Archivo de la etiqueta: es la guerra

Un alto para confraternizar

Miguel Gila

«¿Es el enemigo?»

Este era el año del cambio que inauguró el ‘tic-tac’ de un reloj y termina con el desconcierto del ábaco: todos sumando bolitas de colores para ver quién gobierna qué. Iba a ser el año en que eclosionara la nueva política que regenerase la democracia secuestrada por el régimen del 78 y concluye en rendida, unánime mímesis de los pilotos de la Transición. La invocan ya todos desde Iglesias a Susana, pasando por Rivera. El problema es que quieren ser Suárez, pero cuando más falta hace serlo, en pleno periodo de negociación postelectoral, cada cual tira al monte de su Fraga o su Carrillo.

El Rey, navideño, habló de concertación en la tierra por donde aún vaga errante la sombra de Caín. Así debió de sonar Jobs cuando presentó el primer Mac en pleno apogeo del Spectrum. ¿Coalición, gabinete polícromo? Puro futurismo. Con nosotros o contra nosotros: ¡ni un paso atrás! En España, por fortuna, tenemos el humor para no morir siempre del cainismo. Aquella viñeta que satirizaba a un orador de la Transición:

-¡Algún día os arrepentiréis de esto que os estoy diciendo!

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El último Parnasillo del año, con los hitos que nos traerá 2016

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1 enero, 2016 · 20:31

Einstein ante Rajoy

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Rajoy, un desafío para la ciencia.

El marianismo es un movimiento político que niega el movimiento político. De haber tenido que analizar el marianismo, Einstein sin duda habría concluido -resignado- que el espacio-tiempo acotado a una jornada en Moncloa no es dinámico, sino estático. Pues don Mariano es el único pedazo de materia conocido a cuyo contacto la energía renuncia a transformarse, e incluso se destruye. Y así, mientras la ciencia va descubriendo nuevas dimensiones de lo real -tengo entendido que la cuarta ya se ha quedado obsoleta-, el universo marianista tiende a comprimirse, y si por él fuera quedaría reducido a un punto primigenio y fijo, ubicado en la ría de Pontevedra, a partir del cual la política del «sentido común» para la «gente normal» no conociera alternativa.

Sin embargo, fuera de Moncloa el mundo sigue fastidiosamente sometido a la relatividad general. No eran precisamente relativistas sino fanáticos los que atentaron en París, pero su crimen obliga a Hollande a tejer pronto una alianza militar, con sus cazabombarderos y sus fragatas, o sea, la cosa menos estática que existe. La calle tampoco permanecería quieta, sino agitada por los demonios familiares del agit-prop municipal y espeso. Y ése no es el escenario electoral que soñaba para el 20-D el marianismo, al que tan grata demoscopia le estaba reportando la solidez institucional frente a los lemmings indepes. Muchos se meten en política para canalizar algo; Rajoy para hacer de dique.

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En El Parnasillo de COPE, esta semana, cómo acabar de una vez por todas con los cuentos de Navidad

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25 noviembre, 2015 · 10:49

Oración en París

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Exvotos a los pies de uno de los restaurantes tiroteados.

En el cruce entre las calles Bichat y Albert, a los pies llagados de dos restaurantes contiguos -Le Petit Cambodge y Le Carillon-, los parisinos han improvisado un atrio con velas, flores y folios preñados de malos versos, que suelen ser también los más sinceros. A este cruce sagrado los ciudadanos de la laica República acuden temblando para volver a ligarse con los muertos, que eso significa religión. Vi ayer a una chica rubia llorar en silencio sobre el hombro de su novio. A un africano añadir deprisa (pudoroso, casi furtivo) otro ramo al cerro de rosas y crisantemos. A un oriental prender un cirio y juntar las manos. A un joven tatuado pedir con una camiseta la fraternidad entre las tres religiones del libro. También los vi hacer fotos, pero no ‘selfies’: sospechaban que un borrón de vanidad profanaría este pedazo de acera ardiente. He aquí el rebaño europeo, las buenas ovejas de Occidente.

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17 noviembre, 2015 · 10:49

Ignacio González y el último corrillo

Últimas mañanas con González.

Últimas mañanas con González.

La palabra más importante en la vida de un político se conjuga en imperativo, y dice: «Asúmelo». Eso ha hecho Ignacio González, que presidió ayer sus últimos corrillos, por los que distribuyó el resignado alivio del saliente, conjuntado con las sonrisas de despreocupación de Ana Botella. Ya no va con ellos la película del hundimiento, que toca desmentir al tándem rubio formado y mal avenido por Cifuentes y Aguirre.

Las encuestas matutinas sonaban a violines del Titanic invitando al consumo compulsivo de canapés como si no hubiera un mañana. Porque, de hecho, quizá no lo haya. Cifuentes aún puede convertirse en la primera presidenta de la Comunidad de Madrid con una estrella de cinco puntas tatuada en la pantorrilla izquierda, pero lo tiene complicado. Mejor parece tenerlo doña Esperanza, que se hacía fotos con todos pero se casará con Begoña Villacís (Ciudadanos), encaramada a dos tacones como dos acantilados morenos. Pacta o muere, que diría Susana.

En el patio el cronista topa primero, claro, con Antonio Miguel Carmona: un candidato tan ubicuo que le disputa a Chuck Norris la facultad de encestar un triple haciendo un mate. Carmona disimula su tribulación: «El 80% de las encuestas me dan gobierno, pactos mediante; ¿por qué prestar atención a la de El País?». Pero no nos convence.

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El traje desconocido del emperador

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El primer emperador chino: Qin Xi Huang.

El emperador chino hizo llamar a su primer ministro y le preguntó:

-¿Por qué mi pueblo no me teme, si es fama que imparto justicia con firmeza y mando ejecutar a todo el que atenta contra el imperio?

-Muy sencillo, Señor: porque todos esos hombres a los que Su Majestad ejecuta son culpables; el pueblo no le temerá de veras hasta que empieza a ejecutar a inocentes.

El emperador chino se quedó pensativo y al día siguiente mandó ejecutar a su primer ministro.

La política democrática también se llena de emperadores chinos en año electoral. Pedro Sánchez mandó recientemente ejecutar a un inocente mientras no se demuestre lo contrario: Tomás Gómez, Y ayer Mariano Rajoy, en el momento parlamentario más dulce de su mandato como ha señalado Lucía Méndez, decidió comportarse como un emperador chino y no como el presidente frío y resistente -mineral- al que nos tiene acostumbrados. Henchido de orgullo por su rendición de cuentas tras tres años abrasivos (y solo un sectario no admitirá el hecho mensurable de la recuperación económica), no supo vencer como siempre ha hecho, dejando al opositor cocerse en su pasión, sino que permitió que aflorara un cesarismo volcánico, totalmente desconocido en él. En los pasillos los diputados populares llevaban pintada en el rostro la mueca horrorizada del que ha presenciado una aparición, como esas fotografías borrosas que han captado definitivamente al monstruo del Lago Ness.

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Es la Navidad, estúpido

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

Navidad de 1942. Un soldado estadounidense reparte su chocolate entre unos niños.

A un oficial que le pidió a Churchill unos días de asueto con su familia en plena guerra mundial, el premier le respondió:

–¿Vacaciones? Las vacaciones son un concepto de paz

Y el oficial se reintegró de inmediato al frente.

La Navidad parece un concepto de paz, pero lo es tanto como de guerra. En Navidad siempre hay un ministro o un primer ministro o un segundo primer ministro que viaja hacia desiertos remotos y lejanas montañas donde nuestros muchachos pasan la Nochebuena preparando la guerra para tener la paz, reza el adagio latino. En España este año le ha tocado a Soraya personarse en Afganistán, y a su regreso ella misma me contó en la copa de prensa monclovita que allí ahora no hace frío, lo cual complica la interpretación fidedigna tanto del Blanca Navidad como del Noche de Paz, entre otros entrañables villancicos. Mi preferido es de José Luis Perales, compositor cálido de mi infancia, artista injustamente preterido en beneficio de histriones como Raphael o chuloplayas como Julio: “Ven, soldado, / vuelve ya, / para curar tus heridas, / para prestarte la paz”. Claro que un soldado de veras no quiere regresar a casa por Navidad, porque su casa es la guerra y una cena de Navidad su verdadero infierno.

De las cenas de Navidad, de empresa como de familia, o incluso de empresa familiar –a las que se va directamente en traje antiébola–, uno puede salir como Jünger en Tempestades de acero: “Prescindiendo de pequeñeces como los rasguños y las contusiones producidas por balas de rebote, mi cuerpo había retenido al menos catorce proyectiles que dieron en el blanco, y contando las entradas y salidas me habían dejado veinte cicatrices. […] En aquella guerra en la que ya se disparaba más a los espacios que a los individuos había conseguido que once dieran en mi cuerpo”. De ahí que estos días proliferen las piezas de telediario y los decálogos digitales sobre cómo sobrevivir a la reunión navideña, tan inexorables como las medidas para no deshidratarse con la ola de calor en agosto. En ambos casos el taimado periodista se excusa en unos “expertos” a los que al parecer se les encuentra en el listín siempre dispuestos a decir perogrulladas.

De perogrulladas está llena la Navidad, en donde tan tópico resulta la insufrible comedia moñas de sobremesa como los visajes del hipster anticastizo: ambos están ya contenidos en la obra de Dickens que funda el relato occidental aún vigente de lo navideño. Paradójicamente, poner en pie un tópico que dure es quizá la mayor prueba de originalidad que distingue a la obra maestra. Cuento de Navidad lo es, del mismo modo que llamar kafkiano a lo desasosegante constituye ya un lugar común. Así que mientras odiemos la Navidad o bien nos compadezcamos del niño con mocos que la pasa sin regalos, seguiremos siendo criaturas de Dickens: canónicamente navideñas.

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El aznarismo no muere, solamente se transforma

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.

Era tan difícil competir en regeneración moral con la foto entre Pep Guardiola y el papa Francisco que el Congreso, esta mañana, acabó directamente votando a favor de ir a la guerra.

De acuerdo: es una guerra bendita por todos los organismos internacionales, con sus cartas de la ONU en regla y su villano probado en forma de Estado Islámico, cuyas cabezas cortadas son bastante más visibles que las armas de destrucción masiva. Pero al observador formado en la bullanga antibelicista de 2003 no deja de resultarle curioso que el envío de 300 soldados españoles a Irak –en principio la moción lo tenía todo para perder pelos en la gatera indignada del trending topic: soldados, españoles, Irak– genere tamaña indiferencia en sus señorías, en los propios reporteros y en la opinión pública hecha carne en las tertulias, donde a cambio la pitanza la ponían nombres de lo más doméstico como Acebes, Rato, Montoro, Wert o Duran. Cada uno por lo suyo.

Me fumé el pleno de presupuestos en la firme convicción de que el alivio así causado a mis hipotéticos lectores primaba sobre su derecho a la información. Pero cuando llegué al hemiciclo para el debate guerrero, el saurio Montoro seguía allí. O quizá era su doble, una suerte de dron parlamentario que don Cristóbal envió al cumplirse las 24 horas desde que empezara a desgranar optimismo económico. Para entonces las entendederas del hemiciclo estaban tan estragadas que Montoro se permitió un experimento del que nadie tomó nota, excepto este cronista servidor de ustedes: en medio de un murmullo de intensidad constante que equiparaba la Cámara Baja a la sobremesa de cualquier mesón en sábado, el ministro más odiado se permitió un colofón que a primera hora del martes habría desatado una lluvia de zapatos:

–La desigualdad es intolerable. Me preocupan especialmente nuestros jóvenes, que merecen un horizonte de esperanza con independencia de su origen social, del mismo modo que nuestros mayores tienen garantizadas las pensiones…

¿Qué dicen ustedes que ocurrió entonces? ¿Cómo creen que la oposición recibió semejantes provocaciones? Con la nada, señores. Con la indiferencia más oceánica. Para entonces la única manera que habría tenido Montoro de recuperar la atención de nuestros representantes y de la prensa habría sido pormenorizar los conceptos tailandeses en que Arturo o Iranzo o cualquier otro de los men in black desglosó su noche más loca.

Toda la atención que no se dispensaba al hemiciclo la atraía en los pasillos la expectativa de un canutazo inverosímil de Rajoy, para ver si se avenía a nombrar “la persona por la que usted pregunta”, o de Soraya, que había dedicado diez conspirativos minutos a reunirse con Duran Lleida, felón de la voluntad del poble y aliado en ciernes de la estrategia gubernamental para dividir el voto nacionalista. Pero don Mariano y la vice pasaron delante de nosotros, de nuestras libretas y de nuestros micros como el agua transcurre sobre la piedra.

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«Vamos a por ti, Jordi»

La venganza se sirve fría.

La venganza se sirve fría.

Alguien debió de pensar: “Ya que ha de ser un otoño caliente, que lo inaugure Montoro”. Y el plan, queridos contribuyentes, ha sido un éxito sonoro: ya está montada. El curso parlamentario ha quedado abierto en canal por la retórica a dentelladas del vampírico don Cristóbal, Eliot Ness del fraude fiscal cuando quiere. Y tratándose de Jordi Pujol, ha querido. Vaya si ha querido. Toda la desganada, calculada tibieza que Rajoy exhibió durante el verano desde que el padre patrio de la Cataluña actual confesase la gran evasión ha quedado bruscamente corregida por Montoro de un modo tajante; de un modo montórico.

Ya que en España todo hay que explicarlo con fútbol, la intervención del ministro en la Comisión de Hacienda ha sido como las ruedas de prensa ígneas de un entrenador maquiavélico antes del choque inminente, en este caso la madre de todas las Diadas: “Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno. Vamos a poner los medios suficientes para ir hasta el final de este turbio asunto: hasta sus consecuencias no solo administrativas y fiscales, sino también judiciales. Mi comportamiento en este caso será el mismo que en el caso del señor Luis Bárcenas”.

¿Jordi Pujol i Soley en el trullo? No caerá esa breva. Pero la misma amenaza es la noticia. Y si me permiten, también el estilo. Habituados al pedregoso politiqués que hemos de sufrir los cronistas parlamentarios, la diatriba punzante contra la colosal hipocresía de Pujol y su familia que con énfasis y delectación leyó Cristóbal Montoro sacudió de los presentes cualquier remoloneo en el síndrome postvacacional. Oratoria caliente, derroche de adjetivos, juicios morales y la gran advertencia de fondo que Rubalcaba supo esgrimir contra los controladores aéreos: “El que le echa un pulso al Estado, lo pierde”. Ni siquiera se esforzó el ministro por disimular que a Pujol se le tienen ganas no tanto por viejo evasor como por neófito independentista:

–Ningún político sensato puede tolerar actitudes de cinismo político de los que se escudan en el nacionalismo pretendiendo lanzar pulsos políticos al Estado y lucrándose y sacando partido personal al mismo tiempo.

No solo eso, sino que sancionó lo publicado por los medios: que los Pujol ya fueron investigados entre 2000 y 2002. ¿Por qué se paró aquella investigación? ¿Por qué ni siquiera trascendió? Quien más quien menos sospecha que las andanzas andorranas de los Pujol eran conocidas y toleradas a cambio de la lealtad constitucional de CiU y su colaboración fáctica en la gobernabilidad del bipartidismo; quien más quien menos sospecha que ha sido el viraje separatista de CiU el que ha roto el pacto clandestino de la vista gorda, el que desató a los sabuesos de la UDEF –qué coño es la UDEF– y puso a funcionar el drenaje de las cloacas del Estado por donde hasta entonces se embalsaba la ciénaga. La moraleja es la siguiente: en este país se puede robar más o menos dentro del sistema, si la cosa no es muy descarada; pero robar y desafiar al tiempo la arquitectura institucional es como si un simple mortal se burla de Zeus y eso, advertían los griegos, convoca siempre una némesis implacable.

Sobre el eje de esta misma incoherencia, de este celo antifraude de nuevo cuño, giraron las críticas de la oposición. Saura (PSOE) le recordó a Montoro que dos de los cachorros de la camada Pujol Ferrusola se acogieron a la amnistía fiscal para aminorar las consecuencias de la ilegalidad, lo que probaría que la propia ley tuvo más de salvoconducto que de mina de millones aflorados para pagar sanidad y pensiones. ¿Habría sido tan duro el ministro si Pujol hubiera accedido a pasar por el aro de la Agencia Tributaria? Oigamos algunas saetas:

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