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La nariz de Cataluña

Nariz catalana con nariz de Huesca.

Nariz catalana con nariz de Huesca.

En el día de Sant Jordi la FIFA, finalmente dragón bufo de restaurante chino, levantó la sanción al Barça para que pueda reconstruir su ciclo sobre nuevos cimientos más exóticos que los de La Masía. Esto se daba por descontado y los madridistas nos alegramos de ello, porque nunca sabría igual otra Copa ganada a un equipo castrado. Un equipo de estirpe netamente catalana condenado a dos años de soledad.

Siendo así que hoy el Barça, mes que un club, ejército desarmado, proyección senyera, celebra con alivio la venia de la FIFA, lo que no terminamos de entender es que sus aficionados de querencia independentista no completen el silogismo: si se acepta que un gran equipo de fútbol reducido por la fuerza a su cantera no puede competir con garantías en Europa, ¿por qué habría de competir mejor en el mismo ámbito un nuevo Estado edificado por la fuerza sobre la segregación social y la oligarquía endogámica?

–Oiga, no compare el fúpbol, que es un juego, con una cosa tan seria como el derecho de autodeterminación de los pueblos.

No, hombre: ni el fútbol es un juego ni la autodeterminación un asunto serio. El fútbol es quizá la industria más poderosa de nuestro tiempo y como tal se ajusta a criterios de eficiencia que mantienen erecta la carpa del circo. Uno de esos criterios es un mercado de fichajes minuciosamente regulado, como sabe pero ignoró el señor Rosell. Sin fichajes no hay espectáculo y sin mestizaje no hay sociedad abierta. La autodeterminación es siempre la humedad febril de un oligarca que aspira a ampliar su poder, independizándolo del papá Estado que te pone hora de llegada, aconseja verdura cuando se antoja mona de Pascua y obliga a posponer la nómina en la conselleria prometida al sobrino Macià para destinar ese dinero a charnegos necesitados. Así no hay manera de vivir.

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23 abril, 2014 · 19:00

Ovejas eléctricas en el Congreso

Distopía parlamentaria.

Distopía parlamentaria.

Blade Runner ha quedado como la distopía más verosímil para un Occidente hiperdesarrollado, con su atmósfera de hollín, sus replicantes líricos, su humedad ácida, sus ovejas eléctricas soñadas por androides sin escaño. Pero uno se inclinaba a pensar en los gordos satisfechos y motorizados de Wall-e como el futuro más esperable, futuro que se producirá tras la derrota final de los gimnasios y la victoria silenciosa de los triglicéridos y la tecnología. Hasta hoy. Porque hoy, un día después del multitudinario debate sobre el Tabarrón Catalán, el hemiciclo comparecía comido de calvas, sin fotógrafos, sin reporteros, sin apenas diputados; y este cronista, únicamente acompañado en la tribuna de prensa por una ujier rubicunda, experimentó una visión de la distopía más plausible en democracia: un pequeño hemiciclo urbano con portavoces hablando de Europa en idioma de signos y una multitud popular, pastoreada por personal shoppers, derramándose sobre plazas y comercios y locales de apuestas deportivas, felizmente ajena al destino de sus impuestos.

Del escalofriante ensueño vino a socorrerme la voz familiar de Mariano Rajoy. En estos plenos rutinarios que siguen a un gran evento político, sobre todo en los infumables partes del Consejo Europeo, sabedor de que nadie le presta demasiada atención el presidente gallego suele pinchar en el tocadiscos de la tribuna de oradores la cara B de su retórica personal: sus psicofonías más campechanas, tautológicas y geniales: “Si usted, señor Cayo Lara, estuviera en mi lugar, se mostraría razonablemente satisfecho. Y si yo estuviera en el suyo, me mostraría razonablemente insatisfecho”. O bien: “Usted habla mucho de Asturias, y es muy natural, puesto que es asturiano y es diputado por esa circunscripción”. Y también: “No diga lo que yo no he dicho, porque yo digo exactamente lo que he dicho”. Y en este plan. Yo miraba a los lados para compartir mi admiración con algún compañero, pero la ujier rubicunda se estudiaba las uñas.

La noticia era Cañete –nunca una novedad fue tan rebajada por el rumor antes de su oficialización–, quien aparecía en su escaño volcado sobre un tomazo de folios, supongo que los papeles para el exilio. Dulce exilio, en su caso. La primera pregunta de la sesión de control la hizo Rosa Díez sobre sus bailarinas azul eléctrico a juego con el vestido (¡y su prosodia!): versó sobre pobreza infantil y aparejaba una queja por el trato que don Mariano había dispensado a la líder de UPyD en el Debate del Estado de la Nación. Rajoy obvió lo segundo y respondió a lo primero con una cascada de millones de euros para partidas sociales que combatan “la cara amarga de la crisis”. La cara amarga de la crisis es el nuevo marco incomparable, que a su vez sustituyó al crisol de culturas edificado sobre la fiesta de la democracia. A este abuso del tópico adscribimos la cara A de la oratoria presidencial: la menos interesante y divertida.

Don Cayo y don Mariano oficiaron una dialéctica trinitaria a cuenta de la desigualdad social y la reforma tributaria. Rajoy aseguraba que esta próxima reforma persigue tres cosas: empleo, lucha contra el fraude y equidad recaudatoria. Pero el portavoz de IU contratacaba con la trinidad reivindicativa de las llamadas Marchas por la Dignidad: pan, techo y trabajo. Va uno aprendiendo que esto de la economía guarda una relación cada vez más estrecha con la teología, no solo porque se ocupa de entidades trimembres (tierra-capital-trabajo, producción-mercado-consumo, Padre-Hijo-Espíritu Santo y así) sino porque además exige notables cantidades de fe para su desarrollo. Al final a Lara se le escapó una sentencia maravillosa que nos lo acerca a Peppone, el alcalde comunista que anda siempre cordialmente peleado con Don Camilo en las novelas de Guareschi: “Usted y yo, señor Rajoy, coincidimos en la filosofía, pero no en la práctica”.

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9 abril, 2014 · 20:58

El ancho nombre del feminismo

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Echávarri, el milicianismo que no cesa.

Nos gustan las sesiones de control rutinarias, casi cenicientas. El debate sobre el estado de la nación concede un relumbre excepcional: pero el parlamentario y el cronista labran su oficio desventurado en días como hoy, sin historia, sin otro aliciente que la disciplina de partido, roturando como bueyes mudos el sendero trillado de la democracia. Nos gusta esa postal apacible como de espigadoras de Millet gastando culo sobre el escaño en vez de pellejo sobre el azadón.

Por no estar no estaba ni Soraya, que prefirió un desayuno informativo. Con buen criterio, pues ahí no tiene a una tocaya apuntándole con el dedo, discutiéndole así sea torpemente su poder. Rajoy eligió un tono de sosiego que quizá sea solo fastidio de tener que dar explicaciones. Rubalcaba continuó en cambio la estrategia estrenada en el gran debate: una agresividad voluntariosa, forzada, enternecedora, a cuenta de la reforma educativa de Wert que vino precedida de un grito sarcástico desde la bancada pepera: “¡Ánimo Freddy!”

–Ustedes han pasado del “solos contra todos” al “deprisa, deprisa, que viene la oposición”. Es una chapuza. Reúnase al menos, señor Rajoy, con sus comunidades autónomas y pare este insensato calendario. Aprovechan la crisis para atacar la educación…

A tal punto llegaba la desgana de don Mariano que acusó a Rubalcaba de estar instalado en el inmovilismo. ¡Rajoy, que ha hecho del inmovilismo un apéndice a El Príncipe de Maquiavelo! Tiene mucha razón en recordarle a don Alfredo que las únicas leyes educativas que han regido en este país han sido socialistas, y que la calidad educativa no depende del dinero, pues España invierte bastante más por alumno que la media europea y Pisa sigue retratando al zoquete nacional. Pero, hombre, presidente, usted no puede pronunciar la palabra inmovilismo. Es como si Putin denuncia el movimiento (de tropas).

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12 marzo, 2014 · 18:00

Sin César no es lo mismo

Publicidad al gudari modo.

La publicidad al gudari modo.

Una sesión de control al Gobierno consta en la España actual de cuatro momentos verdaderamente reseñables: la esgrima más o menos sedosa entre Rajoy y Rubalcaba, la sorayomaquia o riña de Sorayas, el aria de Gallardón frente al coro de bacantes y el numantinismo de Wert contra los paladines del krausismo, tengan un Goya o no. Rajoy está en Turquía y para Wert no hubo preguntas de la oposición –preguntas a pillar, que son las que dan juego–, así que el espectáculo, privado de dos de sus highlights, quedó deslucido, poco seductor para grandes anunciantes, diríamos. Si en la tribuna de invitados se encontraba algún promotor de la Superbowl, pueden ustedes apostar a que salió corriendo y no paró hasta Gamonal.

No se censuró ningún spot publicitario de Scarlett Johansson pero a cambio Jesús Posada reprobó la cartelería proetarra de los muchachos de Amaiur, que llevaban quizá demasiado tiempo sentados en silencio y cualquiera corría el peligro de confundirlos con diputados. Cuando uno de los amaiurenses, período antecessor, entregó un sobre a Soraya Sáenz de Santamaría justo antes de comenzar la sesión, el presidente del Congreso le espetó a la vice sobre el micrófono abierto: “¡Tíralo, tíralo, coño!” Destapó así Posada una íntima vocación de guardaespaldas que olfateara ántrax, si no químico, al menos ideológico o protocolario.

Para colmo, la escasa expectación que levantaba el partido la mató Sáenz de Santamaría en los primeros minutos, igual que Cristiano contra el Atleti, y que Dios me perdone el parangón. Soraya Rodríguez le dirigió una de esas preguntas-baúl de la Piquer en que cabe de todo: el tren de la libertad abortista, el elitismo de la derecha, el oprobio derramado sobre los actores por la ausencia goyesca de Wert, el consiguiente símil de la Pascua militar y al fin la lucha de clases reloaded por obra nefanda de un Ejecutivo de señoritos que habría restringido el acceso a las becas para que los niños pijos paladearan en exclusiva las mieles del Erasmus. Como si los niños de papá las necesitaran. La vice vio bajar el balón suavemente, arqueó el cuerpo y remató sonoramente con un recurso que no le habíamos visto todavía:

–A usted, señora Rodríguez, la demagogia diaria se la desmiente la vida misma. Le recuerdo que usted y yo hemos estudiado en un instituto público, y no en cualquiera: en el mismo.

No cayó en el error de apostillar “y ahora compare trayectorias”, pero todo el mundo lo entendió perfectamente. Es lo que tiene jugar la baza del clasismo si no estás seguro de que el otro chorrea sangre azul.

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12 febrero, 2014 · 20:12

El PP y Faulkner

La cocina del CIS, pese a todo lo que se dice, no alcanza el grado de artificio de un doctorado de Rahola o un acta de Ayza Gámez. Cuando yo mismo empezaba a creer que la existencia de tales encuestados era una exageración, un día del pasado enero llamaron a la puerta de casa de mi novia y la amable señora del umbral se presentó como enviada por el mismísimo Centro de Investigaciones Sociológicas.

En ese momento yo estaba en la ducha. Como no estoy acostumbrado a poner nota al Gobierno en pelotas salvo cuando escribo en verano, la encuesta se la hicieron a mi novia, que se mostró muy cicatera en la valoración del equipo de don Mariano a excepción de Soraya, a quien mi novia llama “Sorayita” y por la que siente una positiva admiración de género. Le puso una nota inconcebiblemente alta. Completado el interrogatorio la encuestadora se marchó a otro bloque de pisos, arguyendo que debe observar un complejo criterio de selección geográfica para garantizar la representatividad de la muestra. Ya solo me falta conocer al depositario de un audímetro para darle un vuelco completo a mi escepticismo vital.

Por las razones expuestas, netamente autobiográficas, tiendo a concederle más crédito a este sondeo que a los anteriores so pena de bronca de pareja. El PP arroja el peor dato desde que llegó al poder, pero es que el PSOE cae otro poquito más, no se sabe ya desde dónde, aunque el voto del cabreo –a quién votaría usted mañana mismo– es para los socialistas (¡la intención es lo que cuenta, Alfredo!). Los clásicos recientes del CIS se mantienen: IU y UPyD suben, todos odian a Wert y a Gallardón, y Rosa Díez es la líder más valorada desde Aníbal, cuyos elefantes barritaban como doña Rosa en sesión parlamentaria. El CIS es generoso con Artur Mas y con Iñigo Urkullu, a cuyas respectivas formaciones aleja mínimamente de las zarpas jacobinas de ERC y Bildu. Cañete es el más valorado, y no solo por la perfección decimonónica de su barba sino porque la gente considera que es el único que se dedica a algo tangible: la agricultura, las cosas de comer. Vox aún no cosecha reacciones en esta encuesta pero a cambio tiene la de El Gato al Agua, donde Vox se hace el solitario en las trampas.

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6 febrero, 2014 · 12:50

La vigorexia otoñal del aznarismo

El aznarismo es un ismo correoso que se resiste a morir. No hay imagen más elocuente del aznarismo que aquellos abdominales extemporáneos de su fundador en la playa, musculado contra natura en un anacronismo pectoral que lo es también político. No era aquella una musculatura juvenil sino casi atemporal, como la de un elfo maduro. Aquel tegumento de piel se atirantaba no sobre el músculo sino sobre la determinación implacable de un espíritu. La vigorexia de Aznar –y esto creo que no se ha entendido bien, y por eso se le buscaban francesas a lo Hollande o becarias a lo Clinton– era de naturaleza espiritual, lo cual le ha obligado no a mantenerse en forma durante su mandato, que también, sino sobre todo a seguir entrenándose después como conciencia de la nación, ejercicio mucho más exigente que el mero gobierno.

El aznarismo que hoy se revuelve contra el PP de Rajoy invoca principios traicionados como los había invocado Fraga contra el pragmatismo de la UCD, pero al final Fraga se reveló como un político Dorian Gray que dejaba al franquista pudriéndose en el desván pero que en la escena achicaba espacio ideológico al BNG. Si Fraga crecía en progresismo a medida que no podía andar, Aznar se ha medievalizado a golpe de abdominales. Quiero decir que en política los principios no se invocan para reformar a la sociedad sino para desprestigiar a tus rivales, preferiblemente a tus compañeros de partido. Se invocan para pisar moqueta y una vez allí levantar una esquinita y meter debajo la voz de la conciencia. Luego se va o se le echa a uno de la moqueta y los principios reaparecen como por ensalmo, y uno acaba dando lecciones de vigorexia espiritual en platós y en presentaciones de libros.

Pero Aznar no siempre fue su propia caricatura derechista. Aznar llegó a ser liberal, llegó a ser centrista y a la vez periférico de catalán en la intimidad. Ni derogó la ley del aborto socialista ni recentralizó las competencias autonómicas: antes bien las llevó más lejos que nadie con tal de gobernar. Aznar sacrificó a Vidal-Quadras, aunque ahora los meten en el mismo saco antimarianista. Aznar desechó a Mayor porque no quería un PP democristiano y desechó a Rato porque no quería un PP pijo. Aznar purgó a toda figura heredada de Alianza Popular en mucho menos tiempo del que ha tardado Rajoy en hacer lo propio con el aznarismo, en aplicación escrupulosa del ciclo de la vida y la santa ley de la selva política. Así que menos fascismo, caperucita.

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30 enero, 2014 · 13:15

Pasión bíblica y aborto pasionario

De entre los muchos tipos de democracia que existen, la parlamentaria no es de las que menos me gustan. Ciertamente no es tan eficaz como la democracia gamonalera, pero a cambio es más aseada y se pasa menos frío ejerciéndola. Uno ocupa su sitio en la tribuna de prensa y contempla a los diputaos, que dice Rajoy, y puede entretener el fárrago de 16 folios que ocupó su balance del Consejo Europeo decidiendo qué señoría le representa mejor.

¿Quizá Rosa Díez, cruzada de piernas en su escaño, los tacones color cereza apuntando peligrosamente a la escalera? ¿Y aquellas diputadas populares del fondo que han pasado las navidades consumidas en la impaciencia de pasear el nuevo modelito por la sede de la soberanía nacional? Desde luego no nos representa el montaraz jersey de cuello vuelto de Errekondo, como tampoco la maraña húmeda que corona el cráneo de aquella otra diputada de Esquerra. ¿Qué puede haber de monárquico en un secador? Luego pasa lo que pasa, que el hemiciclo era hoy un mar de gripe A agitado por olas de pañuelos blancos, sonoros, sacudidos violentamente por las narices congestionadas de nuestros representantes. Y uno, que arrastra un catarro reglamentario, se siente al fin perfectamente representado por los mocos de sus señorías. «¡La democracia gripada!», me señaló un ágil tuitero.

El parón navideño y la envidia del relumbrón de que ha gozado la democracia real en Burgos preparaban el desquite de los portavoces, quienes no ahorraron ni un minuto de intervención al sufrido reporterismo. Fue servido sin pausas un engrudo retórico que se extendió uniformemente desde la nueve hasta las tres. Ahí queríamos ver nosotros al llorado Leguineche. Se oyó a Rajoy insistir en que los eurolíderes reunidos en Bruselas le ven mejor color a la orina del enfermo. Se oyó a Sánchez Llibre mentar a Schumann y a continuación oponer al tabarrón catalán «la política con mayúsculas» –qué será eso de la política con mayúsculas: ¿una teocracia?– para acabar quejándose de los procedimientos de limpieza de los cuarteles. Sic.

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22 enero, 2014 · 19:50

El cañón contra el mosquito

La oposición insiste en que España es el coche de Rajoy que avanza hacia el precipicio en Rebelde sin causa. Rajoy conduce su coche con don Tancredo de copiloto y parece inmune a todo vértigo. Con él pretende emparejarse Artur Mas, la persona, que lleva de copiloto a Artur Mas, el político, y entre ambos se entabla un diálogo artúrico ininteligible, de hecho equivalente a la dicción de Luis Moya. Desde fuera, apostada en el borde mismo del barranco se halla Rosa Díez con la bandera de cuadros: su función consiste en levantar acta del momento justo en que descarrilará el Estado. Así por ejemplo a cuenta de la elección compadreada de vocales del CGPJ, que Díez explica con la teoría del pacto entre bomberos que no se pisan la manguera ante el incendio bipartidista de la corrupción:

–UPyD va a dar esta batalla hasta el final. Esto se ha hecho con obscenidad y alevosía.

Todos sospechamos que la vocación de partido antipartidos de UPyD durará lo que tarde en pisar moqueta, pero entretanto la voz cafeínica de la lideresa magenta zumbará en los oídos de Rajoy, a quien solo Rosa Díez logra enrabietar como ya le gustaría a Artur Mas.

–Deje de agredir a esta Cámara, que con el 93% de los votos sancionó el procedimiento vigente. Sea usted un poco más modesta.

Contestada Díez, el ademán impasible regresa al rostro de don Mariano y no se le crispa lo más mínimo cuando el tribuno Cayo le pide que tenga por Navidad un detalle con los españoles y dimita. Se relaja tanto el gallego cuando le mientan la dimisión que incurrió en un paralelismo sintáctico con aquella solemnidad funesta de Zapatero:

–España no es como usted la pinta, señor Lara. Hoy estamos mejor que el año pasado pero peor que el año que viene.

Cuidado con según qué vaticinios, presidente, que la última vez que un inquilino de la Moncloa construyó esa frase estalló la T-4. Lo cierto es que detecto en Rajoy un conato reprimido de triunfalismo económico que puede cursar con imprudencias y abusos retóricos muy alejados de su imbatible estilo tancredista, como cuando le ha reprochado al dirigente de IU que se encontrara en Cuba mientras él celebraba la Constitución. Cuando se cañonea al mosquito el público se pone siempre de parte del mosquito, fenómeno que resume la personalidad y el destino de Cristóbal Montoro. Al ministro de Hacienda le inquirió un diputado opositor por su afición al uso arrojadizo del secreto fiscal y Montoro respondió que cada vez que le habla un socialista recibe una lección de humildad y moderación. Es tan incurable el sarcasmo en Montoro como la afasia en Messi.

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18 diciembre, 2013 · 17:53