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Ruta Quijote III: ¡A los molinos!

"Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento..."

«Mire vuestra merced -respondió Sancho- que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento…»

Sobre el otero que domina la llanura sin límite se levanta el Santuario de la Virgen de Criptana, adonde seguramente peregrinó más de dos veces Sara Montiel, no tanto por virgen como por criptanense. La hija más ilustre para el skyline más inmortal e inmortalizado de Castilla: los diez molinos de viento que coronan el espinazo de la sierra, a cuya falda nace el luminoso barrio blanco de Albaicín, y bajando, bajando, se derrama el pueblo entero. Se sopesó conceder a Sara el título oficial de undécimo molino de Criptana, pero se optó finalmente por encerrar su legado en Culebro, nombre del molino que custodia el Museo Sara Montiel.

A los molinos por fin me dirigí una mañana fundente de junio, sudando la cuesta arriba y echando el bofe en el polvoriento ascenso. Hice una parada en el Pósito Real, almacén de grano del siglo XVI que ofrece una portada plateresca y unos muros de mampostería y sillar que ya no se estilan para almacenar grano ni cualquiera otra cosa. Solo esa añeja profesionalidad renacentista justifica la solidez del edificio, cuyo interior hace las veces de sala de exposiciones, aunque la estructura en madera original vale bastante más que los voluntariosos trabajos del diletantismo comarcal. Tiene, eso sí, una estancia dedicada a hallazgos arqueológicos donde se exhiben denarios de la época de Cicerón y curso legal en aquella Hispania, amén de vasijas, ánforas y hasta cuchillos de sílex de la edad de piedra. Y en otra habitación se muestra una pequeña réplica del retablo policromado de cinco cuerpos que dio lustre a la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción.

-Es que se quemó en la guerra -me informa la encargada.

Hombre, hombre. Se quemó. Qué delicioso uso impersonal del verbo. Creo yo que va siendo hora de contar la historia no solo con sus predicados, sino también con sus sujetos. Lo digo porque cultivo hace años la afición de visitar iglesias de España -y de Italia cada vez que puedo-, y en todas las que fueron víctimas del comecurismo incendiario gastan ese coqueto «se quemó» folletos y letreros, guías y audioguías. Ya sabemos que no las quemó Franco, señora: puede usted decir quién fue, que no vamos a abrir un debate cainita ahora por eso. O quizá hay locos que lo siguen abriendo, yo qué sé, y por eso persiste el eufemismo.

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5 agosto, 2015 · 11:23

Ruta Quijote II: Orgullo y humor del hidalgo

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Alcázar de San Juan: el niño y el caballero.

Me recibe Alcázar de San Juan con las campanas de la iglesia de Santa Quiteria tañendo de pura curiosidad: quieren comprobar que no se han derretido. Santa Quiteria es una iglesia barroca ma non troppo, de ese primer barroco que se llamó clasicista (en La Mancha hasta el barroco es austero). En la cercana plaza del ayuntamiento hay apostados un rocín y un asno, y adivinad quiénes están subidos encima. Una creciente obsesión por la iconografía quijotesca me obliga a parar el coche en mitad de la travesía, bajar dejando el motor encendido, tirar cuatro fotos al conjunto escultórico y volver corriendo al coche, temeroso de entorpecer el tráfico. Pero detrás no viene nadie.

El convento de Santa Clara me dará cobijo esta primera noche. De convento quedan el nombre y la disposición de las habitaciones, que sigue el orden cuadrangular de un patio que debió de ser claustro. Del silencio claustral tampoco queda nada: suena Tom Petty a buen volumen, y por ser él se perdona la profanación. En una estancia anexa al convento hay un taller de escritura. Lo han denominado, contra todo pronóstico, Escuela de Escritores Alonso Quijano.

Alcázar duerme la siesta a la hora en que salimos a patearlo, pero la duerme sin la heroicidad que Clarín achacó a Oviedo. Nos cruzamos con lugareños que gastan sandalia y tirantes, muy lejos ya de los recios españoles de hábito y armadura que hicieron noble este municipio. Quien no quiera ver en esta degeneración indumentaria un fin de la raza, es su problema.

El Museo del Hidalgo ocupa una modélica casa solariega del siglo XVI, cuyas estancias se disponen en función del patio central («núcleo irradiador de la convivencia», diría don Íñigo Errejón). Nos gusta la etimología de la palabra hidalgo porque no puede ser más elocuente de nuestra psicología colectiva: el hijo de algo, un noble sin alcurnia demasiado documentada, venido a menos, seguramente empobrecido y nostálgico, pero resistiéndose heroicamente a ser asimilado, diluido en la masa anónima. Esto es un español. Si, según Pla, el catalán es un animal que añora, el español vive para reivindicar su ascendencia en línea recta hasta la pata del Cid («No sabe usted con quién está hablando», sueña con poder advertir el español cuando le contrarían); de donde se deduce la sugestiva idea de que el catalán no es más que una exacerbación sentimental de lo español. Un quijote, o sea. No por nada Cervantes escoge, para Damasco final de su andante caballero, la playa de la Barceloneta.

Alcázar es una villa de fundación romana, donde se han encontrado mosaicos del siglo IV, y a la vez un epítome del disparate urbanístico, que ha sembrado el municipio de adefesios en vertical. La burbuja inmobiliaria no deja de tener su punto de quijotada. El pueblo regala algunos anacronismos conmovedores, como llamar a un taller de zapatería Don Pisotón, u ofertar lápidas fúnebres «de auténtico mármol castellano» a pie de calle: dos tiendas de tumbas en menos de un kilómetro, descubrí. Esta naturalidad con que se nos recuerdan las postrimerías es un vestigio de funebrismo barroco, creo yo, cuando nada nos hacía más ilusión para pisar papeles que una calavera humana.

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4 agosto, 2015 · 14:35

Mi ruta de don Quijote. Honda es Castilla (I)

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

El caballero ya armado en el patio de su venta-castillo, desafiando al cielo de Castilla.

Ancha es Castilla, pero sobre todo es honda. Sobre la estepa rubia, interrumpida por una geometría verde de viñedos y olivares, planea un cielo infinito: el cobalto prometedor de todos los veranos. Arriba la estela de un avión se desmigaja en grumos parecidos a cabezas de coliflor, y entre penachos de gasa las nubes más cuajadas toman una cualidad tridimensional, como si condujésemos el coche bajo un fresco abovedado de Luca Giordano. Nada, salvo el fluir de las rayas discontinuas, ocurre entre el techo y el suelo de La Mancha. Hasta los molinillos iberdrolos, pese a su chillona modernidad, necesitan del viento para mostrar vida, movimiento, historia en marcha; pero comparecen tan quietos como todo lo demás: si el Espíritu sopla donde quiere, en Castilla y en verano desde luego no ha querido.

En un paisaje así sucede que el tiempo se represa -porque el tiempo, como saben los novelistas, no se percibe sin su huella en el espacio-, toma cuerpo, se adensa y gravita hasta abrir una brecha magnética por la que se precipitan todas las angustias coyunturales del viajero. La Mancha engorda la conciencia de quien la recorre, ahondándola, de modo que este empieza dejar un surco invisible a su paso: es un peso nuevo con el que carga, el peso del tiempo castellano, que a veces puede hacerse tan plomizo que obligue al viajero a detenerse del todo, aunque no quiera. Pero a detenerse en un siglo anterior. A esta sensación quizá se refería Unamuno cuando acuñó el concepto de intrahistoria.

Este viajero se propone parar a finales del siglo XVI y principios del XVII, en concreto. Por ahí andaré. Marcará mi camino un empeño quijotesco: seguir los pasos del ingenioso hidalgo en su doliente andadura castellana, entre la ruta que reformuló Azorín y el itinerario turístico que astutamente propone la Junta de Castilla-La Mancha. A Azorín lo ficha El Imparcial y al poco tiempo su director, Ortega Munilla -padre del filósofo-, lo manda a recorrer pluma en mano los escenarios de la novela de cuya publicación se cumplían entonces 300 años. La España de Azorín no había cambiado demasiado respecto de la de Cervantes, de modo que Ortega le dio ánimos, instrucciones y un revólver pequeñito: «Va usted a viajar solo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene ese chisme por lo que pueda tronar».

Ahora EL MUNDO lo manda a uno -que cuenta los mismos 32 años que contaba Azorín cuando se puso en ruta- a repetir la aventura cuando se cumplen cuatro siglos de la publicación de la segunda parte del Quijote. Pero a uno, que evidentemente no es Azorín, nadie le ha dado un revólver, ni pequeño ni grande, sino una cámara de media tonelada que más que intimidar a posibles asaltantes sospecho que los atrae como la luz a la polilla. Yo la balanceo en todo caso con fiera expresión, decidido a probar que el impacto de un teleobjetivo sobre el cráneo puede ser tan doloroso como el de una botella de vodka. Pero no creo que haga falta, porque he comprobado que por las aldeas que fatigó la triste figura del héroe no merodean turbas de yangüeses ni cuerdas de galeotes, sino enjambres de japoneses con cámaras mejores que la mía, y las ventas en que el ilustre loco veló sus armas o se repuso de un mojicón hoy ofrecen wifi gratis.

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3 agosto, 2015 · 14:29

La troika meada

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Tertulianos en la época buena de Grecia.

Para hablar de Grecia nadie mejor que Platón, que era un tipo de tertuliano algo más riguroso que nosotros. En un pasaje del ‘Gorgias’ nos presenta a su héroe, Sócrates, acusado de corromper a la juventud, es decir, de enseñar a sus alumnos a no comulgar con las ruedas de molino de los sofistas que mandan en la polis. Sócrates sabe que su criticismo es un peligro para la democracia, pero él es más amigo de la verdad que del consenso:

– Me juzgarán como juzgarían unos niños a un médico acusado por un pastelero. ¿Cómo podría defenderse en estas circunstancias el acusado si el acusador se dirigiera a los niños diciéndoles: «Este hombre os ha hecho con frecuencia mucho daño, os somete a tormentos y os tortura, os obliga a beber jarabes amargos, os somete a regímenes estrictos, mientras que yo os preparo las comidas más sabrosas y más variadas». ¿Cómo podría defenderse un médico en esta situación?

Que la democracia es un tribunal de niños (los votantes) que han de elegir entre un médico (la troika) y un pastelero (Syriza) no lo digo yo, sino el propio Tsipras al convocar este referéndum: aceite de ricino sí o no: elegid, niños. Y qué van a elegir: mucho mejor pasteles que ricino, dónde va a parar.

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Cortesía: reseña de la presentación de La granja humana por un asistente (¡y lector!)

Entrevista (¡a pillar!) en Voz Pópuli por La granja humana

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Por qué Jeff Koons es un puto genio

El genio y su obra.

El genio y su obra.

El arte es un templo que se ha llenado de mercaderes, pero del que aún no se han ido del todo los sacerdotes. Es decir, los críticos de arte. Ese venerable sanedrín que se resiste a tasar la obra por su cotización, como hace la gente común (incluyendo al periodista, al marchante y al esnob de paseo por ARCO), y que todavía invoca entrañablemente conceptos tales como belleza, significado o técnica. Ese estamento pontifical, digo, hace mucho que sentenció a Jeff Koons como farsante, filisteo, fantoche, financiero, fanfarrón, filibustero, fácil, festivalero y otras cosas que empiezan por efe de Jeff. No en vano se casó con Cicciolina.

Y uno, que al cabo pertenece a una raza levítica como la española, siempre amiga del anatema y la absolución -a veces santifica por la tarde lo que ha demonizado por la mañana-, también tenía perfectamente ubicado en la categoría posmoderna del hortera inflacionario al autor de Puppy, ese perrete florido que escandaliza la recia memoria de Sabino Arana desde la entrada del Guggenheim. Koons, como el más obsceno de los mercaderes que okupa el templo del arte, solo podía merecer mi desprecio.

Pero tras leer la entrevista de Lucas a Koons, y otras que concede estos días con motivo de la exposición que presenta en el museo bilbaíno, mi juicio sobre el rey Midas del arte contemporáneo ha empezado a girar hacia la admiración. No solo por haber sido capaz de hacerse multimillonario haciendo perros-globo y popeyes de acero inoxidable, que también, sino porque ni siquiera la figura de Koons, en el paroxismo de banalidad que representa, está desposeída de un profundo sentido que aclara las coordenadas de nuestra época. Titula Lucas: «Soy el último artista romántico», y no se puede escoger una declaración más reveladora para el titular entre todas las disparatadas autorreferencias y comparaciones con Velázquez que va diseminando el genio con desarmante naturalidad.

En efecto, Koons ha conquistado el último estadio de un proceso de desacralización artística que incoaron los románticos decimonónicos -en realidad su semilla de criticismo radical ya la sembró el Renacimiento-, y que culmina en esa aleación de consumismo de masas, sociedad del espectáculo y coartada contracultural (lo antisistema es un producto más del sistema) que caracteriza lo posmoderno. Más allá de Koons, es decir, después de vender un perro-globo por 58,5 millones de dólares, ya no hay nada más: solo queda aplicar las manos al sílex neolítico y al pigmento de Altamira y volver a empezar de cero. Y hasta eso mismo ya lo hizo Picasso. Del bucle posmoderno no se puede salir.

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Trapiello, ‘autor’ del ‘Quijote’

Se van acabando las excusas para leer el 'Quijote'. Pero nacerán otras.

Se van acabando las excusas para leer el ‘Quijote’. Pero nacerán otras.

Por el tamaño de las empresas que acomete y por la constancia de su afán, Andrés Trapiello es el escritor más quijotesco de España. Hay que serlo para mantener un registro personal de pasos perdidos que arroja ya 18 volúmenes -en octubre verá la luz el siguiente, bajo el título Seré duda-, de donde salen los gigantes convertidos en molinos; o para reformular el canon literario de la España cainita en Las armas y las letras; o para salir airoso de dos continuaciones de la novela inmortal –Al morir don Quijote y El final de Sancho Panza y otras suertes– y una biografía del genio. Pero hay que serlo sobre todo para arrostrar la suerte suprema del quijotismo, que no podía ser otra que reescribir el Quijote.

Aunque lleva toda la vida preparándose para esto, Trapiello ha invertido exactamente 14 años en verter el anguloso idioma de Cervantes al castellano actual. O eso dice la cubierta del libro que ayer presentó en la Residencia de Estudiantes, flanqueado por dos escuderos de academia como José-Carlos Mainer y Jordi Gracia. Adaptar el Quijote a los hispanohablantes: paradoja sobre atrevimiento. Terreno abonado al escándalo purista. «En cuanto se filtró el proyecto -lo mantuve en secreto durante años precisamente para evitar maledicencias-, fue saludado con críticas. El Quijote es el libro que acumula el mayor número de fracasos de lectura de la historia. Quizá a los que no lo entendieron les molesta que, gracias a esta versión, haya otros lectores que sí lo entiendan», ironizó el escritor leonés. Aislar la novela con el precinto de lo sagrado no contribuye a su difusión entre las nuevas generaciones, ciertamente.

Se diferencia Trapiello de Pierre Menard -el personaje de Borges que escribió el Quijote coma por coma pero sin memorizarlo ni copiarlo- en que los giros cervantinos más incomprensibles, los refranes ya anquilosados y el léxico caído en desuso (a menudo porque el objeto que designan ya no existe) han mutado a inteligibles, lo cual no quiere decir que la edición de Trapiello sea hija de la purga y el remiendo, como es la de Pérez-Reverte. Sigue siendo un Quijote íntegro y exigente, pues conserva la música de la sintaxis de la Edad de Oro. El escrutinio semántico ha sido, pues, especialmente donoso; y cuando las dudas asaltaban al traductor, siempre tenía a mano a Francisco Rico para fijar la expresión pertinente, ni muy arcaica ni muy moderna. Se trataba de frotar el liquen que el tiempo ha depositado en el estilo sin raspar la roca viva de la lengua. La nuestra.

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Cortesía de la Revista LEER a propósito de mi debut en la Feria del Libro.

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Ensayos literarios

Esto es un crítico.

Esto es un crítico.

Definimos la sensación que deja la lectura de Samuel Johnson como admiración intelectual en estado puro. Contemplar el espectáculo de una mente capaz de igualarse a los autores que reseña -y esos autores son Shakespeare o Milton-, incluso de señalar ¡sus fallos! con autoridad y convicción, es un placer no apto ciertamente para consumidores de novedades de aeropuerto, pero desde luego representa un acontecimiento editorial para los amantes de la literatura. Y cuando decimos literatura, decimos el pináculo anglosajón del canon occidental.

Precisamente haber leído antes a Harold Bloom -con Borges el discípulo más famoso del Doctor inmortalizado por Boswell– depara la certeza de una noble genealogía que arranca en nuestro autor y que, hilando cumbres como Hazlitt, Wilson o Connolly, llega hasta Bloom y George Steiner para avalar la canonización de la crítica literaria como una de las bellas artes. Decía Steiner que cuando un crítico mira hacia atrás contempla la sombra de un eunuco; pero si el que mira es Samuel Johnson, más bien descubre el alargado reflejo de un semental. Un gigante no ya de la ilustración dieciochesca sino de la de todos los tiempos.

Pero que nadie se asuste. Porque precisamente no es el menor logro de Gonzalo Torné, al cuidado de esta edición, el haber entregado un Johnson que no solo se lee con amenidad, sino que envejece y avergüenza la prosa de los críticos actuales por comparación. Johnson instituyó el modelo de crítica impresionista que Sainte-Beuve llevaría a su más puntiaguda perfección, pero en el maestro escocés aún no encontramos el capricho y la venalidad que llevaron a titular al francés uno de sus crueles ejercicios de taxidermia literaria como Mis venenos. Al contrario: Johnson pontifica, pero pontifica siempre imbuido de un sentido moral bien argumentado amén de confesional, y de un alto sentido de la responsabilidad estética, consciente de que sus juicios podían destruir a un escritor para siempre. Claro que si es capaz de censurar el zascandil gusto de Shakespeare por los juegos de palabras, o reprobar la aridez abstracta del Paraíso Perdido (“Nadie jamás lo deseó más extenso de lo que ya es”), o de acusar a Swift de “instruir sin persuadir”, no queremos imaginar la brutalidad que podría desplegar contra los autores de nuestro tiempo.

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Don Draper o la conquista de la moral

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

Draper en el trono de hierro de la gran ficción televisiva.

[Al hilo de la última temporada de Mad Men que ahora se exhibe, he creído oportuno recuperar un artículo que publiqué en el número 2 en papel de la revista Jot Down, octubre de 2012. Por entonces la serie acababa de concluir su quinta temporada, pero el análisis ético y narratológico que me inspiró entonces la peripecia interior de Don Draper quizá no haya perdido toda su vigencia. Razón de que lo ofrezca a continuación, por si alguien gusta y no se pone quisquilloso con los llamados spoliers]

Mad Men, la serie de AMC que aplica el leit-motiv nacional del sueño americano al mundo caníbal de la publicidad en los albores del capitalismo salvaje neoyorquino, nos ha regalado a uno de los personajes de ficción más literarios –en el sentido de complejo, matizado, poliédrico, pero a la vez arquetípico– de la década. Nos referimos a su protagonista, Don Draper, director creativo de agencia interpretado con maravillosa, naturalísima sobriedad por Jon Hamm, a quien no podremos ver jamás como otra persona que Don Draper, por supuesto (ambos son huérfanos, por cierto). Si acordamos que la excelencia narrativa reside hoy en las series norteamericanas mucho antes que en la novela o el cine, entonces Don Draper, como las plegarias del Libro de Job o la relectura de la Odisea o la biografía del doctor Johnson, alcanza la cota máxima del mérito literario, que es aquel que funde la ética y la estética y logra al mismo tiempo edificar a los sencillos y rendir a los sabihondos, deparando a un Borges felicidad en vida y consuelo ante la muerte a un Harold Bloom.

Draper se ofrece al espectador en principio como el self-made man yanqui por excelencia, ascendido a la cima social y económica tras sobreponerse a unos orígenes familiares penosos que se nos revelan episódicamente a golpe de flash-back. Vemos a Draper engominado a cal y canto, elegante hasta la arrogancia, seguro de su talento, seduciendo a magnates de Madison Avenue putrefactos de millones; pero un día descubrimos que este Draper resulta ser, literalmente, un pobre hijo de puta. La puta muere al parirlo y el bebé es confiado al granjero Whitman que la preñó –Whitman: apellido parlante que remite al patriarca de la lírica americana– y bautizado Dick. El padre muere coceado por un caballo y su madrastra se casa con un paleto de maneras brutales. Dick tiene un hermanastro, llamado Sam. Dick sueña con huir de tan faulkneriano hogar y se alista en la campaña de Corea. Allí se produce lo que Joyce llamaba una epifanía, el hito que ha de polarizar un relato entero. Por culpa de su imprudencia, una explosión destroza a su compañero, el genuino soldado Don Draper, y el cobarde Dick Whitman, superado por el horror de la guerra, decide colgarse la chapa identificatoria de Draper aprovechando que ha quedado irreconocible y suplantar así su identidad para los restos. Consigue así el doble objetivo de huir sin explicaciones de su castrante familia y de desertar sin castigo del ejército estadounidense, que de hecho lo licencia con honores de héroe. Ahí empieza Dick a felicitarse de su astucia, a abrazar su impostura, a planificar su nuevo nacimiento, a atornillarse la máscara del triunfador. Lo que no sabe es que con la medalla de héroe militar recibe otra invisible con la que el destino –el destino es el carácter… o la falta de él– castigará su decisión: la de héroe trágico, acechado para siempre por las consecuencias morales de la impostura existencial.

La primera reconvención del destino la encarna Sam, quien en una foto del New York Times reconoce a aquel hermanastro que se suponía que jamás volvió de Corea. Se presenta en la lujosa agencia, pero topa con la negativa innegociable de Dick a dejar de ser Don Draper. En un gesto que cifra toda la inmundicia que puede representar un puñado de dólares, el adinerado hermano mayor se deshace del miserable hermano menor ofreciéndole 5.000 pavos con la condición de no volver a ver jamás esa familiar cabeza pajiza que le evoca un pasado nefando, cuidadosamente ocultado. Sam, desolado, se ahorca sin tocar un solo dólar: solo buscaba el afecto fraterno. Se une Sam así al difunto soldado Draper en el panteón de fantasmas morales que ulularán en la conciencia de nuestro apuesto Hamlet.

Pero Don se centra en las dos carreras que mejor acallan la voz de la conciencia viril: la de hombre de negocios y la de Don Juan. El destino le dará una tregua de inconsciencia eufórica. Compaginará el éxito profesional con la posesión de cuantas mujeres se cruzan en su camino. La que se resiste le estimula más, y no suele tardar más de dos capítulos en acabar cediendo y aun enamorándose del irresistible depredador Draper. El descarnado machismo sexual que refleja la serie, fiel a su época –¿a todas las épocas?–, solo lo contrapesa el simétrico furor uterino de otras tantas amazonas libertinas, que también han campado en todo siglo. La mujer legítima de Don, Betty Draper, es una muñequita despersonalizada, anulada al unísono por la pujanza de su marido, por la puritana educación recibida y por sus propias deficiencias de carácter. Solo a una mujer destina Don rango de especie común a la suya: a Anna Draper, la esposa del soldado muerto al que suplantó y única confidente de su tremendo secreto, cuya comprensión mitiga la voz espectral que la ingesta desmedida de whisky en cóctel Old Fashioned o directamente de la botella no logra ahogar del todo.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

Pasiones eternas bajo el oropel sesentero.

La serie avanza ahondando poco a poco en este esquema dialéctico que enfrenta al héroe con su pasado, la calma hipócrita del hogar con la codicia frenética de Manhattan, la estabilidad con el affaire. La conciencia de Draper va disociándose cada vez más, estirándose como chicle, vaciándose de toda coherencia. Y aunque otro patriarca de las letras norteamericanas como Ralph Waldo Emerson dejó escrito que la coherencia es la obsesión de las mentes inferiores, Draper no puede olvidar que en realidad se llama Whitman, como el gran poeta que versificó la apoteosis fundacional de la subjetividad en su “Canto a mí mismo”. Episodio a episodio Draper va cayendo en la cuenta de que él no puede cantarse a sí mismo porque no sabe quién es. Su canto no tiene objeto porque ya no sabe qué es verdad y qué es embauque en su vida. Su oficio, asociar valores románticos a productos tan pedestres como laxantes y medias, es la gran metáfora que la serie propone para expresar el la falsedad arquetípica de su personaje.

Llegamos al ecuador del drama, al gran punto de inflexión narrativo. Como suele pasar en la vida, Draper necesitará tocar fondo para tomar impulso. El fondo –la segunda epifanía de la serie, matriz de la narración– lo marca su divorcio con Betty, quien desenmascara a su marido y le obliga a confesar su verdadera identidad al hilo de la historia desdichada de Dick Whitman. El final de la tercera temporada, teñido de una majestuosa melancolía bajo los dylanianos sones de Don´t think twice, it´s all right, juega con la sugerencia del perdón de Betty; el espectador llega a desearlo, pero es demasiado tarde: la confianza está rota. En Betty ha nacido una personalidad inédita de mujer dura e independiente que atiende al apetito de su insatisfacción y al grito de su orgullo liándose con un rico divorciado. Se trata de Henry Francis, asesor del gobernador del Estado, un hombre comprensivo pero ayuno de carisma que jamás podrá librarse de la sombra patrimonial que la figura de Don seguirá proyectando sobre Betty. Don Draper se muda a un piso de soltero, afronta la puesta en marcha de una nueva agencia como socio fundador y reduce al mínimo su vida social y el ajetreo de sábanas. Ha comenzado la conquista de una personalidad propia, el camino de la forja moral que nunca emprendió, ahora posible mediante la ascesis de la soledad y la introspección. Comienza a escribir un diario y se apunta a natación. Oímos en off sus reflexiones por primera vez, mientras ejecuta largas y rectas brazadas de crol.

En ese reposado estado de conciencia escribe la famosa carta a Lucky Strike después de que este gigante del tabaco decida abandonar la agencia, condenándola a la ruina a medio plazo. El guión concede a esa carta la categoría de hito que merece: nadie antes en la Gran Manzana había osado rasgar tan sonoramente –en el mismo Times– el dogma sacrosanto de la idolatría del mercado: el cliente no siempre tiene razón, se atreve a proclamar Draper. Los cigarrillos matan y me alegro de no tener ya que vender los de esta marca; es más, no pienso vender los de ninguna otra en el futuro. Por supuesto, se trata de otro truco publicitario, un gancho comercial dirigido a la trinchera de enfrente: los enemigos institucionales que tiene toda tabacalera. Pero no deja de ser una maniobra pionera, nunca vista: hacer publicidad sin mentir. El riesgo es altísimo, las garantías invislumbrables y aún así ejecuta el plan, lo que informa del cambio moral que se está operando en el nuevo Draper. Solo Peggy, su alter ego femenino en la agencia –y casi la única que no pasa por su cama-, entiende la genialidad del gesto. Pero quien mejor lo define es Megan, la secretaria con veleidades artísticas que acabará convirtiéndose en su segunda mujer y musa de su reconstrucción ética: “El mensaje era: no me dejas tú, te dejo yo”. Así empiezan todos los despechados a rehacer su vida.

Megan es la Penélope de Don, Ulises de una odisea interior en pos de la adultez moral. Al principio de la serie, Draper no era un carácter sino un mero arquetipo, y ese arquetipo del self-made man se va rellenando de carne, de zozobra, de remordimiento, de propósitos de redención: de naturaleza humana en suma. Pero el hombre es el único animal que no tiene propiamente naturaleza sino más bien historia, y la serie la desarrolla con ritmo indesmayable, haciendo progresar vívidamente a Don hacia una moralización que culmina en su amor –por primera vez maduro– por Megan. A ella le dice quién es desde el principio. Dick Whitman, que había pasado a ser Don Draper por obra de la cobardía y que había perseverado en la impostura por efecto de la ambición, retorna con Megan a ser Dick Whitman por la fuerza del amor de Megan, al modo como Don Quijote regresa en su agonía a la lucidez postrera de ser nada más que Alonso Quijano. Megan, dueña de una sensibilidad inasequible para Betty, es seducida por el presente brillante de Draper pero al mismo tiempo acepta la carga familiar de su pasado. Su química con los hijos de Don convence definitivamente a nuestro héroe demediado de la idoneidad de Megan como esposa. Y al hilo de ese amor bien cimentado en la confidencia, la sofisticación afrancesada de Megan depara otro don a Don: el de la superación del machismo, el de infundirle respeto a la personalidad propia de su compañera, cuya vocación de actriz supone todo un reto para la patriarcal estrechez de miras de un macho alfa en el Manhattan de los sesenta. En su nuevo hogar, decorada a la última, se respira complicidad y las disputas acaban rápido sobre la alfombra o sobre la colcha.

La familia crece, como la culpa.

La familia crece, como la culpa.

Cuando concluye la quinta temporada, Donald Francis Draper hace pequeñas cosas reveladoras de una generosidad nueva –el desinterés es la piedra de toque de la grandeza ética–, como dejarle una nota a Megan informando de que sale cinco minutos a comprar bombillas. La nota incluye la coda tierna del “Te quiero”. O como coger el coche para llevar al amigo adolescente de su insolente hija Sally a su lejana casa tras llegar a casa reventado por un durísimo día de trabajo. En esos detalles se manifiesta el temple que conforma un carácter. Hay mil detalles más, como los que exponen una creciente paciencia con sus subordinados en la oficina. Antes era un gentleman impecable; ahora ha logrado imbuir esa brillante envoltura de la fibra costosa de la virtud, y la virtud, no se engañen los temperamentos provocadores, siempre será la única fuente de atractivo humano perdurable. Por eso amamos todos a Don Draper.

Al parecer, AMC ha prometido una sexta y quizá una séptima temporada de Mad Men. En este punto el guión ofrece a mi juicio dos congruentes derivas narrativas: la consolidación a lo bildungsroman de esta tendencia moralizante, lo que obligaría a un final más o menos abierto y permitiría el happy end; o la llamada de la sangre y la vuelta a las andadas como un barco incesantemente arrastrado corriente abajo, por citar el colofón de El gran Gatsby. Porque el personaje de Draper parece construido a pachas por la mano elegantemente melancólica de Scott Fitzgerald y el alma atormentada de Dostoievski. La psicocrítica, corriente de análisis literario deudora de Freud, estudia al personaje a la luz de su infancia, que considera determinante. Se trata de un enfoque muy útil a partir del momento en que la novelística moderna corrige la injerencia abusiva del autor en la autonomía psicológica de sus criaturas. Así, constata cómo los antihéroes de Dostoievski muchas veces parecen absorber al escritor, en lugar de hacer derivar simplonamente a los personajes de la biografía –prisma romántico– o ideología –prisma adecuado a la novelística de tesis– del creador. Ahora bien, Draper es rehén de su infancia desgraciada, cierto; pero no lo es menos de su ambiente y de su libre albedrío. La sociocrítica, deudora de la cosmovisión marxista, atiende sobre todo a las condiciones socioeconómicas en que se mueve el protagonista de un relato, y no puede negarse que el capitalismo neoyorquino de la década de los sesenta determina en buena medida su comportamiento. Ahora bien, ni la infancia ni el ambiente agotan a nuestro personaje, y ahí reside su magnitud artística: Don Draper se sobrepone a su cuna y acaba contradiciendo algunas de las normas de su mundo caníbal porque deviene ante todo un héroe ético, es decir, un héroe en pleno uso de su libre albedrío y de la responsabilidad que comporta.

Hombre solo.

Hombre solo.

Don Draper exigía un estudio diacrónico y no sincrónico, y de ahí el espoileo inevitable de este artículo, que ustedes sabrán disculparme porque en todo caso no anulará esa mezcla de familiaridad y sorpresa que compone el placer estético, cuando vean Mad Men. Draper es lo que Lukács denominaba “héroe problemático”: aquel que entabla una relación dialéctica con su mundo cuyo saldo final redunda en el autoconocimiento. El protagonista de esta serie acaba reivindicándonos en las narices su derecho a vivir autónomamente, al modo pirandelliano; su derecho a ser primero alguien más fulgurante de lo que el destino le tenía asignado, y su derecho a arrepentirse del precio de nihilismo que pagó por su sueño americano, para cambiar de nuevo. Draper, así, anula a su propio guionista en beneficio de la más alta función de las ficciones: la de pasar a vivir como verdades morales en nuestra imaginación.

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