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Cómo acabar de una vez con el columnismo

Si algo me ha enseñado Twitter es que la gente sigue consumiendo columnas. Algo tendrán para ser el único género periodístico con lectores en mitad de esta crisis de paradigma que a paso ligero va cerrando la analogía gremial entre periodistas y zurcidores de pergamino previos a Juan Gutenberg. Minutos después de la hecatombre nuclear propiciada por los cohetitos de Kim Jong-un, alguien glosará la noticia en una columna más o menos chispeante y su link circulará por la Red. Quizá ya nadie pague por él –el autor se sustentará de yerbas, como el sabio de Calderón–, pero leerán el texto entero y no su mero titular.

Eso será porque la columna verdaderamente causa una elevación del periodismo hasta la literatura o quizá una rebaja de esta al ras de la opinión pública. La columna es un pacto del estilo con la actualidad, y mientras su disfrute siga vigente no se extinguirá del todo la áurea edad del humanismo, pese a todas las decadencias bárbaras que nos acechan, con la telerrealidad, la disciplina de voto y los días mundiales contra la obesidad infantil a la cabeza.

El aserto de Umbral según el cual la mejor literatura de los años ochenta y noventa –fruto de la libertad expresiva detonada en la Transición con el fin de la censura– se hacía en los periódicos acaso denigra la calidad de aquella literatura mucho antes que enaltece la de aquel columnismo. Umbral debía saber que su frase solo ganaría veracidad aplicada a los años en activo de articulistas realmente imbatibles como Mariano de Cavia, Azorín, Julio Camba, Josep Pla, Gaziel, Manuel Chaves Nogales, Agustín de Foxá, José María Pemán, Corpus Barga, Wenceslao Fernández Flórez y, clavado sobre todos ellos en la cruz de guía del oficio, César González Ruano, en cuyo celebrado obituario resumió Jaime Campmany el don de éxito y la condena de caducidad que marcan la vocación del columnista: “César escribió para hoy, sólo para hoy. ¡Qué estúpidos los que dicen escribir para la posteridad! Y escriben las cosas obvias, las cosas que se repiten eternamente, sólo porque cada año nacen nuevos ignorantes que las desconocen. Lo mejor que se puede hacer por César es escribir para hoy, con una fétida rosa niña en el ojal de la solapa, en un papel que mañana estará marchito, y dejarse el alma en cada artículo. Y mañana, Dios dirá. Se compra uno un alma nueva, o se roba, o se alquila o se inventa, o se la pide uno prestada a un amigo. Y se escribe uno otro artículo, o dos, o tres. Y a firmar y a cobrar”.

Lo de cobrar no deja de ser una provocación en estos tiempos, pero ya decía el doctor Johnson, en máxima muy aplaudida por Pla: “No man but a blockhead never wrote, except for money”. Precisamente son los rápidos ingresos del periodismo los que han atraído siempre a los escritores menesterosos –valga el pleonasmo–, decantando de aquel fructífero intrusismo la canonización literaria de la columna, aunque a críticos tan exquisitos como Cyril Connolly el precio a pagar le parecía demasiado elevado: “Nada envejece tan rápido como la candente actualidad, y en el periodismo no hay nada más valioso que ella. El escritor que se dedica al periodismo abandona el tempo lento de la literatura por otro más rápido, y ese cambio le perjudicará. Gradualmente la ligereza del periodismo se convertirá en un hábito, y el placer de ser pagado a toca teja y, más especialmente, de ser alabado del mismo modo, llega a hacerse indispensable. Y no obstante, del admirable periodismo que ha aparecido en los semanarios literarios, ¡cuán poco resiste la reimpresión!”.

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Larra, Ruano, Ramón y Umbral. (Ilustración: Ulises)

Cuando en España se trata sobre columnismo literario, las mentes mejor intencionadas aún prorrumpen en el patriarcado omnipresente de Francisco Umbral, y con razón. Pero Umbral es un enano –muy dotado para la publicidad de sí mismo, lo que también es un talento– subido a los hombres de un gigante como Ruano, quien a su vez se subía a los hombros de Ramón, que estaba encaramado sobre Larra y con el otro pie en el bullicio de las vanguardias, y así sucesivamente porque nadie es el Adán literario, como sentenció Rubén Darío. En todo caso Umbral predicó con la autoconciencia de ningún otro el evangelio necesario de la columna y ahormó un estilo propio tan seductor, tan brillante, que por un momento se volvió peligrosamente hegemónico. Sus epígonos han proliferado en camadas bastardas imitando el sonajero y no la letra, aprendiendo una concreta técnica de ordenar modismos en una frase, como si umbralear fuera la única actitud decorosa puestos en el grave trance de teclear una columna. Esta es la manera en que Umbral ha estado a punto de acabar de una vez por todas con el columnismo, porque la personalidad es todo lo que tiene el columnista y el estilo es el hombre, nunca su escuela.

Ajenas a la preceptiva umbraliana se alzaron ciertamente poderosas alternativas de dispar ideología como José-Miguel Ullán, Manuel Alcántara –que vive, oigan, y aún escribe a diario sin repetirse–, Rafael García Serrano o el propio Campmany. En la siguiente generación encontramos a las firmas que hoy retienen el menguante prestigio del oficio –de Manuel Vicent a Raúl del Pozo, de Federico Jiménez Losantos a Arcadi Espada, de Ignacio Ruiz Quintano a David Gistau– y hablamos de la columna de rango estético, no de la tribuna confidencialísima o de la coima al ex político a duras penas alfabetizado. Me detendré un momento en Ruiz Quintano y Gistau y no porque sean mis amigos, que también. Afectos aparte, me parece evidente que Ruiz Quintano encarna la estirpe viva del ABC legendario, y a cada artículo suyo hoy sigue afluyendo la prodigiosa memoria de un lector exquisito y la prosa esencial de un maestro al que se le ha revelado la alquimia entre casticismo e ilustración. Gistau, por su parte, ha renovado el enrarecido parque de metáforas del articulismo patrio abriéndolo a las corrientes de la cultura pop, y le asiste el envidiable don de concitar el asentimiento a su observación, que nunca es tópica, encauzada por un fraseo largo, matizado, irreverente. La gracia de Rosa Belmonte o la insolencia de Carmen Rigalt sostienen igualmente este género ya sin género, pero si en este país se tuviera memoria y dinero para reeditar se podría disertar sobre columnismo femenino pionero de la mano firme de Sofía Casanova, Concha Espina o Carmen de Burgos, por no recurrir ya a doña Emilia Pardo Bazán.

El diario El País hizo lo que pudo por erradicar el columnismo en España subordinando cualquier veleidad literaria a la autoridad informativa de su mancheta, y así aligeró de columnas el periódico como el marido que somete a su oronda esposa a una liposucción, ignorando el viejo aforismo según el cual cuanta más masa, mejor se pasa. El País se convirtió en un periódico aburrido excepto en sus partes menos afectadas por la fatwa objetivista: crónicas de corresponsales, críticas de cine –territorio en el que hoy brilla el malvado Luis Martínez, de El Mundo–, crónica deportiva o taurina, géneros que merecerían artículo aparte. El desastre se consolidó cuando otros periódicos y sobre todo las facultades del oxímoron académico –ciencias de la información– abrazaron la nueva doctrina. La decadencia de la lectura como alternativa de ocio y la ruina de la educación nacional hicieron el resto, no sin cierto entusiasmo.

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

El autor y David Gistau durante una velada de boxeo en el Metropolitano, septiembre de 2012. (Foto: Ignacio Ruiz Quintano)

Pero cuando parecía que la Logse y Apple iban a terminar de una vez por todas con el columnismo, he aquí que comparecen algunos novísimos empeñados en alargar la agonía del arte de Camba y Ruano. Sus dos mejores adalides actualmente son Manuel Jabois, llamado a Madrid desde Pontevedra para marcar una época en El Mundo, y un valenciano que se hace llamar Hughes y escribe en el ABC con la misma cadencia lírica y nunca igual con que llegan a la playa las olas sensuales del Mediterráneo. Jabois, agraciado con una imaginación celta capaz de alumbrar sagas y el descaro necesario para hibridar géneros sin permiso, domina la paradoja y la ironía con la novedad de los maestros, a los que tiene metabolizados por formación y por naturaleza. Hughes poetiza el tema más banal con la osadía vanguardista de un Giménez Caballero, revolviéndolo en espirales de humor hasta que borra todos los límites entre lo sólido y lo líquido, entre seriedad y levedad. De ellos es el futuro, si la crisis y Kim Jong-un respetan finalmente la vida de sus lectores.

(Revista Leer, número 242, Mayo 2013)

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Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

Cuando Verne anticipó el terrorismo contemporáneo

[Ayer, viernes 19 de abril, se presentó el tercer número impreso de Jot Down en la librería Tipos Infames de Madrid. Dicho número acoge generosamente este ensayo sobre la debilidad literaria y la fortaleza ficcional de Julio Verne, una de cuyas anticipaciones más originales -piensa uno- no fue otra que el terrorismo contemporáneo. Lo reproduzco aquí ahora por si sirviera para abrir un apetito más amplio de esta golosina]

Estaremos todos de acuerdo en que Julio Verne no es un gran escritor, un artista inmortal. El artista inmortal debe legar algo de su peculiar talento al arte que eligió practicar, alterando para siempre su decurso en alguna exquisita medida, hacia algún caprichoso meandro. Verne no inventó el estilo indirecto libre ni el monólogo interior, ni perfeccionó el perspectivismo psicológico, ni domeñó un estilo propio y brillante, ni dotó a sus historias de hondas repercusiones morales, ni armó un mundo vasto y sutilmente interconectado, ni modeló un personaje arquetípico que antes no existiera y que después continuara sirviendo de significativo espejo a los hombres o mujeres que leen para entender lo que les pasa. Las novelas de Verne no enriquecieron la historia de la literatura. Pero sí la de la ficción. Y mucho.

Si aceptamos la dicotomía fundamental de Pla, hay una literatura de observación y otra de imaginación. La primera se dirige a la realidad y asume modestamente su límite descriptivo, aunque Pla consideraba esa modestia la más ardua brida, el entrenamiento más exigente, el mérito más artístico al que podía aspirar la mentirosa vanidad del escritor, y tenía razón. La segunda abre su campo ingente a temperamentos fantasiosos, de poco escrúpulo y mucho hartazgo de este mundo que se les queda irreparablemente pequeño. Estas personas, estos escritores, no tienen tiempo –ni capacidad- para el adorno del arabesco ni el calado de la perspectiva: les arde la pluma en la mano imaginando no lo que no ha pasado pero podría pasar, que es la definición aristotélica –realista- de literatura, sino lo que jamás podría pasar de ningún modo, y qué importa. Saben sin embargo que la literatura de evasión no lo justifica todo en la mente calenturienta del creador, porque para evadirse hace falta que el lector se reconozca en ciertos tipos y caracteres, así como debe tender con facilidad las analogías necesarias entre El País de Nunca Jamás y el suyo propio, o la ficción no funcionará.

No nos referimos ahora a la capacidad alegórica de Kafka cuando idea la peripecia disparatada –y sin embargo creíble, horriblemente real para muchas personas del siglo XX- de un comerciante de telas de 23 años que amanece convertido en insecto y es despreciado –justamente porque es creído- por sus padres y por su hermana. Hay una verosimilitud en La metamorfosis, un pacto de lectura que evita que el lector cierre el libro al concluir la primera página exclamando con cerrilidad empirista: “Ningún hombre se convierte en cucaracha, no me lo creo”. El lector sabe que el autor quiere decirle algo a condición de que asuma lo inasumible, y sigue leyendo, y acaba descubriendo -vaya si lo acaba descubriendo- que Kafka dice la pura verdad. Pero eso es porque Kafka no es un escritor fantástico, sino un realista alegórico y un psicólogo puntilloso. De hecho los intentos alegóricos de los escritores de pura imaginación, como el señor Tolkien, suelen acusar una pobreza de detalles alarmante: el bosque queda muy aparente, pero como te fijes en un solo árbol se descoyunta el cuadro entero ante tus ojos.

Verne, por volver al tema, no es un artista inmortal, ni sus aventuras permiten más de un nivel de lectura, pero sí es un escritor de imaginación que ha pasado a la posteridad. Su campo no fue la fantasía neta sino ese territorio intermedio que la teoría de los géneros viene a denominar, mejor que ciencia ficción, ficción anticipatoria, género en el que luego brillarían Bradbury o Huxley con plenitud de rango literario. Verne sabía que escribía inocentes disparates, pero al mismo tiempo se hacía la ilusión de que la ciencia un día haría posibles algunas premisas inasumibles de sus tramas. Fue un positivista entusiasta y cerrado, influido por la escuela cientista liderada por su compatriota Comte, aquel filósofo tan loco que fundó la Sociología y que de tanto oponer la ciencia a la fe acabó fundando una religión laica atrincherada en dogmas positivos cuyo sumo sacerdocio ejerció él mismo, por supuesto. Las ficciones de Verne presentan esa misma fe paradójica y adanista en el poder taumatúrgico de la ciencia, y podemos disculparle, porque la biografía de Verne corre paralela al estallido tecnológico posterior a la primera Revolución Industrial, y todo ingenio mecánico parecía factible, y faltaban aún décadas para que el mito del eterno progreso saliera en forma de pavesas humanas por las chimeneas de Auschwitz. Fueron factibles su submarino, su helicóptero, su nave espacial para ir a la luna. En cuanto a la máquina del tiempo, seguimos trabajando en ello, porque como drástica solución a la crisis igual sale más barata que la aniquilación del Estado de Bienestar.

Verne era viajero y curioso, y su sincero y trabajado interés por la ciencia preconizó la figura del novelista-documentalista, que fía la verosimilitud de sus historias a una solvente impostura del crédito que aureola al rigor científico. Este tipo de novelistas no suelen conquistar los manuales de literatura, pero sí los corazones de sus banqueros. Verne, en todo caso, escribía mejor que Michael Crichton, porque la decadencia educativa es global y también ha afectado a los autores de best sellers. Verne es un novelista muy dueño de los recursos que exige la maestría narrativa, y yo aún creo –bien que no sé por cuánto tiempo- que un preadolescente de hoy es muy capaz de disfrutar leyendo con La isla misteriosa como yo lo hice en los lejanos años dorados de mi púber condición. Recuerdo perfectamente la nítida felicidad que me deparó aquella lectura. Y por eso creo que Verne no tiene ninguna necesidad de ser Cervantes o Joyce para acreditar un sillón orejero en el palco de la historia universal de la ficción.

Hemos afirmado que ningún personaje de Verne conquistó la dimensión del arquetipo novedoso, y es verdad. No tenía pulso don Julio para construir lo que su paisano Gustavo Flaubert construyó durante los cinco años de redacción de Madame Bovary, digamos. Pero si alguno de sus personajes logra trascender la planitud del tipo aventurero o científico, gentleman o rufián, pecador terrible o santo redimido, siendo una mezcla difusa y esotérica de todos ellos, ese es sin duda el capitán Nemo. El propio Verne se dio cuenta de que su criatura submarina reclamaba más protagonismo del que le había brindado el mero timón del Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino, así que lo recuperó para La isla misteriosa, donde tiene un cameo absolutamente estelar que redondea su estatura de personaje con relieve, atribulado, torvo, heroico o antiheroico en función de quien le mire y, en una palabra, moderno.

El Nemo que nos interesa es el de la segunda novela citada, el Nemo crepuscular y equívoco que confiesa su desgraciada y vengativa biografía a Ciro Smith y el resto de sus compañeros náufragos. Nótese que en La isla misteriosa Verne otorga el liderazgo del grupo humano no al marino Pencroff –y mucho menos al periodista Spillet, en un sabio ejercicio de realismo-, sino a Smith, un ingeniero defoeano gracias a cuyos enciclopédicos conocimientos la estancia de los náufragos en la inhóspita isla se vuelve a ratos un punto por encima de “confortable”, aunque cuatro por debajo de “molicie en el spa”. Es el científico pronóstico de una erupción volcánica realizado por Smith lo que lleva a los protagonistas a emprender la huida de la isla amenazada y a topar en ella con el Nautilus, fondeado en una cueva submarina bajo el volcán, y con su sombrío y solitario capitán. Nemo presiente que le llega su hora, que el volcán no es sino el instrumento natural elegido por una Justicia sobrenatural para cobrarse el castigo a su vida inconfesable, y es entonces cuando el vencido capitán del orgulloso Nautilus narra a sus fascinados huéspedes el secreto de su identidad, en unos de los clímax más memorables de toda la novelística de Verne.

Y es que en ese instante Verne consigna la más estupefaciente –y menos halagüeña- de sus anticipaciones: el terrorismo antioccidental. Nemo cuenta a los boquiabiertos náufragos que él es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajah indio que fue criado en Europa, donde no pudo asimilarse lo suficiente como para olvidar la vesania colonialista padecida por su familia. Nemo confiesa odiar todo lo que Inglaterra representa; detesta el imperialismo inglés que ha sojuzgado a su pueblo con mano de hierro durante décadas ominosas, del mismo modo que un etarra alimenta su odio asesino a España inventariando agravios a su pueblo, con la diferencia de que el colonialismo inglés está documentado históricamente. Narra el capitán a continuación el asesinato de su mujer y de su hija a manos de los sedicentes portadores de la civilización. Y explica cómo desde ese momento planeó la construcción del Nautilus como arma de destrucción masiva al servicio de su sed de venganza. La voz de Nemo parece enronquecerse cuando describe su pasión oceanográfica como un pretexto honorable para cultivar secretamente su misión terrorista: servirse de la superioridad tecnológica del Nautilus –el primer submarino de la historia- para perjudicar a Inglaterra en las batallas navales libradas al alcance del letal ingenio subacuático, o para directamente hundir con toda su tripulación aquellos barcos en cuyo mástil ondeara el nefando pabellón de San Jorge. (Incluso comparte Nemo, o mejor dicho Dakkar, formación británica con los yihadistas del 7-J londinense, nacidos ya en suelo inglés). Pero la carrera criminal de Nemo, cuya desproporcionada reacción a los abusos cometidos contra los suyos él había justificado toda su vida, toca a su fin y en el momento decisivo del balance el fanatismo se quiebra y deviene lucidez contrita. En señal de arrepentimiento y voluntad postrera de reparación, Nemo entrega el botín de sus rapiñas a Ciro Smith y a los demás supervivientes con el encargo de que inviertan tales riquezas en obras de caridad cuando arriben a tierra firme.

Tratándose del final del primer terrorista, el estallido autodetonado del Nautilus bajo el Puente de Londres con su capitán dentro –lo de los calzoncillos ya es opcional- habría resultado mucho más verosímil. Pero, señores, no olvidemos que Julio Verne era tan sólo un escritor de ciencia ficción.

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20 abril, 2013 · 17:01