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Berlín, o la dura conquista de la armonía

El bloguero ante el Muro. East Side Gallery, Berlín oriental.

El bloguero ante el Muro. East Side Gallery, Berlín oriental.

Se regresa de descubrir Berlín con las categorías temblando, sin una comprensión clara de lo que significa esta ciudad-trauma; esta ciudad-fénix, también. La medida de la barbarie es tan desproporcionada allí como la de su resurrección. Ante el exceso ininteligible de lo alemán uno debería enmudecer, experimentando el temor y el temblor por las calles donde la Historia desfiló con la bota más pesada que holló sitio alguno del planeta. Qué huellas más hondas ha dejado y qué bien han florecido las hojas de hierba, una y otra vez, sobre ellas.

Por su rara, sibarítica afición a las guerras mundiales, Berlín es una ciudad amputada y sin embargo colosal. Es, disolviendo la paradoja, un monumento a la ausencia. Cada enorme avenida y cada edificio de modernísima factura le evoca por contraste al viajero el rasero geológico que marcaron las bombas, medio millón de toneladas arrojadas durante la II Guerra Mundial. Calculen ustedes eso. No es extraño que cada mes se encuentre otro artefacto aliado sin explosionar, que por eso los alemanes prefieran construir el metro en paso elevado y que una berlinesa vieja, cuando ve salir de una estación cualquiera del suburbano a una partida de turistas que contrató el tour de los refugios nucleares, le cuente con toda naturalidad al nieto que detrás de esas paredes nació su abuelo, en alguna de las 365 noches que durante tres años de bombardeos los berlineses pasaban en el búnker cuando ululaba la sirena al atardecer.

Recorriendo atónito Berlín por unos días he creído sin embargo intuir el oxímoron fundamental que la define. La vieja capital de Prusia es una ciudad que ama el orden por razones genéticas y que al mismo tiempo protege hoy la libertad de sus residentes por traumático imperativo de la experiencia. ¿Tiene reparación el Holocausto? Yo no me atrevo a responder a esa pregunta que ha mareado a los mayores filósofos y poetas del siglo XX, pero digo que el Berlín contemporáneo asumió la culpa sin excusarse, y eso no está al alcance de otras culturas precipitadas por el sumidero del horror. Durante décadas, desde el fondo de su arrasador sentimiento de culpa, los berlineses han ido erigiendo el mayor búnker de todos contra las bombas del negacionismo, el relativismo, el olvido, el sutil pretexto historicista o económico y la mera ignorancia de las nuevas generaciones. El Monumento al Holocausto cerca de la Puerta de Brandeburgo es lo más parecido a la expiación religiosa que pueda lograr un Estado laico, una ética universal, una moral democrática, si eso existe. Y es solo uno de tantos recordatorios urbanos con los que el alemán enseña penitencialmente la cicatriz de su alma culpable al turista. Todo berlinés registra la noción más extrema de la responsabilidad colectiva con el despertar de su uso de razón, y parte de ahí para fundar el único concepto válido –trabajoso, vigilante, exigente– de ciudadanía.

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22 mayo, 2014 · 17:39

Conversaciones con Fabio Coentrao

El feo y el bueno. Falta el malo.

El feo y el bueno. Falta el malo.

Cuánta cerveza derrochada para acabar coreando una posesión intransitiva y mucho córner venial. Cuánto orgullo restañado contra el equipo maldito y el entrenador imperdonable. Cuánta reminiscencia de la gloria primisecular bajando por la Castellana como entonces, cuando fuimos los mejores.

Don Carlo Ancelotti, sin necesidad de tirar una sola botella de agua, apenas mascando el interior curtido de sus carrillos venció a la Historia de la Filosofía representada por su último epígono hegeliano: Pep Guardiola, germanófono y gurú. Qué dulce noche de reencuentro con el espíritu de Europa que vaga hace años por el imaginario blanco sin terminar de concretarse. El Madrid ganó con casta y contraataque en la primera parte; con ambición y esparcimiento en la segunda. Nada está resuelto aún, por supuesto, salvo una cosa importantísima: Guardiola, con todo su Bayern en estado de revista, ha sido derrotado en el Bernabéu que tanto profanó por un Real Madrid sin apenas Bale, sin apenas Cristiano, sin Marcelo, sin Arbeloa, sin Khedira y sin Jesé. Bastó un hombre de peinado imposible, afición tabaquera y prensa nefasta –portugués: mayor regocijo– para desafiar la hegemonía bávara. Ya nadie nos quitará la noche de Fabio Alexandre da Silva Coentrao. Se rumorea que el Sabadell quiere incluirle en una próxima conversación de su catequesis financiera.

Y no fue el único, porque ahí está la guerra de Blas de Lezo, que tomó carne nueva en Xabi Alonso. Ahí está, en algún lado del área, la espalda entregada de Pepe en la caída de su enésimo salto de hotentote. Ahí está el despliegue estajanovista del canteránida Carvajal, anoche graduado para los restos. Ahí están el mascarón croata, el endiablado francés, el sacrificio malagueño. Ahí estuvo el Santo, el realismo mágico de Móstoles, para volver más reconocible el camino hacia la añorada orejona, inconcebible sin una parada –una única parada, tiene que ser una única parada– que sostenga el sentido del esfuerzo grupal. Aún no hay nada hecho, por supuesto; pero anoche el Madrid ganó al todopoderoso Bayern de Múnich del inmaculado Josep Guardiola, y el madridismo tiene derecho a recrearse en el atentado.

Sobre todo por la afirmativa sensación que deja flotando. La cohesión en la doble línea de cuatro, solidaria e intensa, pero (a diferencia del Chelsea en el Calderón) con la comisura de los ojos puesta en Neuer. Así llegó el zarpazo del gato: la recuperación de Xabi, el pase a Cristiano, el toque insidioso para la carrera de su compatriota, la asistencia afilada de este para la placentera llegada de Benzema. Tras un cuarto de hora de posesión alemana, cuando más subía la espuma del fervor de los locutores viudos, el Madrid se señalaba el pecho y decía: también vosotros sois mortales.

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24 abril, 2014 · 1:14

Iniciación de un hombre. 1917

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

Dos Passos a un lado, Hemingway a otro, y milicianos en medio.

La ópera prima de John Dos Passos nació de sus observaciones directas en el frente francés durante la Gran Guerra, en la que se enroló románticamente este aprendiz de escritor antibelicista de 21 años más que nada “porque no quería perderme el espectáculo”. Desde el título apela Dos Passos al género del bildungsroman, el camino hacia la adultez recorrido aquí a través de las armas, veta abierta por su paisano Crane en La roja insignia del valor.

De todos los autores de la Generación Perdida, Dos Passos es quien acusa mayor compromiso político en su literatura. Evolucionó del socialismo utópico al anarquismo, abrió como Orwell los ojos al anticomunismo durante la guerra civil española y acabó apoyando la paranoia del senador McCarthy. Este primer libro suyo pertenece a la primera época, de una ingenuidad muy americana, pero también inocente y lírica.

De hecho, en su factura formal de estampas de combate -descripciones barrocas pero vívidas del hastío de la trinchera, del “coágulo de arcilla” que abrían los bombardeos, del hedor a pulpa cadáver- advertimos más paralelismos con el estilo poético del Kaputt de Malaparte que con el gusto por la acción de Hemingway o del soldado Jünger. En su fraseo complicado advertimos la prosa primeriza, el tanteo estilístico de un aprendiz muy dotado pero aún tentado por la ampulosidad, que es el vicio original de todo escritor bisoño. Hay diálogos formidables, con un calado filosófico poco esperable del registro cuartelero. El joven Dos Passos no poseía el sentido del realismo sintético de Hemingway, su ojo para el instante revelador, y procede más bien por acumulación de escenas; así, su primera novela avanza gracias a un pulso casi periodístico antes que a una verdadera trama narrativa.

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17 abril, 2014 · 13:52

El marqués y la esvástica

A la caza del último maldito.

A la caza del último maldito.

Al joven Ruano se le grabó lo que le dijo un día Vargas Vila: “Si no tiene usted una leyenda monstruosa, horrible, no será nunca nada”. Tres años han pasado Rosa Sala Rose y Plàcid Garcia-Planas investigando la parte más monstruosa de la leyenda Ruano, abriendo archivos de media Europa para pasar el mito del último maldito español por el logos histórico. Lo logran solo en parte, y en parte han de contemplar frustrados cómo el espectro del dandi se lleva, sonriéndose, su turbio enigma a la tumba, así como en vida había diseminado siempre su verdad medida y mediada a través de memorias, diarios, artículos y libros. Ruano fue inapresable vivo, escapó de todo y de todos, en primer lugar de sí mismo. Y lo es también muerto.

Los autores acreditan que Ruano vendió su pluma a Goebbels siendo corresponsal en el Berlín de 1933, y que colocó propaganda nazi a media docena de diarios españoles. También que salió de Cherche-Medi delatando a sus compañeros de cárcel a la Gestapo, que allí lo había encerrado por traficar con salvoconductos para judíos desesperados a los que además estafó sus bienes y cuyas mansiones okupó mientras el mundo se desangraba; mercado negro que involucraba por lo demás a numerosos españoles, de izquierdas y de derechas, Falange y maquis, y a la mitad colaboracionista de Francia. Pero aunque algún judío estafado por Ruano acabó en Auschwitz o tiroteado en Andorra, el libro no prueba la implicación directa del periodista. Fue un indeseable pero no un criminal, y la condena a 20 años de trabajos forzados que Francia le impuso en 1948 –el gran aporte documental del libro– le imputa exclusivamente “inteligencia con el enemigo”. Esa sentencia fue la razón de que Ruano, huido y alcoholizado en Sitges, no viajara más a Francia.

El reportaje participa del método compositivo del Nuevo Periodismo en la línea del excelente En nombre de Franco de Arcadi Espada: narración en primera persona, exhibición del work in progress al tiempo que del hallazgo, estilo cuidado. Hay capítulos soberbios, como el dedicado al heroico Bermúdez Cañete. Otras veces se echa en falta mayor condensación para eliminar reiteraciones y ahorrar pistas falsas.

Pero ya que el libro combina la exhaustividad con la percepción subjetiva, uno añora mayor ambición ensayística: por qué la fascinación. Fascinar significa atraer y repeler a la vez, pero los autores se preocupan tanto de asentar su repulsa que nos hurtan el reconocimiento de su atracción por Ruano. No puede tratarse sin más de derribarle de un pedestal por lo demás inexistente. Solo en el epílogo ensayan una clasificación de maldad de lo más interesante. ¿Fue Ruano abducido por el nazismo como lo fue Knut Hamsun, premio Nobel? Por supuesto que no. Fue un hedonista doblado de mercenario para pagarse los vicios. ¿Es peor hacer propaganda nazi por dinero que por convicción? Sala Rose dice que sí, pero yo creo que no: el fanático es más dañino porque es más difícil de desactivar. De hecho, Ruano se jugó el trabajo y perdió la protección de Hitler y Mussolini al ausentarse de la caravana de prensa que iba a cubrir la cumbre bilateral del Eje porque vino su madre a verle a Roma. ¿Fue un antisemita infame? Menos que Quevedo pero lo fue, y solo cambió cuando se dio cuenta, apunta lúcido Garcia-Planas, de que el odio a los judíos era una forma de odiarse a sí mismo, pues toda su vida temió ser alguien tan irrelevante como lo eran los judíos bajo los nazis. Por eso se obsesionó con la hidalguía y el monarquismo, por el que quisieron pasearlo los milicianos y que también le perjudicó ante Franco, a quien despreció toda su vida y cuya moral nacional-católica fue desafiada por 30 años de amancebamiento público con Mary de Navascués*.

La reseña en página.

La reseña en página.

Que César González-Ruano vivió olímpicamente desprovisto de escrúpulos morales ya se sabía. Que en él la ética estaba no ya subordinada sino suplantada por la estética, y todo impulso empático cedía al hormigueo del propio placer, frecuentemente depravado, era bien conocido en los veladores del Gijón. Que fue, en suma, un canalla y también el prosista mejor dotado del oficio, capaz de entregar en diez días un libro de 250 páginas o de escribir seis artículos en una mañana de café, todos ellos antológicos, está perfectamente documentado. Que la publicación de esta obra, verdadero cuadro wildeano en el desván horrible del siglo XX, desencadenara una fatwa editorial que condene sus maravillosos textos al ostracismo entre beato y tiránico de la corrección política, lo lamentaríamos mucho.

(El Cultural, 21 de marzo de 2014)

* Frase ausente en el papel por falta de espacio.

Aquí lo que escribe sobre el particular Fernando Díaz de Quijano.

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11-M: hito y tabú

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Portada del número 250 de la revista LEER, marzo de 2014.

Cuando el gene­ral De Gau­lle deci­dió al fin depo­ner la lucha y reco­no­cer el dere­cho de Arge­lia a su inde­pen­den­cia, se cuenta que uno de sus ase­so­res más recal­ci­tran­te­mente beli­cis­tas pro­testó: “¡Se ha derra­mado dema­siada san­gre!” A lo que el gene­ral res­pon­dió, en pala­bras de már­mol: “Nada se seca tan pronto como la sangre”.

Se cum­plen diez años del aten­tado terro­rista que derramó más san­gre en la his­to­ria reciente de Europa. Ocu­rrió un 11 de marzo de 2004, en Madrid, a tres días de unas elec­cio­nes gene­ra­les. Y en torno a la trá­gica efe­mé­ride, el perio­dismo se dis­pone a pre­sen­tar su pri­mer borra­dor de la his­to­ria, más cer­cano ya de la his­to­ria que del borra­dor. Por­que los pla­zos de la his­to­rio­gra­fía, su pro­ver­bial exi­gen­cia de pers­pec­tiva, se acor­tan cada vez más a tono con el vér­tigo evo­lu­tivo de la época, con lo que el 11-M ya es un hito historiable.

El 11-M es, de hecho, el hito con­tem­po­rá­neo que marca un punto de infle­xión en la his­to­ria de España, pues cam­bió muchas más cosas, en el tiempo de un país y en el espa­cio de su con­cien­cia colec­tiva, que el puro des­ga­rro ori­gi­nal, pri­vado: la vida talada de 200 fami­lias. El aten­tado fija el 2004 en las enci­clo­pe­dias como la muerte de Franco fija 1975: con la misma emble­má­tica tras­cen­den­cia. Ahora es cuando lo empe­za­mos a ver, y a leer.

Y sin embargo la san­gre derra­mada en aque­llos tre­nes, como sabía De Gau­lle, está más seca que nunca. Si su noti­cia se halla ya lo sufi­cien­te­mente lejos como para pro­pi­ciar la sere­ni­dad del pri­mer aná­li­sis his­tó­rico, el res­coldo de su trauma social sigue aún dema­siado vivo en nues­tra memo­ria, que reac­ciona al enfren­ta­miento anual con la masa­cre cada vez menos, cada vez más silen­cio­sa­mente, de hecho con un rechazo camu­flado de has­tío –incluso de fas­ti­dio– ante las imá­ge­nes con­sa­bi­das recor­da­das por el enésimo docu­men­tal. El 11-M empieza a adqui­rir en la memo­ria colec­tiva los incon­fun­di­bles con­tor­nos del tabú. Más ade­lante tra­ta­re­mos de expli­car por qué la inco­mo­di­dad que pro­duce el 11-M no obe­dece solo a con­tro­ver­ti­das razo­nes polí­ti­cas, a car­gan­tes teo­rías mediá­ti­cas de la cons­pi­ra­ción, a la incle­mente rueda de la actua­li­dad que sepulta incluso los hechos más tre­men­dos; no solo es eso, que tam­bién. Noso­tros pen­sa­mos que el 11-M es ante todo un tabú socio­ló­gico, un temor supers­ti­cioso que apa­reja un giro en la men­ta­li­dad del pue­blo, sin­gu­lar­mente en la de los jóve­nes de mi gene­ra­ción, y que explica en buena medida el nuevo volks­geist de esta España pos­trada, cri­sis aparte. El 11-M es una con­va­le­cen­cia negada por el enfermo.

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Convocatoria para mi tuit-entrevista de mañana.

Una cosa que se llama storify, o resumen de tuits que pautaron la entrevista.

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10 marzo, 2014 · 15:06

Vente ‘pa’ Alemania, Carlo

Crónica del partido según Tiziano.

Crónica del partido según Tiziano.

Y se quedaron los alemanes cantando, porque los alemanes o duermen o marchan. Un alemán despierto es una garganta presta a la épica, sea la de la victoria o la de la derrota. Y qué manera de ser derrotados, qué paseo militar el del Real Madrid, que tomó Alemania como no se veía desde Carlos V en Mühlberg. Si en estos momentos no suena la Marcha Radetzky en el iPod de Benzema entonces no sé cómo justifica la nómina Pardeza, que para eso es el que pone la cultura.

Empezaron cantando las gradas de Gelsenkirchen su himno de mineros, su tonada siderúrgica, y abajo en el césped los muchachos del Schalke obraron en consecuencia: adelantaron la presión y lograron poner nerviosos a Pepe y a Ramos. Pero aquello duraría poco. Pronto se advirtió que el histórico tembleque del Madrid en Alemania se curaría esta noche.

Gareth Bale agarraba el balón y salía disparado hacia el área con la determinación de no parar hasta la boca de la mina. Sorteaba defensas con fastidio, porque se veía que lo que le apetecía era traspasarlos directamente. Karim Benzema no es que esté enchufado: es un puro calambre, un roce de electricidad estática que se prende en la combinación con Cristiano. Así llegó el primero: diagonal galesa, taconazo portugués y remate galo. La BBC sintonizada en prime time para traerles el show del más difícil todavía, pasen y vean.

Enseguida pudo empatar el Schalke, pero apareció el Santo. Su parada de santería, brazo incorrupto. Gran acción de Casillas para enmendar una confusión infantil, enojosa, entre Ramos y Pepe, que eligieron el peor momento para ponerse a jugar al Twister. Pero de ahí en adelante los mineros se empequeñecieron, fueron devueltos a las profundidades de su campo como una raza tolkieniana de enanos. El elfo Modric cogió su carcaj y ya no paró de correr hasta completar once kilómetros, según las últimas estadísticas. Di María hizo lo mismo, cubriendo un recorrido larguísimo y bombeando centros que invertían el guión de los agoreros: ¿no habíamos quedado en que el juego aéreo era la especialidad local? Marcelo se sumaba al doblaje y la BBC en general buscaba el desmarque constante. Así resulta muy difícil cegar el avance madridista, que llegaba en oleadas ansiosas bajo el grito tarzanesco de Ronaldo, hambriento como los lobos del amigo Félix.

Huntelaar, con esa cara como salida del Diario de Ana Frank, llamaba desesperado a sus compañeros. Pero no podían oírle. Farfán, nombre de entrante árabe –yo tomaré cuscús; para mí farfán–, tocaba algo más de bola, trataba de progresar por banda y fue el mejor de los suyos, lo que no es decir mucho visto lo visto. Porque de pronto se oyó un silbato en la estación: era Karim con visera y banderita, robando un balón a un lateral incauto y abandonándolo suavemente en la vía por la que llegaba el expreso de Cardiff. Bale recortó a uno, recortó a otro y soltó la zurda un segundo antes de descarrilar. El segundo estaba aquí, y era un golazo que estira el repertorio intuido a este jugador extraordinario, cada vez más barato: tiene el disparo, tiene el remate, tiene el autopase en velocidad y ahora tiene también el doble regate en estático seguido de gol. Bale ya es el Bale del YouTube, para catástrofe del franciscanismo mediático que le busca los millones con recelo digno de mejor causa. La de Neymar, sin ir más lejos.

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27 febrero, 2014 · 14:35

Kalashnikov y la culpa placebo

Y Mijaíl soltó su fusil.

Y Mijaíl soltó su fusil.

Un día de verano de 1865 el químico Alfred Bernhard Nobel descubrió la forma de estabilizar la nitroglicerina. De amaestrar las explosiones. Se tomó el empeño como algo personal, porque el año anterior su hermano Emil había volado por los aires experimentando con aquel líquido diabólico en la fábrica familiar. Alfred halló el modo de convertir la nitroglicerina en pasta transportable y de detonarla a voluntad. Y sobre todo, a distancia. Llamó a su creación dinamita, y la noticia de la patente –si me permiten el juego– corrió como la pólvora por toda Europa, haciendo a su creador inmensamente rico y llevándolo a fundar laboratorios de explosivos por medio mundo del mismo modo que en el siglo XVI una detonación espiritual había llevado a Santa Teresa a recorrer España fundando conventos.

Pero la dinamita no solo revolucionó la minería, sino también, como era de esperar conociendo al ser humano, la entrañable práctica de la guerra. Los ejércitos se aplicaron con lujuria al desarrollo de un nuevo armamento que permitía multiplicar exponencialmente el daño deseado al enemigo. Alfred Nobel, que era un hombre culto y un poeta frustrado, envejeció contemplando el uso letal que los hombres hacían de su invento, de manera que al sentir la ronda de la parca agarró un pedazo de papel, redactó su testamento y en él consignó su arrepentimiento como deben hacerlo los multimillonarios: destinando el grueso de su colosal fortuna al mecenazgo a través de unos premios que cada año distinguieran a los mejores exponentes humanos de la ciencia, la literatura y la diplomacia. Si su talento apadrinó la destrucción, su apellido patrocinaría la excelencia.

Medio siglo después, Julius Robert Oppenheimer dirigió con tanta brillantez el proyecto Manhattan que acabó ofreciendo al hombre la realización de un viejo sueño: el poder absoluto que da la aniquilación garantizada. Oppenheimer no era tonto y sabía lo que hacía: lo que aparecería sobre su mesa de operaciones si continuaba esforzándose en el parto. Pero se consolaba pensando que, conociendo al hombre, el engendro frankensteiniano –o einsteiniano a secas, en este caso– vería la luz de todos modos, y que lo mejor para la humanidad era que al incorporarse en la camilla la criatura llamara papá a los buenos y no a los nazis. Los buenos, sin embargo, acabaron subiendo a Frankenstein a un avión y soltándolo sobre Hiroshima y Nagasaki.

Al comprobar lo que pasó después, la piel de 140.000 humanos a un millón de grados centígrados, algunos de los participantes de la misión invocaron la razón patriótica o el deber marcial y nunca declararon problemas para dormir. Así Paul Tibbets, piloto del Enola Gay, considerado un héroe nacional a todo lo largo de su tranquila vida posterior; o el tripulante Theodore van Kirk, quien sigue vivo y orgulloso. La dermatología es disciplina procelosa y hay pieles más duras que otras, ya se sabe. Otros, sin embargo, consagraron el resto de su existencia a concienciar al mundo contra la proliferación nuclear, como el propio Oppenheimer, que le dijo a la cara al presidente Truman que sus manos estaban manchadas de sangre. Claude Robert Eateherly, otro de los pilotos de la flota atómica, perdió el juicio y acabó recluido en un manicomio. Y el sacerdote que bendijo las bombas, George Zabelka, decidió partir de misionero a Japón tras la guerra y en 1984 peregrinó desde Tokio a Hiroshima para pedir perdón a los hibakushas, los supervivientes japoneses de las bombas.

Por los años en que Oppenheimer se afanaba en fisionar el núcleo de un átomo, un soldado ruso con talento para la ingeniería fue herido en el frente y destinado al taller con el encargo de diseñar un fusil de asalto de fuego rápido, material resistente, funcionalidad todoterreno, manejo sencillo y mecánica a prueba de atascos. En 1947 lo tenía terminado. Aquel soldado se llamaba Mijaíl Kalashnikov y decidió llamar a su criatura AK-47, acrónimo de Avtomat Kaláshnikov, modelo 1947. Acababa de nacer la herramienta favorita del ideal revolucionario, ese que llama lucha al ajuste de cuentas y emancipación al revanchismo. Son incontables las personas que en el siglo XX y lo que llevamos de XXI han caído bajo las balas escupidas con inmaculada eficiencia por el AK-47. Con 100 millones de ejemplares vendidos es el arma más utilizada del mundo, de África a Oriente Medio, de la selva tropical a las malas calles del este de Europa, y ha matado a bastante más gente que el invento de Oppenheimer, el cual a cambio las mata sin dolor: por evaporación instantánea.

Mijaíl Kalashnikov murió el pasado 23 de diciembre. Esta semana la BBC informó en exclusiva de la carta que la vieja gloria soviética, que había declarado su orgullo ante el hecho de que el AK-47 llegara a ser identificado con la causa abstracta de la libertad, envió a la Iglesia Ortodoxa Rusa para manifestar un íntimo sufrimiento moral: “Mi dolor espiritual es insoportable. Sigo haciéndome la misma pregunta sin resolución: si mirifle le quitó la vida a personas, ¿podría ser que yo sea culpable de esas muertes, aun cuandofueran enemigos?». Llevaba la misiva una temblorosa firma manuscrita. Un portavoz del patriarca Cirilo I ha tratado de calmar póstumamente la desazón de Kalashnikov enfatizando que cuando las armas sirven para defender la patria, la Iglesia Ortodoxa apoya a quienes las crearon. Para esa respuesta, que ya le había dado el Partido en forma de consecutivas condecoraciones, un hombre atormentado por el remordimiento no toma la pluma.

En su momento, el escritor Ian McEwan, autor de Expiación, no quiso alinearse con la crítica estándar al belicismo de la era Bush. Cuando un periodista le preguntó escandalizado que dónde estaba su pacifismo, ese que todo intelectual digno de tal nombre debe promover, el novelista británico contestó: “Yo sería pacifista si todo el mundo fuera pacifista”. Todo inventor de armas se consuela pensando que las hace para defender la civilización, para combatir la barbarie, para repeler el ataque y no para iniciarlo. Y lo cierto es que tiene razón, porque la libertad no es una realidad hegemónica sobre la tierra emergida, por desgracia. Con cualquier catecismo en la mano, ni a Nobel, ni a Oppenheimer, ni a Kalashnikov pueden imputárseles los crímenes perpetrados con sus inventos porque el pecado no está en el objeto sino en su uso. ¿Acaso no hizo progresar a la industria la dinamita, no llevó luz a los pueblos la energía nuclear, no disuadió al asesino el soldado de un país democrático bien equipado con su fusil?

Y sin embargo, en la contrición final de los tres inventores no hay nada superfluo. La facilidad con la que el intelectual, el hombre teórico, ha justificado la violencia por causas políticas se estrella contra el desasosiego irreductible del hombre práctico que diseñó las armas empleadas en el nombre de heroicas empresas. Nobel buscó la redención en el fomento del conocimiento y el arte; Oppenheimer se refugió en el activismo pacifista para calmar su conciencia; Kalashnikov pidió amparo a la religión.

Yo observo en estos tres remordimientos una expiación manifiesta a una acusación no formulada. Como se siente culpable el padre al que le sale un hijo traficante. Y puede que sea la peor de las culpas, la culpa placebo, porque todos te dicen que no eres responsable y te hurtan así el primer paso en el camino de tu curación.

(Publicado en Suma Cultural, 18 de enero de 2014)

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Las productivas cicatrices de Blas de Lezo

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Lezo, la demediada bestia negra del inglés.

Dejaron de apodarle Patapalo para empezar a llamarle Mediohombre por un mero prurito de exactitud. Sintió de niño una vocación original: sujetar las costuras oceánicas de un imperio demasiado tirante, y logró morir sin que se le rompiera ninguna, suturándolas con la propia piel cuando fue necesario. Y lo fue desde muy pronto: a los 15 años, habiéndose enrolado voluntariamente para luchar por su rey en la Guerra de Sucesión, un cañonazo le seccionó la pierna izquierda. No es uno de esos bautismos que animan a continuar en la carrera laboral escogida, pero Blas pensó que sí, que todo lo contrario. Se hizo una pata de madera, siguió en el servicio y le nombraron alférez por la serenidad mostrada durante la hemorragia.

A los dieciséis atacó su primer barco inglés, el Resolution. Lo dejó envuelto en llamas rojas cuyo reflejo danzaba en su rostro mudo de satisfacción, ardiente de orgullo, estampa hermosa y trágica que le ganó para siempre como le ganaría al pintor Turner después. Al año siguiente empezaría a especializarse en asedios pero por la parte de dentro, la de la resistencia victoriosa, porque el poderío de la armada en que sirvió menguaba al ritmo proporcional en que crecía el de los enemigos de España. A Blas de Lezo en todo caso vencer con superioridad numérica le parecía una ordinariez, una burocracia marcial desprovista de gloria. Así que hizo de la necesidad virtud en cada puerto infame en que fue sitiado por los barcos de la pérfida Albión, que se morían por acertarle con el plomo en la cabeza y no en esas prescindibles extremidades. Recién superada la adolescencia, defendió el fuerte de Santa Catalina en Tolón, Francia, donde una esquirla de metralla estalló en su ojo izquierdo, vaciándolo como un bombón de licor. Le dijeron que ya había demostrado suficientes cojones, pero él replicó que todavía estaba precalentando. Al poco ascendió a teniente de navío y después a capitán de fragata.

Lezo había nacido en Pasajes, por entonces una aldea guipuzcoana entregada al Cantábrico como el cosechador a su mies, y se relacionaba con el mar con la naturalidad de las criaturas míticas de Homero: no mediante el inquieto dominio de un patrón, sino mediante la facilidad nativa del anfibio. En pleno océano el capitán Lezo siempre jugaba con ventaja.

A los 25 años le encontramos defendiendo el puerto de Barcelona, ciudad que, como sabemos y nos recuerdan a su manera creativa los historiadores de cámara de Artur Mas, no acató la llegada de la casa borbónica. El joven capitán, leal a Felipe V, luchó en el asedio de la Ciudad Condal acercándose tanto a las defensas que recibió un mosquetazo en el antebrazo derecho aquel mismo 11 de septiembre de 1714. Pacificada Barcelona marchó a arrebatar Mallorca a los ingleses, que se le rindieron sin pegar un tiro. La contrapartida de la cesión de Gibraltar tuvo que inflamar de vergüenza el pecho del marino vasco –ya le iban quedando poca partes del cuerpo que inflamar–, pero Lezo era un hombre de honor y acató su nueva misión: limpiar de piratas el Mediterráneo español, apretar las tuercas a caciques díscolos y, de vez en cuando, ya por pura afición, capturar barcos ingleses. Se ganó a pulso el Toisón de Oro.

Los de su cuadrilla, allá en el norte, adonde se había recogido brevemente para recuperarse de sus heridas, lo bautizaron con sorna escasamente épica: Anka-mortz. “Medio-hombre”, en euskera. Pero le quedó cuerpo suficiente para mantener a raya a los corsarios ingleses y holandeses o a los piratas berberiscos que depredaban los barcos españoles bien cargados en Indias y camino de Sevilla. Luego el rey lo mandó al Caribe a poner orden. Se casó en Lima con una criolla y tuvo siete hijos, a los que hizo menos caso que a sus barcos, obviamente. Ganó 22 batallas y no perdió ninguna. La sola mención de su nombre en un salón inglés se consideraba de mal gusto, y en una taberna de marineros equivalía directamente a un ejercicio de satanismo. Todos atribuían a un pacto fáustico la invencibilidad de aquel español menoscabado y febril que se burlaba de las condiciones objetivas de la superioridad militar.

Entonces el rey Jorge II se hartó. Utilizó el pretexto de la oreja de Jenkins –un contrabandista británico apresado y desorejado por un guardacostas español– para reunir la flota más numerosa de la historia naval, duplicando a la Invencible y superada solo por el desembarco de Normandía, y la envió al Caribe con una hoja de ruta, como se dice ahora, muy claramente expresada al almirante plenipotenciario Edward Vernon: “Conquista toda América y acaba con el imperio español”. Una tarea así debía empezar en Cartagena de Indias, el principal puerto de la América española, plaza estratégica del comercio transatlántico. Vernon enfiló hacia Cartagena con nada menos que 195 naves y unos 23.600 efectivos de tropa y marinería, incluyendo una aplicada delegación de macheteros jamaicanos y 4.000 soldados de reemplazo al mando de Lawrence Washington, hermanastro del famoso presidente yanqui. Ahora bien: al frente de la defensa de Cartagena se encontraba Mediohombre con seis barcos y unos 3.000 hombres en la fortaleza, incluyendo 600 indios flecheros y una fueraborda para remolcar sus huevos de comandante general. Vernon, con gentileza british, le mandó una carta a Lezo diciéndole que ya había tomado Portobelo en Panamá, que iba para allá y que hiciera el favor de no oponer resistencia no fuera a ser que alguien resultara herido. Lezo, desde sus seis barcos y una guarnición desvencijada, contestó exactamente esto: “Si hubiera estado yo en Portobelo, no hubiera Su Merced insultado impunemente las plazas del Rey mi Señor, porque el ánimo que faltó a los de Portobelo me hubiera sobrado para contener su cobardía”. Y ya estaba armada.

Amaneció el 13 de marzo de 1741. Lezo, verdadero Napoleón de mar, preparó la defensa apuntando los cañones de sus buques hacia las estrechas bahías que dan acceso a la ciudad, embudo en el que quedó encajada la formidable flota de guerra británica, que no dejaba de cañonear los fuertes del puerto. Los españoles trataban de repeler el fuego desde las baterías de tierra, a las que se sumaban los cañones de los barcos equipados por el comandante Lezo con artillería de bolas encadenadas que multiplicaban el destrozo causado a los cascos de los buques británicos. Vernon echó el resto: bombardeó Cartagena durante 16 días a razón de 62 disparos la hora, dicen las crónicas. El estrago fue terrible. Entonces Lezo tomó una decisión en apariencia desesperada: quemó las naves, como Cortés. Hundió sus propios barcos a la entrada del canal para obstruir el acceso marítimo a la ciudad, con lo que ganó un tiempo precioso para organizar la resistencia en los fuertes. Cuando los barcos de Vernon, después de remolcar los restos de la exigua flota española, lograron entrar en la bahía, un entusiasmo prematuro se apoderó del almirante inglés, que envió una corbeta a Inglaterra para que llevara la noticia de su victoria, dándola por hecha. En Londres incluso acuñaron moneda para celebrarlo: en ellas se grabó la efigie arrodillada del archienemigo Blas de Lezo, rendido ante Vernon. Aquello fue la madre de los whisful thinking.

Seis centenares de españoles aguantaban en el castillo de San Felipe, una fortaleza literalmente inexpugnable de frente. Los ingleses trataron de acometerlo por la espalda atravesando la selva, donde contrajeron toda clase de infecciones mortales. Las bajas se redoblaron cuando llegaron a la línea de tiro elevada de la guarnición del castillo: el ingenioso Mediohombre había ordenado cavar un foso alrededor de la muralla, de modo que las escalas con las que la tropa británica pretendía el asalto resultaron cortas y los escaladores quedaron a merced de los resistentes, que los tirotearon a placer. La moral inglesa se derrumbó y Lezo, dándose cuenta, lo aprovechó saliendo de la madriguera y guiando el ataque total sobre la retirada enemiga. En primera línea de batalla se vio entonces a una suerte de derviche enfebrecido, cojo, tuerto y manco, disparando con su único brazo y saltando sobre su única pierna, una pesadilla dantesca grabándose en el inconsciente colectivo inglés. Vernon ordenó la retirada a los barcos y desde ellos asedió durante un mes entero el castillo, bombardeándolo con desesperación rabiosa, pero no logró rendirlo. El pabellón de San Jorge contaba ya más de 5.000 bajas, sus barcos se habían convertido en hospitales y para evitar que cayesen en poder español algunos fueron hundidos, pues les habían matado a la tripulación. Vernon comprendió que debía regresar a Inglaterra y asumir ante el rey la humillación total de la derrota. “God damn you, Lezo!”, cuentan que gritó desde la cubierta del barco en que huía.

Aún reunió valor para amenazar al español por carta: “Hemos decidido retirarnos para volver pronto a esta plaza después de reforzarnos en Jamaica”. Lezo respondió para los oídos de la Historia: “Para venir a Cartagena es necesario que el rey de Inglaterra construya otra escuadra, porque ésta sólo ha quedado para conducir carbón de Irlanda a Londres, lo cual les hubiera sido mejor que emprender una conquista que no pueden conseguir”.

El comandante de los seis barcos había derrotado al almirante de los 195. Los ingleses no volvieron a desafiar la integridad del imperio español hasta Trafalgar. Sin embargo, Inglaterra se acabaría portando más generosamente con el vencido en Cartagena de Indias que España con el vencedor. Vernon fue expulsado de la marina, pero finalmente se le enterró en Westminster con un epitafio eufemístico, pues la humillante batalla fue eliminada de los libros de historia ingleses por orden de Jorge II. A Blas de Lezo, en cambio, se le acusó de temeridad en su defensa numantina de Cartagena, su virrey le denunció ante la Corte y acabó perdiendo el favor real. Murió meses después de la batalla, en Cartagena, pobre, traicionado y sin reconocimiento, víctima de la peste generada por los cuerpos insepultos de los ingleses que abatió. Su tumba no consta en emplazamiento conocido, como pasa con la de Lope, Cervantes o Velázquez. Una tradición muy nuestra, que dice Reverte.

Para paliar esa injusticia, el Museo Naval cuenta todos estos hechos en una exposición inaugurada por el ministro Morenés que se mantendrá abierta hasta el 13 de enero. Aunque la muestra está siendo la más visitada de cuantas ha organizado este museo, yo no me atrevería a hacer una encuesta callejera sobre la figura de Blas de Lezo en el Paseo de la Castellana. Tampoco es que importe mucho, esto es España. Y no parece que los ingleses vayan a hacer la película. En la ósmosis pacifista en que flota por defecto toda sociedad primermundista, la biografía del mayor marino de la historia militar española no puede aspirar a despertar aficiones más concurridas que la filatelia o los juegos de rol con dado poligonal. Que Lezo fuera guipuzcoano e imperialista español tampoco es fácil de casar con el atribulado presente de nuestras estrictas, cejijuntas etiquetas.

Pero la dura realidad es que son los hechos de armas los que configuran la historia del mundo. América entera, de Tierra de Fuego a Groenlandia, hablaría hoy inglés sin la aptitud para hundir barcos ajenos de tipos como Blas de Lezo y Olavarrieta. Y cuando mañana un licenciado español de letras cruce el Atlántico para conferenciar sobre Borges, o para doctorarse en García Márquez, o bien ocupe una suculenta plaza en el Instituto Cervantes de Nueva York, que no se llame a engaño: su carrera profesional será posible gracias a los miembros que Mediohombre sacrificó en combate en el siglo XVIII.

(Publicado en Suma Cultural, 30 de noviembre de 2013)

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