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La inexistencia frustrada del humor argentino

El rostro de un genio.

El rostro de un genio.

Este artículo sobre Macedonio Fernández (Buenos Aires, 1874-1952) llega para llenar un vacío, con otro. Versará sobre un autor desconocido por méritos propios, alguien que un día se propuso escribir la autobiografía perfecta de un desconocido: aquella que terminamos de leer sin saber exactamente si el protagonista es él o cualquiera de los demás. Llegó a acumular tal número de noticias faltantes sobre sí mismo que su gloria nunca se supo, y en adelante nunca sería posible terminar de ignorarlo, de tal manera que ni siquiera somos capaces de equivocarnos sobre él con algún acierto.

Del profundo desconocimiento en que existía vinieron a sacarlo dos genios dotados de un talento quizá más precioso que el de escribir bien: el talento de reconocer el verdadero talento. El primero fue Ramón Gómez de la Serna, que ya en 1927 mantenía correspondencia con Macedonio, cuyas piezas delirantes leyó en las revistas de vanguardia de la época con la instantánea adhesión que prende el hermanamiento estético: la rara confluencia de tonos, estilos y caracteres a ambos lados del Atlántico. Cuando Ramón se exilió a Buenos Aires le buscó enseguida para seguir cultivando en persona la coherente amistad entre dos de los grandes incoherentes de las letras españolas; dos talantes seducidos fatalmente por la ingenuidad seria de los problemas. «Macedonio es el gran hijo primero del laberinto espiritual que se ha armado en América, y hace metafísica sosteniéndola con arbotantes de humorismo, toda una nueva arquitectura de metafísica que, como se sabe, solo es arquitectura hacia el cielo», escribió Ramón en el obituario a su amigo ido.

Esa nueva arquitectura de la prosa argentina, esa metafísica bienhumorada de Macedonio la explicó luego con más detalle Borges, para quien la escritura de quien fue su primer maestro (junto a Cansinos Assens) niega el yo por esconderlo de la muerte, supremo escándalo que asquea a los temperamentos vitalistas. «Yo por aquellos años lo imité hasta la transcripción, hasta el apasionado y devoto plagio. Yo sentía: Macedonio es la metafísica, es la literatura. Quienes lo precedieron pueden resplandecer en la historia, pero eran borradores de Macedonio, versiones imperfectas y previas. (…) Definir a Macedonio Fernández parece una empresa imposible; es como definir el rojo en términos de otro color». Así le despidió el autor de Ficciones un mes después de su muerte.

Y así, sobre los elogios de dos genios se alzó una cierta resurrección editorial del nombre genesíaco en la primera vanguardia argentina. Hoy, mientras la fama de Cortázar —que tanto le imitó— no mengua, la del primero de la saga del irracionalismo literario y la invención de géneros híbridos dormita en un letargo seguro, apenas interrumpido por un quijote o un pedante. Lo cual no deja de ser apropiado a su vida de solitario de mate y guitarra, soñador en gabán raído de éxitos que nunca llegaron.

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Los domingos de un burgués en París

Maupassant, azote de burgueses.

Maupassant, azote de burgueses.

“Llamo burgués a todo el que piensa de un modo vil”. Así acotaba Flaubert el espécimen favorito sobre su mesa de disección literaria, y la misma fobia pavloviana heredó su discípulo más aventajado y sin embargo amigo devoto, Guy de Maupassant (Dieppe, 1850 – París, 1893). En 1880 el maestro del cuento naturalista francés acaba de publicar Bola de sebo y, animado por ese primer éxito, el periódico Le Gaulois le publica los diez capítulos de la vida de Patissot que conforman esta nouvelle concebida sin otro propósito que el de fustigar la mediocridad de la clase burguesa. Patissot es un funcionario prototípico y pequeñoburgués sin conciencia, herencia de los Bouvard y Pécuchet del maestro, hombre mesocrático sin maldad y sin grandeza que va ascendiendo en la función pública merced a la pura acumulación de trienios y a una camaleónica sensibilidad para averiguar por dónde sopla el viento y colocarse a favor. Algo tan español, por otra parte. Tan universal, posiblemente.

Se trata de una novelita-marco donde la trama se reduce a la yuxtaposición de estampas que sirven al autor para lucir mejor el ridículo sociológico de su antihéroe: Patissot ligando torpemente con mujeres, Patissot aprendiendo a cazar, Patissot pretendiéndose intrépido aventurero, Patissot poniéndose de perfil en un debate político… Como en la novela flaubertiana, cada personaje encarna un arquetipo y cada situación ofrece una lectura moralizante sin perseguirlo directamente, pues en ese caso estaríamos ante una novela de tesis. El genio desabrido y punzante de Maupassant, ácrata y misógino, se muestra aquí todavía descompensado y primerizo pero ya poderoso. La pintura de ambientes y caracteres, el ritmo ágil y el estilo antirretórico, la plasticidad descriptiva, el costumbrismo afilado se perfilan ya como las peculiares armas literarias que le ganarán la fama futura. A cambio, aquí aún lastra su fórmula cierto exceso discursivo, tentación doctrinaria del joven Maupassant que todavía debe descubrir cómo rellenar de carne verosímil, de palpitación humana, una criatura de ficción antes de zarandearla como un pelele.

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15 julio, 2014 · 10:02

A Muñoz no le gusta Ruano

Escribe hoy Antonio Muñoz-Molina, de la Real Academia Española, un artículo de fondo en El País en el que se pregunta y no se explica el «sostenido prestigio» de César González-Ruano como modelo de columnistas. Es uno de esos artículos tórpidos y contraproducentes que contribuyen a afianzar el nombre que tratan de combatir. Uno no dedica largos artículos a renegar de un nombre que no pesa y a Muñoz Molina le pesa una fascinación ya confesada que los ruanistas entendemos perfectamente, aunque la sobrellevamos sin tanto trauma y con desprejuiciada gratitud hacia el maestro. Porque el magisterio de Ruano, quien no fue admitido en la Academia durante el franquismo, incluso es reconocido desde el titular por Muñoz Molina, quien ha sido admitido como académico durante la democracia.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio en el púlpito.

Don Antonio es hoy el escritor de referencia de la literatura española engagée –incluso, con Javier Marías, de la literatura española a secas–, y sus artículos de fondo aúpan a un Catón de Jaén sobre el púlpito seguro, paternal, del democratismo impecable. Puede que sea un novelista irregular pero se toma su trabajo en serio. Demasiado en serio en ocasiones. Fruto de ese tremendo compromiso con la salud moral del cuerpo sociológico nació su ensayo Todo lo que era sólido, por ejemplo, que contiene no pocos aciertos analíticos, quizá por la cercanía de los hechos diagnosticados, a la manera de los economistas que profetizan brillantemente el pasado. No es talento común, de todas formas. Pero cuando se abre el foco, cuando se enjuicia severamente el siglo XX desde la atalaya vip del inocuo siglo XXI, es fácil incurrir en indignaciones gratuitas, hasta que no quede sin rasgar una sola vestidura.

Los argumentos por los que jamás ningún columnista español –mucho menos los jóvenes, generación preparada y demócrata– debiera seguir citando a Ruano son tan conocidos que parece que todavía no nos hemos levantado del Café Teide o del Comercial y seguimos cuchicheando sobre los veladores cada vez que don César aparece por la puerta y se acerca a la barra a pedir recado de escribir. La oportunidad la brinda ahora la reciente publicación de El marqués y la esvástica, el reportaje revelador pero fallido con el que Plàcid García-Planas y Rosa Sala se propusieron tasar el grado de colaboracionismo nazi de Ruano en el París ocupado. Reconocen no haberlo logrado aunque aportan las actas de una de tantas sentencias sumarísimas que dictaron contra Ruano los aliados una vez liberada Francia por «inteligencia con el enemigo». Con toda la ecuanimidad de la que fui capaz reseñé esa obra en El Cultural, señalando aciertos y errores, y durante el proceso mantuve una grata correspondencia con los autores, que no me dejarán mentir. Más tarde, durante cierta mañana lisboeta del pasado mayo, tuve ocasión de charlar sobre el libro con Miguel Pardeza, experto ruanólogo, y ambos convinimos en la sorpresa que nos causaba esta repentina campaña contra un autor que, por lo demás, pervive exclusivamente por el aprecio cimarrón, irreprimible, de sus duraderos lectores, pues no ha gozado de reediciones, simposios, ni chiringuitos subvencionados como tantos otros del bando correcto de las armas y las letras. Antes al contrario: bastó El marqués y la esvástica para que la Fundación Mapfre retirara de inmediato el nombre vil a uno de los premios más prestigiosos del articulismo patrio. El mismo, por cierto, que Muñoz Molina ganó en 2003 y cuyo importe no ha devuelto todavía, en coherente corolario a su furor moral.

Nuestro académico reconoce que a un escritor no debemos medirlo por su talla moral, pero después de decirlo se apresura a hacerlo. Yo entiendo que desde Platón se haya vuelto muy difícil para la mente humana separar la ética de la estética, al hombre de la obra, pero hay que intentarlo. ¿Dejaremos de ver las películas de Woody Allen si las denuncias de acoso a su propia hija se revelaran ciertas? Al fin y al cabo Thomas Mann confesaba que se había enamorado de su hijo de 14 años al verle en bañador, pero luego no fue a su entierro. Kingsley Amis sólo se interesó de verdad por su hijo Martin cuando detectó en él a un competidor literario, como contaba Luis Alemany en una magnífica pieza de El Mundo en la que también hablaba de César Vallejo y los abortos inducidos de su mujer, Georgette. O de Pablo Neruda, quien sobre su fervor estalinista se desentendió de su única hija, enferma de hidrocefalia y perdida en la Holanda nazi. O de Octavio Paz, que se esforzó en no darse por enterado de que a su hija la violaba uno de sus tíos maternos. Los escritores –los artistas en general– integran frecuentemente una raza de hijos de puta, no lo vamos a descubrir ahora. Y viceversa: con los buenos sentimientos de Coelho no es que se haga precisamente buena literatura, según sentenció Gide. El de Úbeda cita a Céline, Drieu La Rochelle o al Nobel noruego Hamsun (¿por qué no remontarse a Quevedo, acreditado antisemita, o a Garcilaso, intolerable belicista?) e intenta puerilmente trazar una línea roja entre su filofascismo y el de Ruano con el argumento de que los tres primeros actuaban por convicción mientras que Ruano lo hacía por pícara venalidad. Que el gran articulista madrileño era un monstruo de vanidad y nada le importaba fuera de sí mismo no pienso rebatirlo; sin esa patología, por lo demás extensible a tanto escritor sin su prodigioso talento natural, quizá no hubiera cristalizado un estilo tan propio, tan «modélico», por citar a don Antonio. Como ya escribí, mucho menos peligroso es un mercenario vanidoso que un fanático de la idea, porque al primero lo podemos desactivar con dinero.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

Ruano con Azorín, que algo habrá hecho también.

En los momentos del artículo en que Muñoz Molina no está abroncando a Ruano por mala persona, se vuelve sobre su escritura y lucha contra ese objeto de su fascinación inalcanzable, insistiendo una y otra vez en que la prosa de Ruano no amerita otro valor que una retórica vacía, fascistona, campanuda y falsa; razones todas ellas que, de ser ciertas, habrían dado ya con los delicados huesos de Ruano en el olvido. Como eso no sucede, la intelligentsia se cabrea. Pero de prosa retórica, hinchada y hueca nada de nada, don Antonio. Ha leído usted poco (o mal) a Ruano, aunque sí lo suficiente para acusar la admiración que reprime y combate como infección vergonzante. Yo desafío a cualquier lector a que tome los artículos costumbristas de Ruano de los años cincuenta o sesenta y juzgue si no pulsan la pura realidad con mucho más calado –por no hablar de la elegancia– que la plaga de analistas políticos que trajo la partitocracia, altavoces de sigla de ortopédica sintaxis. Sobre todo, emplazo al lector a que lea Mi medio siglo se confiesa a medias y busque ahí un ápice del engolamiento que infesta, qué diría yo, por ejemplo Beltenebros.

Confesaré, porque esto es España y me conozco el paño bobo, que no soy un fascista. Aunque ese es un título que siempre te adjudican los demás para apearte, por ejemplo, de una tertulia. Yo, aunque lector de Ruano (al que sin complejos asocié a mi tribuna en Zoom News) soy demócrata sin aspavientos. Lo son también Raúl del Pozo o Antonio Lucas, quienes no tuercen tampoco precisamente por el fascismo pero escribieron hace no mucho sendas columnas en defensa no del hombre, sino de la obra, como ha de ser. Hace cuatro años tuve el honor de ser el destinatario de un artículo que publicó Ignacio Ruiz Quintano en ABC en torno a la misma recurrente polémica que nos ocupa. Yo creo que bastaría con que Muñoz dijera que no le gusta Ruano –aunque le gusta más de lo que desearía–, o que nos advirtiera de que lo leyéramos pero no tratáramos de imitarlo en casa, sin tener que verse obligado a prescribirnos lo que conviene al bien de nuestra democrática alma.

Quizá no sea prudente por mi parte escribir este post, siendo uno lo que es y don Antonio tan importante. Pero de Ruano aprendí también que de vez en cuando hay que escribir lo que a uno le dé la real gana.

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«Oh justo, sutil y poderoso veneno» (Los escritos de la anarquía)

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

Camba y una de sus anarquías de madurez: el billar.

No se trata de otra antología que viene a surfear la ola editorial tan postrera como bienvenida que vive el artículo cambiano. Gracias a esta colectiva reivindicación, hoy Julio Camba ocupa el mismo panteón que Larra como genios mayores del género articulístico, y esto no es ditirambo concedido por gusto personal sino mera taxonomía. Pero sobre el articulista gallego, que fue la pluma más leída y mejor pagada de su tiempo, se abatió después el consabido anatema que Trapiello esclareció en Las armas y las letras: aquellos que ganaron la guerra perdieron la historia de la literatura. Puesto que Camba había dejado en evidencia la República (que contribuyó a traer) y tras la guerra ni repudió a Franco ni se exilió a otro sitio que al Palace, a despecho de su lacerante genialidad fue encontrado culpable por el sanedrín cultural de la gran revancha.

Por eso coincido con Arcadi Espada en que a Julián Lacalle, editor de este monumento bibliográfico para cambianos y apetitoso para todos, quizá le ha movido en su ingente labor rastreadora un íntimo deseo de sustraer a Camba de la filiación conservadora que pesaba sobre él. Como si el conservadurismo fuera pecado en un escritor inmortal. El caso es que Lacalle ha querido dar la medida exacta de aquel anarquismo juvenil que le conocíamos al personaje únicamente por El destierro, memorias de juventud que el gallego camufló de novela y pieza de un perfecto equilibrio entre la distancia irónica, que es su marca de madurez, y la peripecia sentimental de una novela beat.

Es la primera joya de un volumen que abarca textos publicados entre los 16 y los 22. A esta edad su estilo ya es el del Camba que conocemos y estudiamos tratando de destripar su mecanismo de relojería paradójica. Pero alguien que culmina su maduración estilística a los 22, por fuerza ha de ser más que interesante a los 18. Y allí descubrimos a un Camba inédito que foguea la pluma en textos de combate que hoy un fiscal perfectamente tipificaría entre los delitos de enaltecimiento del terrorismo. Desafió al presidente Maura a que le matara, por ataques a la moral cristiana fue juzgado y sufrió cárcel, y no tuvo reparo en dar publicidad martirial a su encierro con tal de atraer lectores -que pagaran la suscripción- al diario antisistema que dirigía: El Rebelde. Entretanto, su escritura maduraba a toda velocidad y él apuraba en Madrid la bohemia primisecular con la arrogancia del que se siente llamado a epatar al burgués y bendecido por el don de la suprema inteligencia.

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26 mayo, 2014 · 15:37

Diario de un estudiante. París 1914

Gaziel: estilo y mirada.

Gaziel: estilo y mirada.

La feliz recuperación editorial de la obra periodística que dejó Agustí Calvet “Gaziel” (Gerona,1887-Barcelona, 1964) nos persuade de incorporarlo de pleno derecho al panteón de los inmortales del oficio a la vera de Camba, Chaves Nogales o Pla, quien confesó la influencia que sobre su vocación y estilo ejerció el primero de los libros que reseñamos aquí. Al estudiante Calvet, 26 años, doctor en Filosofía y promesa del noucentisme -movimiento pródigo en talentos de un moderado catalanismo, sensibilidad clásica y exquisita cultura- la Gran Guerra le pilla en París ampliando estudios en una pensión balzaquiana y cosmopolita, cuyo pathos microcósmico funciona como reflejo fidelísimo del desconcierto mundial. Sin propósito definido pero consciente de la gravedad histórica tanto como de su don excepcional para la observación, el futuro periodista Gaziel comienza a registrar en un cuaderno íntimo la primera reacción del pueblo parisino a la declaración de guerra: su vertiginoso paso de la incertidumbre al miedo, de la hospitalidad a la xenofobia, del pacifismo sincero al heroísmo marcial, del rancio clasismo a la emocionante solidaridad frente al enemigo prusiano común que avanza salvajemente hacia París. Todo ello sostenido escrupulosamente por hechos que no necesitan de la cercanía al frente para condensar una dramática elocuencia.

El Diario abarca solo el primer mes de guerra, aquel agosto del 14, pero por su intensidad narrativa, por su capacidad nabokoviana para el detalle, por la grandeza ética de su tono humanista, por el fraseo pulcro y rico de su prosa, por todo esto aquel inopinado debut constituyó no solo la obra maestra de su autor sino también uno de los grandes libros de la historia del periodismo español. El entonces director de La Vanguardia, Miquel dels Sants Oliver, demostró buen ojo cuando el estudiante se repatrió a Barcelona y le mostró aquellas notas; Oliver le pidió que las reelaborara para su publicación por entregas en el periódico y el éxito fue fulminante, decidiendo para los restos la vocación de Calvet, que iba más bien para otro Eugenio d’Ors. Lo cual prueba una vez más que el gran periodismo no requiere tanto una titulación como una mirada y un estilo.

La escritura de Gaziel es un venero de seny mediterráneo -de sentimiento inequívocamente español, por cierto- que reivindica la racionalidad y el orden siempre amenazados por la fragilidad de “esta capa tan tenue, convencional y quebradiza que llamamos civilización cristiana”. Conmueve su diario de guerra porque, sin llegar a la visceralidad de una Anna Frank, cada entrada combina el rigor del intelectual, capaz de cuestionar por ejemplo la propaganda triunfalista de la prensa francesa, con una estampa moral de hidalgo, llevándonos del franco humor a la tragedia pasando siempre por la piedad, erigida en alegato contra la locura fratricida de Europa. Gaziel no fabula jamás, y busca fuentes directas o indirectas con intrepidez, pero asimismo selecciona muy bien lo que quiere contar, calibra la potencia simbólica de la anécdota adecuadamente presentada y tampoco se priva de la conjetura política, la nota lírica o la reflexión filosófica; eso es lo que le convierte en un gigante de la crónica personal.

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1 mayo, 2014 · 9:07

En la muerte de Gabriel García Márquez

Gabo cuando aún era el reportero García.

Gabo cuando aún era el reportero García.

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta del 4 de agosto de 2012 en la que escribí lo que sigue al enterarme de un empeoramiento del mal de Alzheimer que sufría Gabriel García Márquez]

Está uno desasistido de la familiaridad que permite a Juanillo Cruz llamarle a usted Gabo sin más y, sin embargo, le escribo para demorar todavía el momento en que no tenga quien le escriba o lo tenga pero no le deje advertirlo la neblina senil que va cerrando el asedio a sus meninges exhaustas. Uno imagina su final como el de un androide cinematográfico que, hundiéndose en la lava postrera de la desmemoria, toma fugaces y sucesivas apariencias de coronel sonambúlico, de apostante en peleas de gallos, de abuelona memoriosa, de sicarios anunciados y de sementales genesíacos que desembarcan en mágicas aldeas con la piel cocinada a fuego lento por el salitre.

Cuando se vive para contar, se asume la contrapartida de callarse cuando se deja de vivir. Usted, don Gabriel, ya no tenía nada que decir y consecuentemente desarrolló la demencia pactada con el fáustico oficio del narrador como unas vacaciones bien argumentadas ante el jefe. Sólo le aguarda ya el cuchicheo de la lumbre y la respiración pedregosa, el manoteo pueril de la memoria por apartar las nubes densas que decoran el páramo de su castillo mental. Aún oirá el revuelo de la hojarasca en las aceras y pensará en los gallinazos que velan en el puerto por los desperdicios de un entendimiento varado. Y aún intentará una metáfora con perros, cadáveres eviscerados y sedimento de estribo de cobre en el paladar.

Queda el suspense residual de quién cebará antes las necrológicas, si su galardonado nombre o el de su amigo Fidel. Un picado en paralelo abrocharía la evidencia de que la gracia en el estilo y la frondosidad en la imaginación no sólo no riñen sino que maridan como el flamenco y un gitano con la pompa dictatorial, exuberante, del trópico. Si Flaubert acometió a Bovary por odio a la burguesía y acabó identificándose con ella, cómo no le iba usted a desear furtivas primaveras al más otoñal de los patriarcas. La propiedad soteriológica de la literatura, no obstante, reservará solo laurel para su busto, mientras que el de todo dictador siempre termina corroído por una lluvia macondiana de cagadas de mosca.

A la muerte de Fitzgerald, su compañera de generación Glenway Wescott sentenció: “No debe existir ninguna disputa entre literatura y periodismo. En una época de temas tan solemnes cada vez es más necesario que ambos se inspiren mutuamente, los literatos aferrándose a la verdad y los periodistas usando la imaginación”. ¿Solemnidad? Después de todo, no cabe hoy en España reportaje más veraz que aquel que concluye con la respuesta del coronel a su mujer cuando ella le pregunta qué comemos:

“El coronel necesitó setenta y cinco años –los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto– para llegar a ese instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

–Mierda”.

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Flaubert o la agonía del estilista

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El corazón de Emma: lección de anatomía.

El traductor Mauro Armiño prepara una edición de Madame Bovary que incluye tres fragmentos inéditos en castellano, avanzados en el número de marzo de la revista Turia. Pocas exclusivas tan grandes como esa puede dar el periodismo cultural. Cada fragmento de Gustave Flaubert (Ruan, 1821-Croisset, 1880) es una pieza única de artesanía que se cobró caras cuotas de salud de su orfebre, horas de insomnio, levas forzosas de exhaustas neuronas, recortes indudables en su esperanza de vida.

Flaubert fue el sumo sacerdote de la prosa francesa. Decidió bajarse del mundo, anudarse su eterno batín, encerrarse en el gabinete de su casa ajardinada de Croisset, junto al cauce del Sena, y entregarse a la reinvención de la sintaxis narrativa como si fuese el primer relojero sobre la tierra. De su quijotesco sacrificio nace todo el caudal de la novela contemporánea. Vais a pensar que me doy a la boutade pero soy riguroso si afirmo que Flaubert, de hecho, inventó el cine. Ningún autor había sabido desaparecer tan mágicamente como él y animar a la vez a sus criaturas con semejante autonomía, de tal modo que la descripción psicológica se funde naturalmente con la acción, y la acotación moralista o didáctica del narrador, esa invasiva voz en off (tan galdosiana), se vuelve innecesaria: los personajes a partir de Flaubert se definirán estrictamente por sus obras, como en la vida real. Él solo tomó el arte literario y lo llevó a marchas forzadas por territorios inexplorados, hasta tiempos futuros, con la misma productiva violencia con que Newton empujó la física, Edison la técnica o Miguel Ángel la pintura. Cuando Flaubert muere, la literatura universal ha completado gracias a su carrera un relevo entero en la pista de la historia artística. La gesta tuvo un precio, claro: la propia vida. Flaubert es el atleta de Maratón de la prosa moderna.

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23 marzo, 2014 · 14:00

De la oratoria a la neurastenia

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Castelar nos habla en gesto arrebatado desde la glorieta de la Castellana.

Don José Echegaray, Nobel español y comediógrafo feble, no solo acredita el menos merecido de los grandes galardones hasta el cuarto Balón de Oro de Leo Messi. También entró en la Real Academia cinco años tarde por culpa de don Emilio Castelar, el mayor orador que ha dado la política española. Era tan buen orador que no sabía escribir sus discursos y por eso tardó cinco años en tener lista la pieza de bienvenida a Echegaray.

El propio Castelar había tardado otros nueve años en presentar el discurso de entrada cuando su insigne culo resultó bendecido con un sillón en la RAE. Los estatutos académicos obligan a leer un texto preparado con antelación, pero Castelar no había escrito un solo discurso en su vida y prefería demorar su ingreso en la Casa de los inmortales antes que coger una pluma. “Toda la prensa –cuenta don Gregorio Salvador, filólogo ilustre y también académico– comentó si, en razón de la personalidad del gran tribuno, no hubiese sido posible y, en cualquier caso, preferible olvidar por una vez lo establecido y permitirle que hablara en lugar de leer, porque en esto último no era ni sombra de lo que era al hablar”. La rectísima RAE no lo vio posible ni preferible y Castelar, al fin, escribió.

Por cierto que a otro gaditano ilustre, José María Pemán, le pasaba un poco lo mismo. Cuando le tocó a Eugenio D’Ors pronunciar su discurso de entrada en la Española, Pemán, que era quien debía darle la réplica, no llevó nada escrito: prefirió clavar la vista en unos papeles en blanco posados sobre el atril y fingir que leía un discurso que en realidad estaba improvisando.

Hoy el nombre de Castelar, liberal de Cádiz que llegó a presidente de la I República, apenas evoca el perpetuo embotellamiento de una glorieta de la Castellana. Pero si uno lee sus intervenciones parlamentarias descubre, bajo el follaje retórico y la consabida pesadez decimonónica, un cerebro prodigiosamente dotado para la sintaxis de ideas y oraciones, un dominio clásico del ritmo y la variación, una cultura vasta que armoniza con el giro improvisado, una interpretación fogosa y persuasiva; un hijo digno, en suma, de la estirpe de Demóstenes y Cicerón, de Disraeli y Churchill, de Lincoln y Mirabeau.

Hubo un tiempo en que la política fomentaba la oratoria. En que aferrarse al folio desde la tribuna del Congreso acarreaba un timbre de desdoro. El prestigio político de un aspirante –a alcalde, a diputado, a presidente– caminaba de la mano de su capacidad oratoria, promesa de aceptación en las urnas. Y si algún ambicioso llegaba a amasar poder sin pasar por el examen de la dialéctica, la anomalía se registraba mediante la concesiva de rigor: “Pese a no ser un gran orador, recabó el apoyo del partido”. Hoy la declamación política sin chuleta ha quedado restringida a los mítines de campaña, y así se dice en ellos lo que se dice. Y a veces vale más que lo que pone en la chuleta.

Uno tiene la suerte o la desgracia de ser cronista parlamentario y ha oído muy pocas intervenciones pasables en la Carrera de San Jerónimo en los tres últimos años. Se han pronunciado, sí, frases efectistas, párrafos incluso de hilada elocuencia; y hay señorías que se defienden con nota en la réplica y la contrarréplica, que son las suertes parlamentarias que exigen del orador algún talento propio, pues no cabe la lectura. En la tarea de replicar hay que decir que el presidente Rajoy es de los mejores, y esto lo digo como técnico de la palabra, al margen de ideologías. Es difícil despertarle, cierto; pero cuando un opositor lo consigue, el gallego sabe cómo ridiculizarle con poca piedad. A su estilo susurrante tampoco es malo Rubalcaba, cuya gestualidad profesoral y falso tartamudeo imitan descaradamente Eduardo Madina y algunos otros cachorros del PSOE. Elena Valenciano puede ser una pegadora notable en cuestiones de feminismo, ganando convicción y rabia según se acerque su reivindicación al tono carmesí del ideario. Wert y Gallardón tienen lecturas como para ensamblar sin papel una cita pertinente en un discurso articulado, y Sáenz de Santamaría es muy capaz de replicar con mordacidad sin caer en la frontalidad insidiosa de Rosa Díez. Duran Lleida me parece el mayor caradura de la democracia, pero si un tema le interesa sabe expresarlo con decoro, aunque personalmente suelo aprovechar sus intervenciones para salir a fumar. Recuerdo por último, y que Dios me perdone, a un portavoz de Amaiur, Iñaki Antigüedad, que celebró el retorno a las Cortes de su infame formación con un discurso potente, bien armado dentro de la paranoia criminosa en la que chapotean; creo que su locuacidad asustó a sus propios correligionarios, pues le echaron enseguida y pusieron a un cabrero en su lugar, supongo que para ganar coherencia entre su fondo y su forma.

Y sin embargo ninguno de ellos resiste la comparación no ya con los portavoces de la época de Castelar, sino con los propios actores de la Transición. Desde Felipe y Guerra hasta Blas Piñar, desde Leopoldo Calvo-Sotelo hasta Adolfo Suárez –que no había leído un libro en su vida pero dominaba la pausa dramática–, desde Tierno Galván hasta Miquel Roca: cualquiera de ellos en su mejor forma dejaría con la palabra en la boca a cualquier diputadito con cuenta en Twitter muy seguida. La deriva estrictamente verbal que va de José Antonio a Carlos Floriano produce escalofríos. El nivel discursivo que hoy impera, y que algunos han bautizado como politiqués, ya estaba prefigurado por Wenceslao Fernández Flórez en una de sus crónicas parlamentarias de 1916:

«El señor Allende tiene, además, esa funesta costumbre de los oradores nada fáciles que les obliga a repetir tres o cuatro veces el mismo concepto.

El señor Allende dice:

–Es evidente, es innegable, es positivo, es público…

Y se queda una instante como buscando algo más en el fondo de su cerebro.

–Es notorio… –agrega, después de esa labor de rebusca laboriosa.

Si se pudiesen podar, como se poda un árbol, los discursos del ex ministro, apenas se aprovecharían cincuenta palabras. Es como si en ese árbol un hacha fuese echando abajo las ramas frondosas, y más ramas, y luego la acorchada corteza, y después la madera dañada, y los nudos, y la médula blanda e inservible… Y del corpulento ejemplar, tan solo un aguzado palillo para los dientes.

El señor Allende apela siempre también a las frases hechas y busca el apoyo patriarcal de los refranes. Él os dirá que a la tercera va la vencida, y que para muestra basta un botón, y que no las hagas y no las temas. Y después se quedará tan orgulloso, como si hubiese descubierto el Mediterráneo.

El señor Allende ha hecho perder mucho tiempo a España y ha sido causa de que muchos taquígrafos y periodistas que han tenido que tomar sus discursos falleciesen de neurastenia. Los gobiernos deben preocuparse de esta cuestión. Debe haber un español heroico bien retribuido, que se encargue de leer a solas los discursos del señor Allende y condensarlos en las líneas precisas.

El infeliz no tendría una vida muy larga, pero la patria sabría recompensar su arrojo».

La oratoria ha entrado en decadencia en España, y sus políticos no son desde luego ajenos al hundimiento, como tampoco la industria del teletipo. La neurastenia es general y nos tiene al borde del fallecimiento. Pero en este artículo, y como conocedor de primera mano de la retórica política, yo encuentro que han caído mucho más bajo la oratoria empresarial y aún la oratoria periodística: esos locutores que se han creído que por avillanar el lenguaje, por hablar “como la calle”, comunican mejor. ¿Alguien se explica cómo Juan Rosell ha podido llegar a presidir la patronal hablando como habla? Entiendo que la afasia patética de Ferran Adrià no le impida cocinar, pero ¿a qué oscura virtud deben tantos tertulianos de dicción pedregosa y mente escolar su micrófono y su silla? Hay gurús que escriben libros sobre cómo aprender a hablar en público y que van por las empresas dando charlas de formación durante las cuales comprimen en frases de galleta china conectadas por flechitas de Power Point los viejos esquemas de Quintiliano. Hay truquitos de asesor de imagen para que un candidato no haga el gesto feo que le resta simpatía en directo. Pero lo cierto es que no hay más atajos para alcanzar el dominio de la palabra que la lectura, la memoria y el ejercicio.

Compruebo además que nuestros políticos hablan peor cuanto más jóvenes son. Esta observación vincularía la ineptitud expresiva con el fracaso de la educación en España y el auge de lo audiovisual, como no podía ser de otra manera. En los próximos años no creo que surja en España un Matteo Renzi, quien no ha heredado tampoco la puesta en escena de Mussolini que sedujo a Ruano y a Pla –por no hablar de la elocutio volcánica de Hitler que enamoró a Heidegger y al último salchichero del país–, pero sí ha ganado debates sin mirar un papel y sabe al menos cómo apoyar despreocupadamente el codo en un ambón.

En todo caso, la oratoria como vehículo para la persuasión social no puede morir. Dicen que la democracia y las redes sociales han desprestigiado la propia idea de púlpito, pero no es cierto: más bien ha multiplicado y empequeñecido los púlpitos: un hombre, un púlpito. Ahora, en cuanto aparece un talento y se sube a lo alto de un buen púlpito, todo el mundo deja lo que está haciendo y le presta atención. Lo que faltan son púlpitos resonantes de verdad. Nadie puede desvincular el éxito en ventas de Apple del carisma derrochado por Steve Jobs en sus míticas presentaciones de aparatitos. Ni tampoco habría sido posible la creación de la marca Obama sin su reconocida (y trabajada) facundia. El hombre ambicioso que en un mundo global tenga una idea y cultive la elocuencia necesaria para comunicarla, partirá con la ventaja decisiva que le falta al hombre de labia embotada, por preparado que esté en lo suyo. En la sociedad de la información cada vez hay menos profesiones que puedan permitirse el lujo de la inexpresividad. Quizá la excepción más flagrante a esa norma se llame Messi.

(Publicado en Suma Cultural, 22 de febrero de 2014)

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