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Pedro de la Paralipsis y el cuento del lobo/ébola

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Pedro Sánchez, probablemente rectificando.

Acudíamos al Congreso con la esperanza, en verdad desmedida, de que sus señorías no cedieran a la españolísima tentación de tirarse el ébola a la cabeza como anteriormente se tiraron un petrolero partido, un tren reventado en Atocha o incluso un puñado sangrante de asesinados por una mafia norteña. Pero ay, no por nada son diputados españoles, emergidos congruentemente del cainismo nacional, garantes de una representatividad indudable.

La segunda esperanza que nos animaba a encarar el madrugón parlamentario imaginaba a Rajoy parafraseando a Gertrude Stein para zanjar, en ausencia de Valle-Inclán y Azcona, una de las polémicas más delirantes en la delirante historia de nuestra opinión púbica:

–Un perro es un perro es un perro es un perro.

Pero Rajoy no ha leído a Stein, aunque algo debería saber ya sobre generaciones perdidas.

También perdimos la esperanza que la víspera nos hizo concebir el buen Pedro Sánchez, Pedro de la Preveyéndola para Rosa Belmonte o Petroscopia para los malvados muchachos de Monedero. Y es que Sánchez, la víspera, por una vez había acertado a la primera y no a la segunda al negarse a secundar en este momento procesal las exigencias dimisionarias contra la ministra Mato, alegando que lo primero es respaldar al Gobierno en el esfuerzo por controlar la emergencia sanitaria, que luego ya habrá tiempo para cebar la guillotina. Semejante arranque de sensatez no podía durar, y efectivamente no duró. La posmodernidad del líder socialista ha alcanzado tal grado de perfección líquida que ha logrado equiparar el sostenimiento de la misma opinión más allá de las 24 horas con un ejercicio de fascismo. Si un día llega a La Moncloa, suponemos que su ministro de Economía llevará al Parlamento los Presupuestos Generales del Estado no en una tableta sino directamente en tablillas de cera, de manera que cada cual los pueda ir modificando por horas. A demócrata no le gana ni Twitter.

El caso es que Pedro Sánchez cambió la pregunta que figuraba en el orden del día –estaba registrada una cuestión sobre la reforma laboral– para lanzarle el bichito a la bancada pepera diez segundos después de anunciar solemnemente que no pensaba hacerlo. A esta figura retórica se le llama paralipsis, y resulta muy eficaz para impostar responsabilidad sin privarse del placer del golpeo:

–Vaya por delante que desde mi grupo no vamos a contribuir a sembrar dudas en unas circunstancias excepcionalmente graves. Pero pedimos claridad y rigurosidad (sic: basta con “rigor”, don Pedro). Los profesionales sanitarios trabajan en circunstancias difíciles por los recortes y la privatización. Es más que evidente que su ministra ha provocado más incertidumbre. Aclare los riesgos y fallos. Explique si hay riesgo de infección y ponga todos los recursos necesarios. Responda: ¿puede decir que tiene bajo control la infección? ¿Puede garantizar que no hay riesgo?

Rajoy, que por alguna razón se esperaba la sutil encerrona, sacó el papel que se había hecho preparar y leyó en limpio tono tecnocrático, sin avenirse a polemizar, que lo prioritario es el trabajo del comité de seguimiento, que hay que confiar en los profesionales, que no es fácil el contagio, que hay que mantener la tranquilidad y que informarán puntualmente de las novedades. Desde su escaño, vestida de celeste purísimo, Ana Mato le miraba con una súplica en los ojos. Luego tomó la palabra y descartó dimitir, algo (descartar dimitir, no dimitir) que hace más o menos cada dos años y en lo que, no nos engañemos, atesora toda la experiencia que le falta en oratoria anticrisis.

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Una Cataluña escocesa y otros abortos

"¿Es que nadie quiere sentarse a mi lado?"

«¿Es que nadie quiere sentarse a mi lado?»

En la semana escocesa de Cataluña se ha colado el aborto de la ley del aborto y ya para qué queremos más. Margallo y Gallardón vuelven a monopolizar el foco, solitarios y finales. En otro tiempo menos convulso no negarán que les divertía el protagonismo, pero esta mañana uno los vio cansados, más canosos, quizá arrepentidos, en todo caso hartos. Que su hartazgo no obedezca tanto al marcaje de la opinión pública como a la erosiva indiferencia con que los castiga su patrón es certeza que corresponde verificar a los correveidiles más íntimos, pero que a los cronistas parlamentarios nos parece evidente. Ah, amigos: así es don Mariano.

Al presidente le preguntaron primero por, adivinen, la naturaleza perfectamente escocesa del tabarrón catalán. Lógico. Un propio de CiU –¿dónde estará Duran? ¿Será cierto que preparando una fiesta de la almohada como despedida del Palace?– se puso de pie y le dijo a Rajoy que aprendiera de Cameron a comportarse como un unionista sensato, que da voz al pueblo oprimido, pueblo cuyas instituciones sacrosantas fueron laminadas en 1714 por el bárbaro Borbón y tal. Rajoy, adoptando un tono escasamente épico, contestó que más quisiera Escocia tener las competencias de Cataluña o País Vasco, que la ley británica sí permite el referéndum y que en todo caso este fantasma de disgregación que recorre Europa no gusta un pelo en Bruselas, que causa inestabilidad, recesión y pobreza, y que no sueñen que en agradecimiento nadie ahí afuera reconozca al próximo Kosovo europeo.

Al presidente le preguntó luego Rosa Díez, que ha recuperado contra él ese tono cafeínico que retumba en la trompa de Eustaquio como mil serpientes de cascabel pisadas en un lagar. Su tema favorito: la corrupción institucionalizada –“y yo diría que endémica”, añadió–, para cuyo combate pidió más recursos capaces de articular una Justicia rápida y eficaz. Rajoy, conciliador, respondió que es muy consciente del descrédito popular, que como toda obra humana también la Justicia es perfectible, que no se tomó Zamora en una hora, que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga y que no por mucho madrugar amanece más temprano. No es literal todo, aviso. Sí le dispensó una retahíla de medidas que acreditan que el presidente del Gobierno no solo se dedica a emular el espíritu del refranero.

Pedro Sánchez tomó la palabra dispuesto a esquilarse la piel de cordero de la semana pasada. Espetó a Rajoy que su reforma fiscal es un canto a la desigualdad, que el PP gobierna para la élite, que las familias pagan cincuenta veces más impuestos que las grandes corporaciones, que a los contribuyentes este Ejecutivo les ha subido cincuenta veces los impuestos –no se puede negar la acústica del número “cincuenta” en el Parlamento– y que el Gobierno administra para sus amigos los beneficios y para la mayoría los sacrificios, que a buen seguro no bajarán de cincuenta por barba. Incluso le mentó a Bárcenas. Mereció de los suyos sonora ovación, pese a que tiene quintacolumnistas –básicamente los de la Ejecutiva de Rubalcaba– que le escamotean el elogio hasta de su proverbial apostura. Don Mariano se encendió un poco. Lo suficiente para recuperar, adivinen, la herencia recibida de Zapatero. ¿Qué se creían, que Pedro no estaba en el ajo?:

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De cómo Madrid incubó el huevo nacionalista

El atril del Ritz esperando a Arcadi.

El atril del Ritz esperando a Arcadi.

El hotel Ritz, emblema del gran Madrid, acogió esta mañana un desayuno informativo del Foro Nueva Economía que sirvió a la plataforma Libres e Iguales para centrar la contestación civil a este “tránsito inquietante que va del 11 de septiembre al 9 de noviembre”, en palabras de Arcadi Espada, ponente de la mesa. El periodista catalán estuvo acompañado por Nicolás Redondo Terreros, y ambos fueron presentados por la portavoz de la plataforma, Cayetana Álvarez de Toledo, quien desenterró de nuevo una verdad sepultada por años de propaganda comprada y miopía convenida: “El nacionalismo es una ideología profundamente reaccionaria y destructiva. Nada es más antiguo que anteponer los derechos míticos del territorio a los derechos reales del individuo. La respuesta al nacionalismo será española o no será”.

A las nueve menos cuarto comenzaban a llegar los invitados. Ni un solo político en la sala –no fueran a salir en la foto– a no ser que contemos a la propia Cayetana, diputada del PP; a Redondo Terreros, afiliado pero no practicante del PSOE; o a Ana Palacio, ex ministra de Exteriores. Pero el espacio lo ocuparon puros representantes de la sociedad civil, de Boadella a Hermann Tertsch, de un Dragó cada día más joven en conjunto de blanco oriental al inevitable Rodolfo Martín Villa. Casi se diría que el sintagma sociedad civil, tan escueto en la tradición democrática española, cabía entero y solo en el salón. “A las masas encuadradas que desfilarán en Cataluña, nosotros opondremos en Madrid la palabra solitaria en un acto abierto que se celebrará ese mismo 11 de septiembre a las 19.00 de la tarde en el Círculo de Bellas Artes”, anunció Espada.

La intervención del afilado columnista hizo honor a su apellido, como se espera de él. Sin papeles se apoderó del atril y, tras agradecer las “feroces hipérboles” con que Álvarez de Toledo había elogiado su condición de crítico brillante y ciudadano “radicalmente libre”, hilvanó una razonada reprobación de la misma ciudad simbólica –Madrit– que le escuchaba. Debía uno haberlo previsto tratándose de Arcadi, pero el efecto final siempre te sorprende.

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A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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Sueña el Rey que es Rey

Sueña el rey que es rey. Y vive con este engaño, mandando, disponiendo, gobernando… Y este aplauso, que recibe prestado, en el viento escribe, y en cenizas lo convierte la muerte, desdicha fuerte. ¿Quién hay quien intente reinar viendo que ha de despertar en el sueño de la muerte?

Así hablaba Calderón por boca de Segismundo, pero no fue él sino Cervantes el autor que escogió Felipe VI para cifrar el propósito de su reinado joven, sensitivo y consciente: “Sábete Sancho, que no es un hombre más que otro, si no hace más que otro”. La autoexigencia es la clave de bóveda en la política y en la vida, en el periodismo y en el fútbol, pero lo es más que en ninguna en la institución monárquica. En toda monarquía parlamentaria el rey recibe un mandato de excelencia que hoy Felipe de Borbón y Grecia alzó al friso de su programa, que no es un programa sino una hipoteca moral. En la idea más bella y arriesgada de su equilibrado discurso, el nuevo Soberano situó la ejemplaridad como excusa de su privilegio hereditario, de su función excepcional al frente de un Estado democrático. Y lo hizo precisamente porque sabe que su propia Familia demasiadas veces no ha rayado a la altura ejemplar que pedía Don Quijote. Por momentos los suyos no hicieron más que otros hombres, sino como mínimo lo mismo, y así no se puede ser rey, ni infanta, ni duque. Él –nos ha dado su palabra– va a tratar de estar a esa altura desde la cual se marea el pequeño político partitocrático, porque un rey sin urnas también sabe que su aplauso es prestado: no solo por el deterioro inexorable de una cadera, sino porque el trono español se justifica a diario ante 47 millones de fiscales y no ante el aparato de tu partido.

Un relente suave refrescaba los entumecidos músculos de la clase periodística, que componía a las siete de la mañana la enésima cola beckettiana para acceder a una acreditación parlamentaria por la calle Zorrilla. Las escenas que yo viví el miércoles por la noche en el centro de prensa del Senado me acompañarán siempre como los horrores selváticos al veterano de Corea. Pero no es elegante en un día como hoy que los apaleados cronistas roben foco al acontecimiento. Al final se acabó entrando y hasta se pudo experimentar esa vívida lucidez de lo histórico, lo verdaderamente histórico, valioso adjetivo que a diario dilapida el garrafón mediático.

En el patio, mientras llegaban las autoridades, uno podía cruzarse con un perro antibombas (igual también olfateaba republicanos) o un ordenanza con pistola; con diputadas de pitiminí y reporteras de tacón y peluquería que entablaban con sus señorías soterrada guerra textil; con padres de la Patria y artífices de la Santa Transición; el Parlamento entero parecía un poco una boda italiana. Las mujeres se frotaban la comisura del ojo en un gesto muy tierno de temor al corrimiento de rímel. Sobre nosotros giraban uno o dos helicópteros dando el santo coñazo, cernícalo avizor suponemos que petado de francotiradores o de radares del carné por puntos por si estaba invitado Enrique López. Llegaban los senadores detrás de los diputados; llegaba la sonrisa de Esteban González Pons y un poco después llegaba el propio González Pons; o llegaba el estuche de la corona –alguno rumoreó con mal gusto que se trataba de las cenizas de Don Juan– y también el cojín suntuoso donde Posada la posaría. Lo dicho, una boda: la boda, si queréis, del viejo Estado con su relevo, que ya va tocando, encarnado todo en Felipe VI y la Reina Letizia.

Vayan acostumbrándose al título porque lo tienen, vaya si lo tienen. Por la mañana en Zarzuela Don Juan Carlos se había acercado tambaleándose a su hijo para ceñirle el fajín de Capitán General. Habíamos visto entonces retransmitida la sonrisa humana del hijo ante la debilidad de un padre anciano, más que una cesión institucional. A la Princesa Leonor preguntando el protocolo a su madre; a su hermana Sofía, despiertísima, mirándolo todo para empaparse de dinastía.

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19 junio, 2014 · 17:15

Señales de vida bipartidista

"Ya les gustaría", se dicen.

«Ya les gustaría», se dicen.

Hoy en el hemiciclo se habló de cosas secundarias como la justicia universal. ¿Qué importancia puede tener que 43 narcotraficantes –o eso dice Irene Lozano– sean excarcelados por culpa de la reforma que acota la jurisdicción de los llaneros solitarios de la Audiencia Nacional, mientras no encarrilemos la sucesión de Rubalcaba? El todavía secretario general del PSOE se ausentó hoy de la sesión, y sobre su escaño vacío creímos vislumbrar por unos segundos la sombra alargada y pendulante de una coleta: la coleta de Damocles, vulgo Podemos. No estando Rubal tampoco apareció Rajoy, claro, porque el bipartidismo es un tango que no se puede bailar solo. Que faltase también Duran ya entra dentro de las clandestinas exigencias de la secesión o bien del servicio de lavandería del Hotel Palace, y no queremos conjeturar.

Encomiables, conmovedores fueron los esfuerzos de la bancada socialista por ejercer su labor de oposición como si no pertenecieran a un partido recién jibarizado por las urnas, una vetusta organización que pierde a raudales capacidad de colocar a sus miembros, que es lo último que debe perder un partido político. Cuando los diputados del PSOE se levantan en el escaño ya empezamos a temer que en vez del micro enarbolen un violín, mientras la bancada entera se empina de popa y se parte por la mitad, hundiéndose en el Atlántico norte.

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28 mayo, 2014 · 17:00

De ratones y hombres

Soraya acusa. La Zola del PSOE.

Soraya acusa. La Zola del PSOE.

“La sesión de hoy ha sido interesantísima. Yo no pude hacerme cargo de nada, pero esto no desvirtúa el alto interés de la sesión. Si únicamente fuese interesante aquello que uno comprende, el decir de alguna cosa que tiene interés sería un acto de pedantería. Yo no sé nada de Marina, de Administración local, de reforma electoral, ni de reorganización económica; apenas si sé lo que es una elipsis, un participio y una sinécdoque. Y sin embargo sería quimérico sostener que una sinécdoque interesa más al país que la cuestión de las cédulas personales, sobre las que han disertado hoy los señores Nougués, Corominas y Osma”.

Así empezaba una crónica parlamentaria de 1907 un Julio Camba de 22 años, recogida en el imprescindible volumen que acaba de publicar la editorial Pepitas de Calabaza. Desde entonces hasta hoy no han cobrado mucho más interés las sesiones de control que las sinécdoques, y ambas desde luego le ocupan al país bastante menos que las finales de Champions y las reediciones de Puerto Hurraco pasadas por los Panero. Por cierto que cuanto más averiguas sobre el crimen de León, menos te impresiona el tenebrismo de la novelística sueca.

Pero esta mañana en las Cortes no se hablaba del asesinato de Isabel Carrasco sino en los pasillos, pues en la tribuna de oradores estaba Rosa Díez reprochando a Rajoy que coarte la libertad de prensa en este país, para lo cual tiró de un informe que nos coloca en el puesto 52 del asunto, ligeramente mejor que la Italia de don Silvio. Era una interpelación tribunera, cierto, dirigida a masajear el lomo molido de los medios, donde Díez tiene más aliados que entre la clase política. El problema de UPyD se llama bipartidismo y su mala salud de hierro, y se llama industria periodística y sus tambaleantes pies de barro. Rajoy conoce perfectamente –no diré que celebra– el proceso de mascotización de la prensa, empujada por su ruina a la adulación mendicante, pero opta por la reducción a Perogrullo, una de sus estrategias favoritas:

–Es usted muy injusta con España. Aquí hay libertad de expresión recogida por la Constitución. En España hay más canales, medios y radios que en ningún sitio. Le recomiendo que sea usted más ecuánime.
–Yo más ecuánime, y usted más sincero. No confunda cantidad con calidad ni con libertad. Aquí hay prensa pública y prensa concertada. Así no hay democracia –ha replicado Díez, que buena es ella como para no replicar.

Exagera usted, ha zanjado al final Rajoy: solo tiene que ver cómo aquí todo el mundo dice lo que quiere sobre los temas más diversos. (Y eso es verdad; otra cosa, es que se cobre por ello.) No puedo compartir su juicio a toda luz hiperbólico, señoría. Y se ha sentado con calma, sin necesidad de mirar antes el asiento del escaño por si había alguna cabeza de director de periódico. El problema no es que el Gobierno censure, sino que no ayude como antaño, dejando a los medios terriblemente solos ante su esquivo público de pícaros y piratas. Este espinoso debate lo recuperaría más tarde un diputado del PSOE que acusó al ministro Soria de restringir la oferta televisiva a voluntad en virtud del cierre de nueve canales de la TDT. Soria vio bajar la bola lentamente, subió trotando a la red y ejecutó la volea previsible:

–En 2010 se hizo una adjudicación sin concurso previo. Una empresa recurrió. Y el Supremo sentenció.

Y este gabinete no llorará por ello, le faltó apostillar.

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14 mayo, 2014 · 15:27

Soraya ha dicho puta

Esta boca es mía.

Esta boca es mía.

Soraya ha dicho puta.

–¿Qué Soraya? –te preguntan en el Twitter, donde creen más verosímil que lo diga Rodríguez, ellos sabrán por qué.

Pero lo soltó la vicepresidenta del Gobierno y lo soltó en los pasillos, no desde el escaño. Con la crisis en la prensa y su cosecha de cobardía, oficiosidad y ventriloquia por un lado, y la tradicional omertá que vigila el sanedrín del periodismo parlamentario por el otro, uno ya no sabe con qué grado de exactitud hay que recoger una conversación de corrillo con un político. La redactora de El Mundo no dudó en titular por lo literal, con el escandalito consecuente.

El casticismo de la vicepresidenta solo puede sorprender a quien crea en los estereotipos como de hermano Grimm de las tertulias, donde se quiere un bando de pijos azules y otro de milicianos carmesíes. A lo sumo oiremos el rasgado vestimentario de algún humorista de La Sexta –clerecía del nuevo puritanismo–, sin necesidad tampoco de que procedan a mesarse las barbas y a recoger cantos para la lapidación. Porque los políticos, fuera de micro, hablan como todo el mundo, aunque quizá un poco mejor: ya dijo Churchill que no hay mayor refutación de la democracia que charlar cinco minutos con tu votante. A Aguirre le daban votos sus micrófonos traicioneros y a los que no conocían la expresividad en privado de Sáenz de Santamaría quizá les guste enterarse de que la mujer más poderosa del país no es ajena al gracejo popular del mejor castellano. Uno da fe.

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29 abril, 2014 · 20:10