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Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

Benzema, el genio mudo

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

El balón se dirige al pie de Benzema como el culo al sofá.

Se podría escribir de la muñeca de Sergio Llull o de la puntera de Jesé. Se podría subrayar lo mucho que nos gusta ganarle un título al Barça gracias a una canasta en el último segundo después de un partido heroico. Se podría argumentar con moviolas el parecido razonable que guardan los últimos goles de Jesé Rodríguez con los dibujos animados que programaba en el campo aquel Romario. Podríamos aplaudir la apoteosis indiscutible de Luka Modric, que celebramos con especial orgullo aquellos que creímos en él desde su debut. Y podríamos también reírnos de los críticos apresurados de Gareth Bale, a los que el galés ridiculiza cada vez que sale a jugar.

Pero hoy no vamos a hablar de nada de eso porque queremos posar nuestra lupa sobre Benzema, sobre el talentoso e inefable Karim, un genio mudo siempre necesitado de reivindicación, aunque marque dos goles y supere el 90% de acierto en pases, porque siempre hay ignorantes dispuestos a regatearle el aplauso. Ya saben ustedes la fábula moral de la sardina y la gallina: en lo que tarda la gallina en poner un huevo y romper a cacarear, la sardina ha puesto miles y nadie se da cuenta. Benzema pone miles de huevos en cada partido pero posee un carácter huidizo y apocado que le hace evitar los gestos tribuneros, esos que tantas veces le sirven al jugador vivo para hacerse perdonar su mediocridad. El buen Karim es un jugador antidemagógico, que juega bien muchas más veces de lo que parece y que rehúye los focos como si dañaran la extrema sensibilidad de sus pupilas. La consecuencia perversa de todo esto, en un país acostumbrado a premiar la sobreactuación (incluso con Goyas), es que un jugador con la monumental clase de Karim Benzema rara vez cosecha las alabanzas debidas a su exquisitez.

Contra el Villarreal hizo un partidazo, tan bueno si no mejor que el de Jesé o el de Bale. Se desmarcó entre líneas, bajó balones con la espalda vigilada, dejó controles lujuriosos que remiten de inmediato a Zidane, construyó paredes como un arquitecto neoclásico y remató a la red dos balones nada fáciles, el segundo de ellos en escorzo delicado, como si estuviera posando para Rafael. Pero la elegancia de Benzema no es un adorno, no es un añadido postizo, sino la manifestación natural de su clase. Dicen que en moda menos es más, y que la sobriedad es embajadora del buen gusto. En eso Benzema es un digno hijo de su patria, la cuna del lujo pero también de la revolución. La forma que tiene de moverse, de ejecutar los controles orientados en un solo gesto, de asociarse arriba a un solo toque, de disparar sin control previo… son señales todas de arte verdadero en el que forma y fondo resultan indiscernibles.

El Madrid tiene en Benzema a un delantero con vocación de media punta que vuelve innecesario el nueve puro, porque el vértigo de Cristiano, Bale, Jesé o Di María pide precisamente el contrapunto de la pausa y el sentido del francés. Pero además es que Benzema ya ha alcanzado el récord goleador en el Madrid de Ronaldo Nazario. Así que cuando oigan ustedes a alguien pidiendo nueves para el Madrid, préstenle la misma atención que a una gallina clueca.

(La Lupa, Real Madrid TV, 13 de febrero de 2014)

La locución aquí, a partir del 74:30.

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Camba, el nómada perdurable

Nomadismo memorable.

Nomadismo memorable.

¿Qué diría Camba si pudiera levantarse para contemplar el éxito inconcebible de que hoy gozan sus antologías de artículos, un siglo después de haber sido escritos? ¿No es extraordinario que sus crónicas periodísticas, género que se supone pegado a la actualidad, sean objeto de un frenesí editor como solo se reserva a los autores que acaban de morir o de recibir el Nobel, y sean consumidas con general aceptación por los lectores de 2014?

Pero este febril revival de Camba que arroja nuevas ediciones cada mes deja de ser inconcebible y extraordinario si reparamos en los méritos únicos de un escritor de periódicos que según la exacta apreciación de Pla creó una fórmula sin antecedentes en la literatura española, y que según el ojo fotosensible de Ruano alumbró páginas de observación tan brillante que obran la paradoja de triunfar sobre el paso del tiempo, siendo así que fueron escritas para el periódico del día, ese proverbial envoltorio del pescado de mañana.

Si Camba viera hoy cómo se le reedita, cómo se le lee y cómo se le cita probablemente haría dos cosas: en primer lugar descolgar el teléfono para llamar a su editor y preguntar por sus márgenes de beneficio; y a continuación, colgar el teléfono y girarse en la cama para seguir durmiendo en la ancha cama de la suite 383 del Hotel Palace. No hay que olvidar que don Julio fue el articulista antiliterario por excelencia y que su odio más auténtico se dirigía “al miserable que inventó la imprenta”. Sin embargo, como suele suceder, la renuncia a toda pose literaria genera la mejor literatura; en este caso periodística, es decir, no ficcional.

El último de los Cambas llegados a mi agradecido buzón –adonde ya han llegado prácticamente todos los anteriores– es fruto del trabajo abnegado del investigador Francisco Fuster, que entrega en estas Crónicas de viaje de la benemérita editorial Fórcola la antología definitiva del Camba corresponsal. Que es como decir de Camba entero, porque desde que en 1900, contando dieciséis, se escapara de casa para echárselas de anarquista en Buenos Aires hasta que en 1949 fijara su residencia en el Palace, donde moriría 13 años después, durante ese medio siglo de vida este nómada intermitente no hizo otra cosa que viajar y escribir sus impresiones del extranjero. Fue un corresponsal sin arraigos posibles, observador de un irónico adanismo y arquitecto de ángulos paradójicos que explican la singularidad de sus piezas. Al corresponsal de Villanueva de Arosa no le interesaba la cobertura política como la sociológica y la cultural. En la mayoría de sus crónicas se sirve de la posición admirativa del recién llegado, se construye una fingida ingenuidad y parte del prejuicio generalmente extendido sobre el país concreto en que se encuentre para luego darle la vuelta con su conocido juego de silogismos sorpresivos.

Así, envidia en el dulce París la cocina y la moral de los franceses. Se ceba con la hipocresía inglesa, que consiente la máxima libertad de expresión y la mínima de comportamiento fuera de férreas convenciones. Descree en Estambul del cacareado progreso turco, critica con humor el machismo coránico –“La turca no solo está guardada por su virtud, que alguna vez cedería, sino también por el turco, que no cede nunca. Para seducir a una turca, la imposibilidad consiste en seducir al turco” – y anota que en Turquía no vale la pena ser bonita, porque por culpa del velo toda belleza es anónima. Con desagrado simétrico al de Lorca, aunque empleando la sátira en lugar de la lírica, deplora la mecanización del individuo que fomenta Nueva York. Se ríe de la obsesión alemana por lo colosal. Disiente de la teatralidad romana, ciudad demasiado grandilocuente para su decidido gusto antirretórico. Constata que en Suiza no hay suizos. Y en su Madrid adoptivo encuentra la exactitud imperecedera para definir la capital como “un pueblo de comentaristas”.

La selección obedece al criterio personal del antólogo, a quien hay que agradecer la laboriosa molestia de recuperar artículos rigurosamente inéditos en formato libro: rescatados directamente del amarillento periódico de la época. El volumen lleva un prólogo entusiasta de Antonio Muñoz Molina, quien acierta a explicar la melodía liviana pero perdurable de la fórmula cambiana: “Ocurrencias instantáneas, que se abren y se cierran casi como un golpe de abanico, poseen una trabazón interior y proponen una unidad de lectura tan acabadas como las de un poema. Crónicas perfectamente arbitrarias, que casi nunca tienen un tema identificable, que jamás tratan asuntos de gran importancia –ni de pequeña importancia, la mayor parte de las veces– contienen intacto el tono de una época, no porque su autor tuviera la pretensión de hacerlas intemporales, sino porque cultivaba una distancia irónica hacia todo lo importante de su propio tiempo”. Solo matizaría a don Antonio que el gran tema identificable en Camba, como en Pla, es precisamente la huida de la solemnidad y de la ideología, y que ese estilo de ser y escribir blinda estos textos contra el naufragio militante de su siglo, les confiere su milagrosa vigencia que es elevación del costumbrismo a categoría.

Por nuestra parte, y aunque a nuestro amigo Hughes le empiece a estomagar ya la fiebre cambiana, nunca nos cansaremos de reivindicar la artesanía perfecta y pegadiza de don Julio no como un tributo nostálgico sino como un espejo posible, un estandarte alzado para salvar lo que quede del futuro periodismo.

(Publicado en Suma Cultural, 8 de febrero de 2014)

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Las tres vanidades del escritor-icono

Salinger en su laberinto.

Salinger en su laberinto.

Lo más seguro es que no hubiera misterio ninguno en Salinger enclaustrado. Y que se mantuviese oculto porque sabía, como saben todos los genios, que en el trato humano con el admirador siempre acabará decepcionándole. Uno se adapta con facilidad al anonimato: basta con no escribir tuits durante una semana para perder las ganas de escribir tuits en la semana entrante. Así que no idealicemos el eremitismo salingeriano porque es la tentación más cómoda en la que puede caer un escritor.

La voluntad bartlebyana de desaparecer es una vanidad literaria como otra cualquiera, aunque más sofisticada que otra cualquiera porque busca el aplauso del tiempo y la conciencia; a un ego así no pueden satisfacerlo sus coetáneos, sino que requiere el diálogo entre inmortales que establecía Maquiavelo en su aposento:

“Al caer la noche, me vuelvo a casa y entro en mi despacho; y en la puerta me despojo de mi vestido cotidiano, lleno de barro y lodo y me pongo vestiduras reales y curiales; y revestido con la debida decencia entro en las cortas antiguas de los antiguos hombres, donde, una vez recibido con amor por ellos, me alimento de ese majar que es sólo mío, para el que nací; donde no me avergüenzo de hablar con ellos y de preguntarles la razón de sus actuaciones; y, por su humildad, ellos me responden; y durante cuatro horas no siento ningún aburrimiento, olvido toda angustia, no temo a la pobreza, no me desconcierta la muerte, todo mi ser se transfunde en ellos”.

Hoy impera una vanidad más burda, lineal, que persigue la caricia del público sobreexponiéndose a él en todas las instancias que disponga la sociedad de la información. Esta segunda vanidad no reviste el mayor interés y la comparte el columnista umbraliano con la pedorra televisiva, ambos necesitados de cariño como todo quisque. Pero luego hay una tercera vanidad literaria que nace del conflicto y la negociación entre la conciencia y el mundo, y que lleva a algunos escritores a dudar entre apartarse de la fama o convocarla de forma retorcida, hipotecarla a un futuro descubrimiento. Fue el caso de autores que venden y convencen como Bolaño, Foster Wallace, Rulfo, Miller, Kafka y tantos grandes autores cuya canonización viene de la mano de un cierto malditismo. Porque el malditismo cosecha seguidores con un cierto efecto retardado pero inexorable desde el mismo momento en que la publicidad obre el milagro favorito de la cultura pop: señalar a un genio por cada excéntrico. La gente consume excentricidad porque la centricidad ya la ocupan ellos.

Alguien dijo una vez, y lo he buscado pero no encuentro quién fue, que la literatura consiste en saber que el vecino de al lado es Leon Tolstoi y rechazar la tentación maruja de llamar a su puerta para quedarnos en nuestra casa leyendo Anna Karenina. Eso es y de eso se trató siempre, pero los tiempos exigen una espectacularización de la cultura que Vargas Llosa tiene estudiada en un reciente ensayo. Ya no basta con entregar los mejores frutos de tu talento en forma de obra a la sociedad: tienes que representar activamente un personaje para ella. Tienes que hacer promociones itinerantes observando un discurso políticamente correcto –o soltando esas pildoritas de incorrección política que últimamente resultan tan políticamente correctas– y conceder todas las monerías mediáticas que la multinacional editora demande de ti por contrato. No importa tanto que seas Tolstoi como que seas tú quien llame diligentemente a la puerta del vecino a vender tu Anna Karenina.

Aún así el vecino muchas veces no quiere abrir porque está viendo en la tele un reality culinario, y entonces los editores se preguntan cómo hacer descender la santa fama sobre su autor. ¿Por qué hay autores con groupies y otros mucho mejores que no venden ni en edición de bolsillo? ¿Perjudica a un autor ese ascenso al cielo de los iconos en su estricta consideración literaria a cargo de la crítica más adusta? ¿Con cuánta frecuencia un escritor es castrado por sus propias bacantes, dejándole eunuco irremediable a partir de cierto punto exitoso de su carrera? Los caminos de las groupies son más inescrutables de lo que parece, pues poseen un fino olfato desarrollado en innumerables antros de música en directo y olfatean enseguida el tufillo plastificado de quien es producto del márketing. Por otro lado, hay malditos honradísimos en su autodestrucción o su locura que tampoco venden, por ejemplo Robert Walser. La cosa no es nada sencilla.

Parece que alguna estrategia hay que adoptar para ser leído. Vallar tu casa con alambre de espino, lograr la titularidad de una silla tertuliana, drogarte sin control en un estudio de renta antigua y tener un amigo editor que vaya contando tu desgracia. Pero seguramente la mejor estrategia para ser leído consista en saber escribir.

(Publicado en Suma Cultural, 1 de febrero de 2014)

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El último héroe de Troya

¿Loco hasta qué punto?

¿Loco hasta qué punto?

Hubo un tiempo en que Alemania no miraba a Grecia como el cobrador al moroso y en que sus relaciones no se cifraban en la materialidad de una prima de riesgo, sino en la fuerza del espíritu que cantó la musa, la cólera terrible de Aquiles, de pies ligeros, cuyas hazañas fundan la historia de la literatura occidental. Como surgiría de Alemania el Sturm und Drang que detonaría la tempestad romántica por toda Europa (en colaboración con los lakistas ingleses), también de la tierra de Goethe brotó la mirada neoclásica que idealizó la cultura y el arte grecolatinos, reclamó la vigencia de los antiguos modelos y fundó la Filología, la Arqueología y la Historia del Arte como modernas disciplinas humanísticas de pleno derecho académico.

Fue Jacobo Joachim Winckelmann el historiador germánico que asignó a Grecia el alfa y el omega de toda educación ilustrada, la cual a partir de entonces se orientaría al ideal humanístico de la paideia, cuyo fin persigue la integración de belleza y virtud, de estética y ética. Aunque yo no perdono a Winckelmann sus intemperantes diatribas contra el Barroco italiano, cuyo sentido dramático no podía entender, tengo que agradecerle la honda siembra de humanismo con que fertilizó Europa, esa entusiasta propuesta de elevación espiritual –hoy, de nuevo, tan pertinente– que más tarde los historiadores catalogarían con ternura como “visión winckelmanniana”, idealizada, de la Antigüedad. Uno de los frutos de esa semilla de fascinación clasicista se llamó Heinrich Schliemann (Mecklemburgo, 1822-Nápoles, 1890), y se trata del genio alemán más loco y entrañable de entre toda la caudalosa historia de visionarios que ha parido la inefable Alemania.

Tenía Heinrich cinco años de edad cuando oyó de su padre, pastor protestante, las primeras historias homéricas. En ese momento las reputó verídicas, como haría cualquier niño de su edad; lo original en Schliemann es que no solo se negó a suspender su credulidad a medida que fue creciendo, sino que cuando murió había probado al mundo que la fantasía desatada de un niño podía equivaler a pura cartografía. A los ocho años anunció en casa que se proponía encontrar Troya, poco más que un nombre mítico para la comunidad científica de su tiempo, y a los diez años escribió un ensayo en latín que postulaba la existencia real de la ciudad de Héctor, de tremolante penacho. Luego le sobrevino la adolescencia y aparcó el proyecto para colocarse de vendedor en una droguería. El pragmatismo le fue ganando, hasta el punto de embarcarse rumbo a Venezuela para hacer fortuna, pero su barco naufragó en la costa holandesa. Tomó el suceso como una invitación a enrolarse en afanes más factibles y decidió hacerse viajante de comercio y después banquero, actividades que suelen rentar más que la filología, dónde va a parar.

Pero mientras sus pies se cosían a la tierra con el hilo de cobre de una incipiente fortuna, su mente seguía soñando con el mundo de Homero. Se hizo rico comerciando con armas durante la guerra de Crimea, pero él secretamente hacía planes para la guerra de Troya. Por sus constantes viajes de negocios se aplicó al estudio de lenguas con resultados bochornosos para la considerada hoy generación-mejor-preparada-de-la-historia: a los 22 años, Heinrich Schliemann dominaba el holandés, el francés, el inglés, el italiano, el español, el portugués, el polaco, el árabe y el ruso. Además de latín y de griego antiguo, por supuesto. El ruso en concreto le sirvió para intimar con una aristócrata de la corte zarista, Ekaterina Lishin, que admiraba más la cartera de su rumboso esposo que su creciente delirio helenístico. Pero dejemos que sea Indro Montanelli quien en su preceptiva Historia de los griegos cuente lo que pasó acontinuación:

“De improviso cerró banco y tienda y comunicó a su mujer, que era rusa, su propósito de ir a establecerse en Troya. La pobre mujer le preguntó dónde estaba aquella ciudad de la que jamás había oído hablar y que, en realidad, no existía. Enrique le mostró en un mapa dónde suponía que estaba, y ella pidió el divorcio. Schliemann no hizo objeciones y puso un anuncio en un periódico pidiendo otra esposa, a condición de que fuese griega. Y de entre las fotografías que le llegaron eligió la de una muchacha que tenía veinticinco años menos que él. Se casó con ella según un rito homérico, la instaló en Atenas en una villa llamada Belerofonte, y cuando nacieron Andrómaca y Agamenón, la madre tuvo que sudar tinta para inducirle a bautizarlas. Enrique se avino a ello sólo a condición de que el cura, además de algún versículo del Evangelio, leyese durante la ceremonia alguna estrofa de la Ilíada. Sólo los alemanes son capaces de estar locos hasta tal punto”.

Acompañado de su griega esposa Sophia Engastromenos, el loco Schliemann se dirigió a Hirsalik, en la esquina noroeste de Turquía, donde algunos historiadores habían situado más bien tímidamente la mítica Troya o Ilión que da nombra a la Ilíada. En 1870, tras un año de negociaciones con el gobierno turco para obtener el permiso de excavación, comenzó a escarbar en busca del casco de Patroclo, amado entre los compañeros, o la calavera de Menelao, famoso por su lanza, o ya puestos el talón de Aquiles, destructor de hombres. Pasaron doce meses y de allí solo salía mucha arena y mucho dinero derrochado en operarios y maquinaria. Pero Heinrich por fin estaba haciendo lo que quería en la vida, y los dioses recompensaron su fidelidad: un día el pico chocó contra algo metálico que resultó ser una caja de cobre que contenía un puñado de antiquísimos abalorios de oro y plata. Con ojos alucinados, Schliemann identificó enseguida el cofre con el tesoro de Príamo, rey de los troyanos. Se fue corriendo a su casa, se encerró en la alcoba con su mujer y la engalanó con las joyas que habían adornado los cuerpos míticos de Helena y Andrómaca, no cabía duda.

El arqueólogo telegrafió su victoria a todo el mundo pero la comunidad científica, que seguía con escepticismo los trabajos de aquel lunático alemán, repuso que las joyas provenían seguramente de un mercadillo de Atenas. Solo el gobierno turco le creyó y se puso a pleitear con Schliemann por la propiedad del tesoro hallado. Las excavaciones continuaron y los eruditos menos prejuiciosos acabaron desplazándose a Hirsalik para atestiguar la maravilla: no una, sino nueve ciudades sedimentadas una encima de otra fueron apareciendo bajo las febriles piquetas de Schliemann. El desafío ya no consistía en probar la existencia de Troya, sino en establecer a cuál de aquellas nueve Troyas cantó el ciego Homero. Hoy los especialistas se inclinan por señalar como homérica a Troya VII-A, cuyas ruinas informan de una ciudad amurallada de la Edad del Bronce, de entre cinco y diez mil habitantes, que guerreó contra las colonias aqueas del Peloponeso hacia el 1.250 a. C., cinco siglos antes de que un trovador itinerante nacido quizá en Quíos ordenase métricamente sus memorables ecos para embelesar al público de las aldeas.

Heinrich Schliemann sumó a aquel hallazgo otros muchos si no tan emblemáticos, siempre igual de improbables. Con entusiasmo indeclinable marchó a Micenas para buscar la tumba y el cadáver del mismo Agamenón, conductor de pueblos. Y escribe Montanelli: “Nuevamente el buen Dios, que siente debilidad por los lunáticos, le compensó de tanta fe, guiando su pico por los sótanos del palacio de los descendientes del rey Atreo, en cuyos sarcófagos fueron hallados los esqueletos, las máscaras de oro, las alhajas y la vajilla de aquellos monarcas que se consideraba no habían existido más que en la fantasía de Homero. Y Schliemann telegrafió al rey de Grecia: Majestad, he hallado a sus antepasados”. Más tarde excavó en Ítaca, buscando probablemente la bitácora de Ulises, fecundo en recursos, y volvería varias veces a Troya a profundizar en su obsesión de niño.

El gran visionario del XIX junto con Verne moriría poco después en Nápoles, aquejado de una infección de oído, probablemente de no utilizarlo frente a tanto agorero como se opuso a su determinación. En cumplimiento del testamento sus restos fueron llevados a Atenas, al mausoleo con forma de templo dórico que allí se había hecho construir. “Su vida fue una de las más bellas, afortunadas y plenas que un hombre haya vivido jamás”, concluye Montanelli. Su historia no solo es la del genio que acaba demostrando el fundamento de sus intuiciones meramente fantásticas en un mundo de escépticos incurables. En efecto, muchos hombres han alcanzado el Olimpo, pero a ningún otro le hizo Zeus en vida el secreto favor de mostrarle sus cimientos.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de enero de 2014)

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Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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El otro Wilde

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Hector Hugh Munro, el afilado Saki.

Oscar Wilde no estuvo solo en la dramática contienda contra la era victoriana. A su lado peleó con gloria poco reconocida el caballero británico Hector Hugh Munro (Birmania, 1870 – Francia, 1916), por sobrenombre Saki, el más afilado cuentista británico de entresiglos y uno de los talentos más sutilmente divertidos del ámbito anglosajón junto con el estadounidense O. Henry. El celebrado Wodehouse debe tanto al magisterio cómico de Saki como el añorado Tom Sharpe, que en junio de este mismo año decidió morirse en Gerona al constatar el decepcionante retraso de la recuperación o de la independencia, una de dos. Antes de morir, sin embargo, dejó escrito: «Si empiezas un relato de Saki, lo terminarás. Cuando lo hayas terminado, querrás empezar otro; y cuando los hayas leído todos, jamás los olvidarás». No creo que se puede recompensar mejor la entrega de un escritor al juicioso mandamiento de Sainte-Beuve: «Leed cosas grandes, escribid cosas agradables».

Saki leyó a los grandes ironistas de su tradición cultural, de Sterne a Swift, y escribió unos cuentos gratísimos de leer que bien leídos no están exentos de amargura íntima ni de aullido social. Lo que me gusta de Saki es que no necesita operaciones exhaustivas como las de William Makepeace Thackeray (otro inglés nacido en la India) para abrir en canal a la sociedad eduardiana. Con tres incisiones muy localizadas pone la moral porcina de una marquesa a chorrear sangre boca abajo. Sus cuentos van al grano tras una ambientación impresionista y mantienen unas constantes estructurales y temáticas cuya reiteración obsesiva no preocupa en absoluto al autor. Y lo que es más importante: tampoco al lector.

Tenéis varias ediciones. Yo he manejado los Cuentos Completos en Alpha Decay y las Crónicas de Clovis en Valdemar, aunque hay algunas otras fruto de un feliz, y reciente, redescubrimiento editorial. Las piezas narrativas de Saki suelen estructurarse en torno a una escena de corte teatral, en donde los diálogos y las descripciones psicológicas canalizan el veneno de la sátira costumbrista: conversaciones en salones de mansiones londinenses o coloniales, fiestas o clubes de bridge. Aristócratas de afilado ingenio y pícaros arribistas alternan golpes de florete dialéctico abrumando al lector-espectador que asiste a un despliegue sintáctico y verbal deslumbrante. Los vicios de clase —la hipocresía, la avaricia, las maniobras del gorrón o la pesadez del charlatán— son satirizados sin piedad, con el efecto multiplicador que se logra envolviendo la carga vitriólica en elegantes capas de referencias indirectas y elaboradas perífrasis y comparaciones. El estilo relampagueante de las comedias wildeanas, vamos.

Se trata de una literatura que toma a los lectores por inteligentes. Exige un paladar medianamente distinguido para apreciar tanto un enredo endiablado como un moroso dibujo de caracteres, una erudición exótica, una nota macabra y una sintaxis sin miedo a la subordinación. De los ingleses siempre sorprende un poco esa simultánea aptitud para el escándalo y la permisividad, caras de la misma moneda de la civilización. Fue el puritanismo victoriano el que condenó a Wilde, pero solo después de llenar durante años los teatros que representaban sus obras. Al final parece que el único precepto absoluto es el que promulgara en mármol Michi Panero: «Lo único que no se puede ser en esta vida es un coñazo». Ni Wilde ni Saki aburren jamás.

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6 noviembre, 2013 · 13:40

Luis Paret, nuestro primer dandi

'Carlos III, comiendo ante su corte'. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

‘Carlos III, comiendo ante su corte’. Una sutil obra maestra del detalle y la ironía.

Me gustó el cuadro en cuanto lo vi, reproducido en aquella antología de El Prado que cogía polvo en la biblioteca de mi padre. Se trataba de Carlos III, comiendo ante su corte y lo pintó en 1775 el divino Luis Paret y Alcázar (Madrid, 1746-Madrid, 1799), que es uno de los artistas especialmente seleccionados para la muestra que el museo dirigido por Miguel Zugaza ha dado en titular “Belleza cautiva”. Hay que darse prisa en ir a ver la exposición porque echa el cierre el 10 de noviembre.

Paret es noticia porque El Prado ha adquirido un nuevo cuadro suyo para esta exposición, Muchacha dormida, aunque a mí me bastaba con ese almuerzo de Carlos III que forma parte de la colección permanente y que merecería traspasar el círculo admirativo de los iniciados para obtener algún predicamento popular, porque parece que en el XVIII español no hay más pintor que Goya. Quien por otra parte no es más que un oscuro busto de una gala de cine.

El cuadro es un portento barroco. El ángulo elegido para representar la escena no puede ser más teatral: desde la sombra de una suntuaria sala del Palacio Real asistimos a la pomposa comida del rey, servido por su corte con arreglo a un minucioso, exquisito y extenuante protocolo. Cada uno de esos adjetivos está subrayado por la técnica empastada de Paret, un caso originalísimo de terquedad rococó a lo Watteu en tiempos en que el canon lo marcaba el neoclasicismo ideal de Mengs que, muy pronto, conocería la brusca contestación prerromántica de lo goyesco. Paret ingresaría en la Academia de Bellas Artes de San Fernando (en la que empezó su formación a los diez años de edad) al tiempo que Goya, en 1780, cuando el aragonés aún no había abandonado el clasicismo de escuela con toque rococó para emprender su huida sorda y genial.

Paret no poseía la personalidad vehemente del genio, sino la chispeante del dandi, pero en sus mejores momentos de juvenil desinhibición sí alcanzó la genialidad pictórica, para más tarde abandonar la ardua senda del personalismo y acomodarse al canon imperante. Hay un famoso autorretrato suyo en que se dibuja engalanado de pitiminí, rodeado de elementos que lo identifican como un cruce entre el Amadeus de Milos Forman y un Oscar Wilde avant la lettre. Fue Paret un pre-prerrafaelita madrileño que había venido a este mundo a divertirse, a gozar de los placeres del absolutismo y de los saberes de la Ilustración, y a rodearse de belleza. También a rodear de belleza a los demás, en concreto al hermano de Carlos III, el infante don Luis, mujeriego compulsivo a quien Paret abastecía de cortesanas como un auténtico proxeneta de altos vuelos. Tan es así que el rey acabó enterándose y lo mandó al destierro.

Lo que a uno le gusta de Paret es una paradoja: la combinación inopinada entre su gusto por el primor y su discreta distancia de lo que pinta; Paret es el primer dandi de la corte madrileña porque atiende al detalle, y lo fija con esmero, pero al mismo tiempo se distancia de él como previendo la ridiculez anacrónica del absolutismo engolado a punto de ser barrido por los vientos de la historia.

Se ha señalado de Paret su sentido escenográfico, pero sobre todo su sentido del humor. Hay en este cuadro de Carlos III una guasa sutilísima, con algo de sátira y con nada de denuncia, porque Paret se sabe miembro propagandístico del Antiguo Régimen, y astuto logrero de sus favores pese a destierros y escándalos, pero al mismo tiempo adivina lo efímero del tiempo incierto que le ha tocado vivir. Mirando sus cuadros uno advierte un tributo último de devoción por el despotismo ilustrado, y también un guiño abierto al gozne de las revoluciones por venir.

De Paret admiramos su técnica puntillosa, colorista, delicada. Pero sobre todo aplaudimos una sabia sutileza que no rompe con lo vigente pero ahorra una sonrisa eterna para el futuro.

(Publicado en Suma Cultural, 25 de octubre de 2013)

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