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La espada y la palabra. Vida de Valle Inclán

Genio sin máscaras.

Genio sin máscaras.

Es cierto que no contaba Valle-Inclán con una biografía a la altura de su leyenda, precisamente porque su leyenda excesiva deformaba los contornos rigurosamente fácticos de su vida. La culpa de esta carencia hay que atribuírsela al modelo subjetivo y militante que instituyeron sus primeros biógrafos, de Melchor Fernández Almagro a Ramón Gómez de la Serna, apasionados partidarios del artista y sus máscaras más que del hombre y sus hechos que recogieron sin mucho escrúpulo el más celebrado anecdotario valleinclanesco, tan romántico como dudoso.

Ahora bien, el primer culpable de este desdén por el rigor fue el propio don Ramón, quizá el genio literario más indiscutible de la primera mitad del siglo XX español, quien ejerciendo de tal se entregaba a la mixtificación incontinente y, con aquel ceceo magnético, diseminaba retazos fantasiosos de autobiografía por entrevistas y tertulias en las que reinaba sin discusión. “Cuando está don Ramón en el café, él habla y los demás escuchamos”, consignó un testigo de aquellos años en que el magisterio literario se impartía en los cafés. Valle, a la manera de los dandis de raza, se preocupó de vivir en artista, empezando por la calculada excentricidad de su aspecto, que tan popular lo hizo entre el pueblo de Madrid. Cuando nos acercamos al 80° aniversario de su muerte, el investigador Manuel Alberca ofrece el resultado de una tarea hercúlea: despojar de máscaras al creador del esperpento para fijar el relato contrastado de su paso por el mundo, desde su nacimiento en el seno de una señorial familia gallega en 1866 hasta su amargo fin en los albores del fatídico 1936.

Este colosal trabajo ha merecido el Premio Comillas, pero en nuestra modesta opinión no creemos que este libro, con ser grueso, agote la figura de Valle-Inclán. Tampoco lo ha pretendido, y lo justo es juzgar las obras por el grado de aproximación a su propósito declarado, que en este caso se ha limitado a documentar una vida, soslayando el juicio sobre su obra y aun la influencia recíproca de la una en la otra. En la presentación se disculpa Alberca de antemano por incurrir en eventuales interpretaciones más allá de la constancia de los hechos: pues bien, a este lector le hubiera gustado que el autor interpretase más, mucho más. La biografía de Alberca avanza sobre la pauta obsesiva del dato fidedigno y olvida quizá que un escritor está en su creación tanto o más que en sus amores, infortunios, desafíos políticos o quiebras financieras. Agradecemos las exhaustivas relaciones de liquidaciones editoriales, porque revelan un tren de vida acomodado que desmiente la fama de bohemio con que Valle gustaba de adornarse; pero echamos de menos una indagación más audaz en el proceso psicológico de su maduración artística. Por ejemplo, cómo el primer exponente de la prosa modernista termina alumbrando preceptivas tan insólitas como las de Luces de bohemia o Tirano Banderas. Quizá sea posible hallar un virtuoso término medio (el Belmonte de Nogales, vaya) entre el método vibrante pero novelero de un Stefan Zweig y este contemporáneo prurito de sabueso del dato, que sacrifica toda amena teatralización o conjetura pertinente en el altar de la historiografía científica, si vale el oxímoron. La prosa funcional, correcta, tampoco concede mayores expansiones.

Dicho lo menos bueno, digamos ya que la obra de Alberca acumula méritos ingentes. Quedará por ejemplo como la aclaración definitiva de la paradoja ideológica valleinclanesca: cómo una literatura tan vanguardista pudo ser hecha por alguien que abrigó toda su vida un pensamiento ultramontano, orgullosamente reaccionario. De tal forma que sus admiradores literarios se empeñaban en disculpar su carlismo como una extravagancia estética más de don Ramón, en tanto que los tradicionalistas más ortodoxos desconfiaban de su compromiso con la Causa a la vista de la propensión escatológica que denotan sus obras. Y sin embargo los hechos son tozudos e infinitos los testimonios que certifican una inclinación natural al tradicionalismo, la fe inquebrantable en la raza de los pueblos como medida de su destino, la añoranza del señorío de raíz feudal y el convencimiento de sus virtudes sociales, el odio insuperable al gregarismo y la mesocracia o la admiración por la figura del caudillo providencial, incluido Mussolini. El aristocratismo estructural de Valle sirve no solo para cimentar su credo esteticista, que le enfrentó con empresarios de teatro deseosos de códigos más comerciales, sino también para decodificar muchas de sus contradicciones políticas: carlista a fuer de español pero aliadófilo a fuer de católico; defensor del régimen mexicano frente a los terratenientes españoles por pura venalidad (el gobierno revolucionario le pagó su gira americana); partidario de las dictaduras pero crítico con Miguel Primo de Rivera; monárquico de siempre pero comprometido en 1931 con la República como antialfonsino notorio.

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¡Haz reír, haz reír!

Portada del libro.

Portada del libro.

“Mi muerte es un asesinato colectivo”, dejó escrito Jardiel, comida ya su garganta por el cáncer, su bolsillo por las deudas y su ánimo por el entrañable cainismo español: a un lado el sectarismo de la izquierda, que ni hoy le ha perdonado su alineamiento claro con el franquismo, y al otro la mojigatería de la derecha, que receló siempre de la amoralidad de sus personajes y del ateísmo de su autor. Ya se sabe que en la España del XX los vencedores de la guerra perdieron los manuales de literatura; pero Jardiel Poncela resiste desde las tablas que reponen sin pausa sus demandadas comedias y desde el merecido medallón de piedra del Teatro Español -junto a Lorca, Benavente o Valle-, y sabe al fin que ha vencido.

Por la necesidad de reivindicar el talento del mayor comediógrafo español del siglo pasado entendemos la resuelta devoción con que el periodista Víctor Olmos afronta la peripecia vital de su biografiado, sin ocultar la elasticidad de su moral privada pero justificando siempre al hombre por sus obras. Como la mayoría de sus contemporáneos en la república de las letras, Jardiel fue misógino humorístico, antisemita retórico y franquista por mero “antiizquierdismo de las izquierdas españolas”: era un burgués liberal que como tantos se refugió en el Movimiento cuando los milicianos le requisaron el Ford V8 que tantas cuartillas de escritura de café le había costado; años después La Codorniz le volvería a embargar el mismo coche por faltar a sus compromisos editoriales.

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Miguel de Cervantes cuenta su hallazgo

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

El Manco de Lepanto, visto por Ulises.

Este periódico ha obtenido en exclusiva la opinión del manco de Lepanto sobre su propio hallazgo, la cual reproducimos a continuación:

«Sin juramento me podrás creer, desocupado lector, que este que tiene ante vuesa merced es el primer sorprendido de su propio descubrimiento. Bien sabe el cielo que me gustaría comparecer en más airosa manera que bajo la apariencia de «reducción de esquirlas óseas» con que han tenido a bien presentarme mis temerarios indagadores, pero cada cual es hijo del tiempo y a tal desmejoramiento me veo reducido.

Ni el riguroso trance en que se halla España -que algunos llaman crisis y otros recuperación-, ni el escaso contento que a mi modestia concede tan desaforada atención me privarán de tomar una vez más la pluma para dar mi opinión sobre el asunto, que con no ser tan premioso como las malhadadas economías digo yo que algún interés reviste, siendo el muerto quien opina y siendo España quien a menudo no atiende.

Me encuentro convertido en motivo de disputa entre quienes acusan de necrófilo el intento de ubicarme, quienes sospechan engaños y afeites para lustre de poderosos y quienes advierten tan solo una porfía mercantil emboscada de cultura. No veo en cambio a mis sedicentes lectores alegrándose del hallazgo, que para tal cortedad de júbilo habría preferido que nadie me moviera de mi sitio. No se me oculta que es patrimonio de nuestra triste raza -acaso ya decadente cuando entre hermanas trinitarias dispuse mi enterramiento- el discutirlo todo y debatirlo todo y no hallar paz en escrutinio ninguno, donoso las menos veces, así en banalidades deportivas como en urgencias que debieran serlo de Estado. Pero paisanos, por Dios y su Madre Santa, ¿es que nadie va a celebrar la sede de mi destino? ¿Es que nunca se ha de coincidir para el legítimo festejo en este pobre país donde toda suspicacia tiene su asiento y todo negro augurio hace su habitación?

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Conventos y democracia

Convento de las Trinitarias, donde reposa Cervantes.

Convento de las Trinitarias, donde reposa Cervantes.

La abadesa del convento de las Trinitarias, Sor Amada de Jesús, no ha querido revelar cuántas de sus 13 monjas votaron contra la búsqueda de los huesos de Cervantes en su cripta, pues el monacato no es incompatible con la democracia; ni por qué razones, pues las sesiones capitulares son tan secretas como los consejos de ministros. El caso es que ganó el sí, y es gracias a este inmaculado ejercicio de clausura electoral que hoy podría anunciarse el hallazgo del autor del ‘Quijote’.

Las constituciones de Santa Teresa, cuyo año celebramos, prevén incluso la moción de censura fulminante, disponiendo que la priora que demostrare incapacidad para el mando al cabo de su primer año sea relevada para evitar el deterioro de la vida conventual «con hacerse de imperfecciones costumbre». Redescubrir que ni la democracia ni la regeneración son inventos de la modernidad ni patrimonio laico invita primero a la burla de nuestro adanismo analfabeto, que cree fundar la historia en cada mitin, y aboca después a la melancolía a quienes sopesábamos la toma de hábitos para huir de la ruidajera electoral de 2015: ahora ya sabemos, ay, que en Silos también votan.

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Canta la cólera, Merkel

Los hechos (al fondo) y las promesas.

Los hechos (al fondo) y las promesas.

Cabe esperar de un dramaturgo talentoso una recreación del encuentro de ayer entre Wolfgang Schäuble y Yanis Varufakis. Algo como el vibrante drama que Jean-Claude Brisville extrajo de la entrevista que en 1647 mantuvieron en la celda de un convento parisino René Descartes, padre del racionalismo, y Blaise Pascal, apologeta de la fe. Porque, si no me equivoco, de la negociación entre la ortodoxia alemana y la menesterosidad griega depende el futuro modelo de Europa.

Los cartesianos de Merkel defienden una postura tan razonable que se hace imposible discutirles el mando de la plaza euro: ellos trabajaron, crecieron, acumularon, prestaron y exigen la devolución de lo prestado. Son las hormigas protestantes de Europa y advierten de que, si respetan la voluntad del pueblo griego expresada en las urnas, aún respetan más la voluntad de inversores y contribuyentes expresada en la mengua de sus bolsillos. Pago, luego ordeno.

Frente al muro de la razón pura, Varufakis apela a la emoción, al argumento empático con un ribete de impertinencia: «Ninguna otra nación puede comprender la situación en Grecia mejor que Alemania». Como diciendo: ahí está Amanecer Dorado; si mi país se nazifica la culpa será de Berlín, como entonces. De este modo escasamente sutil, Varufakis, contra lo que predica su aplaudida virilidad de estibador financiero -las 50 sombras (en el balance) de Yanis-, esgrime el chantaje moral del victimismo, lo que tiene muy poco de varonil.

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Corrupción, abono literario

La corrupción goza en España de una excelente salud. Abre los periódicos, alimenta el share de las tertulias de la tele, monopoliza las redes sociales y ya hasta ha colonizado las conversaciones de autobús y de ascensor, antaño dominio exclusivo de la climatología. Este año incluso le han dado el Premio Planeta a la corrupción, tratada por Jorge Zepeda en su más negra acepción mexicana.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Tucídides, el primer periodista de investigación.

Lo que sorprende un poco es que tema tan antiguo provoque un escándalo tan nuevo. Aristóteles definió la corrupción como un “estancamiento” que pudre las aguas de la democracia, degenerando en ciénaga de demagogos que abona el terreno para la irrupción del tirano. El mecanismo es tan conocido, y tan indefectible, que causa estupefacción la facilidad con la que los humanos –también los altivos demócratas de la Europa posmoderna– nos precipitamos a cumplir el mismo guión milenario que fijó Tucídides en su Historia de las guerras del Peloponeso. Es la primera descripción en Occidente de un caso de corrupción y sucedió en Corcira en el siglo V a. C. La cita es larga pero su precisión resulta de una escalofriante actualidad:

“La audacia irreflexiva pasó a ser considerada un valor fundado en la lealtad al partido; la vacilación prudente se consideró cobardía disfrazada; la moderación, máscara para encubrir la falta de hombría; y la inteligencia capaz de entenderlo todo, incapacidad total para la acción; la precipitación alocada se asoció a la condición viril, y el tomar precauciones con vistas a la seguridad se tuvo por un bonito pretexto para eludir el peligro. Estas asociaciones no se constituían de acuerdo con las leyes establecidas con vistas al beneficio público, sino al margen del orden instituido y al servicio de la codicia. Y las garantías de recíproca fidelidad no se basaban tanto en la ley cuanto en la transgresión perpetrada en común”.

Por los mismos años escribió Aristófanes su Pluto, ácida comedia contra el desigual reparto de la riqueza que los gobernantes prometen mientras la practican en exclusiva. La reciente puesta en escena de esta obra en el festival de Mérida serviría a algunos adanistas para descubrir que el discurso contra la plutocracia no es precisamente un genialidad de Podemos. Mención especial merece Luciano de Samosata (siglo II d. C.), quizá el primer genio satírico de la historia, un antidogmático radical y descacharrante cuyos textos asombrosos leíamos en Clásicas como el iniciado que penetra en Delfos y descubre el mayor burdel de Europa. La tradición lucianesca es la que relanzan Jonathan Swift y nuestro Quevedo con sus Sueños, entre tantos otros. Y qué decir de Roma, donde se idearon todos los vicios y todas las soluciones, desde el tribuno de la plebe al pan y circo. De los muchos escritores que eligieron la corrupción como tema literario –la galería de infames de Tácito, los epigramas afilados de Marcial, las sátiras implacables de Juvenal y Persio– yo me quedo con el taimado Salustio, que hizo un carrerón al elegir el bando correcto del divino Julio, rapiñó todo lo que pudo en el año y medio en que César le confió el gobierno de los númidas, fue acusado por el Senado de exacción ilegal en el ejercicio de cargo público y acabó reinventándose como historiador moralista alejado de las vanidades del mundo… en una mansión que los emperadores le expropiarían a su muerte, muertos de envidia. A este precursor tan latino del fraile después de cocinero debemos la sofisticada trama de vileza de La conjuración de Catilina.

Hay en la Edad Media toda una literatura goliarda que fustiga los vicios del poder, ya ocupara este el estamento noble o el eclesiástico, y cuya tradición llega a las chirigotas gaditanas. Pero debemos a los renacentistas algo parecido a un tratamiento sistematizado –casi un género ensayístico– de la corrupción, con Erasmo, Moro y Maquiavelo como faros de costa de la moralidad pública. los partidos (gobierno de los grandes) generan oligarquía. Bien común. “Los hombres son malos todos, y el áncora del bien público está toda entera en la bondad de las leyes, la cual consiste en hacer que los hombres se abstengan, más por necesidad que por voluntad, de obrar mal”, escribe el autor de El príncipe con irrefutable realismo. El gran crítico soviético Bajtín extrae del Gargantúa de Rabelais el concepto de lo carnavalesco como subversión reglada del orden establecido: es decir, como desahogo del pueblo sometido a un régimen opresivo que se perpetúa precisamente gracias a la válvula de escape que supone el carnaval, el negativo lúdico de la revolución.

Así se van sentando las bases de una de las grandes aportaciones hispanas a la literatura mundial, y a los propios paraísos fiscales: la picaresca. Ni el autor del Lazarillo ni Mateo Alemán en su Guzmán de Alfarache ni mucho menos Quevedo en su Don Pablos idealizan lo que cuentan: sencillamente eliminan el filtro de la hipocresía social y lo que queda es la condición humana en pelotas. Una sociedad corrupta, donde el pobre no carga contra la corrupción de los aristócratas por indignación moral sino porque a él se le excluya de ese banquete. El criterio ético del bien común lo salvaron cronistas patrios del XVII –verdaderos periodistas del Siglo de Oro– como Pellicer, Saavedra Fajardo (“La murmuración es argumento de la libertad de la república, porque en la tiranizada nos e permite”, escribe, reflejando el clima social de la España de Felipe IV) o Jerónimo de Barrionuevo. Todos ellos levantan acta del desgobierno de la monarquía y reflejan la carestía reinante. Los pasquines críticos infestan las esquinas de Madrid y la queja general contra el “menoscabo de la Real Hacienda” convive con los arrestos sumarísimos por delito de sedición.

Cervantes, manco para unas cosas y de mano larga para otras.

Don Miguel tampoco era manco.

¿Y dónde dejamos, por cierto, a don Miguel de Cervantes, que fue condenado por irregularidades recaudatorias en el desempeño de su cargo? No deja de ser idiosincrásico que la mayor gloria de las letras españolas cediese en vida a la tentación de la picaresca. Si nos ponemos estrictos, señores, Cervantes fue también un corrupto. Habrá que estar atentos a esos papeles que al parecer Bárcenas está escribiendo en Soto del Real.

Vélez de Guevara levantó los techos de la hipocresía social de la sociedad barroca en su Diablo Cojuelo, y aún tuvo que dulcificar el tono en la segunda parte del libro porque comprendió que su manutención dependía del mecenazgo de aquellos estamentos a los que atacaba.

Será el absolutismo el sistema que venga a aplacar el temperamento crítico de la sociedad barroca, y será el abuso de poder de los reyes absolutos el que justifique la doctrina del contrato social de Rousseau, cuya ruptura define precisamente el fenómeno de la corrupción. El concepto de voluntad general del autor del Emilio es el germen del democratismo moderno, pero también será el chivo expiatorio más invocado por los futuros populistas para encubrir sus propias corruptelas.

La vocación pedagógica de los ilustrados produjo una rica veta de ensayismo didáctico, de intención moralizante. Feijóo, Jovellanos y el viperino Moratín tienen páginas sobre la viciada maquinaria de la administración que ha permanecido inexpugnable a la democracia. Una misma sensación de tiempo perdido que nos despierta el Madrid galdosiano de ¡Miau!, verdadera radiografía de lo que el gran novelista llamó “el panfuncionarismo burocrático”, cuyos frutos más consabidos eran el nepotismo de corte, el caciquismo localista y el revolucionario de salón. Pero caeríamos de nuevo en el papanatismo aldeano si creyéramos que nuestra situación, pese a su proverbial atraso teocrático, era mucho peor en lo tocante a corrupción política que la de otros europeos. Los franceses encontraron su espejo en los burgueses corruptos de Balzac y Maupassant; en los infinitos engranajes del Imperio británico se escondían los arribistas victorianos de Dickens y Thackeray. Y en Italia, entretanto, la semilla de picaresca sembrada por los españoles durante el virreinato de Nápoles y Sicilia germinaba en ramificaciones mafiosas que andando el tiempo llegarían consolidar una vertiente endémica de la novela negra que encuentra en Sciascia su culminación.

No olvidemos la tesis ya clásica de Enzensberger y otros que han señalado el origen español de la Camorra como un sistema paralelo y clandestino de distribución de recursos que florece allí donde ciertas funciones sociales no están suficientemente atendidas por el Estado capitalista, que tampoco puede o quiere imponer la ley del todo. Luego los italoamericanos exportaron el modelo de negocio a Chicago, Nueva York, Atlantic City o Nueva Jersey con el éxito conocido en novelas, películas memorables y series de HBO. Fuera del subgénero mafioso, pero sin salir de Estados Unidos, cabe recordar que la gran aportación –aparte de la estilística– de Hammett y Chandler al canon detectivesco consistió precisamente en la introducción de un propósito de denuncia, pues las víctimas no son ya únicamente de un asesino más o menos sofisticado sino de todo un entramado social injusto que premia con el medro la corrupción de policías, políticos y empresarios, mientras que mantener un código ético solo reporta soledad personal y penuria económica.

Valle instituyó el género de dictador, o corrupción suprema.

Valle instituyó el género de dictador, que corrompe absolutamente.

Un fenómeno parecido ocurría entretanto al otro lado del Atlántico. El genial aforista colombiano Nicolás Gómez Dávila, frente al indigenismo incipiente, no culpaba a España de haber colonizado el vergel suramericano, sino de haberlo colonizado tan mal: “La mejor crítica de la colonización española son las repúblicas suramericanas”. Y comparaba los resultados en limpieza cívica que exhibían los países de la Commonwealth, por donde había pisado la bota británica, con la yuxtaposición de satrapías en las que se habla el español. No es una visión demasiado amable con España, pero el hecho de que la novela de dictador –con el precedente canónico que según la crítica sienta el Tirano Banderas de Valle– se convirtiese en un género casi autóctono desde Panamá hasta Tierra de Fuego parece refrendar su amarga constatación. De toda la narrativa de Vargas Llosa, un autor que ha consagrado a la degeneración de la política buena parte de su obra de ficción, acaso sea Conversación en La Catedral la novela que mejor nos pasea por las simas de general indignidad que propicia todo régimen tiránico y corrompido.

La descomposición de toda superestructura política suele abonar una exuberante floración literaria. Sea porque el fin de la censura suelta las lenguas reprimidas, sea porque en el fango se revela con más plasticidad la naturaleza humana, no podemos olvidar las gestas narrativas de heroicos disidentes soviéticos como Solzhenitsyn o Vasili Grossman desde la óptica realista, o las de Bulgákov o Voinóvich desde la paródica. No se trata solo literatura testimonial, sino de verdaderos informes sobre la vivencia humana bajo el máximo grado de corrupción (lingüística, económica, ética, estética…) jamás alcanzado. Con parecida chapucería aunque menor crueldad cursó el estertor entre elegíaco y bufo del Imperio austrohúngaro, tan formidablemente retratado por Joseph Roth, o por el desopilante Jaroslav Hašek de Las aventuras del buen soldado Švejk. Y la literatura poscolonial ha seguido arrojando frutos de denuncia escalofriante en Oriente Medio y en África.

Nuestro país afronta, si no una genuina descomposición, como poco una olorosa catarsis, y nadie puede discutir la oportunidad de conceder a Rafael Chirbes, novelista ácido del pelotazo inmobiliario, el último Nacional de Narrativa (¡y sin devolverlo!). Lo que está claro es que la corrupción, como buen excremento, resulta un abono excelente para la fertilidad de la imaginación.

(Revista Leer, número 258, Diciembre 2014 – Enero 2015)

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Reivindicación de Pedro Luis de Gálvez a través de sus úlceras, sables y sonetos

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Foto catolicona que preparó Gálvez en el penal para hacerse perdonar por Franco. No funcionó.

Se llamaba Pedro Luis de Gálvez y una vez -dicen- paseó por Madrid el cadáver en cajita de su bebé nonnato para excitar la lástima y el bolsillo de la horrorizada parroquia de las tabernas. Fue expulsado del seminario, huyó de un padre cristiano y sobrevivió como chapero de marqueses. Recorrió España a pie viviendo de la tierra y tapándose con las estrellas. Probó el ajenjo en el Moulin Rouge y encandiló a Apollinaire al punto de que el francés escribiera de él una biografía. Se ganó a pulso un papel en Luces de bohemia y fascinadas citas de Baroja, Carrere, Ruano o Max Aub, y aun el mismo Borges ya ciego todavía recitaba algunos de sus versos y recordaba la noche en que Gálvez le llevó a conocer el ultraísmo de mancebía.

Fue encarcelado por antimonarquismo pudiéndolo evitar solo para escribir un talentoso libro sobre la rata con la que intimó en la trena, indultado a petición de Mariano de Cavia y requerido por los mejores diarios apenas unas semanas antes de defraudarlos, dada su incapacidad vocacional para resistir los demonios de la vagancia y el morapio. Combatió en el ejército de Albania durante la guerra del 14 con Turquía, llegando a grado de generalísimo, y cubrió como corresponsal el desastre del Barranco del Lobo mientras se sacaba un sobresueldo chuleando a su mujer entre la soldadesca, hasta que finalmente su Carmen se enamoró de un capitán de infantería que le dio por ella dos mil pesetas, o de eso presumía.

Operó en la Puerta del Sol, perfeccionando mañas extractivas sobre académicos y obispos hasta un punto de excelencia que habría deparado, con El arte del sable, una cumbre canónica de la literatura picaresca de no ser porque acaba recurriendo al refrito y al relleno tipográfico. Emigró a Barcelona donde triunfó como comediógrafo solo después de trabajar como aeronauta, oficio al que renunció el día en que hubo de ser rescatado del Mediterráneo por un golpe de viento que desató la canasta del globo aerostático. Se arrejuntó con Teresa, que le dio más hijos, y a la que verdaderamente quiso. Fue editor de Rubén Darío y tutor de su bastardo Rubenito. Asustó a Ramón, que le había expulsado de Pombo, cuando resurgió en el 36 en mono de obrero y con dos pistolones al cinto, convertido en jefe de una milicia sindicalista a la que Miquelarena, Baroja y Cortés-Cabanillas atribuyen a la ligera crímenes de sangre que incluyen a Muñoz Seca en Paracuellos, pero que los indicios más sólidos desmienten con casi total probabilidad.

Fue fusilado por Franco en 1940, previo consejo de guerra al que no logró convencer de que su militancia roja había tenido más de farsa y supervivencia que de responsabilidad fáctica, pues había salvado la vida de escritores nacionales como Ricardo León -del que había sido negro- o Carrere, y hasta del portero Ricardo Zamora, al que sacó de la Modelo. Y finalmente escribió algunos de los mejores sonetos del primer tercio del XX, pese a que no fueron recogidos en ninguna antología hasta que Andrés Trapiello, espeleólogo de las armas y las letras, publicó su Negro y azul.

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La cursilería de saber de fútbol

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

Velázquez viendo un Atleti-Juve.

En los años sesenta a un profesor español de Historia del Arte le fue encomendada la misión de recibir en el Museo del Prado a un alto diplomático europeo de gira por España. Esta gira era vital para los intereses del país en plena época del desarrollismo franquista, cuando la opinión de un observador extranjero podía determinar una inversión clave para consolidar el despegue económico español. Este diplomático era por tanto un hombre influyente, y se sabía de él que tenía aficiones artísticas; en concreto sentía gran admiración por Velázquez. Así que la manera más idónea que se halló de agasajarlo fue colocarlo frente a Las Meninas.

El profesor español, consciente de la importancia de su misión, se fue a una librería especializada y compró la última novedad no ya sobre Velázquez, sino específicamente sobre Las Meninas. La víspera del encuentro con el diplomático se pasó la noche en vela estudiando aquel tratado pictórico, familiarizándose con la última hermenéutica barroca a propósito del simbolismo del espejo donde se reflejan los reyes, el rictus cansino en el bigote del pintor autorretratado, el modo etéreo en que la luz incide en el hocico del perro y en este plan. Apenas durmió, pero disponía en la memoria de suficientes golpes de efecto para deslumbrar al visitante.

Al día siguiente el profesor y el diplomático se vieron juntos frente a la obra maestra de Velázquez. Entonces el profesor empezó su lección magistral en pasable inglés:

–Fíjese usted en el simbolismo del espejo, en consonancia con la noción de desengaño propia del XVII español, donde la realidad de este mundo siempre es tomada como sueño efímero…
–Muy interesante –respondió el extranjero–. Pero yo estaba reparando en el gesto cansado del propio Velázquez, que parece agotado de la carrera de la edad según sugiere el soneto de Quevedo…
–Por supuesto. Pero le invito a calibrar el sabio manejo de la luz para conferir volumen a los personajes…
–Sí, y en especial cuando se derrama sobre el hocico del perro…

Entonces ambos impostores se miraron, esbozaron una sonrisa cómplice y fue el español el que anunció solemnemente:

–Me temo, míster Jones, que usted y yo leímos anoche el mismo libro.

Y se fueron de cañas para concretar el asunto de la inversión.

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