerina el peor error que un político posmoderno puede cometer: decir la verdad. O al menos acercarse demasiado sin el debido látex retórico. Fascina la ingenuidad de Tejerina cuando a diario se prenden hogueras digitales bajo el culo de los columnistas que contravienen la omertá identitaria, sea de género, de clase o de leso terruño. Reconocer en televisión la brecha documentada entre alumnos andaluces y castellanos: a quién se le ocurre. Y encima una del PP, con fama de elegante en las revistas y cuenta corriente muy saneada: la clasista perfecta. A Susana Díaz le faltó tiempo para envolverse en la túnica solemne de Blas Infante, padre de la insultada patria andaluza, humilde pero digna, doblada pero no partida. Oféndete y vencerás.
Como yo no me presento a las elecciones, ni mi futuro depende de la explotación clientelar del victimismo, ensayaré algunos pensamientos libres. Por ejemplo que Andalucía no existe, sino solo los andaluces. Y que los segundos, los individuos concretos, llevan demasiado tiempo siendo víctimas de la primera, la coartada abstracta que siempre se convierte, según Johnson, en el último refugio de los canallas. Los electores andaluces deberían ser los primeros en exigir de sus representantes el amor sincero de la reforma y no el gemido reaccionario de la santa tierra. Como si la tierra no fuera, efectivamente, de quien la trabaja. Y los exámenes de quien los estudia.

Cuando las cosas se ponen feas, Pedro Sánchez se sube a un avión y pone tierra de por medio. Como la fealdad de las cosas es el estado por defecto de este Gobierno incongruente y ficticio, Sánchez se pasa la vida subido al avión de Estado, aparato que le brinda la cálida sensación de poder que el Parlamento le niega, razón de que planeara saltárselo como querría saltarse el Supremo. Al fin y al cabo, ¿qué es un magistrado visto desde las alturas más que una mota negra con puñetas? ¿Qué es la oposición más que una falange obstruccionista a juicio de los editoriales de progreso? Si una ardilla podía cruzar España saltando de árbol en árbol, a ver por qué el aéreo Sánchez no va a poder gobernar España sin bajarse del Falcon. El suelo es para los mortales, y los escaños están sobrevalorados cuando te descubres en la foto ayer con Trudeau, hoy con Trump y mañana en Cuba. No está nada mal para un concejal ágrafo reconvertido en un laboratorio de Industria al que, como susurra un diputado susanista, «se le nota que nunca tuvo que hablar demasiado para ligar». Para qué dar explicaciones si puedes volar gratis.










