El sol de la mañana irrumpió por la izquierda del plano y prendió el parietal de don Pedro, donde arden los nombres de sus ministros fungibles y se cocina la sumisión de los que van a morir y le saludan. Pero esta vez la sien cesárea parió un ratón, o más bien dos, para sustituir a Carolina Darias y a Reyes Maroto, que tampoco parecen carne de biografía de Zweig: una será recordada por la gravosa longevidad del tapabocas y la otra por una navajita con ridícula vocación de cimitarra.
Acaba de publicarse el índice de los países más felices del mundo y España ocupa el puesto trigésimo segundo, por detrás de Estonia y por delante de Italia. Para desacreditar la lista basta señalar que la lidera Finlandia por sexto año consecutivo, posición que solo se explica por su turolense nivel de despoblación -si el infierno son los otros, como estableció Sartre, entonces Finlandia debe de ser el paraíso- o porque los encuestadores hayan preguntado a los renos. Uno pasó cierta vez por Helsinki y no sintió ni frío ni calor, seguramente porque era verano.
Creer en la lucha de clases exige un salto de fe, pero la lucha entre generaciones está más viva que nunca. Nuestros niveles de desigualdad de renta son equiparables a los de otras democracias, pero el récord de paro juvenil lleva demasiados años siendo orgullosamente español. Solo en España el pensionista es objeto de una idolatría como de vaca hindú que desfonda las arcas del Estado y traiciona la solidaridad intergeneracional. El presente de las clases productivas y el futuro de la juventud varada se sacrifica una y otra vez en el opresivo altar del pasado por la única razón de que nueve millones de perceptores de pensión nunca faltan a la cita con las urnas, mientras los jóvenes encanecen en casa de sus padres, quizá jugando al videojuego adquirido con el bono que Iceta les ha deslizado bajo la puerta de su leonera.
Si fuera mujer no saldría hoy a la calle con una pancarta sino con un lanzallamas. O embestiría con mi camión de camionera contra el happening de activistas desocupadas que me cortara el paso, suceso registrado en Barcelona que simboliza el final de la legislatura-más-feminista-de-la-historia. Porque si fuera mujer estaría harta de ser no ya la mercancía carnal de Tito Berni, sino la mercancía electoral de Pedro Sánchez. Harta del galán de tranvía que proclama la paridad para los demás, mientras vacía de significado registral la condición femenina y blinda a los alfas de confianza en la puntita de su poder ejecutivo. Harta del vaquero de caderas cimbreantes que entregó el Ministerio a la mujer de su vicepresidente por el mero hecho de serlo y porque consideraba tal materia una maría sacrificable. Harta del robot de maxilar prensil que avala la ley garrafal de su ministra de Igualdad contra las advertencias de propios y extraños y luego la deja sola comiéndose el marrón de un descrédito social inextinguible, días después de haber dejado sola también en su escaño a la ministra de Justicia a la que ordenó taponar el mayor coladero de violadores de Europa. Harta del hombre cobarde que solo sale de palacio rodeado de un set autoportante de publicistas y una escuadra preocupada de seguratas: el hombre que abandona siempre a las mujeres mientras sigue jurando que las protege. Como si ellas necesitaran su protección y no que las dejaran en paz de una puta vez.
El espectáculo del sanchismo desmoronándose ante nuestros ojos sorprende más viniendo de quien encontró método en la locura e hizo costumbre de la excepcionalidad. Esta legislatura macbethiana, llena de ruido y furia, ha creado una expectativa revolucionaria que los enemigos de la democracia del 78 esperan ver satisfecha; pero también ha alimentado un tempestuoso anhelo de estabilidad que infla las velas demoscópicas de Feijóo. De ahí que Pedro se debata entre seguir resueltamente la senda radical o explotar el foco del semestre europeo como si no hubiera degenerado en mandatario argentino. Cuando arremete contra Ferrovial, sumando la efigie odiosa de Rafael del Pino a aquel tramabús que Podemos puso a circular por las calles españolas, opta por lo primero; pero cuando envía a Bolaños a Bruselas para controlar los daños del dictamen sobre el uso de los fondos o del próximo informe sobre el deterioro del Estado de derecho revela preocupación por los efectos de su propia obra política. Habituado a mentir a los españoles, duda que pueda engañar con igual facilidad a las autoridades comunitarias. El dulce periodo en que era posible manipular a todos todo el tiempo -incluyendo a las estadísticas- con la excusa de la alarma pandémica se terminó: debe elegir.
No sabemos cómo le llamaban las putas en la frecuente intimidad que compartían. Sabemos que era tito Berni para los amigos y diputado Fuentes Curbelo cuando tocaba votar a favor de abolir la prostitución, pero nosotros le llamaremos simplemente Juan Bernardo. Nos interesa el hombre detrás del alias. Queremos acceder a los contornos precisos de su carácter, calibrar los ricos matices de su psicología, catalogar el material inédito del que está hecho el extraordinario ejemplar humano que nos ocupa. Alguien capaz de declarar, ante el primer micrófono que le pusieron a la salida del juzgado tras pasar 48 horas en el trullo por la imputación de cinco delitos distintos: «Tengo la conciencia muy tranquila». Alguien que, obligado a dejar el acta de diputado porque sus fotos delatan a un aplicado figurante de Gomorra, todavía se despidió de sus compañeros de bancada con este mensaje: «Gracias por los buenos momentos. Me tienen en Fuerteventura para lo que necesiten. Un abrazo enorme». Y firmó como presidente de la asociación de amigos del carnaval. Un hombre así merece una etopeya rigurosa, un estudio moral muy detenido, y seguramente un anticipo jugoso por la madre de todos los libros de autoayuda.
No hace falta ser animalista para saber que existe un lugar en el infierno reservado a los maltratadores de perros. El animalista se figura que pertenece al bando perruno, y no entiende que si los perros no le gruñen será únicamente porque les da de comer. El animalista odia a los hombres mucho más de lo que ama a los perros, y por esta razón es imposible que un perro ame de veras a un animalista; no digamos ya que lo acepte como abogado. Porque lo propio de los perros es el amor a los humanos. Y en justa correspondencia los humanos sensibles -muchos de ellos cazadores- cuidan a sus perros, detestan a los maltratadores y combaten con la razón y el corazón esa desviación herética de la condición humana y canina que llamamos animalismo.
Estamos tan acostumbrados al maxilar de hierro del sanchismo que verlo reducido a una quijada de cristal nos desconcierta. Por el ring parlamentario de este miércoles ha deambulado un Sánchez sonado como nunca, en el tembloroso papel del púgil inexperto, como si se hubiera presentado al combate después de una noche en vela. El insomnio regresa al colchón. La coalición colisiona y se desmiga contra sí misma bajo el foco por culpa del desastre legislativo de la ley del sí es sí. Cada violador beneficiado deshace otra hebra de la trenza del Gobierno, y hoy a PSOE y Podemos apenas los sujeta un hilo de coser. Es pronto para adelantar el adelanto electoral, pero en esas condiciones es imposible aprobar una sola ley. El país ahora mismo carece de Ejecutivo funcional.