Ruta Quijote VIII: Serán ceniza, más tendrá sentido

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

La cripta de los Bustos, mis ancestros manchegos, donde yace don Francisco.

En Villanueva me aguardaba una sorpresa heráldica. Yo sabía que aquí estaba enterrado Quevedo, pero desconocía que reposara en la capilla de mis antepasados. Los Bustos, familia pudiente en todo el Campo de Montiel, de aficiones literarias y querencia al mecenazgo, acogieron a don Francisco en vida muchas veces, prestándole culta compañía que lo resarciera de sus amargos líos con la Corte. A unos pocos kilómetros de aquí se encuentra la finca de Torre de Juan Abad que el poeta heredó de su madre, desiertos a cuya paz confesaba retirarse el mayor sonetista de nuestra historia.

Resulta asimismo que los Bustos compraron la posada de un Juan de Vargas, caballero de cuantía, en donde tengo la fortuna de hospedarme y practicar un cierto delirio identitario. La calle se llama Cervantes, claro, y en su trazada se concentran los monumentos más sugestivos del pueblo. En su origen está la plaza, con el ayuntamiento, las terracitas para la caña y la iglesia de San Andrés, que guarda la capilla bustiana; y en ella, protegida por un rectángulo de cristal que transparenta la bajada a la cripta, se ilumina la urna funeraria del genio. Me guía hasta ella Inés, encargada de la oficina de turismo y quevediana hasta lo temerario: de mutuo acuerdo decidimos correr la luna de la tumba, que pesa casi tanto como mi cámara de fotos. En el momento exacto en que cede, con un ligero chirrido, aparece el cura. Inés se va hacia don José Luis muy sonriente y le explica que hago un reportaje. A don José Luis le parece estupendo y se ofrece a encender las luces de la nave central. Con su bendición e indulgencia, por tanto, desciendo los seis escalones de la cripta y me paro frente al cofre metálico, ornado con la cruz de Santiago y rotulado con el nombre del ilustre inquilino. Huele intensamente a moho, y hace frío.

Pasó con este cuerpo un poco lo mismo que con el de Cervantes. En su testamento pide Quevedo ser enterrado con el hábito de Santiago y sus dos espuelas de oro en la iglesia de Santo Domingo, en cuyo convento -que ahora visitaremos- pasó sus últimas semanas. Pero el vicario de San Andrés estimó que era barata sepultura para tan conspicuo difunto: desoye escandalosamente la voluntad expresa de Quevedo y arrima el ascua a su templo con la cooperación necesaria de los Bustos, que ceden encantados su capilla. Pero en el siglo XVIII se remueve el enterramiento y los restos del escritor quedan mezclados con los de un osario común. Para entonces hacía mucho que ya habían profanado la tumba para robar las espuelas de oro. Esto de andar toqueteando fémures se ve que es una costumbre muy nuestra. Aquí no lo dejan a uno tranquilo ni fiambre. Total, que tuvo que venir el mismo antropólogo forense que contrataría luego Ana Botella para individualizar -con mayor grado de certeza que en las Trinitarias- un puñado de huesos quevedianos, que fueron reunidos en esta urna de metal para su venerable exhibición y descanso eterno. Hasta que alguien decida que lo que hay que hacer es llevarlos a Tokio de gira o fumárselos en pipa de kif.

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1 comentario

10 agosto, 2015 · 12:40

Una respuesta a “Ruta Quijote VIII: Serán ceniza, más tendrá sentido

  1. ¡Enhorabuena por su saga quijotesca! Aquí le presto una posible aclaración acerca de lo y los “manchego” y “manchegos”… ¡Saludos!

    “Desconozco, cambiando de tema, si el lector lo sabe, pero el concepto físico o de ubicación espacial que habitualmente se tiene de La Mancha es, a mi juicio, muy difuso. La Mancha se une a Castilla para denominar la comunidad administrativa y, de este modo, iniciar la confusión. Para otros, utópicos, La Mancha es la eterna planicie quijotesca tachonada por cumbres discretas donde viven los gigantes-molinos, las dulcineas palaciegas, o los magos en sus profundas cuevas. Los más, mal que les pese y siguiendo las indicaciones de los “hombres y mujeres del tiempo”, la ubican entre Extremadura, Andalucía, el viejo Reino de Valencia y la Sierra de Madrid.
    Sin embargo, sólo unos pocos acertarían identificándola con una comarca paramera y plana, un pasadizo de tierras fértiles aunque secas dispuesto, casi, de saliente a poniente, alta y rodeada de altos, inclinada con tal suavidad hacia el norte y el oeste que sus ríos y arroyos llegan a holgazanear y dormitar en su labor gravitacional, permitiendo -desde hace milenios- que las ávidas y secas rocas del subsuelo le roben su efímero e inconstante caudal de agua. Si ahora sobre la paramera –hoy administrativamente circunscrita a la provincia de Ciudad Real- de colores claros calizos y rojizos arcillosos ocasionales, disponemos miles y miles de vides y de mieses y de olivos, con algunos relictos aislados de pinares y de encinares, al igual que sucesivos enclaves de población más o menos dispersos y asociados a la localización natural de los arroyos, encontraremos por fin la definición real de La Mancha; ni más ni menos.
    Sí, se trata de una comarca donde las aguas y su escasez o su abundancia han gobernado toda la realidad social y económica del hombre que allí habitó desde hace, al menos, treinta o cuarenta siglos, consintiendo el uso justo de éstas el logro de cosechas mayores en aquellos lugares donde el recurso hídrico permitía irrigar a la fértil pero, normalmente, seca tierra. La idiosincrasia de sus gentes creo que ha dependido siempre de esto, también la diferencia de temperamento con las comarcas altas aledañas a la manchega, más silvestres, del Campo de Calatrava, del Campo de Montiel, o de los Montes de Toledo. Sin duda, además, que esta pausa del medio y el sometimiento total y voluntario al mismo ha propiciado en el manchego una observación calmosa y tímida de los asuntos de la vida, capaz de mezclar en sus actos osadías y complejos a partes iguales: la justa medida de las cosas.
    El manchego, como tantos pueblos reales de Iberia y del mundo, otrora era, pues, siempre mejorable y fácilmente engañable –al menos una primera vez- por el pregonero capitalino, adornado, avasallador, cuentista, y demagógico; sin embargo, poseyó lo que otros muchos desarraigados no tienen ni tendrán aunque creyeran que bien pudieran pagarlo: la razón y el conocimiento que otorga el tiempo de observación. Eran, tal y como lisonjean con banalidad hoy los embaucadores sociales, hombres y mujeres sostenibles, ecologistas verdaderos -sin colores- no sólo de corazón sino de razón, respetuosos de la vida y de lo vivo, agradecidos por vivir y por morir allí, e integrados en el entorno sin más dificultad que la propia del ambiente: del medio ambiente.
    Pues bien, de la comarca natural de La Mancha, el municipio de Torralba de Calatrava es el más occidental y fronterizo…”.
    Fragmento del libro “La roca y Dios” (Capítulo I-VIII; “Siempre el inmenso mar y el pequeño cofre”); http://www.grupogeapraxis.com (Sección “Literatura”).

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