Archivo de la etiqueta: partitocracia y gracias

Papá, cuéntalo otra vez

Sócrates en Sol.

Sócrates en Sol.

Sería una pena que el simpático Karl Marx que luce al dorso el móvil de Alberto Garzón -según el modestísimo crédito de red social- resultara un fake. Porque no puede haber mejor imagen para casar comunismo y consumismo en un indisoluble matrimonio de posmodernidad. Lo posmoderno, según Lipovetsky, es una aleación de contracultura y sociedad de consumo que eclosiona en los 60 y que conoce en el mayo francés su clímax emblemático, aparte de un paroxismo de cursilería en el que todavía chapotea la publicidad. La imaginación al poder, prohibido prohibir y otros lemas sonrojantes, ya saben. Aquella revolución de burgueses bohemios se exportó con tanta profesionalidad que no pocos retenes de barricada acabaron de eurodiputados, y todos los hijos de la progresía europea crecieron marcados cruelmente por su iconografía sentimental. Ismael Serrano ha sido su mejor bardo: papá, cuéntame otra vez esa historia tan bonita, parece decir Garzón.

Y vaya si la historia se repite como farsa que no tardó en aparecer por allí Leo Bassi fidelizando clientela. No faltaron el vino (Don Simón) ni las rosas, bien que marchitadas de zapaterismo terminal; y tampoco esas entrañables cargas policiales que fabrican héroes de barriada y brindan al becariato un excitante vislumbre de corresponsalía en Gaza. Entre las jaimas asamblearias de Sol la quinta de la nostalgia reconocía una sucursal de aquel París abierta por algún ministerio del tiempo en el centro neurálgico de Madrid.

Era hermoso, sí, con la belleza que solo comportan los esfuerzos inútiles. Con el calor de la tribu recién formada y su ideario intransitivo y su tiempo estacionado. Con la deliciosa ingenuidad de las primeras citas. Con el arrebato naïf del inocente a fuerza de ignorante. Con la justificación irrebatible de una desesperante tasa de paro juvenil. Y del otro.

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Perfil de Ignacio Prendes: «UPyD fue mi primera novia, con la que cometes todos los errores»

Lo que nos unía.

Lo que nos unía.

Un día estaba Winston Churchill pronunciando un discurso en la cámara de Westminster cuando vio cómo uno de sus diputados, en señal de desacuerdo con lo que estaba oyendo, se levantaba de la bancada tory y se sentaba con la oposición. Entonces el legendario premier interrumpió su perorata y murmuró: «Es la primera vez en mi vida que veo a una rata nadando hacia el barco que se hunde». El barco de UPyD hace aguas por todas partes, pero ni Rosa es Churchill ni son ratas los militantes que cambian el distintivo magenta por el tono naranja ante la derrota -en su doble acepción- impuesta por la gran timonel. ¿Que es el instinto de supervivencia y no el idealismo lo que mueve a quienes rechazan el papel de violinistas en el Titanic de Díez? Puede, pero es que el primer deber de un político es sobrevivir. Si no existes no pueden votarte, y si no te votan no puedes llevar tu querido programa a la práctica.

Cabe recordar, con el calendario en la mano, que primero fue Ciudadanos (junio de 2006), y que su novedoso molde -reformismo, patrocinio de intelectuales, transversalidad- sirvió de inspiración a Díez para fundar UPyD en septiembre de 2007. Esta misma secuencia de siglas se produjo en la biografía política de Ignacio Prendes (Gijón, 1965): tras un temprano desencanto del socialismo, militó brevemente en C’s para acabar incorporándose a UPyD, concurriendo como su cabeza de lista por Asturias en las generales de 2008. Por entonces su alma era inequívocamente fucsia y su voz sonaba al compás de la de Rosa, quien en atención a su lealtad y formación de abogado le encargó la redacción de la ponencia de Organización y Estatutos aprobada en el primer congreso del partido. Formó parte del Consejo de Dirección entre abril de 2008 y el negro día del diciembre pasado en que se citó con Díez en su despacho de la sede nacional de Cedaceros, junto al Congreso: sentados en unas butacas de piel roja le vino a decir que él no se estrellaría con ella y que dejaba los cargos, pero (aún) no el partido. Rosa aceptó sin mucho ruego.

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Pactarás con Susana

A veces hay que bailar con la más... votada.

A veces hay que bailar con la más… votada.

Si Dios existe más vale que tenga una buena excusa, razonó Woody Allen. Confiamos en que también la tenga el tipo que inventó la democracia, arcana divinidad de nuestro tiempo. Yo no he sido, así que no me miren, pero conozco al menos su funcionamiento teórico: democracia es el gobierno de la representación de la mayoría. Por eso no dejan de sorprenderme esos gruesos titulares que alarman a la población con la terrible posibilidad de «que gobierne la lista más votada». ¡Hasta ahí podíamos llegar!, parecen clamar a cinco columnas. Pero si merece tal énfasis la noticia es porque en España no siempre la democracia ha deparado el gobierno del más votado, escrúpulo aritmético que vino a aliviar la doctrina parda del cordón sanitario, cuya bandera pirata acaba de ondear Garzón el Joven ante Esther Esteban. El cordón sanitario es a la política lo que el tanga a la costura: un argumento nacido a pachas de la desidia y el impudor que persuade a la mente progresista de que el pueblo siempre tiene razón… salvo cuando vota a los fachas del PP, en cuyo caso se equivoca, su mandato no rige y se declara abierta la veda de los frentes, es decir, del chalaneo hasta el paroxismo hexapartito.

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Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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Correcalles y ruedines

El bipartidismo cabalgando hacia el cuatripartidismo.

El bipartidismo cabalgando hacia el cuatripartidismo.

El fútbol se pone divertido cuando el crono apremia y el resultado no satisface a ningún equipo: es entonces cuando la emoción desordena la pizarra, los jugadores olvidan lo entrenado, el centro del campo degenera en correcalles y el entrenador crepita en la banda. La política se pone interesante cuando la fecha electoral se acerca y los sondeos no contentan a los partidos: entonces la pública discrepancia quiebra la disciplina de partido, los candidatos se desmarcan de su sigla, la polarización desmiente el centrismo y el aparato no da abasto para sofocar fuegos internos e impostar sonrisas externas.

Nuestra partitocracia es hoy un correcalles donde la traición y la rajada conviven con el brindis al sol y la trola de gabinete, y por eso está tan entretenida. Por una viñeta de Idígoras y Pachi reparo en tres emocionantes disidencias que están ofreciendo las cuadrigas de PP, PSOE y UPyD visto lo visto en Andalucía: más que con otras todas riñen entre sí, si bien cada una por un motivo diferente.

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La Andalucía que aprendió a pescar

Málaga iluminada.

Málaga iluminada.

Es fácil hablar de una Andalucía ramplona que vive del subsidio, la peonada fingida y el trapicheo. Es fácil tender una comparación entre esa Andalucía y los hambrientos del proverbio chino a los que Albert Rivera reclamó no que se les diera pescado, o sea subvenciones, sino que se les enseñara a pescar: a explotar una economía productiva. Pero pescar no es tan fácil, y hablar de buenos pescadores, tampoco, porque ellos están tan ocupados en el rendimiento de sus piscifactorías que no tienen tiempo para promocionarse y contribuir así a cambiar la imagen tópica de una Andalucía postrada, mantenida por la caridad laica salida de las arcas de la Junta.

Coinciden en Málaga algunos de los más brillantes pescadores metafóricos de esta otra Andalucía productiva y orgullosa, innovadora y cosmopolita, tecnológica y rigurosamente privada.

Luis Hernández Garrido empezó a desarrollar su start-up hace 10 años en la Universidad de Málaga junto a su amigo Pepe Domínguez; su criatura -un portal de descargas de aplicaciones antes de que las apps invadieran nuestra rutina- creció tan rápido que ni Luis ni Pepe pudieron terminar la carrera, haciendo bueno el aforismo de Mark Twain: «Siempre consideré demasiado importante mi educación como para dejarla en manos de la escuela». O de la universidad, anacrónicamente divorciada de la práctica empresarial. «En Harvard es distinto: allí los alumnos de los últimos cursos ya pueden montar sus propias empresas», cuenta Luis, que tuvo ocasión de ampliar su formación autodidacta en el mítico campus bostoniano. Hoy Uptodown es un gigante tecnológico que con 70 millones de visitas al mes compite directamente con Google y Apple. Y lo hace desde el centro histórico de Málaga, en un palacete clásico a cuya oficina luminosa y diáfana acude cada mañana en bicicleta su patrón de 35 años. En su pizarra se leen palabras como branding o engagement, y al fondo hay una máquina recreativa para desestresarse.

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El ruido sordo de la endogamia

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

Abrió la sesión un atronador minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del 11-M: fue la parte más elocuente de la matinal parlamentaria, zambullida ya en el barro electoral. Por unos instantes todos nos pusimos de pie para pasar íntimamente el dedo por aquella cicatriz nacional aún tibia, acariciándola enmudecidos, y sólo se oyó el tableteo de los fotógrafos disparando. Hasta la pantalla del iPad de doña Celia exhibía la sombra del luto. El responso laico concluyó con un aplauso como futbolero y a partir de ahí todo fue a peor.

El señor Bosch tomó la palabra y preguntó por la pobreza infantil. Más tarde, Pere Macias, tras «solidarizarse con el pueblo de Madrid», inquirió por el fomento de la innovación industrial. Se hace escandaloso, si no imperdonable, que ERC y CiU olviden así sea por un día la identidad oprimida de su tierra. Si el tabarrón catalán continúa amortiguándose, nos tememos que cualquier miércoles se alce Tardà clamando que le duele España.

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Los ciudadanos reclaman

Y el dedo y sus consecuencias.

El dedo y sus consecuencias.

Los ciudadanos demandan mayor democracia interna en los partidos, se asegura. Pero no está uno tan seguro. Más democracia interna en los partidos reclaman colectivos humanos muy específicos tales como los militantes de esos partidos, los periodistas al cabo de la calle y los tertulianos en sentido lato, los abogados referentes de la sociedad civil, los presidentes de patronatos artísticos que firman artículos de fondo y los confeccionadores de escaletas televisivas de sábado noche. ¿Es que los militantes, los patronos y los confeccionadores de escaletas no son ciudadanos? Es muy posible que lo sean, pero ahora nos referimos a esos grandes olvidados de la sociedad que son los emisores mudos de voto: personas que no sacan -porque no pueden- tajada retórica ni laboral de la urgente y transparente implantación del sistema de primarias. Ciudadanos que no tienen tiempo para testar la salud democrática de Génova o Ferraz más que un par de veces al día. Ciudadanos abnegados que acuden a las urnas con deseos modestos: que la fiscalidad no degenere en vasallaje, que sus representantes roben lo menos posible y que la burocracia que articula el Estado de Bienestar se conduzca con parecida agilidad cuando se trata de citarte con el dermatólogo y cuando se trata de sustraerte los 200 machacantes en que la espesa rapacidad municipal cifra el castigo por un aparcamiento heterodoxo.

El interés ciudadano, en cuyo inocente nombre se cometen todo tipo de atrocidades, da por descontadas operaciones tan deliciosamente sicilianas comola prejubilación de Tomás Gómez o Ignacio González; y más que preguntarse si se han producido con arreglo a los estatutos internos del partido y a los exigibles estándares de participación orgánica, se preguntan qué habrán hecho para merecerlo, por qué clase de gilipollas los toman voceros como Hernando o Luena y qué pinta tiene la orina de los nuevos. Al ciudadano del común, mientras gestione con alguna eficacia lo de todos, le importa un carajo si un partido se conduce internamente como una empresa jerárquica, como una teocracia salafista o como una asamblea con perro, flauta y diábolo: le importa que sus políticos -señalados a dedo o votados con arrobo hare krishna– velen por la democracia que nace en el umbral donde muere su sede.

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