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Territorio Zarrías: la maldición del olivo

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Albanchez de Mágina, pueblo de Juan Lanzas.

Apenas han transcurrido 24 horas desde que el juez Alberto Jorge Barreiro citara a declarar, entre otros, a Gaspar Zarrías como imputado en el mayor caso de corrupción de la historia de España, pero en su Cazalilla originaria sólo parece haberse enterado Juan Balbín, que cumple aquí dos décadas como alcalde socialista.

Cazalilla, corazón de Jaén, se alza sobre una suave loma enmarcada por olivares y bendecida por el trazo feraz del Guadalquivir. No llega al millar de habitantes -«novecientos veintialgo», precisa Balbín- esta pequeña localidad de la Andalucía interior cuya economía depende del olivo, se dice, aunque debiera decirse del subsidio agrario, y cuya identidad política se confunde con el socialismo que ha gobernado la Junta de Andalucía desde que hay democracia. Tras una victoria de UCD en los primeros comicios democráticos, el municipio no ha conocido otro gobierno que el socialista, como tantos de la Andalucía rural. Allí donde el color del voto parece tan eterno como el de su paisaje. Allí donde reside la fortaleza de Susana Díaz, su pie en pared electoral desde el que proyectarse hasta San Telmo, y de ahí a Ferraz, y de ahí -quién sabe- a La Moncloa. Allí donde los pocos vecinos que se ofrecen a la vista del reportero se enteran por él de la imputación de su hijo más ilustre, a quien incluso el marciano votante del PP (un 26% frente al 71% que cosechó el PSOE en las municipales de 2011) respeta demasiado como para desearle una condena.

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¿Y esto cómo lo vendemos?

Tsipras pensando eslóganes.

Tsipras pensando eslóganes.

Al reportero que accede por primera vez a los santuarios del poder -es decir, al off the record- le sorprende la vigencia de una ley no escrita, amurallada por una escrupulosa omertà. Esta primera ley de la política, suscrita por izquierdas, derechas o mitólogos de aldea se enuncia con sencillez: nunca olvides que la gente es imbécil. La gente es carne ambulante que emite votos cada cuatro años. El pueblo al que se dice defender y representar tragará lo que le eches mientras le rindas el tributo de empatía retórica que impone la telecracia emocional de nuestro tiempo.

Si usted ha trabajado alguna vez en un gabinete o tiene un cuñado que fue jefe de prensa de un diputado, sabrá que la primera pregunta que hace un político después de tomar la típica decisión contraria a su compromiso es: ¿y esto cómo lo vendemos? ¿Cómo vende Tsipras su epifánico encontronazo con la realidad, su peculiar paso del mito soberano al logos de la deuda? Pues invoca la ley de la imbecilidad general y Europa acude en su ayuda: donde había odiosa troika dígase asépticas «instituciones europeas», lo que permite vender en Atenas como victoria nacional un zafio birlibirloque nominalista. La variable Ockham o la ecuación Lampedusa, cabría titular este eterno best-seller: para que todo siga como está, es preciso que el nombre cambie.

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National Geographic

Rivera, rival a batir.

Rivera, rival a batir.

Para los que amamos la naturaleza hay pocos espectáculos tan conmovedores como la inteligencia letal de la hiena o el cainismo de un partido español cuando se aproximan elecciones. Hay quien está enganchado a un reality y por un rubor anacrónico todavía declara que ve documentales de La 2; a mí me pasa al contrario, perdonadme, y me fascina la humanidad de los animales como a otros la animalidad de los humanos. Bien es verdad que me aburren los procesos de celo y cópula, demasiado similares a una noche estándar en la calle Huertas como para despertar mi interés, pero me excitan inconfesablemente las cacerías protagonizadas por grandes mamíferos o por insidiosos reptiles, de cuya sofisticación Ferraz o Génova, pese a sus progresos, aún tienen mucho que aprender.

El hecho de que el PP haya puesto en circulación un argumentario para tratar de destruir la imagen ascendente de Albert Rivera me recuerda a cierta especie de araña que segrega al nacer una droga destinada a atontar a la madre, la cual de otro modo no podría soportar la tentación de devorar a sus propias crías recién nacidas. La naturaleza regala por millones estos ejemplos de atrocidad ilimitada que deberían hacer recapacitar no ya a los veganos, sino a todos los que añoran purezas roussonianas desde el confort de la urbe; pero hay que reconocer que un documental ofrece pautas muy útiles al análisis político. En cierto modo, el auge de Ciudadanos nace del marianismo como el de Podemos del rubalcabismo: fenómenos que eclosionan en las telarañas de la vieja alternancia por pura reacción social. ¿Habrán alcanzado ya las nuevas criaturas un desarrollo autónomo suficiente como para evitar que el sistema los engulla? Todo apunta a que sí, y de ahí el argumentario segregado desde el nido a modo de ácido reputacional.

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Cortesía de David Gistau, pregunta 27.

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Moreno Bonilla tiene gripe

El padrino y el novio.

El padrino y el novio.

A la hora en que Telecinco prestaba foco a Susana Díaz, el hotel Ritz ponía de largo a Juan Manuel Moreno Bonilla ante 700 invitados, no necesariamente andaluces. En estos desayunos informativos siempre comparece un misterioso grupo de elegantes que solo se conocen entre ellos pero que toman asiento con el seguro ademán del patricio. Han recorrido la democracia saltando de desayuno en desayuno postinero sin perder su prestancia de ardilla engominada. No son banqueros, no son tertulianos, ni siquiera pobres diputados: son el mismísimo Poder descendido sobre cuerpos mortales. Y el resto son sus escoltas.

Moreno Bonilla no los saludó a todos por no pegarles la gripe -habría gripado el Sistema: ¡la fantasía podemista!-, pero compuso un sufrido papel de novio al pie de la escalera del hall para recibir el desfile de los notables orgánicos, estos ya bien conocidos: María Dolores de Cospedal, Alfonso Alonso, Fátima Báñez, Rafael Hernando, Don Cristóbal. Besamanos de partido: le iban abrazando, le palmeaban el hombro, le susurraban algo al oído que nos gusta imaginar en siciliano: «¡Porca Susana!». Rajoy, que debía presentar al candidato nacido del áureo dedo, tardaba en aparecer; se llegó a temer que se hubiera decidido al final por acudir a Telecinco. Qué quieren, son tiempos de lealtades raras. Y si no que se lo digan a Pedro Sánchez.

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29 enero, 2015 · 12:45

Corbata y vaqueros: Albert Rivera presenta el uniforme de la tercera España

'Arreglao' pero informal: Albert Rivera.

‘Arreglao’ pero informal: Albert Rivera.

Ni bipartidismo decadente ni populismo emergente. Ni la putrefacción de las instituciones ni su destrucción oportunista. Ni gran coalición ni asalto al cielo. El mensaje de la tercera España lo ha vestido esta mañana Albert Rivera con esa mezcla de resolución y humildad que busca representar Movimiento Ciudadano (MC), la plataforma transversal concebida para los votantes de centro reformista que no necesitan decir casta para sentirse defraudados por PP y PSOE. A ellos se dirigió el líder de Ciudadanos (C’s) con chaqueta y corbata de nudo fino por arriba y con vaqueros desgastados por abajo, a partir de hoy uniforme oficial de la tercera vía. Y hablando de usted al auditorio, añeja cortesía que tras el fichaje de La Pechotes por parte de Cuatro casi nos arranca lágrimas de gratitud.

Corbata y vaqueros. Ambición y modestia. Respeto y descaro. Tradición y modernidad. Conservar el legado de la Constitución pero plantear reformas urgentes en cinco ámbitos principales, consensuadas por los 70.000 firmantes con que ya cuenta la plataforma: ley electoral más representativa, pacto nacional por la educación, descolonización política de la justicia, adelgazamiento de la Administración y una regeneración de los partidos políticos impulsada por alguien que no salga en ningún sumario, a ser posible. Magníficas intenciones que desde luego muchos comparten, incluida Rosa Díez, a quien, sin embargo, no se esperaba en el Teatro Goya como no se espera a Papa Noel en una casa comprometida con los Reyes Magos. Ya saben ustedes: una cosa es liderar un homenaje a la duplicidad como es UPyD respecto de C’s y otra muy distinta es que venga uno más guapo y te robe la silla. O el escaño. O el trono. Y este es el drama: que hasta por la tercera España cruza errante la sombra de Caín.

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La españolidad airada de Podemos

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

Durante la Gran Guerra los españoles se dividieron –el verbo que mejor conjuga un español– en germanófilos y aliadófilos, y dirimían sus diferencias en los cafés con el escaso sosiego propio de la raza hasta el punto de colmar la paciencia esteticista de Ramón, que terminó por prohibir en Pombo que se hablara de la guerra. Por entonces hizo fama el viñetista Bagaría, que alcanzó un grado sublime de españolidad satirizando al Káiser para un periódico aliadófilo y firmando con seudónimo para otra publicación sarcasmos contra franceses e ingleses; cuando le descubrieron, salió del paso con una genialidad: “Odio la guerra en todas sus manifestaciones, y qué mejor forma de demostrarlo que atacar a los dos bandos”. De este encaste de pícaros de la intelectualidad provienen también Pablemos y sus muchachos.

De continuar la deriva emprendida, Podemos va a acabar achicando el espacio al PP. Un aplauso más al papa, un guiño más al funcionario, otra mirada amorosa a la tropa de infantería y Cospedal tendrá que salir con su mantilla más tupida a insinuar que ya con el PSOE no: que ahora, por mor de la pura afinidad ideológica, con quien se plantea el pacto de gobierno el PP es con Podemos.

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Partido Postigo

Jaque Mato.

Jaque Mato.

Parece ser que los europeos no usan postigos. La costumbre de escudar las ventanas para ponernos a salvo de la curiosidad ajena es netamente española y uno, que es europeo tan solo mediante el original modo que tiene un español de serlo, se escandalizaba cuando viajaba por ahí y advertía el campo abierto al voyeurismo que ofrecen los desnudos ventanales de Europa. Por el contrario el nuestro es un país entre visillos, y el fenómeno me parece digno de estudio.

Como no estoy a salvo de los tópicos historiográficos ni de las opiniones de los volterianos ratoneros –“país de pandereta”, “Españistán”, “Spain is different” y en este campanudo plan– lo primero que hice fue culpar a la Inquisición, a quién si no, que habría inducido una sospecha secular, epigenética casi, en el homo hispanicus al punto de hacerle desconfiar por sistema del vecindario, temeroso siempre de una hipotética delación. Esto habría excitado un españolísimo sentido del pudor y la intimidad del que desde luego carecen las guiris que con suma facilidad nos levantábamos en la calle Huertas.

Luego pensé que aquella desconfianza por defecto tenía su reverso positivo, que es una hidalga noción de la dignidad individual, nota presente en nuestra literatura más o menos desde doña Jimena, por no hablar de la tauromaquia. Por ahí, por nuestro acendrado individualismo y nuestra resistencia a la colectividad –cosa de protestantes– fuimos asentando un narcisismo de lo propio que encontraba su lógico corolario en el desprecio de lo ajeno por el mero hecho de ignorarlo, como vio Machado. Y de toda esa madeja psicológica se fueron desovillando complejos tan idiosincrásicos como la raíz honda de la envidia, la obsesión por la pureza de sangre, el sectarismo de capilla angosta, la enfermiza atención a la vida sexual de los demás o la delirante conciencia de que hay un genio o un santo o un héroe agazapado en el interior de cada español, según satirizó Camba.

Lo que no habría en España es gente normal: gente de una razonable mediocridad, de un elemental sentimiento comunitario, personas juiciosas que han llegado a la conclusión de que sus vidas no son tan interesantes como para blindarlas tras complicadas celosías. Pero este grato tipo de paisano –las pruebas en Instagram– no alcanzó en nuestro país una masa crítica. Piensen ustedes que aquí los mayores escándalos los causan siempre los casos de escuchas: del CESID a la malsana curiosidad que echó a Garzón de la judicatura; de los memes a cuenta de Snowden y Obama al SMS de Rajoy a Bárcenas. No importa tanto la gravedad real del caso sino el propio hecho de que algo oculto salga a la morbosa luz. El peque Nico es el último ejemplo de ese morbo. Si nada aterrorizaba tanto a los galos como que el cielo cayera sobre sus cabezas, nada roba el sueño al español como el temor a que un fallo en Whatsapp desvele sus mensajes en alguna web global de cotilleos. Como si el adulterio o sus intentos entrañaran alguna originalidad. El mecanismo mental es inexorable: el pudor excesivo obliga a una hipocresía excesiva y genera una vergüenza proporcional cuando el velo se rasga.

Y como han tenido la paciencia de llegar hasta aquí, ahora les hablaré del PP, que sé que es lo que les gusta. El Gobierno del PP ha impulsado la primera Ley de Transparencia y hoy mismo don Mariano presentará en el Congreso nuevas medidas de regeneración política. Pero don Mariano tiene un grave problema de credibilidad porque no ha alcanzado todavía su sueño, que consiste en que dejen de mezclarle de una santa vez con esos golfos del Partido Popular. Lo ha intentado con tanto ahínco como Soraya, pero lo tiene difícil porque los papeles aseguran que de hecho es el jefe del Partido Popular, del mismo modo que Jaimito se quejaba a su madre de que no quería ir al colegio y ella le respondía que debía ir porque tenía 50 años y era el director.

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27 noviembre, 2014 · 11:08

Hasta el rabo todo es ébola

Qué solos se quedan los cadáveres políticos, dijo Bécquer.

Qué solos se quedan los cadáveres políticos, como dijo Bécquer.

En la festividad de Santa Teresa, patrona de los escritores, el debate parlamentario no versó tanto sobre Teresa Romero –que si todo va bien no será por fortuna la mártir de la sanidad pública que algunos necesitaban– como sobre Ana Mato, a quien todos ven ya como la última advocación de las causas perdidas. Y cuando digo todos incluyo al Gobierno, que se esfumó de la bancada ministerial dejando a la ministra completamente sola a los pies de la oposición. En sus vecinos de escaño solo eché en falta el traje profiláctico y la escafandra orgánica con que la disciplina de partido reacciona a la caída en desgracia de un compañero.

Yo no sé si Ana Mato acabará siguiendo la amarga senda de Gallardón no bien pase la emergencia sanitaria, que don Mariano es para eso muy suyo; pero sé que hoy la imagen de Mato respondiendo en completa soledad a los ataques de PSOE y compañía me inspiró suficiente piedad como para olvidar su probada glosofobia. Quizá esa es la sensación que perseguía despertar Rajoy, a quien uno nunca sabe ubicar exactamente en la escala que va de don Tancredo a Maquiavelo. Que se lo digan al pobre Artur.

La sesión la abrió Rosa Díez con su característica energía vocal para clamar contra la vergüenza de las tarjetas opacas. Ciertamente, si hay un asunto que merece la generosidad de decibelios de doña Rosa es este.

–Ustedes no han hecho todo lo que tenían que hacer. El FROB debe personarse en el caso. Llamen a sus barones y que les cuenten cómo montaron el fraude. Y luego depuren responsabilidades.

“En mi opinión está usted equivocada, señora Díez”, repuso Rajoy con ese sosiego diabólico que puede desquiciar al más templado, no digamos a Rosa Díez. “El FROB está personado en la causa general de Bankia, y si esto no lo hubiéramos investigado nosotros, no habrían salido a la luz los hechos. En las próximas horas remitiremos nuevas investigaciones a la Fiscalía y pediremos la devolución de las cantidades. No está de más reconocer las cosas”. Ante semejante alarde de calma la portavoz de UPyD no pudo contenerse y quiso hacer uso de un tercer turno de palabra no contemplado en el reglamento, como le recordó Posada, cuyo temperamento mezcla con originalidad un normativismo prusiano y la campechanía de un mesonero de Castilla.

Cayo Lara ardía de indignación contra “golfos” y “tarjeteros”, pidió cárcel a falta de guillotina y reclamó una comisión de investigación como si alguna hubiera servido para algo desde Napoleón. Ya podría haberle cedido un poco de su retórica vergüenza al hombre de IU en la orgía crediticia, señor Moral Santín, cuyos apellidos proclaman lo contrario de lo que es. Por lo demás, la especialidad académica de Amoral Diablín ha quedado desde luego acreditada: el tipo ha resultado catedrático de Economía Aplicada. Vaya si lo es: 456.522 pavos se aplicó a sí mismo con cargo a los demás. Catedrático es poco.

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