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Tú eres Pedro, ma non troppo

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

Estas cosas no se le hacen a Pedro Sánchez. ¿Cómo pretenden salvar el bipartidismo si el día que debuta don Pedro en la liza parlamentaria contra Rajoy viene precedido por la renuncia de Botella –leña del árbol caído–, envuelto por el ruido diado del tabarrón en V, contraprogramado por la muerte repentina de don Emilio Botín, apenas emergido sobre la súbita hospitalización de Isidoro Álvarez y definitivamente inhumado bajo el derbi sabatino donde se ventila la crisis o la revancha? El flamante líder de la bancada socialista hubiera debido comparecer desnudo para rivalizar mediáticamente con semejantes focos de atención nacional. No lo hizo, así que hay que seguir conformándose con Jennifer Lawrence.

–Ha muerto Botín –informa Gistau en la tribuna de prensa. Y escrutamos el hemiciclo para cerciorarnos de que allí todavía no está Monedero con la cabeza del Gran Capital en la mano.

A las nueve el ruedo hierve de cuchicheos. Sus señorías se comunican el magno deceso con la sorpresa de quien sospecha no solo que el dinero compra perfectamente la felicidad, sino que en cantidades obscenas compra también la inmortalidad. Alguno consultaría la cotización de sus acciones. Pero Posada, talante prusiano para el reglamento, no concede el minuto de silencio que uno ya espera por defecto desde que se instauró la necrofilia protocolaria en los campos de fútbol. Para más inri, abre fuego Cayo Lara:

–Señor Rajoy, su reforma laboral ha provocado que se despida más barato, prolifera el contrato basura y el trabajo indigno. Usted se fue a Japón a vender mano de obra barata. Usted ha congelado el salario mínimo en 645 euros al mes. Míreme a la cara: ¿usted podría vivir con 645 euros al mes?

Pues precisamente Rajoy sí podría, don Cayo. Esa pregunta era más bien para CiU. En la réplica, don Mariano esculpió y frotó el argumento que nos sangrará las orejas hasta las generales y que podríamos bautizar como la doctrina del optimismo ma non troppo: un sí pero aún no, una esperanza sin triunfalismo, una lustrosa macro con poquita micro. El paro se reduce al 6% anual, los precios caen al 0,5%, todos los mercados lo dicen, todos los organismos lo dicen (léase con acento King África) pero aún hay mucho que hacer, señor Lobo. No nos las ponderemos todavía.

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Cortesía que agradezco al escritor y crítico Alberto Olmos.

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¿Pero hay algo más importante que hablar de fútbol?

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Arias, Garci y el autor, en ameno coloquio.

Chencho Arias y José Luis Garci publican sendos libros futboleros, género en boga en su caso enriquecido por una memoria prodigiosa y una elegancia indesmayable. LEER habló con ellos a escasos días de la final de Lisboa y a tres semanas del Mundial de Brasil, la reválida de un ciclo legendario para el fútbol español… y para sus cronistas.

Todo español es un seleccionador nacional de fútbol que no cobra por su pasión, salvo que sea el barman de una tasca con canal de pago. Si un diplomático o un cineasta, haciendo memoria de su españolísima afición, encuentran que han dedicado al fútbol mucha más energía que a la política internacional o al montaje de un argumento, nunca se les ocurrirá pensar que aquella fue energía derrochada. Piensan, de hecho, que viendo Mundiales emplearon las horas más productivas de su vida. En calidad de seleccionador nacional yo también he quedado a gastar tiempo hablando de fútbol con dos de los mejores seleccionadores del país, Chencho Arias y José Luis Garci, que acaban de sacar libro futbolero al abrigo editorial del Campeonato del Mundo Brasil 2014, de próximo estallido.

Mis Mundiales. Del gol de Zarra al triunfo de la Roja es el título de la obra de Chencho Arias, hincha del Murcia por oriundez a quien Di Stéfano convirtió al madridismo, y nos lo explicamos perfectamente. “No ha habido otro como él. ¿Maradona? Sí, tuvo cuatro años en los que fue incomparable, pero Di Stéfano tuvo 13”. “Si aceptamos que el fútbol forma parte del arte –interviene Garci, cuya facundia brinca alegremente del balón al ring, y del New Jornalism al cine negro–, Pelé equivale a El Quijote, la gran obra maestra; pero Di Stéfano sería el Shakespeare de este deporte: un demiurgo total, que jugaba de todo y en todas partes: era fútbol all seasions”. ¿Y Cruyff? “Fue mejor entrenador que jugador”, sentencia el cineasta.

Le pregunto a Garci por el nombre de su libro. Foot-ball days y otras taquicardias pop, me escribe en la libreta. Declaración de intenciones de quien es quizá el mayor mitómano de España, alguien que literalmente no distingue entre un padre y John Ford. Garci cubrió para ABC el Mundial de Estados Unidos en 1994, viajando de Dallas a Chicago y de la crónica deportiva a la evocación gangsteril sin solución de continuidad. El director de cine desdoblado en cronista ofrece aquí páginas inéditas de aquella cobertura, pero no ha tratado tanto de contribuir a la historiografía futbolística como de componer, sobre la base de aquellas notas de viaje, un dietario personal, planiano, en el que funde con entusiasmo la experiencia recreada con la nota histórica y el apunte cultural. Garci es un gran conversador cuyo infinito anecdotario se dispara en presencia de un interlocutor inclinado como él a la confusión cabal entre naturaleza y cultura, costumbrismo y ficción, noticia y mito. Su buen amigo David Gistau revela en el prólogo que el autor, cuando escribe sobre fútbol, en realidad escribe sobre la amistad. Esa que desde su primera infancia labra el español en la vivencia compartida de los grandes partidos.

Garrincha, o la clase.

Garrincha, o la clase.

La memoria de Chencho Arias es igual de prodigiosa. Entre ambos completan alineaciones arqueológicas que avergonzarían a cualquier tertuliano autoproclamado experto en fútbol. La perspectiva de Chencho incorpora la dimensión política, de modo que el lector descubre que el fútbol no solo es un fenómeno de masas sino también –y por lo mismo– de élites. “Recuerdo que estando yo destinado en Brasil, el presidente João Goulart reunió a la Canarinha y les dijo que la moral de todo el país estaba en sus manos. Ahí me di cuenta de hasta qué punto el circenses es a veces más importante que el panem”. “Eso fue en Chile 1962, el Mundial del golazo injustamente anulado de Adelardo contra Brasil”, apostilla Garci, revelando su alma colchonera –y del Sporting– en la reivindicación del gran mediocampista atlético. Aquella Copa sería efectivamente para Brasil, en donde jugaba un tal Garrincha. Le pregunto a Chencho por la protesta popular que se recrudece en Brasil conforme se acerca el Mundial y que acusa al Gobierno brasileño de gastar en estadios lo que ha recortado de prestaciones sociales. “Es preocupante pero a la vez revelador. Por primera vez en la historia de Brasil, el fútbol no lo tapa todo”.

El tiempo concertado para la entrevista vuela a lomos de nombres de leyenda. “Eusebio era como Cristiano pero encarando siempre. Porque Cristiano a veces se escaquea, eh. ¡Y Puskas! Puskas metía más goles a medida que cumplía años. De diez tiros, nueve iban a puerta y cinco eran gol”. La conversación fluye suavemente hacia la nostalgia. Repasan a otros grandes jugadores y recuerdan los tiempos en que un intelectual no podía aficionarse al fútbol so pena de descrédito inmediato; los tiempos en que la prensa deportiva estaba excelentemente escrita y el Marca de Jaime Campmany, Antonio Valencia, Fernando Vadillo o Manuel Alcántara dejaba en revistilla de trazo grueso a L’ Equipe y rivalizaba en calidad de página, asegura Garci, con Ínsula, órgano literario de la progresía. “La intelligentzia despreciaba el fútbol por reaccionario y franquista. Pero en eso el Partido Comunista se equivocaba, porque el fútbol es precisamente el lugar donde el obrero se iguala al empresario y al político. No hay clases en un estadio”, explica el director de El crack.

Para Chencho Arias, ese desprecio del fútbol vigente durante décadas en las filas de la izquierda proviene de la utilización propagandística que del deporte había hecho el fascismo, pero todo apunta a que el fascismo más bien se servía de cualquier cosa para su propaganda, fuera el fútbol, la ópera o el cine documental. “Luego está esa bobada de que Franco era madridista. Franco no entendía mucho de fútbol, pero su jugador favorito era Samitier, centrocampista del Barça”, cuenta Chencho­. “Una vez fue el Barça a El Pardo para entregarle la insignia del club al Caudillo. Franco, al recibir a la delegación culé, buscó con la mirada a Samitier, que no había podido venir, y exclamó: “¡Pero dónde está Sami!”. A esta tarea de desmitificación del pedigrí antifranquista en ciertos clubes se suma Garci: “Cuando el Athletic encadenaba Copas del Generalísimo, y Gainza subía al palco a recoger la copa de manos de Franco, el general le decía amistosamente: “¡Hasta el año que viene, Piru! Y todo el estadio vitoreó a Franco en el 64 cuando España gana la Eurocopa a la URSS, con quien iba secretamente todo el estamento intelectual del país”.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Del Bosque entrenando a los suyos.

Pero Chencho Arias y José Luis Garci no se dejan embaucar por el romanticismo del tiempo pasado. Les gusta demasiado el fútbol, y el fútbol es ante todo una afirmación del instante. Al introducir la cuestión candente, la decadencia intuida de La Roja –“Nunca la hemos llamado así; siempre fue la Selección”–, Chencho coincide conmigo en que España vive un momento crepuscular, pero Garci apuesta todo su dinero a que los chicos de Del Bosque se vuelven a traer la Copa a casa. “Creo que Del Bosque debería mantener el sistema de tiquitaca retocando algunos puestos, incluyendo a Coke por Xavi, que para mí ha sido el mejor medio ofensivo español desde Gento. La baja de Puyol también puede notarse y Xabi Alonso está justo. Pero Juanfran, Jordi Alba, Silva, Cazorla, Diego Costa… son relevos de garantías. Y Casillas en la portería”. Chencho confía en la laureada capacidad de Del Bosque para crear ambientes propicios en el vestuario. Y cuestionan a los rivales: que Brasil juega a la contra, que Argentina depende del capricho de Messi, que Alemania ya no da tanto miedo, que si acaso la Bélgica de Courtois y Hazard y el Chile de Vidal van de tapados…

La ventosa mañana pasa, pero ellos no han venido a hablar de su libro sino de fútbol. Algo –como sabía Bill Shankly­– mucho más importante que una mera cuestión de vida o muerte.

(Revista Leer, número 253, Junio 2014)

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IRQ entrevistado

Con Iñaki, en el boxeo.

Con Iñaki, en el boxeo.

Enlazo, con mi gratitud por sus cariñosas palabras a partir del 27:50, la entrevista que Antonio Chinchetru le hace a Ignacio Ruiz Quintano, maestro mío y amigo. Y el número uno de esto.

El primer y quizá único escritor de periódicos al que deseé conocer. Y lo logré.

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Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

Entrevista a Hughes (I): “El periodismo deportivo ya no es solamente informar, sino alegrar un poco”

Hay una persona que eres de los pocos que llegó a conocer, que es Juanan, @van_Palomaain, que dejó de estar con nosotros en agosto, lamentablemente. Y él de ti, por ejemplo, decía: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson: la santísima trinidad de Internet”. ¿Cómo lo recuerdas, a Juanan?
Pues… a ver, yo lo conocí una noche, una tarde-noche, y era una persona entrañable, la verdad. Tengo que decir que toda la gente que he conocido de Internet, que tampoco ha sido mucha, pero a veces parece que se comen a los niños crudos al teclado, y que son gente… luego son todos… parecen todos bellísimas personas, para comértelos a besos, ¿no? Juanan era una persona muy entrañable, en lo que yo vi. Era un chico muy carismático, con mucha gracia. Tenía mucha gracia. Y luego, la verdad es que era muy generoso, con sentido del humor. Tenía un talento para comentar, para retratar las cosas, ¿no? Y era un aficionado sui géneris, también. A mí, vamos, me cayó muy bien, y… bueno, qué te voy a contar del shock que fue vivir eso. Fue tremendo.

Bueno. Vamos a pasar a otras facetas tuyas. Aunque seas economista de formación, haces un poco de periodismo. ¿Cuáles son tus periodistas de referencia?
Bueno… a ver, los periodistas del siglo XX que ha leído todo el mundo, o los que me gustan, ¿no? Son Camba y compañía. Y luego pues, hombre, los periodistas vivos… también los que lee todo el mundo: pues Ignacio Ruiz Quintano, Gistau, Manuel Jabois… leo también a Arcadi Espada, muchísimos. Es que me voy a olvidar de alguno. Y algunos de ellos, tengo ya la fortuna de tratarlos y de ser incluso amigo: Jorge Bustos, que le leo mucho también… Eso, hablando de la gente que toca el tema del Madrid, ¿no? Luego, en otros ámbitos del periodismo, pues… podría citar alguno más, pero yo diría que éstos son referencias en cuanto al periodismo. Y luego, los periodistas clásicos de toda la vida pues Camba, Josep Pla, Ruano… Ruano, muchísimo. No, los que todo el mundo; yo es que creo que todo el mundo leemos lo mismo y a los mismos, ¿no?

Hughes y Bustos.

Hughes y Bustos.

Y, diferenciándote un poco de los periodistas madridistas, éstos mismos que has nombrado, Ruiz Quintano, Gistau, Bustos, Jabois, ¿cuál es tu sello personal? ¿Qué te diferencia de ellos, o qué te asemeja incluso, también?
Hombre, pues aquí ya… No lo sé, eso lo tendría que decir otra persona, ¿no? Yo no lo sé. Hombre, es que me parece, aparte, que seguro yerro el tiro si hablo de mí. Eso es como cuando te oyes… cuando me oiga la voz… bueno, no lo pienso oír, pero cuando me escuchara la voz en esta grabación, me voy a espantar, ¿no?, de la voz que tengo. Pues esto es igual, ¿no? No lo sé. Lo tendría que decir el lector, cuál es mi rasgo distintivo. Yo, hombre, no lo sé. Sí que te digo que yo no imito a nadie. O sea, escribo con bastante verdad, de las cosas que escribo, ¿no? Y poco más, no sé. No sé qué rasgo puede identificarme.

En el primer foro de debate de Primavera Blanca, que se hizo el 23 de octubre, hace poco menos de un mes, se trató el tema del periodismo, Twitter, y todo esto, y estuvieron invitados Siro López y Juan Ignacio Gallardo. Uno de los temas que se trató era lo del “madridismo con camiseta”. Y uno de los asistentes, de los participantes, en el momento de preguntas, llegó incluso a hablar del “madridismo con dorsal”: el periodista que defiende mucho a un jugador. ¿Cuál es tu opinión sobre todo esto, el periodista que se identifica con un club y con un jugador?
Creo que todo cabe, todo vale. A mí, como lector, me gusta… me he acostumbrado a leer al periodista-personaje, al periodista-forofo, al periodista-frío; a ese tipo de periodista tan divertido que va de objetivo, y que nunca tiene equipo, y que parece que depende la verdad, u Occidente, de que el tío tenga o no tenga equipo, que no es tan importante; el periodista que dice que no tiene equipo y se le nota claramente que tiene un equipo… Yo creo que todo vale, y que, viendo venir a cada cual, pues está bien. Aparte de que el periodismo deportivo yo creo que ya no es solamente informar, sino también distraer, divertir, alegrar un poco… Entonces, bueno, hemos citado periodistas que son madridistas, y lees lo que escriben porque te gusta, por una metáfora, por un giro personal… No creo que sea importante. No creo… Yo no me fijo para nada en eso. No me interesa de qué equipo sea cada cual, si es o deja de serlo.

¿Y cómo fue tu paso de bloguero a luego estar en La Gaceta, ahora en el ABC, escribir las crónicas?
¿Cómo ocurrió? Pues fue rápido. Al poco de abrir el blog, me llamó La Gaceta. Bueno, me llamó Jorge Bustos desde Valencia, que estaba haciendo una entrevista a Camps, y me puso en contacto con Maite Alfageme, y empecé a escribir en La Gaceta. Allí escribía columnas de tema general, nada político, un costumbrismo así un poco desvaído, un poco… [risas], pero no sobre fútbol. Y luego, pues eso, no recuerdo… fue hace un año y pico… Una cosa siguió a la otra. Ya, a partir de ahí, fue ininterrumpido el proceso. Yo mantuve el blog después, pero luego ya ocurrió lo del ABC, y abrí otro blog en el ABC. Simultaneaba mi trabajo con la escritura en el periódico, y ya se hizo muy complicado mantener el blog. Y bueno, pues eso: fue muy rápido, ha sido una cosa detrás de la otra. No me paro a recordarlo, pero fue muy… En La Gaceta estuve, no llegó a un año. Escribí en verano una columna en la contraportada, y luego pasé a escribir televisión; y luego ya salté al ABC a finales del 2012. Y bueno, esa es la historia [risas].

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10 diciembre, 2013 · 14:12

La toalla de Wert

No sé cómo le habrá sentado a mi amigo Gistau que el ministro más odiado del país le cite en acto oficial, rodeado por Soraya Sáenz de Santamaría, Gallardón, Fátima Báñez y Jesús Posada. Una cosa es que al PP nunca le haya interesado fundar su propia bodeguilla de escritores y otra que te mencione el mismísimo Wert a traición:

–Me hace gracia que, en un país en que no hay mucha afición por el boxeo, quitando a David Gistau, se hable tanto de tirar la toalla, que yo creo que mucha gente no sabe lo que quiere decir. Yo tiro la toalla, generalmente con cierto desorden, al salir de la ducha, que es el único sitio donde la tiro.

Wert es el héroe de una epopeya personalísima que se llama la Wertíada y que persigue no tanto la españolización de los niños catalanes –pues aquí lo único españolizable es Diego Costa, y sin consenso– como la remontada en algunos puntos del Informe Pisa, a ver si en próximas ediciones conseguimos desmarcarnos de Letonia. La tarea no es pequeña y ya desmoralizó a otros más idealistas que él, desde Jovellanos a Larra, y por eso nos explicamos que le pregunten por el peso insoportable de su toalla. El problema de Wert es que su asistente en la esquina es Mariano Rajoy, y Rajoy no detiene una pelea (¡ni la empieza!) aunque el rostro de su púgil entone una oda a la tumefacción. Sobre todo si lo pide la prensa.

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5 diciembre, 2013 · 11:46

Brey absoluto

En un Senado ultramundano y paralelo al nuestro debatieron esta mañana Bertrand Russell, Friedrich Nietzsche, Alexander Pope, Catón el Viejo y Ketama sobre la contabilidad del Partido Popular, empleando para apuntalar sus diatribas citas célebres de Mariano Rajoy, Rosa Díez, Cayo Lara y Alfred Bosch. Durante horas se entregaron a una orgía de comillas completamente ajenos al hecho de su inexistencia real, pues todos esos sabios muertos eran en realidad los otros de Amenábar, y la verdadera Nicole Kidman a esas alturas se hallaba en otro Senado de indudable granito planteándole al presidente español veinte preguntas incontestadas en la voz cafeínica de la líder de UPyD. Durante toda la mañana reinó la confusión entre el universo ficcional y el valle de lágrimas parlamentario, con puertas espaciotemporales entreabiertas que condujeron a la indistinción concluyente de Animal Farm, donde al final ya no se distinguían los cerdos de los hombres. Cuando finalizaron sus citas, sin embargo, Rajoy todavía estaba allí, se diría incluso que menos extinguible que antes, pues a la dieta de dinosaurio le beneficia lo mismo la carne porcina que la humana.

El microrrelato cruzado de Monterroso y Orwell que hoy se representó en el palacio de la Plaza de la Marina Española tuvo la encomiable virtualidad de mandar a los españoles de vacaciones con la lista de lecturas recomendadas ya hecha. Para que luego digan que la política no sirve para nada y que no le hemos encontrado todavía una función útil al Senado: sustituir al Congreso en obras del mismo modo que las citas de autoridad sirven para suplir al propio pensamiento en ruinas. Sólo cabe esperar que a los aguilillas de Standard & Poors les pillara el debate haciendo balconing en Mallorca o tendremos que refinanciarnos donando órganos.

Veamos. Arrancaba la matinal con ambientazo periodístico entre el deseo constituyente y el fastidio por la obligada cesura vacacional. Reporteros de toda glaciación, desde la Santa Transición hasta la desdichada casta del becariato Apple. El hemiciclo rebosante, con madera funcional en lugar de frescos tiroteados y ganas de convertir aquello en la madre de todos los plenos por ver de variar algo la escaleta condenada al penúltimo incendio y a la consabida ola de calor. Pero quia. Rajoy no estaba por la labor de dar otro titular que dos palabras ciertamente novedosas y necesarias: “Me equivoqué”. Él puso a Bárcenas, sí, pero también lo depuso. Sobre los sobres, negación y amparo en el proceso judicial. Y renovación fervorosa de los votos en la presunción de inocencia, con catecismo escrito por el propio padre Alfredo en escándalos simétricos y contrarios. En la réplica aún estuvo más firme, con esa fuerza parlamentaria que no sabemos dónde guarda cuando se baja del atril, desactivando en el repaso a la triste figura de su opositor toda sospecha personal, que para eso tiene el IRPF pulcro a la vista de todo el mundo, y si alguien del PP no lo tiene, que lo diga Ruz. Moragas seguía sobre los apuntes argumentales la evolución de su pupilo y la vice Sáenz de Santamaría aplaudía con la izquierda contra la mesa mientras tomaba apuntes con la derecha. Todo muy en estilo de preparador de oposiciones.

–No soy un compendio de virtudes como usted, señor Pérez Rubalcaba, pero soy una persona recta y honrada. No me piden explicaciones: me piden que me declare culpable, pero no lo voy a hacer porque no lo soy, y por eso no voy a dimitir.

Fin de la cita. Y gran decepción, claro, porque el guión no era ese. El guión que le tenían escrito a Mariano establecía que titubeara, que anunciara purgas, que se contradijera entre lágrimas, que dimitiera de una vez, coño. Pero ya va siendo hora de que los medios reconozcan que llevan años subestimando brutalmente a este político que los va a sobrevivir a todos sin una mala multa de parquímetro en el debe, a falta aún de saldar el haber. Opino que se equivoca insistiendo en la disyuntiva yo o el caos, pero de momento a Rajoy no le mueve ni Dios, y Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J juntos le inspiran tanto miedo como a Justin Bieber la pérdida de tres fans. Hoy seguramente deseaba finiquitar el aquelarre cuanto antes para enterarse de la cifra barajada por el traspaso de Bale.

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1 agosto, 2013 · 19:32

Juanan, macho, dónde estás

Entré en el irlandés de Tribunal con Hughes, que se estaba quedando aquel finde en casa, recién llegado de Valencia. Veníamos de almorzar con Alfageme y Ruiz Quintano y de la redacción de La Gaceta, donde presenté a Hughes a Dávila y hasta escribimos juntos una sección del periódico. Para entonces ya estábamos borrachos, claro. El estado ideal para una quedada con la puta banda mourinhista que se había organizado esa tarde por Twitter para ver el Osasuna-Madrid. Recuerdo que salió Sinone a recibirnos, y que llamé a Gistau para ver si podía apuntarse, y que ingresamos en la penumbra grata del bar, donde un grupo de buenos muchachos se juntaba frente al televisor en torno a una mesa bendecida con un par de metros de cerveza en vertical, ya sabéis, esos cilindros con grifo que se vacían con anormal celeridad. Y allí estaba Juanan.

–¿Tú eres Van Palomaain?

–Sí, macho.

Juanan decía “macho” dos y tres veces en la misma frase. Es un vocativo ya algo anacrónico en la parla de Madrid y por eso le quedaba tan gracioso. A Hughes y a mí se nos pegó y ya estuvimos cerrando cada frase con “macho” todo el fin de semana. “Esa jerga suya, de negrata de aquí, era como un rapero en la grada. Eso es inolvidable para quien lo haya leído”, ha tuiteado en su memoria Hughes, con la habitual exactitud.

Así que aquel mod menudo y melenudo era el vitriólico Van Palomaain, cuya natural generosidad le hizo tuitear una vez: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson, la santísima trinidad de internet”. Pues bien, a falta de Jarro, él completaba allí mismo la santa trinidad del putabandismo. Una de las cosas que más me gustan de Twitter es ese momento siempre sorpresivo en que confrontamos la preconcepción meramente textual de una persona con su apariencia física, aunque Jabois al día siguiente nos reprochara ese afán de poner cara a la puta banda, una “mariconada” que Mou seguramente condenaría. Yo mismo lo había hecho antes con el propio Manuel en Pontevedra y con Hughes en Valencia, ambas veladas memorables, la primera inserta incluso en el último libro de Jabo. A Juanan también le gustaban las quedadas tuiteras. En el irlandés estaban además El Socio, Meseta y alguno más que ahora no recuerdo. Meseta se puso a hablar de literatura conmigo sin presentarse, y el efecto era entre alucinatorio y genial, como hablar de barroco romano con Yul Brynner. La noche prometía mucho.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía. Tribunal.

Vimos marcar aquel golazo vanbasteniano a Benzema y al Madrid finiquitar la Liga de los Récords aquella noche. Juanan estaba eufórico y a la vez deslizaba críticas mordaces a cada jugador blanco si se le ocurría perder el balón. “El tuit es perfecto para disimular mi falta de talento. Soy un mediocentro africano y Tuiter es mi trivote”, había escrito una vez Van Palomaain, desmintiendo en la agudeza de ese fraseo suyo la propia declaración de modestia. La verdad es que estábamos todos excitados y crecientemente borrachos, los metros de birra caían sin piedad y en un momento dado no sé quién empezó a tararear el Ay se eu te pego entonces de moda con una nueva letra que consistía en repetir “Ay mi Meseta” constantemente. Nos pareció de lo más ocurrente, el colmo mismo de la risión, y lo coreamos durante un buen rato manoteando salvajemente sobre la mesa hasta que el camarero empezó a inquietarse y la clientela a abrir prudencial hueco a nuestro alrededor. No sé si Meseta llegó a subirse a la mesa a coreografiar el cántico por faralaes, acuso anchas lagunas de aquella noche inaugural. Lo que sí recuerdo es que Juanan propuso el Honky Tonk y hacia allá nos encaminamos Van Palomaain, Hughes, Meseta y yo, que estaba renqueante de una fractura de peroné y no podía seguir su ritmo, qué cabronazos, levitando todo ciegos sobre el bulevar de Alonso Martínez y yo mascullando 50 metros por detrás. Juanan iba pendiente del móvil, tratando de atraer mujerío al despropósito. Una vez dentro nos dispersamos. Meseta había perdido el móvil, aunque luego creo que lo recuperó, creo que dentro de su propio bolsillo, de hecho; Hughes vagaba enmudecido por el bar, como mirando todas las cosas por primera vez, con restos de líquido amniótico en las córneas; Juanan seguía con el teléfono y yo le entraba a una morena a quien aseguraba que no sabía con qué clase de periodista estaba hablando. Todo degeneró lo previsto en estos casos y terminé buscando a Juanan por todo el Honky, pues le había perdido; vagaba yo por el local murmurando: “Juanan, macho, ¿dónde estás?”

Y todavía me lo pregunto.

Al final metí a Hughes en un taxi y logramos llegar a casa. A la mañana siguiente se sucedió la divertida relación de tuits que aspiraba a reconstruir los hechos:

–También os digo, que la nueva derecha, @JorgeBustos1, @hughes_hu y @van_Palomaain, es guapa y violenta. Y que los perdí no sé dónde –escribió Meseta, vete a saber por qué.

Pero todos esperábamos a que Juanan se levantara, a ver qué tuiteaba de lo de ayer. Y cuando por fin lo hizo, volvió a romper la expectativa:

–INFORMO DE QUE SIGO SOLTERO –o algo por el estilo. El descojone.

El pasado 26 de julio, dos días después del accidente, Hughes recordó así en Twitter aquella altísima ocasión:

–Esa noche, con otros tantos especímenes, parecíamos escapados del pelotón en un descenso. Es decir, que Juanan no iba de boquilla.

El cuarto Gallagher.

El cuarto Gallagher.

La segunda vez que le vi fue en el Bernabéu. Guillermo Estévez tuvo el detalle –la puta banda es ante todo ciertos picos de calidad humana– de pagar por adelantado mi entrada para la vuelta de la Supercopa contra el Barça. Luego se lo devolví, eh. Nos íbamos a juntar una tropa de muchísimo cuidado. “Putabandismo is coming”, tuiteaba la víspera Van Palomaain. En la embajada americana supongo que habrían empezado con los cables cautelares al Pentágono desde julio, cuando se fraguó el concilio mourinhista entre prueba y prueba de las Olimpiadas de Londres. Recuerdo los jugosos tuits de Van Palomaain durante las ceremonias de inauguración y de clausura, sus intercambios con Favelas –orgulloso de Mireia I de Badalona– y su emoción estallada cuando salieron los avejentados restos de los Who a tocar Baba O’Riley.

El día de la Supercopa conocí en persona a Jarroson, Manuel Matamoros, Mercutio, Silvita, Inspector, Madrefaque, RockandBolesco… La previa la hicimos primero en la terraza del Círculo de Bellas Artes –vete a saber por qué– y luego en El Refugio, y allí se presentó Juanan, con un brillo etílico y jovial en los ojos, bajo su negra visera de pelo mod:

–Qué pasa, Bustos, macho.

Comentamos la posibilidad de viajar con Sinone ese otoño a ver a Pedro Ampudia a Ibiza para morir los cuatro en el Amnesia, y recuerdo también que calibramos los conocimientos estrictamente futbolísticos de Florentino, tema que Jarro y Matamoros abordaron con entusiasmo descriptible. El partido lo vimos pegados Jarroson, Juanan y yo. Hay una foto. Yo insistí en hacérnosla, porque ni a Jarro ni a Juanan les gustaba la publicidad. Ahora me alegro de haber insistido. Es la foto que tenía en la cabeza en el mismo instante en que Jarroson –serendipia– me escribió la noche del jueves 25, un día después del accidente, estando yo en Cerdeña de vacaciones, metiéndome yo en el wifi del hotel, enterándome yo de la noticia, recibiendo yo una sacudida de incredulidad y dolor, derrumbándome yo delante de mi novia por un momento.

–Vimos un partido abrazados a él, Jorge –me puso Jarro en el Whatsapp, por donde le mandé la foto.

–No sé si subirla.

–Haz lo que te pida el cuerpo. Joder, la veo y lloro.

–Y yo.

La subí. Me lo pedía.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Estamos los tres en la foto, yo sacando cuerno putabandista y Juanan en medio, abrazado por ambos. Rugimos con el sombrero de tacón que Cristiano le hizo a Piqué antes de marcar, y nos ciscábamos en Xavi con fruición caníbal. “¡Pepe, en la puta vida te pueden hacer eso, en la puta vida!”, aullaba Juanan a mi derecha si el central luso era superado por Messi. Jarro estaba tan tenso que pasó el final del partido de pie. Pero el leitmotiv de ese partido lo encarnaría para los restos Modric, que había robado el corazón de Juanan. “¡Inventa, Lukita! ¡Mirad cómo inventa Lukita!”, gritaba cuando el croata tocaba el balón con alguna intención ofensiva, por modesta que fuera. Fue un triunfo agridulce:

–Hemos perdido la ocasión perfecta de humillar al puto Barça –nos lamentábamos los tres a la salida.

Juanan vivía en Colmenar, excusa que musitó para hacernos la trece catorce y no unirse al reducto de resistentes –la tarde había comportado mucho desgaste– que pedía una copa en algún garito de la Avenida de Brasil. Recuerdo que me despedí de Jarro en Gran Vía con esa sensación de familiaridad extraña pero certísima que dejan las amistades surgidas en una red virtual y sancionadas por la presencia real.

Al día siguiente debutaba yo en Real Madrid Televisión, y en homenaje a Juanan elogié a “Lukita” y mencioné que había visto el partido en compañía de “madridistas furibundos”, indiscutibles, insobornables.

–Me ha llamado furibundo –tuiteó al término de la tertulia Van Palomaain, que había tenido la paciencia de tragarse mi debut.

Aún hubo una tercera vez en que quedé con él. Fue la última vez que le vi. Quedamos con Meseta y Madrefaque en el Molly Malone’s para ver el Rayo-Madrid, que se suspendió por una sospechosa avería lumínica.

–Qué chachos son. Qué país, macho –sentenciaba nuestro Dick Turpin.

Meseta nos contó historias de la mili mientras Van Palomaain tuiteaba y ponderaba los encantos de diferentes tuiteras. Nos despedimos en los torniquetes del metro, sintiéndonos jodidamente alejados del mundo Txistu. Me ha contado Madrefaque que se planea una quedada en ese templo-bar para tajarnos a su memoria. Ya le he dicho que cuenten conmigo.

Desde que me enteré, no he podido parar de pensar en él. Era de esos tipos con personalidad tan marcada que sus aristas se te clavan en el recuerdo, y no se sueltan. David (en cuya alusión a la necesidad de escribir un libro mourinhista me di por aludido quizá apresuradamente, aunque lo cierto es que hemos hablado de ese proyecto), Manuel, Iñaki han escrito ya de Van Palomaain en sus periódicos. Ampudia le ha dedicado un hermoso obituario. Telemadrid, un breve reportaje personalizado. Fansdelmadrid, un recuerdo muy tribal, muy fansista, de quien fue padre fundador y activista carismático, ilustrado con nuestra foto. Y un trabajador del Real Madrid me pidió datos biográficos para el detalle que el Club deseaba tener con él. (Bien hecho, Florentino.) Pero yo no tengo más datos sobre Juan Antonio Palomino Alfaro, natural de Madrid, 31 años, administrativo, que estas vivencias que dejo aquí anotadas con el alma en un puño y sin vuelo en el verso, con llaneza, porque cuando el sentimiento aprieta, la lírica está de más. Al menos la lírica engolada, pretenciosa, sustitutoria de la experiencia vivida. Ahora, al llegar al final de mi tributo privado, me vienen a la mente como tañidos secos y calientes las estrofas finales de aquel poema de José Hierro titulado Réquiem:

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas) Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

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