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De la oralidad del sanchismo

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La voz.

Cada vez que habla Pedro Sánchez, en la redacción ponemos el plasma y subimos el volumen. No lo hacemos a menudo porque Sánchez no se prodiga en ruedas de prensa salvo si viaja al extranjero, y no siempre hay extranjeros disponibles para Sánchez, pese a los desvelos de sus guionistas. Pero de súbito su voz campanuda fluye por la estancia y todos levantamos unos segundos la cabeza del teclado:

-Si tuviera que elegir una palabra para definir mi proyecto de Gobierno, sería Justicia. Justicia económica, social, de género… La Justicia es lo que moviliza a una sociedad.

La proclama alcanza los oídos del redactor, baja repicando por las trompas de Eustaquio, cruza los hemisferios cerebrales y termina alojándose en el lóbulo frontal, encargado del procesamiento lógico de la información. Pero el redactor no logra desentrañarla. No acierta a distinguir su significado concreto. Tras oírle un número suficiente de veces, uno concluye que la dificultad de comprenderle estriba en una cesura radical entre la voz de Sánchez y las intenciones de Sánchez. No recuerdo otro orador que produzca ese efecto de ventrílocuo de sí mismo: en Sánchez, la forma y el fondo viven escindidos. Es capaz de enviar los fonemas por delante de los conceptos que se suponen acompasados a la fonación; pero uno se queda esperando alrededor de un cuarto hora y el concepto no llega, como no llega Godot. Solo recibe el sonido, cavernoso y bello, como si filtráramos el contenido de un globo de helio a través de un odre y recogiéramos los ecos en una cámara de resonancia, a poder ser la orquesta de Radiotelevisión Española.

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3 septiembre, 2018 · 9:31

Pedro Páramo llega al Valle

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Las manos del demiurgo.

El realismo mágico lo inventó Juan Rulfo, García Márquez lo popularizó e Iván Redondo lo metió en La Moncloa, desde donde cada día nos cuentan el cuento del hombre de tuits legendarios y manos milagrosas que comparte con el cacique Pedro Páramo el nombre de pila y la obsesión por los muertos, Franco sobre todo. La legislatura avanza como una novela picaresca, género generoso que permite al protagonista cabalgar toda contradicción con tal de satisfacer su afán de medro. Nuestro personaje no viene de Comala sino de Pozuelo, pero sus hazañas ya nutren el canon de la literatura fantástica. Encarna el cambio pero gobierna con los presupuestos de PP y Cs; trae a voces el Aquarius pero improvisa calladamente centros de internamiento en Algeciras; apoyó el 155 pero corteja a Torra; invoca el consenso parlamentario pero fomenta un presidencialismo de nuevo rico; formuló en La Sexta el ataque a Prisa más crudo que se recuerda pero hoy recibe el solícito calor de ambos grupos; cargaba en la oposición contra la afición marianista al decretazo antes de redoblarla en el poder; cultiva el desenfado indumentario pero no se priva de ninguna residencia de rancio abolengo -de Doñana a Quintos de Mora-; y se presenta como la regeneración mientras propaga el clientelismo de sigla y ampara sus escapadas a conciertos en el secreto de Estado. Lleva camino de convertir a Lázaro de Tormes en Bernarda Alba.

Todo en el sanchismo es de plástico, salvo la ambición, pero su liderazgo siliconado es hijo de la época. Muchos bautizaron este consejo de ministros como un brillante escaparate, cuando se trata de un espejo favorecedor: un reflejo perfecto para la vanidad moral del votante contemporáneo. ¿Quién no quiere luchar contra Franco, salvar a un náufrago, esquilar al empresario obeso para socorrer al niño pobre, ayudar a bien morir al próximo Ramón SampedroSánchez, o quien escribe su relato, ha entendido que para ganar elecciones hay que estimular la glándula del narcisismo, masajear el mejor concepto que el elector tiene de sí y ahorrarle a toda costa la retrógrada deferencia de tratarle como adulto. Si votas Sánchez votarás a tu mejor yo, tu yo feminista, solidario, ecológico, guapo. De las cosas de comer ya se encargan en Bruselas, donde prefieren la prosa naturalista.

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23 agosto, 2018 · 10:04

De la urnofobia al emoticono

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Urnófobo.

Mes y medio después de la moción donde debió hacerlo, Pedro Sánchez presentó en el Congreso su programa de Gobierno, o su programa electoral. Eligió para ello el Día Mundial del Emoticono, y en eso nadie va a discutirle la coherencia: el emoticono es un invento de los ingenieros de Silicon Valley para ahorrarnos el esfuerzo del lenguaje articulado y el sanchismo es un invento de los spin doctors de Moncloa para ahorrarse el trámite de gobernar con escaños. ¿Estamos ante un Gobierno corto o ante un spot largo? ¿Vale la pena indignarse por las amenazas a la enseñanza concertada o a la industria del diésel? ¿Cuántas de las reformas anunciadas se llevarán finalmente a término? Es la pregunta que en estos momentos se están haciendo la momia de Franco en la huesa de Cuelgamuros y los defraudadores acogidos a la amnistía fiscal en el confortable anonimato del que Sánchez ya no quiere sacarles.

El presidente del Gobierno es un hombre audaz, pues hace falta audacia para llegar a presidente como ha llegado, pero a cambio padece dos miedos paralizantes: a los periodistas y a los votantes. De los primeros teme las preguntas, y para eso envía a las ruedas de prensa a sus ministras, y de los segundos teme la intención de voto, y para eso coloca en los fogones del CIS a don Tezanos, que llega con el mandil puesto y el carné en la boca. A este síndrome sanchista del pánico electoral lo ha bautizado Hughes como urnofobia, contra la cual solo se conoce un tratamiento: el dinero público, que ya se sabe que no es de nadie. El plan es comprar en el mínimo tiempo posible el máximo número de voluntades con cargo al bolsillo del contribuyente. Puede intentarlo porque recibe una España que crece al 3% y porque Calviño ha rogado a sus colegas bruselenses que hagan la vista gorda mientras engrasa con más déficit la campaña de las autonómicas. Y así es como, Sánchez, gobernando con los Presupuestos del centro-derecha, rinde tributo a la sentencia de Josep Pla, que advirtió que el socialismo es un lujo pagado por el capitalismo.

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17 julio, 2018 · 18:15

Dos años de manicura

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Sánchez y la Mano de Sánchez.

La legislatura de Pedro Sánchez ha resultado más bien una manicura. En ella lo importante no son las leyes, cuya confección exige mayorías parlamentarias, sino las manos, para las que basta un fotógrafo con tendencia a la mitomanía. Las manos de Sánchez están a punto de cobrar vida autónoma, de emanciparse del propio Sánchez así como los socios de Sánchez quieren emanciparse de España, y en estos juegos de manos o manicura federal asimétrica consumiremos los dos próximos años. Sin olvidarnos -por supuesto- de Franco, en cuyas manos descarnadas ya no queda ni la mitad de la determinación que el community manager de Moncloa aprecia en las de Sánchez, porque si quedara algo igual no le molestaban en otros 40 años.

Los usos marianistas fijaban las comparecencias en el Congreso después de los consejos europeos para informar de lo tratado a sus señorías; Sánchez comparece antes, lo cual tiene sentido en países que pactan su política exterior con sentido de Estado, como Alemania, y carece de él en países donde hasta el 4-4-2 se ideologiza, como España. ¿Por qué Sánchez viene al Congreso a hablar de Europa si al final de la sesión no se vota una posición común? Sencillo: porque todo el tiempo que gaste hablando de Merkel y Macron es tiempo que gana sin hablar de financiación autonómica, reforma laboral y otros engorros impracticables con 84 diputados. Los presidentes españoles tradicionalmente han dedicado su primer mandato al patio interior para proyectarse internacionalmente a partir de su segunda estadía monclovita, pero Sánchez está invirtiendo las prioridades; o más bien está tratando de opacar las servidumbres de lo doméstico con los destellos del fuselaje del Falcon: «No me vengáis con un presidente de Diputación valenciano que me estoy pegando con Salvini, paletos». O quizá no está muy seguro de que vaya a disponer de un segundo mandato.

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28 junio, 2018 · 10:46

Pedro Sánchez, sumo pontífice

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Presidente sin control.

Volvía Sánchez al lugar de los hechos y todos esperábamos que el instinto criminal hubiera cambiado de bancada: se supone que ahora la víctima parlamentaria debía ser él. Pero no hubo derramamiento de sangre roja por dos razones: porque el PP se encuentra ocupado derramando la suya propia como para ponerse a hacer oposición -hasta Hernando sonó como un herbívoro- y porque Podemos ha caído bajo el hechizo sanchista hasta niveles que lindan con la diabetes. Hay que ver qué golfa es la sonrisa del destino, con qué insospechada facilidad muda en cuestión de meses de unos labios a otros. Sorprende que Iglesias se resigne a ver cómo su denostado Sánchez les achica espacio con juegos diarios de pirotecnia ideológica capaces de dibujar en el firmamento de la izquierda española una sola sigla: PSOE. Con Podemos en funciones de muleta, capote y alfombra persa. Cómo se miraban los ministros socialistas y los opositores morados. Al camarada antes se le hacía la autocrítica; ahora se le agradece el tono.

De momento Sánchez, a falta de programa, se aferra a un mantra: «Hay que reconstruir los derechos y libertades desmantelados por el PP». De ahí no le sacas. Más duro que Iglesias estuvo Baldoví, que empieza a olerse la tostada sin pan en que consiste la estrategia de supervivencia del ilusionista Sánchez. Preguntó el de Compromís por lo suyo, por la infrafinanciación de Valencia, que los votos no son gratis; Sánchez contestó que una cosa es el corto plazo y otra distinta el medio plazo, por no hablar ya del largo plazo. Y en todo caso, lo primero es reconstruir los derechos y libertades desmantelados por etcétera. Así pasó la sesión, mientras el bueno de Pedro Duque giraba educadamente su sillón azul para orientarlo al diputado interpelante y Santamaría y Cospedal salían a conspirar al pasillo. Cada una por su lado, se entiende.

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21 junio, 2018 · 15:23

Jauría eres tú

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De dioses a animales.

Qué es jauría, dices mientras Màxim clava en nuestra conciencia su dimisión del banco azul: jauría eres tú. Quien no es de izquierdas de joven no tiene corazón y quien no ha sumado su ladrido al coro de canes indignados por la mera existencia de la luna no tiene Twitter. En la calle digital reina la agresividad por defecto y ya no quedan tejados para gatos indiferentes: hoy todos somos perros comprometidos.

Al divino Màxim le ha sucedido, invirtiendo la secuencia darwinista, el zoológico Guirao, que considera a los animales iguales al hombre «en inteligencia, en sensibilidad y en derecho a la vida», con los problemas penales que semejante convicción les crea a los asadores. Si corren malos tiempos para la lírica es por el intrusismo de la política, cada día más cursi, de ahí que el progresismo del ministro supere el del poeta César Vallejo, quien en el poema que titula estas columnas ponía nuestra pena en observación como signo distintivo de lo humano: «Considerando también / que el hombre es en verdad un animal / y, no obstante, al voltear, me da con su tristeza en la cabeza…» A don Guirao no le damos en la cabeza con nuestra tristeza sino con nuestros impuestos (bien sabe Màxim que son lo mismo), y por eso anuncia la solemne bajada del IVA cultural… semanas después de que lo bajara el PP por exigencia de Cs.

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17 junio, 2018 · 23:25