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Las cinco falacias de nuestro periodismo

[Me anuncia el director de Revista de Libros, Álvaro Delgado-Gal, que muy pronto la revista conocerá un relanzamiento digital de primera magnitud. Como crítico de RdeL desde hace tres años y medio, me llena de alegría la noticia y me apresto a la tarea. Pronto reseñaré un nuevo y delicioso Camba, y postearé algún artículo en su galería de blogueros.

Para celebrarlo, copio aquí mi primera colaboración en RdeL, número de enero de 2010, que tanta ilusión me hizo dada la categoría de la publicación, y que cosecharía este generoso comentario de Arcadi Espada en su blog. Yo creo que su contenido no ha caducado en este tiempo. Si acaso la cosa ha acelerado su degeneración y la denuncia ganado pertinencia. Pero juzguen ustedes mismos]

(…)

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Ruano a punto de amortajar a Azorín.

Los periodistas de hoy han padecido la formación tecnicista y hueca de una universidad decadente, que es aquella que se obsesiona con enseñar cosas útiles y con «preparar a los estudiantes para el mercado laboral», con Bolonia como estación término, o terminal. ¿Debemos recordar una vez más que la universidad se creó precisamente para enseñar lo inútil, para cultivar el espíritu de las personas que tenían la suerte de no tener que apacentar ganado –algo muy útil, desde luego– para vivir? El humanista primero aprende a pensar, y luego va conociendo y perfeccionando los trucos y las técnicas de un oficio tan intuitivo y experimental como el de periodista. (Los titulados lloriquean por el intrusismo en vez de formarse mejor para batir a la competencia.) ¿Por qué nadie dice de una vez que los periodistas de la primera mitad del siglo XX, y aun los del franquismo –adictos o no al régimen–, estaban incomparablemente mejor preparados que los de hoy, en términos generales, y a despecho de tanto avance tecnológico? ¿Por qué en las facultades de Periodismo no se olvidan un poco de tanta práctica técnica y obligan a leer a los cinco periodistas citados hasta que los alumnos dominen la lengua castellana siquiera como la mitad de la mitad de cada uno de ellos, ninguno de los cuales por cierto –oh, sacrilegio– estudió la carrera de Periodismo? Sin embargo, son sus retratos los que cuelgan de las paredes de un pasillo del Congreso de los Diputados, junto a la sala de prensa.

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15 octubre, 2013 · 23:16

Los macchiaioli: del café a la historia del arte

Hubo en tiempo en Europa en que el hostelero de una gran ciudad debía pensárselo mucho antes de abrir un café, porque al poco tiempo se le podía llenar el local de bohemios entregados a la bulliciosa fundación de un nuevo movimiento literario o artístico. Los cafés han contribuido tanto o más que universidades, talleres y academias al progreso de la cultura, así como a la ruina de los empresarios, porque una clientela de pintores y poetas suele resultar un pésimo negocio. Un poeta de café podía escribir cinco sonetos por cada café con leche; es una proporción que ningún hostelero puede resistir, por grande que sea su amor a la poesía.

El artista decimonónico necesita por tanto de un café, y necesita también un mecenas, porque salvo en casos de raro éxito burgués, la clase media consumista aún estaba por aparecer en la historia y la élite social no absorbía suficientes cuadros o novelas como para mantener dignamente a sus hacedores. Esto era así incluso en Florencia, donde juraríamos que a la frente de cada nuevo bebé se le atisba el numen del genio. A partir de 1852 el Caffè Michelangiolo de Florencia se convirtió en el lugar de reunión de un grupo de pintores mayoritariamente toscanos –aunque acabarían llegando de otras partes de Italia e incluso de Europa, como Degas o Manet– a los que un columnista local, con clara voluntad peyorativa (como corresponde a los columnistas), bautizó como los “manchistas”, macchiaioli en italiano. Los llamó así para burlarse de su resuelta voluntad antiacadémica, de su reniego de la ampulosidad romántica que marcaba el canon pictórico del momento, de sus ganas de pintar de forma diferente, sobre temas diferentes, con técnicas diferentes y desde lugares diferentes. Como suele pasar con los mejores insultos, el teórico del grupo (y para mi gusto el pintor más dotado: La sirga es un cuadro para llevárselo a casa, una obra maestra de vitalismo costumbrista capturado con todos sus matices) que era Telemaco Signorini abrazó en 1862 el epíteto con orgullo identitario, y hoy el término macchiaioli identifica a uno de los movimientos más talentosos, simpáticos, encantadores, luminosos y revolucionarios de la historia del arte moderno.

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6 octubre, 2013 · 13:28

Las ansias infinitas de entrar en la RAE

“Quienes me conocen saben que entre las ambiciones legítimas que he perseguido no se encontró nunca la de ingresar en esta docta casa. Y no porque no me ilusionara la idea, sino porque veo a esta Institución tan encumbrada en el reconocimiento de nuestros conciudadanos, y tan arraigada en la historia de nuestro país, que no podría creerme yo ni con los méritos ni con los apoyos necesarios para aspirar a ocupar uno de sus sillones”.

La cita corresponde al discurso de entrada en la Real Academia Española de Juan Luis Cebrián, a quien una decisión salomónica como pocas otorgó la dignidad de ingresar en la RAE a la vez que a Luis María Anson. Es una cita paradigmática de lo que la retórica clásica llamaba captatio benevolentiae: la estratagema de predisponer al auditorio en tu favor blasonando de una indignidad personal que tu propia posición de orador desmiente sutilmente. Al público le conmueve tu falsa modestia y te presta atención. Cebrián declara no haber ambicionado jamás la altísima condición de académico –cómo osaría yo, les dice a los sabios de la patria–, pero si aquel 19 de diciembre de 1996 no se hubiera pronunciado el apellido Cebrián junto al de Anson, el prestigio secular de esa Docta Casa que tan inalcanzable le parecía a don Juan Luis habría quedado arrasado bajo llameantes editoriales de El País.

Este año la Española cumple tres siglos exactos de limpieza, fijeza y dación de esplendor. Pronto sus integrantes empezaron a ser llamados “inmortales”, como si el ingreso en la RAE garantizara un sillón simétrico en el Parnaso. El hecho es que todas las inteligencias hispanohablantes con alguna conciencia de méritos humanísticos ambicionan en secreto –o abiertamente– cruzar el docto umbral. La ambición suele ser tanto mayor cuanto más desafiantes son las invectivas que el frustrado aspirante dirige contra el elitismo y la caspa que se le presuponen a la Academia. Así Umbral, cuyos puyazos columnísticos a “Don Concha” –Víctor García de la Concha­ dirigía la RAE en los años en que más sonó la candidatura umbraliana– disimulaban mal la querencia del gran articulista por el sillón que sí lograron otros articulistas geniales como Wenceslao Fernández Flórez, José María Pemán o Julio Camba. En Camba, por cierto, no había sombra de falsa modestia cuando rechazó a Dámaso Alonso el sillón que le ofrecía:

–Me ofrece usted un sillón y yo lo que necesito es un piso –le espetó el insobornable inquilino del Palace.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

El honor y la RAE, vistos por Paadín para la edición impresa.

Otros célebres escépticos de la gloria académica vienen consignados en el ameno discurso de ingreso del filólogo Pedro Álvarez de Miranda en 2011, que trata precisamente sobre los discursos de ingreso y sobre cuya pista me puso Yolanda Gándara. Pérez de Ayala fue elegido por unanimidad en 1928 pero nunca escribió su discurso, como tampoco lo hizo Unamuno, electo en 1932. Ambos habían criticado tan duramente a la RAE que su rechazo no sorprendió; con humor, Laín justificaría la elección de Unamuno “por la calidad y la índole de su antiacademicismo”. Tampoco Antonio Machado se veía académico, y aunque fue elegido en 1927, a su muerte sólo había dejado un perezoso borrador. Benavente, elegido en 1912, transcurridos 30 años seguía sin entregar la pieza oratoria debido a un temor supersticioso: algunos provectos académicos habían muerto al poco de leer su discurso y estaba convencido de que le pasaría lo mismo. Al parecer acabó muriendo de todas maneras.

Lo normal, en todo caso, es perder el culo por entrar en la RAE. El caso más recordado es el de Álvaro de Figueroa y Torres, conde de Romanones, cacique imbatible y conspirador impenitente. Tras una larga carrera haciendo y deshaciendo –fue diputado ininterrumpido desde 1886 hasta 1936–, Romanones empezó a sentir que su nombre quedaría excluido de toda gloriosa participación en el mañana a menos que una institución menos sospechosa que el Parlamento le reconociese como uno de los suyos para los restos. La cultura siempre ha servido para lustrar las manchas de la política, y no hay sede más aquilatada de lo cultural que el caserón de sabios del barrio de los Jerónimos. Blandiendo una modesta producción historiográfica y jurídica se puso a perseguir la nominación a la Academia con denuedo de niño caprichoso. Su nombre fue finalmente propuesto y él, para amarrar el resultado, al más puro estilo caciquil visitó casa por casa a cada uno de los académicos electores. Todos le prometieron su voto. Pero antes de que llegase el día en que tocaba debatir su ingreso, el Gobierno cayó y don Álvaro se vio en la bancada de la oposición. Allí lo encontró el ujier que le comunicó la noticia: su candidatura no había fructificado. Romanones, atónito, preguntó cuántos votos había obtenido. “Ninguno, señor”, contestó el ujier. Entonces don Álvaro hizo una pausa melancólica, se resignó a constatar el crecimiento de los enanos en el circo de su España y musitó célebremente: “Joder, qué tropa”.

Otro fracaso aristocrático lo protagonizó hace no tanto el marqués de Tamarón, por nombre Santiago de Mora-Figueroa y Williams, que tiene un impresionante currículo diplomático pero contaba sólo dos o tres libros ­–y uno de artículos recopilados­– en su haber cuando concurrió a la votación. El marqués, a diferencia del conde, acató el veredicto desfavorable con caballerosidad de buena cuna.

Habría que matizar mucho esa cédula de inmortalidad que una generosa tradición concede a los académicos. El escritor verdaderamente inmortal lo es por su obra al margen de que termine su vida ocupando un sillón de la Española. Y viceversa: si la aportación de un novelista o un periodista o un filólogo a sus respectivas disciplinas resulta mediocre, el hábil politiqueo que le haya granjeado el escaño académico no bastará para reservarle un sitio en la memoria cultural del país. No nombraré ilustres culos con asiento vigente en la RAE. ¿Pero quién se acuerda hoy de Jacinto Octavio Picón, bibliotecario de la RAE cuando en 1921 atendió para su desgracia la visita del corrosivo reportero peruano Alberto Guillén, autor de La linterna de Diógenes? En ese libro diabólico se recoge este coloquio que ya cuestionaba el mérito y la sindéresis de según qué académico:

»–Hoy se hace del idioma lo que se quiere, se le aplebeya, se le envilece, se le hace hacer cosas propias sólo de un payaso o una meretriz. ¡Si no fuera por la Academia!

–¿Qué cosa hace la Academia, señor Picón?

–¡Qué ha de hacer! Vela por la pureza del idioma, cierra las puertas a los vicios, hace los diccionarios, define las palabras. Y ya sabe usted lo que cuesta definir una cosa; no hay nada más difícil. ¡Coño!

Español: Retrato de Gertrudis Gómez de Avellan...

Gertrudis Gómez de Avellaneda chocó contra el sólido machismo académico (óleo de Federico Madrazo, 1857).

Estudio aparte merecen las mujeres. A María Isidra de Guzmán la admitieron como académica honoraria en 1784, pero la primera en postularse abiertamente fue la escritora de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Se debatió el caso, pero una sociedad que prohibía a la mujer acceder a las bibliotecas públicas no iba a hallar respaldo fácil en los señores académicos. El veto a Gómez de Avellaneda sentó jurisprudencia machista, y contra ella se estrellaron los incuestionables méritos de Emilia Pardo Bazán, cuya pretensión académica zanjó el venenoso Juan Valera: “Harían falta dos sillones libres para tan robustas posaderas”. Más sangrante si cabe fue el veto a María Moliner, que en 1972 compitió por un sillón con el lingüista Emilio Alarcos Llorach. A la hoy venerada lexicógrafa le cerraron la puerta bajo acusación de intrusismo, pues era historiadora y no filóloga. Fue el último veto imputable a discriminación, y pocos años después ingresarían con normalidad Carmen Conde, Ana María Matute, Carmen Iglesias, etcétera. Hoy solo hay 6 académicas entre 46 plazas, pero si la RAE se empieza a regir por cuotas, pronto el diccionario lo acabaremos haciendo por Whatsapp.

(Revista Leer, número 246, Octubre 2013)

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2 octubre, 2013 · 12:17

No intentéis hacer lo de Salinger en casa

Pynchon visto por Los Simpsons.

Pynchon visto por Los Simpsons.

En una sociedad que profesa la religión de los quince minutos de gloria warholianos no hay peor herejía que el anonimato voluntario. El éxito de las redes sociales se explica fácilmente: es la alquimia tecnológica que otorga al fin el premio de una fama efímera a la banalidad cotidiana del hombre y la mujer mesocráticos, anodinos, mediocres, ahogados en el bullicio deshumanizador de la gran ciudad. Hay la promesa de una breve proyección del ego al alcance de todas las cuentas. La búsqueda de una personalidad propia empieza a no ser un requisito de maduración vital sino el contenido exportable de un blog. Por eso sorprende tanto que las personalidades verdaderamente poderosas, las que manan originalidad y talento de un modo natural, opten por la reclusión obsesiva y la intimidad a cal y canto.

Pero quizá no debiera ser tan sorprendente; quizá la vulgaridad propenda necesariamente al exhibicionismo como lenitivo de la insoportable levedad del ser. Quizá el silencio y la excelencia se celen mutuamente, como parece probar la historia de la genialidad humana, lo que no libra al discreto de la sospecha de que en realidad no tiene nada que decir.

Sea como fuere, se anuncian novedades librescas que involucran a Jerome David Salinger y a Thomas Pynchon, los dos últimos grandes reclusos y malditos de las letras estadounidenses si exceptuamos al suicida David Foster Wallace, cuyos inéditos últimamente proliferan de un modo que pone en peligro la sacral condición underground del autor de La broma infinita. Salinger resucita con fuerza en Estados Unidos, donde acaba de publicarse The Private War of J.D. Salinger (en España la publicará Seix Barral bajo el título genérico de Salinger), una biografía de 698 páginas que ha llevado nueve años y 1,5 millones de dólares de trabajo a sus autores, Shane Salerno y David Shields. Salerno es también responsable de un documental sobre la vida del legendario autor y del anuncio más esperado de las letras anglosajonas, según el cual Salinger (Nueva York, 1919 – New Hampshire, 2010) dejó instrucciones medio cabalísticas para dar a la imprenta cinco manuscritos a partir del quinto año de su muerte y durante los cinco siguientes. Eso supone que entre 2015 y 2020 verán la luz La familia Glass, una colección de cinco relatos protagonizados por la mítica familia de Franny and Zooey; otra colección de cuentos que bajo el título, The Last and Best of the Peter Pans (Lo último y lo mejor de los Peter Pans) contiene al parecer nuevas historias sobre los mismísimos Caulfields, con presencia del inolvidable narrador de El guardián entre el centeno; un manual de Vedanta, corriente del hinduismo en donde recaló definitivamente tras su paso por el estoicismo de Epicteto y el budismo zen; y por último dos nuevas novelas: una inspirada en su corta relación con su primera esposa, Sylvia Welter, y otra basada en sus traumáticas experiencias durante la Segunda Guerra Mundial, en la que participó a partir de 1942, portando el manuscrito a medias de El guardián entre el centeno y sentándose a aporrear la Olivetti en mitad del caos como en la Primera Guerra Mundial hiciera otra alma atormentada y genial que parió entre trincheras el Tractatus: Ludwig Wittgenstein. A ver cómo escribimos ahora obras maestras en esta Europa tan pacífica.

Así que se ha declarado el cerco total al enigma salingeriano, y sus innumerables lectores –¿quién no ha fantaseado con la muerte de Salinger para tener acceso por fin al inédito más precioso de su cajón blindado de Cornish, New Hampshire? – nos beneficiaremos de ello. Otra cosa, como bien apuntaba en Tercera de ABC del 9 de septiembre el crítico Juan Ángel Juaristo, es que vaya a resolverse “el supuesto misterio de su personalidad, cuando probablemente no haya nada que resolver”. La neurosis siempre es enigmática, pero más allá de la obvia estrategia publicitaria que late en este boom Salinger –y del que participó lucrativamente su propia hija Margaret cuando en aquella biografía parricida reveló que su padre ingería su propia orina y que no le compró aquel osito rosa que tanto le gustaba– estamos de acuerdo en que la opción radical por el enclaustramiento, aunque puede llamar la atención del público general, ni necesita claves hermenéuticas inconfesables ni hace más interesante a un escritor. Salinger figura en la historia de la literatura por haber alumbrado una forma nueva y eficacísima, insuperable, de narrar la ambigüedad conmovedora que sacude el corazón humano en su estadio adolescente; también por haber engendrado narraciones de una potentísima carga metafórica bajo su aparente costumbrismo, y por retratar la genialidad psicológica de una familia de superdotados. Y creo que esas virtudes estrictamente literarias son las que sostienen el éxito de Salinger, como se sostiene el prestigio de todos los raros que Vila-Matas reunió en su ya clásico Bartleby y compañía. Por el libro desfilan los genios de la escritura que un día prefirieron no hacerlo pero que para entonces ya habían conquistado la gloria, o su renuncia no sería noticia.

Thomas Pynchon (Nueva York, 1937) no está muerto todavía pero como si lo estuviera. La más reproducida de sus fotografías, a falta de otra cosa, lo viste de marinero durante el servicio militar. Y no hay mucho más, aunque se sabe que vive y pasea por Manhattan. Sus 76 años de vida sólo han dado para ocho obras: la octava, The Bleeding Edge, acaba de salir del horno y al parecer es una novela ambientada en la Nueva York de los meses previos al 11-S y del pinchazo de la burbuja de las “punto.com”. La fobia social de Pynchon, que ya publicó otra novela –Vicio Propio, en vías de ser adaptada al cine por otro raro, Paul Thomas Anderson– hace tres años, no conlleva el mutismo radical de Salinger, quien sólo rompió su encierro para conceder una entrevista telefónica a The New York Times en 1974: «Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico. Tranquilo. Publicar es una terrible invasión de mi vida privada. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer». Claro que la comparación entre ambos genios neoyorquinos puede antojarse apresurada: “Mientras uno optó por meterse en una platónica gruta en New Hampshire, el otro se hizo escurridizo, ilocalizable”, distingue con lucidez Antonio Villarreal en un artículo reciente.

Sea cual fuere la forma y el grado que adopte la misantropía, no creemos que se trate precisamente de un rasgo escandaloso en un escritor, cuyo oficio exige soledad como el de periodista exige ruido. Los casos en este mismo siglo son demasiado numerosos y relevantes como para considerar el de escritor furtivo un paradigma extravagante: Rulfo, Onetti, Cormac McCarthy –que concede una entrevista cada diez años–, la Nobel Elfriede Jelinek, la eterna candidata Joyce Carol Oates, nuestros Carmen Laforet y Sánchez Ferlosio y un largo etcétera de eremitismo temperamental. La dolencia no es privativa del escritor: tenemos documentados casos sonoros entre artistas de todo género; incluso entre los talentos del séptimo arte, que es el arte popular por definición, topamos con el divismo inaugural de Greta Garbo o la manía de clandestinidad de Terrence Malick. El mayor guionista de Los Simpsons, John Swartzwelder, es otro huraño célebre al que quizá por eso mismo –por una como empatía de antipáticos– le hizo Pynchon el favor incalculable y bienhumorado de prestar voz a su propia caricatura en dos capítulos de la aclamada serie televisiva. También los grandes empresarios contraen en ocasiones la enfermedad de la discreción absoluta, siendo Amancio Ortega el icono paradigmático; aunque quizá aquí el morbo se limita al deseo pancista de que nos cuente cómo amasó su fortuna.

Ahora bien. Hemos de aconsejar al aprendiz literario que no intente hacer esto en casa. El bartlebysmo –sin duda el más sofisticado de los esnobismos– sólo funciona en los medios cuando el protagonista ha hablado alto y claro con anterioridad. El silencio sólo es atractivo cuando el que calla ha contado lo suficiente como para que sepamos que aún tiene mucho que contar.

(Publicado en Suma Cultural, 21 de septiembre de 2013)

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El urgente ideario de Miguel Mihura

Cuando Mihura estaba a punto de nacer, Madrid no estaba inventado todavía, y hubo que inventarlo precipitadamente para que naciese Mihura y para que naciese otro señor bajito, cuyo nombre no recordamos en este momento, y que también quería ser madrileño.

Así empieza Mihura sus imprescindibles Memorias, libro que conservo en una urna hipobárica sobre mi estantería y que extraigo con mucho cuidado en momentos de confusión o tristeza para recuperar de inmediato el gusto por la vida y la indulgencia hacia el género humano. Porque Miguel Mihura no es sólo el comediógrafo español más importante del siglo XX sino un prosista genial de una ternura y un divertimento nunca convencionales, y yo creo que su genio no tiene nada que envidiar al de Salinger, por ejemplo, aunque a los oídos beatos del papanatismo español este ponderado juicio suene a herejía.

En estos momentos una de sus mejores comedias, Maribel y la extraña familia, ocupa la cartelera del Teatro Infanta Isabel, y todos ustedes harían muy bien en ir a verla porque el reparto es excepcional –no hay actores ni actrices guapitos de tele contratados para reclamo comercial, y la calidad interpretativa se beneficia decisivamente de esa bendita ausencia– y porque el texto es de Miguel Mihura. La comedia insiste en los temas obsesivos del escritor, pues un escritor sin temas obsesivos está siempre muy cerca de ser un farsante: la denuncia de la hipocresía burguesa, el desafío a las convenciones sociales, la postulación de la alternativa epicúrea, la búsqueda de una ética libre del individuo en un siglo de morales colectivas y la proposición del humor y la piedad como lenitivos artísticos para la crudeza de la vida. No pueden ser temas menos originales, lo cual garantiza que son honestos. El mérito estriba en la amable ironía de su tratamiento, que sólo al final de su vida dejó que se deslizara por la torrentera de la sátira; en la bondad sublimada de los personajes, cuya idealizada factura sirve para combatir la misantropía que aquejaba al propio dramaturgo y a la cual buscaba antídoto en la ficción; en la introducción de recursos vanguardistas que anticipan en décadas el teatro del absurdo cuyo estandarte se apropiarían después Artaud, Beckett o Ionesco, con el precursor inclasificable de Alfred Jarry. La fascinante Tres sombreros de copa (1932) compite en la misma liga en que juegan las obras de estos nombres extranjeros, con la ventaja a mi juicio de un romántico sentido de humanidad, una especie de última calidez franciscana que brilla por su ausencia en la dramaturgia europea del XX, presidida por el escepticismo o directamente por el existencialismo. El personaje de Maribel repite ese arquetipo mihuresco entre lo alocado y lo candoroso, mezcla de mundanidad e inocencia que había inventado con la deslumbrante Paula de Tres sombreros de copa (y que se me ocurre emparentar con la dulce Irma de Billy Wilder). Maribel es prostituta y Paula una vedette de music-hall, y sin embargo ambas reservan no se sabe dónde una pureza de corazón que el atolondrado protagonista masculino termina pulsando, desanudando poéticamente. Y el espectador burgués, en lugar de escandalizarse, termina la función sinceramente conmovido. En ese efecto consiste la maestría inmarcesible de Mihura.

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26 agosto, 2013 · 11:47

La exquisita alegría de ser Salvador Dalí

A Dalí (Figueres, 1904 – Figueres, 1989) le habría gustado mucho enterarse de que la completísima exposición a él dedicada en el Museo Reina Sofía está salvando del cierre a los locales de la zona. Aquel hijo rebelde del surrealismo, a quien el patriarca Breton –en perfecto anagrama de las letras que forman el nombre de Salvador Dalí­– rebautizó como “Ávida dollars”, nunca se avergonzó de su fortuna astutamente amasada, de su olfato fenicio, de su pionera encarnación del artista capitalista en la ya convencional tipología del escandaloso calculado. Dalí es otro de los nombres del éxito, y él hizo que el éxito y el narcisismo resultaran tan artísticos como el malditismo y la bohemia autodestructiva.

A Breton y a Orwell les cabreaba profundamente el individualismo irreductible de Dalí en tiempos de grandes causas colectivas, fueran éstas el marxismo o el socialismo (y más adelante la misma democracia, frente a la que el pintor de Figueres se declaraba anárquico-monárquico metafísico). Sus guiños manifiestos a Franco y su incalculable legado testado a favor del Estado español y no de la autonomía catalana terminan de convertirlo en un artista incómodo para la izquierda orejera y para el aldeanismo institucional que rige su tierra. Pero tratar de encorsetar a Dalí en las tumefactas taxonomías de la crítica engagé o pretender ahormarlo a los propósitos propagandísticos de la política de barretina no es menos disparate que subir el zapato de tu mujer a una balanza adornada y llamar a la ready made “Objeto objeto escatológico de funcionamiento simbólico”. Con Dalí ni se puede ni se podía contar para ningún empeño social que tratase de involucrar a más de dos personas: el genio y su musa, o sea, Gala. “La lucha contra el mundo moderno tiene que ser solitaria. Donde haya dos hay traición”, escribió Gómez Dávila, y Dalí, que presumía de no tener un solo amigo porque Gala colmaba toda la potencia afectiva de su corazón, no luchaba contra el mundo moderno sino que más bien ampliaba sus márgenes para hacer hueco en él a su disparatada egolatría. En estos tiempos de socialdemocracia espiritual –una forma de pacatería supletoria y simétrica del pietismo santurrón­– que glorifican la humildad de los que no pueden ser otra cosa que humildes, Dalí nos señala el santo camino de la autorreferencia:

–Cada mañana, cuando me levanto, experimento una exquisita alegría, la alegría de ser Salvador Dalí, y me pregunto entusiasmado: “¿Qué cosas maravillosas logrará hoy este Salvador Dalí?”

Claro que es un camino sólo transitable por algunos elegidos, y en la im-pres-cin-di-ble entrevista concedida a Soler Serrano el propio genio rizaba el rizo de la modestia vanidosa:

–A medida que me admiro más, encuentro que soy una real catástrofe. Si hubiera dos mil Picassos, treinta Dalís o cincuenta Einsteins, el mundo sería prácticamente in-ha-bi-ta-ble. Pero que nadie se espante: no los hay.

No los hay, y por eso veneramos a los pocos que afloran. ¿Pero por qué la modestia en Dalí habría sido pecado? ¿Por qué suspendió el examen de graduación en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando –enojando mucho a su freudiano padre– al negarse a desarrollar el tema de Rafael ante un tribunal de tres catedráticos, alegando que él sabía más sobre Rafael que los tres miembros del tribunal juntos? Pues porque, efectivamente, sabía más. Todo el genial invento de la personalidad de Dalí se sustenta en un talento nato para el dibujo, una dolorosa hiperestesia, una técnica superdotada, un estudio obsesivo de los maestros del Renacimiento italiano y del Barroco español, una imaginación densísima, una formación intelectual de primer orden. Sin nada de eso, Dalí se habría quedado en Damien Hirst o en cualquier otro payaso del star system museístico posmoderno.

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14 agosto, 2013 · 12:23

Daliniana de Bárcenas con gaviota al fondo

«Los que me conocen saben que no soy un paranoico», ha declarado Pedro J tras denunciar un operativo de anacletos que le habría montado Jorge Fernández por esa molesta vocación de albacea que el director de El Mundo tiene contraída con Luis el Cabrón. Y aunque lo fuera, ya sabemos que ser un paranoico no significa que no te sigan.

La paranoia tiene una tradición muy rica en España. Prácticamente no se puede ser un gran periodista español sin denunciar seguimientos y ahí tenemos a José Luis Gutiérrez, que avistaba agentes del moro en cada terraza de la Castellana, lo que no quiere decir que no los hubiera. Como el periodismo, también el arte español –ambas disciplinas se ocupan de la realidad tanto como de la ficción– ha dado grandes paranoicos, siendo Dalí el más científico de todos ellos:

–La paranoia es mi misma persona, pero dominada y exaltada a la vez por mi consciencia de ser. Mi genio reside en esta doble realidad de mi personalidad; este maridaje al más alto nivel de la inteligencia crítica y de su contrario irracional y dinámico. Mi método consiste en explicar de forma espontánea el conocimiento irracional que nace de las asociaciones delirantes.

¿Es delirante la asociación entre Bárcenas, Rubalcaba y Pedro J? Tiene toda la pinta. ¿Significa eso que todo conocimiento que nazca de semejante alianza ha de ser irracional? Ah, amigo, eso deberá dirimirlo Pablo Ruz, cuyo flequillo moriría por pintar Dalí, por supuesto sobre el rostro de Gala.

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4 agosto, 2013 · 11:07

Una historia de la literatura para estómagos agradecidos

Famoso entre los griegos era el lujo con que vivían los habitantes de Síbaris, colonia aquea fundada al sur de Italia en el 721 a. C. que prosperó hasta extremos fabulosos gracias a la feracidad de sus campos y a la neurálgica ubicación de su puerto comercial en el Mediterráneo. Famoso fue el gobernador de Síbaris que prohibió los gallos para preservar el despertar natural de sus habitantes, y desterró a herreros y carpinteros porque el ruido de su oficio trastornaba el descanso popular. Famosa se hizo la leyenda de un sibarita que dormía en un lecho de pétalos de rosa y sin embargo un día se quejó a un forastero de que no había podido pegar ojo porque uno de los pétalos estaba doblado. Era fama que una red de canales transportaba el vino directamente del campo al centro urbano de Síbaris, para que sus avecindados pudieran embriagarse abrevando en las fuentes públicas. Y famoso fue el final de Síbaris, cuyos guerreros presumían de que sus caballos bailaban al son de la música; cuando entraron en guerra con la vecina Crotona, los crotonenses contrataron a músicos que en el fragor de la batalla empezaron a tocar sus instrumentos, poniendo a bailar a los caballos de los sibaritas, causando el desconcierto general –la lírica batiendo a la épica– y rindiendo la prodigiosa ciudad a sus enemigos, que la redujeron bárbaramente a cenizas, seguramente por envidia. Como siempre sucede en el mito griego, la soberbia acaba dictando la condena del héroe.

No estaban tan locos estos romanos.

No estaban tan locos estos romanos.

Nuestro tiempo no globaliza el lujo con la misma uniformidad que la miseria. Lo más parecido a Síbaris que tenemos hoy son los paraísos fiscales, que están restringidos a unos pocos sibaritas por herencia, pelotazo o maletín traspapelado. El sibaritismo se antoja una verdadera provocación en esta hora de socialdemocracia moral y liberalismo exclusivo, y desde luego se antoja un pecado bíblico para esa clase menestral de la intelectualidad que forman los buenos escritores. Los buenos escritores suelen ser sibaritas encerrados en el cuerpo de un pobre; de ahí el resentimiento que profesan a los grandes potentados de la sociedad, que suelen ser pobres recubiertos de sibaritismo deslumbrante. El buen escritor se encuentra entonces ante la disyuntiva del rencor o la imitación voluntariosa. Quienes se lanzan por el primer camino no revisten mayor interés, porque la envidia es un patrimonio barato, al alcance de cualquier fortuna. A mí me gustan, por su falta de hipocresía, los segundos, quienes escurren con sacrificio su pluma para reunir los honorarios que les sufraguen tanto confort como se puedan permitir.

Sibarita fue Larra, quien pese a todo su romántico dramatismo era la pluma mejor pagada del país y lo demostraba lavándose a diario con jabón de almendras, manteniendo un servicio plural y ceremonioso en su céntrica residencia de Caballero de Gracia y haciéndose ver por El Retiro en el mejor cabriolé del mercado, lo que equivaldría exactamente a revolucionar el Infiniti en un semáforo de la calle Serrano. Sibarita fue Wilde, que dilapidó su fortuna de exitoso dramaturgo llevando a cenar al diabólico Lord Alfred unas noches a Kettners y otras al Savoy hasta la catástrofe final. Debemos a Wilde –uno de cuyos más famosos personajes sentencia incontrovertiblemente: “Mis deseos son órdenes para mí»– el evangelio pagano del sibarita moderno en forma de aforismos: «El placer es la única cosa por la que se debe vivir. Nada envejece tan rápido como la felicidad».

El sibaritismo literario se ha vertido en géneros diversos, desde el erótico al convival, pero aquí queremos fijarnos en el género estrictamente culinario, pues comer y beber bien es quizá el más sólido y longevo de los placeres humanos. Uno, por ejemplo, deja de disfrutar del sexo mucho antes de seguir disfrutando de una botella de Borgoña; y cuando el Borgoña ya no nos sepa a nada, quizás haya sonado la hora de marcharse indignados de este mundo.

El banquete articula una de las vetas más cultivadas de la historia literaria desde la antigüedad grecolatina hasta los nuevos corifeos de la cocina fusión. Cada vez que los héroes de las epopeyas homéricas tienen algo que celebrar, se atracan de muslos pingües y jarras de vino convenientemente libado en honor de los dioses, lo que equivaldría a la bendición cristiana de los alimentos. De la Ilíada al Satiricón del árbitro de la elegancia, el romano Petronio –con su pantagruélico banquete del rico Trimalción–, la buena mesa sirve al escritor clásico para señalar la diferencia entre los pueblos bárbaros y la civilización. Dime qué comes y te diré lo que eres, proclamaría en el siglo XIX el fundador de la literatura gastronómica moderna, Jean Anthelme Brillat-Savarin, del que luego hablaremos. Homero, Hesíodo, Anacreonte, Píndaro, Heródoto, Jenofonte, Aristófanes, Plutarco o Ateneo concedieron a la gastronomía un lugar preponderante en sus obras, normalmente usando el motivo del banquete como marco narrativo o dialéctico. Pero fueron los romanos, con su proverbial sentido del orden y la jerarquía, los que nos legaron la primera monografía gastronómica medianamente completa de la literatura occidental. Se trata del De re coquinaria, o De la cocina, escrito en el siglo I d.C. por Marco Gavio Apicio, cuyo epicureísmo desacomplejado enojaba al bando estoico de su tiempo, formado por Séneca y Plinio el Viejo. En realidad, el epicureísmo de Apicio no llegaba a la suela de la incontinente sandalia de Lúculo, excesivo militar que se retiró con el botín de sus campañas a su fabuloso palacio del monte Pincio, cuyo lujo delirante sólo superaría la Domus Aurea de Nerón. Cuenta Plutarco que una noche, excepcionalmente, Lúculo no tenía invitados a cenar y sus criados le prepararon una colación si no frugal, tampoco suntuaria como era costumbre. Enfadado, Lúculo llamó a su mayordomo y le espetó: “¿No sabías que hoy Lúculo cena con Lúculo?” Y se hizo preparar en el acto un lujurioso convite para él solo. En 1929, Julio Camba se inspiraría en este legendario bon vivant para escribir la obra maestra de la literatura culinaria en castellano: La casa de Lúculo o el arte de comer. Si no es el mejor Camba –y eso es mucho decir–, no sé qué le puede faltar para serlo.

Hay tesis doctorales sobre la abundante cocina bíblica (que no se reduce al insípido maná). Y nos estamos ciñendo a la tradición occidental: China, Japón o la India –por no hablar del refinamiento culinario del mundo árabe, desde la voz incesante de Sherezade a los poemas andalusíes– manejan antiquísimas referencias gastronómicas. A una cocina propia, una literatura culinaria propia.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

Pantagruel en el Txistu, visto por Doré.

 Decir que el sibaritismo literario no estuvo bien visto en la Edad Media no deja de ser un prejuicio progre en cuanto traemos a la memoria los versos dionisíacos de los Cármina burana, los relatos licenciosos del Decamerón de Bocaccio o el programa vital de nuestro Arcipreste de Hita: “Como dice Aristóteles, cosa es verdadera / el mundo por dos cosas trabaja: la primera / por tener mantenencia; la otra cosa era / por tener juntamiento con hembra placentera”. Nótese que el sexo va en segundo lugar: lo primero en esta vida es comer bien. Pero la guadianesca corriente de lo pagano –siempre presente, aunque corra por el subsuelo– aflora en Europa con toda su transparencia al estallar el Renacimiento, que como sabemos no fue un estallido, como no lo es nada en la historia, y menos el Renacimiento. Y aquí surgen dos genios, franceses tenían que ser tratándose de cocina: Montaigne y Rabelais. ¿Hasta qué punto el estilo moroso y claro de Montaigne es un trasunto textual de la acción de paladear ese Château d’Yquem que le volvía loco? También el sensible trance de adjetivar lo acompañaba Pla del acto cadencioso de liar un cigarro. Y en nuestros días, un planiano acreditado como Arcadi Espada ha dedicado páginas de delicado estilo a la vida de château, al sabroso universo del queso y a la tarea de resaborización emprendida por El Bulli de Adrià.

En cuanto al genio incontinente de Rabelais, legó a la literatura mucho más que el adjetivo “pantagruélico”, el mismo que los tertulianos repiten sin saber de dónde procede. En su Pantagruel y en su Gargantúa, Rabelais reinventó la farsa narrativa a partir de la comedia aristofanesca, dio carta de naturaleza al humor grotesco, proveyó a Cervantes de los últimos mimbres para la invención de la novela moderna –Sancho es un personaje rabelaisiano-, prestó a Bajtín la teoría de lo carnavalesco –fundamental para la historiografía literaria– y en suma otorgó a la glotonería la centralidad temática que le venía siendo escamoteada en la ficción, al contrario que en la vida.

A partir de ahí, todo fue rodado. El género de la novela tuvo campo abierto a la gastronomía desde sus orígenes modernos, como prueba el Quijote en su segunda frase: “Una olla de algo más vaca que carnero, salpicón las más noches, duelos y quebrantos los sábados, lentejas los viernes, algún palomino de añadidura los domingos, consumían las tres partes de su hacienda”. La literatura picaresca española está obsesionada con la comida –el hombre se obsesiona siempre con aquello que se le niega–, del pobre Lázaro al “archipobre” Dómine Cabra de Quevedo. Los ilustrados, con esa manía de sistematizarlo todo, encerraron la cocina en tratados y enciclopedias, hasta que el advenimiento de un epígono genial, ya metido en rebeldías románticas: el citado jurista Jean Anthelme Brillat-Savarin, que elevó la cocina hasta el merecido cielo de nuestra gratitud: “El descubrimiento de un nuevo plato hace más por la felicidad de la humanidad que el descubrimiento de una nueva estrella. Estrellas hay ya bastantes”. Brilliat-Savarin escribió la normativa Fisiología del gusto, donde se contradice resueltamente ese estúpido refrán que reza que sobre gustos no hay nada escrito y donde se sienta jurisprudencia todavía vigente sobre las combinaciones de sabores admisibles en el marco legal de toda sociedad civilizada. Aún Camba le invoca a menudo como cita de autoridad, y eso que el gallego, anarquista de espíritu, reconocía pocas autoridades.

El mejor Camba surgía al hablar de comida.

El mejor Camba es el que habla con la boca llena.

El modernismo abrió paso a los más descarados epicúreos de la literatura occidental. De Wilde a D’Annunzio, de Huysmans a Valle-Inclán. Sin salir de España cabe vengar el hambre proverbial que aquí se ha pasado con la prosa deliciosa de obras como La casa de Lúculo, de Camba; La cocina cristiana de Occidente, de Álvaro Cunqueiro; Historia de la gastronomía o Viaje a Francia, del catalán Néstor Luján –quien luego escribiría al alimón con su paisano Joan Perucho El libro de la cocina española– ; Lo que hemos comido, del payés Pla; o Contra los gourmets, del bienhumorado Manuel Vázquez Montalbán.

Leamos, queridos lectores. Pero ante todo comamos. Comamos despreocupados del dinero, porque es en la falta de recursos donde comienza el apetito, y despreocupados también del colesterol, porque el arte de comer no debe ser sustituido por la ciencia de nutrirse. Comamos con la audacia del primer hombre que probó los caracoles, que ciertamente fue un hambriento y no un epicúreo, razona Camba, pero cuya valentía recibió el premio del sabor. Comamos concediendo a este acto la gravedad cultural que merece, conscientes, como nos pide Cunqueiro, de que “un fracaso coquinario equivale a un fallo en el meollo mismo de la civilización cristiana occidental”.

(Revista Leer, número 244, Julio-Agosto 2013)

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16 julio, 2013 · 12:45