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La pícara comezón de desollar al prójimo

El insulto es uno de los géneros más exigentes de la literatura y requiere enormes dosis de tacto y refinamiento intelectual. Lo escribí hace unos meses, añadiendo que insultarse está hoy mal visto en España, del mismo modo que está mal visto ganar el Premio Nobel o ameritar un crédito ICO. Si no hay talento para escribir grandes novelas ni guiones luminosos de cine español, tampoco iba a haberlo para insultarse con sabrosa malignidad, y la invectiva pública, tan fastuosamente cultivada por el español desde tiempos de Marcial, decae como cualquier género literario víctima de la revolución tecnológica y la crisis educativa, que es como decir de la falta de lecturas del personal. Twitter nos facilitó los mimbres para levantar un poco el rendido pabellón del denuesto, pero los resultados son más bien descorazonadores. Hay pocos trolls verdaderamente creativos. Y como la gente ya no sabe injuriarse con buen gusto, las asociaciones de prensa, en vez de impartir cursos de formación en maledicencia ilustrada, han resuelto condenar el insulto como una práctica bárbara, ignorando su importancia motriz en la fundación y desarrollo de la institución. El periodismo se inventa para meterse con los demás; de qué todo este rollo, si no.

Para calibrar la desoladora distancia que nos separa entre lo que fuimos y lo que somos, basta leer un libro rigurosamente descatalogado que conseguí por la benemérita mediación de Iberlibros. Se trata de La linterna de Diógenes, de Alberto Guillén. Ustedes no habrán oído hablar de él por esta misma moda de denostar al denostador que vengo denunciando. Pero es el clásico de historia literaria española mejor escrito del siglo XX y el muestrario de vanidad letraherida más fascinante y divertido que he leído en mi vida. No he podido dejar página sin subrayar. Es un libro que justifica no una tesis, sino una cátedra de literatura hispánica. Es un perdurable monumento a la fatuidad irredimible de los hombres de letras, un Machu Picchu de la sátira venenosa, un reguero monstruoso de ídolos caídos, una cumbre de la vis cómica a la altura de Aristófanes y Quevedo escrita por un emigrante peruano de 23 años en la escena literaria madrileña dominada por los ismos y las generaciones del 14 y del 98. El buen juicio de Alberto Olmos comparte aquí el descubrimiento definiéndolo con tanta plasticidad como tino: “un rayajo de coca para los lectores de la toxina literaria”.

Alberto Guillén, que solo por esta obra ya discute a Mario Vargas Llosa la primogenitura literaria de la ciudad de Arequipa (donde había nacido en 1897), se plantó en Madrid en 1920 ahíto de arrogancia juvenil, dispuesto a situarse como uno más entre los grandes literatos españoles y a ceñir el laurel del éxito sonoro en la antigua metrópoli. La ambición fantasiosa es habitual en veinteañeros altivos; lo que no suele suceder a esa edad es que además la acompañe una erudición clásica, un estilo maduro, un vocabulario fecundo, un control pleno del tono y el humor, un dominio ciertamente insultante del retrato psicológico, un talento en suma tan cuajado como el que derrocha el autor de La linterna de Diógenes.

Guillén estaba dotado de un talento singular y de una vívida conciencia de la singularidad de su talento, dejémoslo en egolatría justificada. Ocurre que la egolatría es la primera instancia de la decepción. Cuando esta llega, algunos se deprimen y otros se vengan. “Su faz apuñaladora era faz de hombre sanguinario, que ha asistido al sacrificio de los imbéciles en el ara de los sacrificios. (…) Estaba borracho de orgullo y tuvimos cuidado con él como con los borrachos de vino. (…) Pronto me di cuenta de que tenía talento, y talento peligroso”, rememora Gómez de la Serna, que aceptó al peruano en la sagrada cripta del Café Pombo. Guillén frecuentó tertulias y aduló a los mandarines del momento; en Madrid logró publicar tres poemarios pero traía ideas demasiado miríficas sobre la generosidad de la Madre Patria y no encontró otra cosa que el eterno mundillo infatuado de ayer y de hoy, admirable solo en las obras y ruin en los caracteres, despreciativo de cuanto ignora, cerrado a corrientes foráneas que amenacen su prestigio arduamente erigido sobre obediencias debidas y colegas descabalgados. Pero antes de salir de aquí sacudiendo el polvo de las sandalias, decidió que aquella corte de ingratos pavos reales se acordaría de él. Y vaya si se acordaron. “Guillén pasó por España como el simún por el desierto”, exclamaría el venezolano Rufino Blanco-Fombona recordando el fenomenal escándalo que siguió a la publicación de La linterna de Diógenes.

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8 julio, 2013 · 14:43

El perdido orgullo de ser tertuliano en Madrid

[Un paseo literario por la capital de las tertulias, las greguerías y los bastonazos, publicado en papel en Jot Down]

Muchos hacen del café una sucursal de su casa, advertía el humanista Ángel Fernández de los Ríos a mediados del siglo XIX, cuando podemos datar el estallido de la edad de oro del café literario español. Y como español, madrileño, rompeolas de todas las etcétera. “En Madrid, en España, a Dios gracias, cuando buscamos a un hombre de negocios no solemos saber dónde tiene la oficina ni nos importa demasiado, pero sabemos a qué café va y, con eso, nos basta, porque allí lo veremos inmediatamente y nos recibirá con la cordialidad humana que se tiene en los sitios donde se bebe y se come y no tendremos que esperar en una salita donde no hay más que revistas de esas que nadie ha leído nunca”. He aquí la respuesta que en los años del crack del 29 daba Edgar Neville a esa indignación tan oída que hasta nosotros mismos incurrimos en ella:

-¡Y luego dicen que hay crisis! ¡Mira cómo están las terrazas de Madrid!

Eso es no entender que los españoles empiezan a  solucionar la crisis yéndose de cañas, porque a ningún español se le puede ocurrir un negocio viable metido en una oficina como hacen los americanos, que por eso sufren esa crisis atroz que les persuade de tirarse por las ventanas, se dice Neville. El café acoge por tanto el justo medio entre la intimidad de la casa y la arrogancia de la oficina del español, sea este viajante de comercio o letraherido con ambiciones. Porque luego, en el café, cada cual se comporta como lo que es y aquí nos interesa el comportamiento literario en esas tertulias madrileñas que según Valle-Inclán ejercieron más influencia en la literatura y en el arte contemporáneo que dos o tres universidades y academias. Y a cualquiera que haya llegado a la vida con tiempo suficiente para vivir y discutir en la cafetería de la facultad –más que en el aula misma- antes de la venida de las redes sociales, no le parecerá esperpéntica la afirmación.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

La tertulia de Pombo acaudillada por Ramón y pintada a la tremenda por Solana.

En puridad, la afirmación de Valle se circunscribía al Café de Levante, que conoció en Madrid tres ubicaciones distintas: Alcalá, Puerta del Sol y Arenal. Durante cerca de un siglo puso en conocimiento a escritores consagrados con plumillas anhelantes, a militares achispados con feminerío del cuplé: “En el Café de Levante, entre palmas y alegrías, cantaba la zarzamora…” Y pegaba en este punto un volantazo Lola Flores. Sin embargo, el autor de Luces de Bohemia era asiduo más bien a la tertulia de El Gato Negro, fiel a los nuevos aires afectadetes de los modernistas, en donde la voz cantante la llevaba otro dramaturgo no menos atildadín: Jacinto Benavente. Era un antro de techo bajo y mal iluminado aunque ancho de divanes cuyo máximo atractivo residía en la pared postiza que comunicaba el café con la escena del Teatro de la Comedia a cuyo costado se adosaba el local, en mitad de la calle del Príncipe. Tertulia y espectáculo: dos por uno, más el coloquio posterior con Benavente. A Ramón, en cambio, aquello le parecía una ermita para amateurs del esteticismo: “Fue un café banal desde el principio con sus gatos de bazar. Era un remedo incongruente del célebre Gato Negro parisiense”. Hoy, oh Cronos inclemente, no queda más rastro de las rubenianas veladas gatunas que una tienda de ropa y complementos que se publicita como “exótica”.

En la misma calle, desembocando ya en la Plaza de Santa Ana, en el sótano anexo al Teatro Español que ocupaba el desaparecido café del Príncipe arraigó la tertulia decana de este parnaso, aunque sus modestos protagonistas prefirieron llamarla El Parnasillo. Pero estamos en pleno romanticismo y no son nombres modestos los que conformaban aquella esclarecida reunión. Desde 1829 allí se dieron cita periodistas, poetas, dramaturgos y artistas de la talla de José de Espronceda, Mariano José de Larra, Ramón Mesonero Romanos, Juan Eugenio Hartzenbusch, José Zorrilla, Enrique Gil y Carrasco, Madrazo, Rivera o Esquivel. Se reunían allí imantados por el Español, antiguo Corral del Príncipe, donde cada quien aspiraba a estrenar sus comedias; porque lo que es el local, Larra lo describía como “reducido, puerco y opaco”, y Mesonero daba en el clavo romántico de esa fascinación hipster que ejerce la bohemia al insertar el matiz causativo: “A pesar de todas estas condiciones negativas, y tal vez a causa de ellas mismas, este miserable tugurio, sombrío y desierto, llamó la atención y obtuvo la preferencia de los jóvenes poetas, literatos, artistas y aficionados”. Hoy es una vinacoteca discretita desde la que contemplar a la paloma de bronce equivocándose eternamente en las manos de bronce de la estatua de Lorca ubicada en el centro de la plaza.

De la voracidad de la piqueta acaso el ejemplo más duro –por lo violento del contraste entre su ayer y su hoy- sea el del Café de Fornos, gloria de la hostelería, leyenda del noctambulismo desde 1870 hasta 1908 en cuyo lugar –cruce entre Alcalá y Virgen de los Peligros- se erige ahora un filisteo y desangelado Starbucks con un rombito municipal en sepia que recuerda los días de vino y rosas. Lo fundó un fámulo del marqués de Salamanca y escribió la crónica periodística de su inauguración el mismo Gustavo Adolfo Bécquer, a quien se conoce que no le rentaban mucho las rimas ni las leyendas. Tenía dos cosas asombrosas para la época: tubos de ventilación y murales pintados al fresco por los mejores pinceles del momento, incluido Zuloaga. Ah, y otro aliciente fundamental: putas elegantes, que tanto lustre daban al París de la bohemia. ¡Que no falte de nada! Fornos fue el equivalente madrileño de Maxim en París o el Rector en Nueva York. Algunos cronistas de la época cuentan que en los bajos del Fornos, dotados de cuartos de alquiler a precio de burdel de lujo, se celebraban fiestas de ocho días seguidos a las que se dice, se comenta, asistía con verdadero compromiso Manuel Machado; para que luego vengan a inventarse las raves los voluntariosos muchachos del FIB. Así lo rememoraba Zamacois, nombre santo de la novela sicalíptica y de la bohemia en general, para quien el Fornos era una mezcla –españolísima- de teatro y de iglesia:

“El viejo Fornos, con sus bronces artísticos, sus zócalos de caoba y sus techos pintados por Sala y por Mélida, ofrecía no sabemos qué de suntuario y de frívolo, de distinguido y de escandaloso, de aristocrático y de bohemio, que, según el momento del día, invitaba a sus clientes a la contemplación silenciosa o acicateaba su regocijo”.

La Generación del 98 hizo su asiento en el Fornos, se dolió de España en el Fornos a todo doler. Allí le fue presentado Baroja a Unamuno, y con ellos tertulianeaba Azorín, por entonces aún abrazado a la causa del anarquismo. Allí almorzaba el enciclopédico Menéndez Pelayo si se encontraba en Madrid. Allí se inventó el pepito de ternera. Por allí pasó Mata Hari. Allí sitúa Hemingway una escena de Muerte en la tarde. Y allí se tomó su último real chupito Amadeo de Saboya antes de abandonar este país para no volver jamás. Pero suele pasar que a los padres pioneros les suceden hijos conflictivos y Manuel Fornos eligió la manera más vanidosa de dilapidar una herencia: se metió en el reservado número 13 del café fundado por su padre y se pegó un tiro en la cabeza. La performance logró un efecto propagandístico innegable y el local entró en una decadencia sin paliativos. Lo compró un banco, le cambió el nombre, lo transformó en cabaret, lo acabo chapando y hoy es un Starbucks preocupado por el certificado eco-responsable LEED de eficiencia energética e hídrica, y cito textualmente del folleto.

Habíamos dejado a Valle de contertulio modernista en El Gato Negro, pero pronto el gallego adquirió estatura artística personal como para fundar tertulia propia en el Café de la Montaña, situado en los bajos de ese edificio de la Puerta del Sol que lleva publicitando Tío Pepe desde que tío Pepe estaba vivo, si no antes. Sus habituales lo rebautizaron como “café pulmonía” porque sus puertas se abrían a las terribles corrientes paralelas que patrullan Alcalá y la Carrera de San Jerónimo. Un día llegó Valle con ganas de incendiar Twitter. Estaba concertado un duelo de dibujantes y Valle tomó apasionado partido por uno. El periodista Manuel Bueno –al que los milicianos pasearían en Montjuich en 1936- le replicó tranquilamente que su favorito no podría competir por ser menor de edad. Valle se enfureció. Bueno le contestó. Valle asió una botella de cristal. Bueno blandió el bastón. Valle recibió un bastonazo en el antebrazo izquierdo y el gemelo se clavó en la piel ante la atenta y entretenida mirada de Gómez de la Serna, que no perdía ripio. Aquella estúpida herida se infectó y a los dos días tuvieron que amputarle el brazo al genio del esperpento, mancado a mayor gloria del género de su invención. Carmen de Burgos homenajeó aquel templo en el que Alejandro Sawa relataba a quien le quisiera oír cómo Víctor Hugo, en París, le había besado en la frente. Sin contraer el tifus, le faltaba añadir. Hoy las excavadoras trabajan el interior de aquel café donde los tertulianos más geniales llegaban a las manos como carreteros, justo al contrario que en las tertulias de hoy, donde teorizan como carreteros pero se rehúyen como intelectuales. Del puro escombro se alzan solo las esbeltas columnas como huesos mondos de un pasado grueso en anécdotas.

En 1920 se planta en Madrid un inquiero argentino llamado Jorge Luis. Quería ser poeta de vanguardia y le encaminaron al Café Colonial, donde reinaba Rafael Cansinos Assens. “Fue mi maestro. Era inteligente y de pocas palabras, sabía diecisiete idiomas clásicos y modernos, leía la Biblia en el texto original y se convirtió al judaísmo por convencimiento, sin tener ningún antecedente genealógico judío”. Donde Borges dice “se convirtió”, hay que leer: “se rebanó el prepucio”. Así era Cansinos: un circunciso vocacional. Vanguardia punk. La novela de un literato es el monumento que su memoria levanta a la bohemia condensada como un chubasco de talento indefinido y miseria concreta en aquel santuario de Alcalá número 5:

«El café Colonial ha sucedido a Fornos como centro de la vida nocturna del Madrid bohemio y artista. A la salida de los teatros, cuando los focos voltaicos de la Puerta del Sol se extinguen como una fulguración de desmayo y los últimos tranvías salen atestados de gente, El Colonial empieza a llenarse de un público heterogéneo, pintoresco y ruidoso. Llegan las artistas de varietés, pomposas y risueñas, todavía con el maquillaje de la escena, con sus grandes sombreros, sus trajes llamativos y sus dedos cuajados de sortijas, escoltadas como duquesitas dieciochescas por su corte de admiradores, señoritos juerguistas, viejos calaveras que todo el mundo conoce por su dinero, periodistas, agentes de varietés, vendedores de joyas, autores de cuplés, pequeños compositores, y mujeres viejas, con aire de falsas madres que a veces lo son de verdad… y descubren el fondo de miseria, de donde ellas han salido».

Donde antaño calentaba esta indecible bujía de humanidad hoy comparece la aséptica fachada de una sede del Ministerio de Hacienda. Solo el ornato churrigueresco del dintel principal parece guardar la memoria de lo que sucedió en su planta baja.

Otro edificio institucional, esta vez de la Comunidad de Madrid, vela en el 4 de la calle Carretas la soberbia leyenda de Pombo y su cripta sagrada, cuyo sumo sacerdocio ofició Gómez de la Serna con carisma de orador sedente, según notaba Pla: “Es tan sensible la diferencia que existe entre el Ramón sentado y el Ramón de pie, que es probable que si no hubiese en este mundo sillas y mesas no habría llegado a ninguna parte, no sería absolutamente nada, no se habría hecho el nombre que tiene, un nombre que está destinado a producir un impacto en el extranjero y a impresionar al intelectual provinciano.” La vida cultural de Madrid equivalía por entonces a una gran tertulia dividida entre aliadófilos y germanófilos a propósito de la Gran Guerra, pero a Ramón la política le aburría insoportablemente; hablar de política, cuando uno se podía pasar la noche del sábado enhebrando greguerías desde las diez de la noche hasta las tres de la mañana, le parecía de un mal gusto lamentable. Así que prohibió hablar de política en Pombo, y sorprendentemente encontró a otros españoles que aplaudieran la idea, y luego todos juntos fueron magníficamente retratados por Solana. La tertulia se desarrollaba bajo normas estrictas: se sentaban todos alrededor de una mesa larga, tocados con sombreros de copa, bajo la atenta mirada de la Virgen del Carmen que presidía la sala. El local estaba alumbrado por luz de gas y constaba de un buzón donde depositar las cartas dirigidas a Ramón. Algunos divanes rojos y anchos espejos de caoba para calibrar el efecto de tu agudeza en el compañero adyacente. Y así se crea un movimiento literario.

Para aguda, la tertulia asturiana que lideraba Clarín, bien flanqueado por Palacio Valdés, en lo que hoy son las dependencias del Teatro Reina Victoria –en el 24 de la Carrera de San Jerónimo- y que el padre de Ortega y Gasset bautizó como el “Bilis club”. Los chistes malos eran castigados con severidad. La invectiva contra los mandarines culturales del momento, una obligación jubilosa. La crítica feroz de las novedades editoriales, un vicio sádico. La sátira, un medio de ganarse la vida a través de las diversas revistas que en aquel café diabólico se fraguaron para desesperación de los malos escritores.

En el abigarrado laberinto de callejas acorraladas entre Atocha y la Puerta del Sol sucede casi toda la historia literaria de España. Hubo unos años en que la calle del León, donde uno se arregla las camisas o compra la fruta, hacía coincidir los paseos cotidianos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo y Góngora. El día que eso pasaba los vecinos se metían corriendo en casa, lógicamente. En el 18 de la calle Huertas vivía el manco de Lepanto; la paralela calle Lope de Vega vio expirar del todo al fénix de los ingenios, cuya legendaria feracidad asombraba a Truman Capote; las calles de Cervantes y de Lope están unidas por una travesía, hoy llamada de Quevedo, donde vivió alquilado Góngora diez años: el cabronazo padre del conceptismo lírico, en uno de los escasos momentos en que no andaba preso por orden de algún valido susceptible, logró reunir el dinero suficiente para comprar aquella casa y echar a su odiado inquilino culterano a la puta calle en pleno invierno, desahucio fáctico con escrache endecasílabo. Faltaba mucho todavía para la invención del corporativismo, señores, así como para la del Premio Príncipe de Asturias de la Concordia. Pues bien, internándonos por la cercana calle de la Victoria descubriremos que a su costado se abre el coqueto Pasaje Matheu, un reducto afrancesado en el corazón castizo de Madrid, como Little Italy lo era de lo suyo en Manhattan. En una de sus esquinas se estableció en 1867 el Café de Francia –hoy tugurio bachatero-, que acogía a los conservadores, y en la esquina de enfrente abrió en buena lid el Café de París, guarida de los jacobinos donde actualmente se levanta un moderno y señorial Café de Levante que no tiene que ver con el pedigrí homónimo. A estos dos cafés extranjerizantes correspondió el honor de haber inventado la terraza madrileña. Tratándose de una importación transpirenaica, la idea no fue recibida de grado por la cejijuntez nacional, que murmuraba al pasar por allí: “Si será pequeño el local que tienen que sacar las mesas a la calle…” Pero ya sabemos lo rápido que el español recorre el trecho antónimo entre recelo y papanatismo, y ambos locales triunfaron pronto precisamente por su diferencia. El ilustrado dueño del Café de Francia fomentaba en su interior -equipado con exóticas mesas de billar- un escandaloso silencio que se rompía jubilosamente cada 14 de julio, cuando toda la colonia francesa del Pasaje Matheu se reunía para conmemorar la toma de la Bastilla: faroles, bailes e interpretaciones a pulmón de la Marsellesa animaban aquella nuez urbana de afrancesamiento bajo la mirada reprobatoria, suponemos, de los vecinos con abuelos caídos en el lío del Dos de Mayo.

También en Alcalá -arteria de la cultura libresca madrileña del mismo modo que la Gran Vía representaría la cultura espectáculo-, en el edificio contiguo a la famosa Pecera del Círculo de Bellas Artes (de algún prestigio aún entre la intelligentsia) que hoy, degenerando, ocupa el Ministerio de Educación, abría sus puertas La Granja del Henar donde convocaba a sus selectos regeneracionistas don José Ortega y Gasset para rajar de la monarquía, pasatiempo que luego continuaba en el Ateneo. Pero no todo iba a ser filosofar y cocinar la república: allí también celebraban su tertulia los humoristas, con Jardiel y Mihura a la cabeza. Este último hizo a menudo la estupenda elegía de aquella buena vida:

“Era un mundo gracioso, en el que entrábamos de tertulia a las seis de la tarde, a las diez nos íbamos a tomar un brebaje que no me acuerdo cómo se llamaba, un aperitivo, vamos. Luego, cenábamos y otra vez de tertulia, hasta la madrugada en que nos íbamos a casa a trabajar. Por eso ahora, cuando le dicen a uno lo de la contaminación, imagínese el cachondeo que me entra, cuando me he pasado los mejores años de mi vida metido en La Granja del Henar”.

Ustedes esperarán que aquí hable del Gijón y del Comercial, claro. Más que nada por ser los únicos cafés literarios que se conservan en Madrid desde los años heroicos en que la cultura se cortaba y se pegaba, sí, pero cara a cara; sin un duro, como siempre, pero de traje reglamentario; dividida por encendidos sectarismos, sí, pero se podía fumar. Es que del Gijón ya se ha hablado mucho: de la concentración de Ruano, del premio fundado por Fernán Gómez, de la noche en que llegó Umbral y del caro menú de verano en la terraza. El Comercial era la colmena que inspiró a Cela y en sus veladores, siendo uno universitario, dejaba voluntarioso los números de su revista literaria. Ambos locales desafían aún a esa clase de traumática alteración –franquicia, entidad bancaria, sede institucional, boutique o pub- que llevamos registrada.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el proceso de la decadencia tertuliana.

Bustos debutando como tertuliano en Telemadrid el 21 de junio de 2013, último eslabón en el triste proceso de la decadencia tertuliana.

Hablemos por último del Café Lion, verdadero place to be durante la edad de plata de nuestra literatura. Mientras en la planta superior hacían tertulia los del 27, en el sótano llamado de La Ballena Alegre componían el Cara al Sol los escritores falangistas comandados por José Antonio. Se cruzaban unos y otros camino del baño en plena II República, pero durante un tiempo aún prevaleció la fraternidad de la pura inteligencia: no hay que olvidar que Lorca cenaba los viernes con Primo de Rivera, amigos inequívocos. Tras la guerra, el Lion aún fue destino de los Sastre, Ferlosio y Aldecoa. Ahora aquello es el James Joyce, y el simpático irlandés que lo regenta nos cuenta la historia de cómo la iglesia irlandesa subastó los muebles de sus templos para resarcir a las víctimas de la pederastia. Nos señala orgulloso la madera de sus veladores, iluminados por vidrieras con efigies de escritores españoles e irlandeses.

-¿Y por qué Saramago?

-Me equivoqué. Pensaba que era español…

En el viejo Madrid eso nunca le habría pasado. Los conocería a todos.

(Jot Down, número 4, junio de 2013)

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21 junio, 2013 · 15:52

La homérica decisión de ser Mourinho

La leyenda en marcha.

La leyenda en marcha.

Una tarde de 1926 o 1927 el joven Ruano recibió del escritor Vargas Vila –“un D’Annunzio para negros”– la lección inaugural de la vida del artista. El escritor veterano le preguntó al aspirante si ya tenía una leyenda:

«Yo casi me tanteé los bolsillos. Lo preguntaba como si eso de tener una leyenda fuera como tener cerillas o llevar pañuelo.

–Pues, yo… no… Creo que no. Es decir, se han dicho cosas malas de mí, claro está, pero tanto como tener una leyenda….

–Pues cuide mucho de tener una leyenda. Si no tiene difamadores, haga por tenerlos. Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada. Ya sabe usted ser audaz, hacer elogios crueles y meterse con los maestros. Ahora procure usted que le difamen. ¡No hay tiempo que perder!»

José Mário dos Santos Mourinho Félix escuchó en algún momento el mismo consejo, o bien arribó por sí mismo a su mefistofélica verdad. Un hombre sin enemigos es un hombre sin carácter, sentenció también Paul Newman, que probablemente se lo habría oído balbucear borracho a Marlon Brando. Y desde entonces Mourinho no tuvo tiempo, cámara, micrófono ni rueda de prensa que perder hasta convertirse en uno de los contadísimos hombres con leyenda a la altura de la gran iconografía pop del siglo XX, de Jim Morrison a Steve McQueen, de Céline a Andy Warhol. Cuando Mou se vaya del Madrid, una oleada terminal de nuevos EREs acabará de cebarse con las redacciones de los periódicos deportivos. A ver cómo venden luego, vaticina Ruiz Quintano, este titular: “Toril: No hay enemigo pequeño”.

Las leyendas se hacen, pero primero nacen. La leyenda de Napoleón se sostiene no sobre los famosos caprichos de su temperamento sino sobre una treintena de batallas ganadas en todos los campos de Europa con la aplastante superioridad que le allegaba una visión superdotada para la estrategia. A Mourinho no le aplaudiríamos algunos mourinhistas ciertos excesos sanguíneos de su talante si fueran los pretextos más o menos enfáticos de un perdedor recurrente o un preparador mediocre. Pero le admiramos porque gana; porque lo gana todo y se sirve de todo para ganar, y las escasísimas veces que pierde siempre logra presentar con verosimilitud la derrota como la injusticia arbitrada por un enemigo terrible. Mourinho depara así al XXI la actualización de los arquetipos narrativos descritos por Vladimir Propp a propósito del cuento de hadas, con sus héroes y sus villanos, sus ayudantes y sus oponentes, sus objetivos y sus trampas. Solo que Mou, moderno al fin, es capaz de encarnar varias funciones sucesivas en el relato de una misma Liga o copa de Europa –¡incluso de un mismo partido!–, mutando de una a otra a conveniencia de su fin, y si hay un solo ámbito en el que el fin justifica los medios, ese es el fútbol. Para escandalizarse con gravedad farisea ya tenemos a Renault en el bar de Rick’s: “¡Qué escándalo, aquí se juega!” Pues sí: Mourinho juega. Y gana.

–No me llamen arrogante, pero soy campeón de Europa y pienso que soy un tipo especial –declaró al fichar por el Chelsea tras ganar un inusitada Champions con el inusitado Oporto, granjeándose ante la prensa inglesa un título para los restos: The Special One.

No es Mourinho el primer entrenador que dice lo que de verdad siente en una rueda de prensa, ni el primero en usar la ironía con dosis ciertas de creatividad: ahí está Bill Shankly, el mítico técnico del Liverpool, capaz de sentenciar: «El Everton juega tan mal que si jugasen en el jardín de mi casa correría las cortinas para no verles». Habría plumillas que al oír aquello se entregarían al escándalo beato y a reivindicaciones febriles de señorío, pero hoy Shankly es memoria venerada del fútbol mundial y no se precisa la imaginación de Julio Verne para proyectar con exactitud el tamaño gigante que la sombra de Mourinho arrojará sobre la historia de los entrenadores de fútbol. Que arroja ya.

Lo original del desafío que José Mourinho tiene lanzado a la hipocresía, la cual constituye la primera norma de la civilización, es la exigencia homérica que conlleva su sostenimiento sobre el único crédito de la victoria permanente en los terrenos de juego. Es un hombre sometido a la presión no compartida que reclama sobre sí su propia leyenda, acechada por una hegemonía de servidores del revanchismo (también entre los organismos que regulan el fútbol) que esperan su fracaso en lo profesional para descalificarle en lo personal. Sobradas muestras de bilis –incluyendo la intromisión en la vida de su madre o de su hijo pequeño– ha dado la prensa deportiva española, singularmente aquella que se tenía por madridista y que dejó de serlo en coherente reacción al poder perdido a manos de un entrenador que solo se concibe plenipotenciario. Pero siempre con garantías: en números redondos, José Mourinho ha batido todos los récords de los equipos por los que ha pasado, incluyendo el Real Madrid, que no es un club de pocas ni rasas marcas.

A su erosivo, consciente propósito de ser leyenda y cimentarla día a día, país a país, siendo el mejor en su oficio, se añade en Mourinho otro pábulo de rendida fascinación. Y es la distancia desorbitada que media entre los caudalosos amazonas de tinta generados por su figura –cruzados de afluentes, arroyuelos y regatos contradictorios, en donde resulta descabellado el intento de cribar la pepita de la certeza contrastada– y los escuálidos hilillos de genuino conocimiento que afluyen a los medios acerca de su personalidad real. Lo que sabemos de José fuera de Mourinho lo han ido contando mayormente sus futbolistas, y la versión no puede diferir más de la promesa de azufre que formula su mera presencia, según nos tienen avisados. Él mismo se ha cuidado de que así sea, porque no intima jamás con periodistas –tampoco con los partidarios–, sabiendo el precio que se sigue de ello. Por no saber, ni siquiera sabemos cuándo se va de sus equipos. Mourinho es el único que controla tanto su verdad como su leyenda, y por eso entendemos tan bien el odio sincero que le profesa el periodismo, condenado a especular sobre un personaje irrepetible, mediático como ninguno en el mundo, que paradójicamente se le escapa entre las manos.

Aquel consejo que Vargas Vila le dio a Ruano se completaba así:

–Hágase usted fuerte en sus vicios, sea orgulloso y administre y exalte sus defectos. Es el modo de triunfar. ¿A que nadie le recomienda a usted esto? Porque el deseo de todo el mundo es debilitar a quien pueda hacer algo. Así le dirán que sea bondadoso, para vivir a costa de su bondad; que sea modesto, para que no les haga sombra; que cultive sus virtudes, por miedo a que pueda cultivar sus vicios. Sea usted orgullosos, y, sobre todo, oiga bien lo que le dice un viejo: siembre odios. El odio da vida al que es odiado.

(Publicado en Suma Cultural, 26 de abril de 2013)

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Archivado bajo Suma Cultural - Revista Unir

Roma 2013. Apuntes de una peregrinación

El 11 de febrero de 2013 Joseph Ratzinger decidió renunciar al papado e imprimir así un cierto giro a la historia de la Iglesia que no se estilaba desde 1294. La noticia nos pareció suficientemente sugestiva a una banda de cinco periodistas de La Gaceta, propiedad del Grupo Intereconomía, que andábamos por entonces —y ahí seguimos— necesitados de estímulos espirituales, puesto que los materiales nos estaban siendo negados desde hacía meses; cuatro nóminas por cobrar, exactamente, y una consecuente huelga indefinida de la redacción. Era la segunda huelga que le hacía yo a este periódico en cinco años, con propietarios distintos, y aunque la nueva propiedad ofrecía al ejercicio sindical más alicientes que la anterior por su descarada similitud con el equipo municipal de Bienvenido, Mister Marshall —parangón en el que ahora no voy a extenderme—, lo cierto es que la lucha perdía novedad y ganaba desesperanza vertiginosamente cuando la renuncia de Benedicto XVI vino a remover nuestro marasmo existencial.

—Nos vamos a Roma y a tomar por culo todo.

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Bernini, el genio desatado. (Wikipedia)

—Venga.

Con palabras parecidas empiezan siempre las peregrinaciones más memorables. Y aunque el eco se había adueñado de la Visa y el bolsillo boqueaba exhausto por la incuria del patrón, no lo pensamos más y con lo restante cogimos billete a Ciampino en Ryanair —lo que quizá siempre deba pensarse más— y techo en una pensión cercana a Termini de precio tan irrisorio que confesarlo aquí me produciría bochorno y también algún temor a la condescendencia de los pordioseros que duermen acartonados bajo los soportales de la Plaza Mayor.

Día primero

Cae una lluvia fina cuando un autobús nigeriano nos introduce en la Ciudad Eterna procedente del aeropuerto. Dejamos las maletas en la habitación quíntuple, almorzamos unas porciones aproximadamente infames de pizza callejera y traspasamos el atrio de Santa María la Mayor, primer hito turístico de nuestro peregrinaje. Allí, a la derecha del altar, bajo una lápida insignificante y penumbrosa reposan los restos del fastuoso Gian Lorenzo Bernini, por quien profeso desde mi primer viaje adolescente a Roma una turbadora devoción que procuraré inocular en mis cuatro compañeros, con un éxito espero dos puntos por encima de incontrovertible y solo uno por debajo de febricitante. Empezamos ahí, testimoniando su humildísimo fin para ir retrocediendo en flash-back no temporal sino espacial a los días gloriosos de su ejecutoria eternizada en piedra.

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8 abril, 2013 · 20:09