La ministra de Educación es un libro abierto sobre el ayer y el hoy del PSOE. Mientras trabajó para Fernando Buesa y Ramón Jáuregui, se reveló como una aguerrida defensora de la enseñanza trilingüe en el País Vasco. Y cuando llegó a consejera, introdujo los testimonios de las víctimas de ETA en las aulas. Era una Celaá tan constitucionalista que fue distinguida con ataques abertzales al grito de maketa. Lo tenía todo para pasar a los anales como una socialdemócrata decente. Pero entonces la llamó Sánchez.
Unos citan a Hannah Arendt y otros a Aída, pero no la de Verdi sino la de Carmen Machi. «Ahora nos toca a nosotros», amenaza Adriana Lastra, portavoz de la generación de Carmen Calvo según su mágico concepto del tiempo. Tan mágico como su concepto del espacio, un espacio político en el que Otegi y Rufián son los aliados naturales del socialismo obrero español, a pesar de que ETA mataba socialistas y a pesar de que la sedición planeada y ejecutada por ERC perseguía liquidar los derechos de los obreros castellanoparlantes de Cataluña. Pero así es el pensamiento mágico de doña Adriana.
La misión de Inés Arrimadas se parece a la de Bruce Willis en Armageddon. Lleva meses tratando de perforar el meteorito Frankenstein que se dirige contra la democracia de 1978. Si Arrimadas logra filtrarse hasta el núcleo rocoso del sectarismo y reventarlo desde dentro con la única arma de la igualdad -del derecho a existir del otro-, la Constitución podrá tener una segunda oportunidad sobre la tierra. Lamentablemente, esta película la ha escrito el guionista y crítico Pablo Iglesias y la produce y dirige Pedro Sánchez. A estas alturas del drama ya sabemos que Moncloa sabotea el taladro de Ciudadanos para que no pueda desviar la trayectoria cainita del meteorito.
Tú, militante socialista, tenías ganado el derecho de leer a Chaves Nogales con orgullo de estirpe. Felipe dio continuidad al sueño roto del periodista sevillano. Pero has perdido el derecho a sentirte su heredero. Te lo ha quitado Sánchez, que nunca hizo una tesis, al servicio de Iglesias, que escribió la suya sobre la kale borroka. En la obra completa de Chaves que acaba de publicar Libros del Asteroide puedes leer: «Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos». Lo escribió desde el exilio. ¿Vas a exiliarte tú de tu sigla corrompida para poder permitirte el mismo lujo?
Hasta la irrupción de María Jesús Montero en la escena política, todos pensábamos que el euskera era la única lengua no indoeuropea que se hablaba en España. Hoy sabemos que a nuestro ya complicado mapa idiomático debemos añadir un nueva riqueza: el monterés. Se trata de una variante dialectal de un solo hablante conocido que además ocupa el Ministerio de Hacienda y la portavocía del Gobierno.
Como solo lo habla ella, nadie más puede entenderla. Pero no por eso deja de aplaudirla la bancada socialista, que en la tarde de este miércoles pasó verdaderos apuros tratando de identificar el momento propicio para batir palmas en medio de semejante hemorragia agramatical, burbujeante puchero de anacolutos, agresiones al diccionario, luxaciones fonéticas y homenajes involuntarios a la parla de los sioux. Algo así es el monterés. María ¡Jau! Montero, tesoro de la etnografía.
Querido diario. Incluso después de otra victoria parlamentaria me gustas más tú que el diario de sesiones. ¿A quién le importan aún las palabras que se digan en el Congreso? En ese lugar decadente yo solo veo tipos que anhelan mi puesto y no pueden tenerlo. Cuánta vanidad. Discursos, aplausos, redes sociales: bah. Al final solo cuenta el número de lucecitas verdes. Me llaman cínico, pero te juro que yo me veo como el único honesto. El único que no disimula que solo importa el poder, no la política. Mira que he combatido a Franco, pero tenía razón: cuanto menos me meta en política, mejor.
El rostro de Illa iba contrayéndose de amargura, el gesto exacto de una mujer maltratada, a medida que leía los furibundos mensajes de Sánchez en su móvil. Ocurrió en plena comparecencia en el Congreso. El tribunal madrileño había dejado en ridículo a Caligulín, afeándole los meses de televisión y vacaciones sin actualizar la legislación sanitaria, pero el culpable debía ser el ministro usado como ariete contra la aldea gala de Ayuso. Y Salvador, un buen hombre en el puesto equivocado, bajó la cabeza, se tragó la culpa y acató la orden de redoblar la ofensiva.
¿Por qué? Se comprende que Lastra y sus tuiteros con escaño se aferren al sanchismo, ¿pero qué lleva a gente con estudios –Calviño, Escrivá, el propio Illa- a compartir carrera con las mañas despóticas de un plagiario hortera que no vale ni para leer el teleprónter, por no hablar de la obediencia jerárquica a un fan del castrismo al borde de la imputación? ¿Por qué Campo o Marlaska participan abducidos en la degradación de su antiguo prestigio? ¿Merece la pena figurar para los restos en la orla del equipo que destruyó España para una década? Yo el chantaje lo puedo entender, una pistola en la sien, el secuestro de tus hijas; pero el éxito intimidatorio de los acomplejados que se transforman en maltratadores no me cabe en la cabeza.
Todos terminamos por descubrir que la cursilería es el reverso de la brutalidad. Unos lo aprenden del daño de una relación tóxica, otros son capaces de escarmentar por delegación en los personajes de una novela o película y al resto nos los enseñó José Luis Rodríguez Zapatero. De las legislaturas de ese hombre accidental, sonriente y corrosivo los españoles salimos más pobres, inseguros y rencorosos. Pero al menos desarrollamosun asco insuperable a las buenas intenciones. Zapatero vendía talante mientras fabricaba revanchismo histórico y tejía cordones sanitarios. Prometió la paz la víspera de que reventara la T-4. En 2006 juró en EL MUNDO: «En diez años Cataluña estará más integrada». Se proclamó rojo pero infló la burbuja e indultó a un banquero. Anunció que España jugaría la Champions de la economía y acabó rebanando el Estado del bienestar como ningún neoliberal antes. Cuanto más cursi era su propósito, más violencia generaba el resultado. En los años más duros de la recesión llegamos a desear que nos gobernasen sus hijas, porque el gótico no engaña a nadie.