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Maquiavelo 2015

Maquiavelo vestido de seda, Maquiavelo se queda.

Maquiavelo vestido de seda, Maquiavelo se queda.

Pla adoraba a Maquiavelo porque en época de superstición se ciñó a los hechos, y porque bajo la ola petrarquista escribió prosa de pura observación, que es la única forma no perecedera de vanguardia. Maquiavelo es el colmo del realismo que el tierno socialdemócrata preferirá llamar cinismo. Pero alguien tiene que decir la verdad de vez en cuando.

El sábado en el Coliseo Carlos III de El Escorial el actor Fernando Cayo puso en pie al mismo Niccolò di Bernardo dei Machiavelli en metamorfosis fidedigna pero vigente, enjundiosa pero vibrante. Desgranó las verdades sin caducidad de El príncipe en el soliloquio que desde el siglo XVI ha retumbado en la mente de todo estratega ambicioso. Porque el modo de conducirse de los hombres -la gran premisa maquiavélica- no cambia jamás. Sea cual sea el régimen con que se gobiernen o la sigla que los cobije. Extraje cuatro ideas definitorias, una para cada partido en liza.

1) La ocasión: Podemos. Para alcanzar el mando el príncipe debe aguardar la ocasión, que consiste siempre en un momento catastrófico de la patria. El asalto al poder sólo es posible desde un estado general de postración, real o propagandística. Sólo cuando ha persuadido a Florencia de la absoluta corrupción reinante logra Savonarola instaurar su inflexible teocracia. Claro que al poco tiempo el fraile ceñudo es quemado en la hoguera de la propia vanidad, de la cual va bien servido Iglesias Turrión.

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25 agosto, 2015 · 11:12

Benítez en Alesia

Cómo defender los balones parados.

Cómo defender los balones parados.

La pasada campaña no se recordará por el fútbol primoroso que desplegó el Madrid de James hasta enero, ni menos por el pecado de chulería y contraataque que madrugó la condena de Lucho; se recordará por el triplete del Barça. El fútbol está concebido por empiristas, y aunque los argentinos le añadieran la lírica y el barrio sabemos cómo acabó lo de las Malvinas. Porque lo sabe, Florentino ha fichado a Benítez, un hombre de la casa pero graduado en el extranjero con una fórmula anticastiza, eficiente, compacta: escasamente madridista. Pero los madridistas necesitamos un título como los diabéticos insulina y los títulos, empezando por el Mundial de España, se logran tapiando tu portería.

Para eso se ha despedido a Casillas -mal, como compete a las leyendas-, se ha encomendado la puerta a brazos ágiles y se ha blindado el compromiso de la zaga, capitaneada por Ramos y enriquecida con Danilo. Y se apuntala el medio con Kovacic, quien solo por ser paisano y alumno de Lukita esperanza nuestros corazones. «Yo haría un equipo completo de mercenarios yugoslavos, obedientes y letales», me confesó el otro día un hombre del presidente. Raza criada en el plomo.

Benítez es un táctico, justo lo que no era Ancelotti. ¿Significa eso que corremos el riesgo de acabar presentando los partidos del Madrid al festival de Sundance en la categoría de habla no inglesa? No creo, por dos razones: porque la BBC gozará de libertad creativa arriba y porque tampoco estamos seguros de que la koiné en que se entienden no sea el inglés. Si el Bernabéu está mal acostumbrado a valorar solo las goleadas épicas y las remontadas agónicas, habrá que educarle el gusto en la defensa zonal, el control de los tiempos, la basculación en línea, la puñetera defensa del balón parado y demás farmacopea de pizarrín. Que luego bien que se hacen selfies con la copa.

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20 agosto, 2015 · 12:32

Simpatía por Iglesias

"Qué lúser estás hecho, Alberto".

«Qué lúser estás hecho, Alberto».

Repasa uno este verano la historia de griegos y romanos y constata que en materia de poder no hemos sido capaces de inventar un solo vicio. ¡Qué envidia de Tucídides o Livio, que pudieron hacer la crónica política de su país sin que nadie les pisara los temas! El entusiasta de Juego de Tronos que añada a su militancia HBO una cierta curiosidad intelectual y se aventure en los estertores del siglo de Pericles, o en las intrigas sangrientas que sucedieron a la pax augusta, comprobará que el tal Martin no es como mucho otra cosa que un hábil sastre de tramas ya sucedidas. Miento: creo que en ningún episodio hemos visto a un rey que, tras matar a su mujer embarazada de un patada abortiva en el vientre, en un acceso de nostalgia se case con un joven cuya cara le recuerda a la difunta, y al que castra para asemejarlo aún más. El tipo se llamaba Nerón. Los romanos comentaron al enterarse: «¡Ah, si su padre hubiese hecho lo mismo…!».

De todas estas historias, gracias a las cuales he sobrellevado ese penoso trance de bajar a la playa que nos impone un tétrico mandato de felicidad social, me ha divertido especialmente la breve experiencia bélica del poeta Horacio. Nuestro Quevedo comparte con Horacio hasta sus achaques, y desde luego su talento satírico. Pero Quevedo tiró de espada siempre que pudo con tanto arrojo como vocación, mientras que Horacio encarna el paradigma del intelectual purista, que no arriesga ni se mancha, parapetado en su severidad virgen de acción.

Se encontraba Horacio en Atenas estudiando y allí coincidió con Bruto, que por entonces ya había hincado el puñal miserable en su genial padrastro y combatía a su legítimo heredero, Octavio. A Bruto le cayó en gracia aquel joven de aguda labia y le concedió por las buenas el mando de una legión. Se comprende con ese criterio que Bruto perdiera la batalla. Se vio el sensible Horacio en el fragor de la pelea, tiró yelmo, escudo y espada y echó a correr de vuelta a Atenas, donde se puso a componer una exaltada pieza sobre la necesidad de dar la vida por la patria.

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18 agosto, 2015 · 15:53

Balance interior de una quijotada

Ruidera, oasis de Castilla.

Ruidera, oasis de Castilla.

Nueve meses de invierno y tres de infierno, dicen por aquí. No sé si es la misma ola de calor de todos los veranos, pero padecerla sobre la llanura manchega desquiciaría a Alonso Quijano y a Mariano Rajoy. Por eso finalizamos nuestro viaje en Ruidera, que es el gran oasis de Castilla. El origen mítico de sus famosas lagunas se cuenta en el capítulo XXII de la segunda parte: en la cueva de Montesinos tenía el mago Merlín encerradas a quinientas personas, pero «se apiadó de Ruidera y sus siete hijas y dos sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de La Mancha las llaman las lagunas de Ruidera».

Su paisaje es un bálsamo para mentes recalentadas. En algunos puntos el agua es tan turquesa como en Ibiza, con la ventaja de que aquí uno no necesita dejar de ser humano para gozarla. El silencio es total, solo roto por el canto de las aves y el extemporáneo quejío flamenco de unos gitanos en vena de domingueros. El olor a tomillo y a romero que perfuma la estepa es sustituido por la atmósfera fresca de un pantano, y las langostas y los saltamontes son relevados por libélulas y mariposas. Da gusto terminar aquí, flotando en el llanto legendario de las hijas de Ruidera. Se me ocurre que la fecundidad final de este paraje metaforiza el nivel de vida interior que uno ha logrado embalsar en esta semana de nomadismo, ajeno a toda noticia que no datase del XVII.

A la mañana siguiente, antes de volver a Madrid, me acerco a la cueva de Montesinos en pos de la última alucinación. Es una abertura abrupta en mitad del monte; una reja candada nos cierra el paso, pero aún es posible descender hasta la boca y aventurarse unos metros en su interior rezumante, calizo, espeso. Lagartos y polillas, pero ni sombra de los murciélagos que decoraron la estancia onírica del héroe en uno de los pasajes más inquietantes y modernos de la novela. De aquella cala en lo mágico en que contempló espíritus caminando por palacios de cristal saldrá don Quijote un poco más cerca de saber quién es realmente, al modo en que los viajes ácidos -cuentan- pasean al consumidor por su yo más íntimo e incomunicable. Por eso queríamos concluir aquí: porque el llano recorrido durante días prepara los anhelos reprimidos que nutrirán visiones en la cueva de Montesinos. Esta caverna es la Ítaca no tanto del caballero como del lector que ha procurado identificarse con las tierras, los hombres y los ánimos que explican su cuerda locura. Después de este lisérgico colofón ya solo quedan los sueños. Y los sueños, sueños son.

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17 agosto, 2015 · 17:50

Ruta Quijote VIII: Serán ceniza, más tendrá sentido

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.

Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdo decidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.

Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

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10 agosto, 2015 · 12:40

Ruta Quijote VI: Síntomas de locura… o de idealismo

El hombre eterno.

El hombre eterno.

Para llegar a Ciudad Real decido atravesar las Tablas de Daimiel, siguiendo el curso inapresable del Guadiana. Es un paraje alucinógeno. Hay que cruzarlo despacio y permitir que dos caballitos del diablo se pongan a zigzaguear a la proa del coche como delfines de secano. Una enorme grulla salta del pretil del puente, a mi izquierda, y ya no sabe uno si es un símbolo, y de qué. Un cartel advierte: «Peligro: autocombustión de las turberas».

Mientras cruzo el parque natural, sin nadie con quien comentar lo que veo, se me ocurre que Sancho Panza -el confidente- es quizá la gran innovación del libro. Kafka así lo creía, y en uno de sus microrrelatos hace derivar de la mente de Sancho al propio don Quijote. Pero el recurso de la pareja dialogante, que luego hemos visto tantas veces en mil novelas y películas policíacas, carecía hasta Cervantes de antecedentes claros. También Cervantes, al fatigar estas tierras visionarias, echaría de menos a alguien con quien hablar. Así que después de una primera salida hizo acompañar a Alonso de Sancho, el demente lúcido y el sensato que acabará demenciándose, en recíproca influencia. Antes de ellos el héroe estaba solo en su epopeya, y como mucho hablaba con los dioses. Cervantes lleva el antropocentrismo a la práctica, y se lo toma tan a pecho que no lo encarna en un personaje humanísimo sino en dos. No solo alumbra al antihéroe redondo por contraposición al héroe plano, sino que insufla en su pareja tanta autonomía como interdependencia, de modo que terminamos por no saber quién es el héroe, quién el antihéroe o si ambos viven por fugaces momentos la plenitud de ambas condiciones. Como nos ocurre a los vivos. Por esto, también, es el mejor libro del mundo.

Cuando arribamos a la capital de la provincia nos recibe el serrucho insidioso de la chicharra. Hace un calor totalitario, corrosivo, que seguramente inutilizará mi camiseta para siempre. Para llegar hasta aquí he debido sortear un sorprendente número de cadáveres animales aplastados en la carretera. Quedan en tal estado que no puedo decir si eran zorros, liebres o ginetas.

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8 agosto, 2015 · 11:34

Ruta Quijote V: En este lugar de La Mancha

Donde dicen parió don Miguel su historia.

Donde dicen parió don Miguel su historia.

En Argamasilla descubro un monumento erigido a Avellaneda, que era de aquí. Que el usurpador hiciera salir explícitamente a don Quijote de esta aldea es una prueba más para corroborar la sede del héroe, pues Cervantes, en su ajuste de cuentas con Avellaneda, no desmiente este dato entre otros que sí contradice.

Argamasilla fue la primera etapa del viaje de Azorín, pero yo llego a ella al tercer día. Azorín le dedicó cuatro capítulos al pueblo, y el pueblo ha correspondido dedicando a Azorín un busto junto a la plaza de España y varias placas que recuerdan su fructífero paso por aquí. Es Azorín el que asienta definitivamente la imagen cervantina de Argamasilla. Por ejemplo glosando la actividad de la famosa Botica de los Académicos, local donde se reunían los cervantistas de entresiglos y que conserva todo su verde encanto. Hoy lo custodia Charo, que me va a explicar su historia con pelos y señales.

Ya había sector de la Cultura en el XVII, y ya Cervantes se burló de él por su procedimiento favorito: solemnizar la presunción hasta ridiculizarla. Académicos de Argamasilla, les llamó con mofa; Asociación Cultural Académicos de Argamasilla, se hacen llamar hoy con orgullo. He aquí una constante del cervantismo: al revés del proceso marxiano, todo lo que el genio alcalaíno escribió como farsa es recuperado más tarde con gesto grave y reivindicación seria, muchas veces por los descendientes de aquellos mismos que le hicieron la vida imposible al escritor. Todo en Cervantes conduce a la ironía en planos inacabables, especulares, laberínticos. En marzo de 2015 los más serios entre los académicos, los de la RAE, capitaneados por don Arturo Pérez-Reverte, celebraron sesión extraordinaria en Argamasilla. De nuevo la realidad imitando a la ficción inspirada en la realidad.

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7 agosto, 2015 · 17:06

Ruta Quijote IV: Deconstruyendo a Dulcinea

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

El amor literario ha de tener algo de idolatría.

Dejo atrás los molinos del cuento y llego a El Toboso a la hora sagrada de la siesta, que es sin duda la mejor para tocar la esencia pesada de La Mancha. Juro que no se oye otro sonido que el zumbido de las moscas, el zureo de las palomas y el trinar de las golondrinas que anidan en la torre de San Antonio Abad, imponente iglesia del siglo XVI. Lo que significa que ya estaba en pie cuando Cervantes ejercía aquí de alcabalero.

Casas encaladas, calles limpias, rótulos literarios en las esquinas, dos mil habitantes durmiendo la siesta. El Toboso es pura coquetería. En la plaza, frente a la iglesia, un Quijote de hierro hinca la rodilla ante una muchacha -casi una niña- del mismo metal. Es una escena de amor cortés, de un platonismo escandaloso en nuestros días. Y no solo hoy: para Cervantes, que tenía casi tanta madera de golfo como Lope, amar de pensamiento y no de obra se antojaba un sindiós, a no ser como pretexto lírico. El amor ideal está muy bien para Petrarca pero no para don Miguel, que escoge a una ruda labradora toboseña para enfatizar su militancia en el realismo. A aquella a la que idealiza don Quijote como «la dulce prenda de mi mayor amargura», la fotografía Cervantes en verso vengativo: «Esta que veis de rostro amondongado, / alta de pechos y ademán brioso, / es Dulcinea, reina del Toboso, / de quien fue el gran Quijote aficionado». No es el perfil de una Laura o una Beatriz, precisamente. Al idealista soldado de Lepanto la vida le ha pagado con más Aldonzas que Dulcineas, y así lo cuenta.

¿Pero en quién se inspiró Cervantes para componer a Dulcinea? Parece ser que en doña Ana Martínez Zarco de Morales -algún erudito local se afanó en demostrar que «Dulcinea» es una crasis de «Dulce Ana»-, hermana de don Esteban, noble propietario de la casona que hoy se ofrece al visitante de El Toboso bajo el reclamo (de nuevo realidad y ficción confundidas) de Casa de Dulcinea. Me alejo un poco para captar mejor los blasones que adornan la fachada y que Azorín encontró hace un siglo arrumbados en un rincón (lo que llenó de tristeza al ya de por sí cenizo periodista). De pronto el suelo cede bajo mi pie derecho. Miro. Nada grave: he pisado una mierda de perro. Su autor está tendido unos metros más adelante, a la sombra que proyecta la pared encalada, la lengua fuera y cierto orgullo de artesano en la mirada. Que la simpar Dulcinea disculpe tan escatológico desaire.

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6 agosto, 2015 · 16:53