
España es un tubo de escape taponado por Pedro Sánchez desde hace diez años, tiempo más que suficiente para que el dióxido de carbono haya paralizado el vehículo e intoxicado a los pasajeros. El país solo volverá a avanzar cuando expulse ese tapón que mantiene detenidos y envenenados a los españoles por la ambición obstructiva de un solo hombre que supo manipular en su beneficio la emoción negativa más poderosa del sistema del 78: el miedo a que te llamen facha. De tanto atizar ese miedo, Sánchez ahogó la emoción positiva que portaba en sí el mismo sistema: la posibilidad de la concordia. Lo único bueno de haber respirado el gas sanchista durante tanto tiempo es que ha vacunado a toda una generación contra una sigla, la del PSOE, que necesitará ventilarse durante muchos años en la parte fría de la alternancia democrática: la oposición.






