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El general Giap y Yakov Stalin. Vida de dos guerreros

Acaba de morir a los 102 años el general norvietnamita Võ Nguyên Giap, a quien los medios menos escrupulosos apodan el Napoleón de Vietnam, aunque si atendemos a su táctica militar en realidad su perfil se parece bastante más al de Juan Martín Díez el Empecinado. El general Giap es ya una sinécdoque bélica del siglo XX para el concepto de resistencia, y resistiendo resistiendo ha estado a punto de ganarle la partida al propio paso del tiempo, ahí es nada. Le hizo la guerra de guerrillas selvática a la Francia colonial primero y a los Estados Unidos después, con los resultados conocidos y todo un género fílmico desbrozando el virginal orgullo imperialista.

Giap fue una máquina de perder batallas pero acababa ganando las guerras por desmoralización del adversario. De moral sus tropas o descamisados siempre iban a tope, con el fanatismo y desprecio por la propia vida que caracteriza a la marcialidad oriental –no digamos ya a sus mandos, siempre dispuestos a servir gruesas ringleras de carne de cañón sobre la fuente de cualquier campo de batalla–; muchos de sus charlies se hacían tatuar en el pecho el eslogan “Nací en el Norte para morir en el Sur” y lo aplicaban al pie de la letra, oigan. Que se lo digan a Rambo.

A Giap los franceses le habían matado al hijo, al padre, a las hermanas, a la cuñada y posiblemente a la mascota por enrolarse junto a Ho Chi Minh en el Partido Comunista. La brutalidad represiva que padeció hizo de él un hombre irrompible, capaz de vivir en túneles bajo la jungla durante décadas, entre piezas de mortero y cabezas aterrorizadas de yanqui lisérgico sobre pica. El primer mundo no genera personas así hace mucho, pero en el segundo, el soviético, tampoco escasearon durante la pasada centuria, que fue tan entretenida. Es el caso de Yakov Iósifovich Dzhugashvili, Yakov Stalin para los más íntimos, hijo único del primer matrimonio de Koba el Temible con una modistilla del ejército zarista llamada Ekaterina, a la que según todos los indicios Stalin más tarde ordenaría asesinar, que era su decisión favorita. Desde muy pronto Yakov se propuso cumplir el mandato de Freud sin reparar en que aquel célebre consejo de matar al padre admite una excepción cuando resulta que el viejo es el mayor genocida de todos los tiempos, la clase de monstruo que te ha matado cinco veces antes de que pase por tus mientes el primer borrador de conspiración filial.

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14 octubre, 2013 · 17:01

¿Cuánto hay en Obama de Jessica Rabbit?

Dice Obama que en la piñata de pólvora sobre Siria se dirime no su credibilidad sino la de la comunidad internacional.

–No he sido yo, es el mundo el que estableció una línea roja cuando prohibió el uso de armas químicas.

A Obama le han entrado las prisas porque tiene a la Sexta Flota fondeada en el Mediterráneo en una calma chicha que desespera a los marines, que al parecer habrían agotado ya la colección de porno disponible a bordo y estarían empezando con las obras completas de Enrique Rojas, y todos sabemos lo que eso significa para la moral de la tropa en vísperas de combate. Por todo lo cual ahí tenemos al prematuro pacifista por Estocolmo emulando a Jessica Rabbit:

–Yo no soy mala; es que me han dibujado así…

Obama no es malo; es que es el comandante en jefe de la mayor superpotencia militar de la historia. Por eso cuando en un alarde de deferencia pronuncia el sintagma cursi “comunidad internacional”, sabe perfectamente que enuncia una sinécdoque de West Point. El mundo actual se divide en aliados de Estados Unidos y los demás, y estos segundos de momento no dictan las reglas. En este statu quo, ya que nos ponemos marciales, la comunidad internacional mentada por Obama no es sino el todo retórico de una parte absoluta que se llama Estados Unidos y su formidable poder militar. Lo formuló con exquisita clarividencia un filósofo cubano-americano llamado Tony Montana: “Lo único que da órdenes en esta vida son los cojones”. En esta y en todas las épocas, las normas aludidas en la más sutil cena entre diplomáticos emanan en última instancia del número de soldados armados que en esos momentos tienen desplegados los comensales. Así que si al presidente americano, por lo que sea, se le está acabando la paciencia, al mundo entero se le está acabando la paciencia, por más que en el sínodo del padre Ban Ki-moon algunos capellanes jueguen a la imitación franciscana.

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5 septiembre, 2013 · 12:52

El llanto de la Esfinge

Partiendo de la base de que masacrar a 800 musulmanes no es la mejor manera de evitar una intifada, y de que convocar “marchas de la ira” a la salida de la oración no es la idea de paz que le pedimos al influjo religioso, se llega fácilmente a la conclusión de que el problema árabe no tiene solución. La geopolítica sólo puede aspirar allí al suministro de anestesias temporales. Que la primavera árabe fue un descorche de riots de barriada antes que una revolución jeffersoniana, se antoja ya tristemente irrefutable. Que la gran abeja Obama libaba la miel de una retórica gratuita cuando discurseó zapaterinamente en El Cairo para anunciar el chapado de Guantánamo y el cumplimiento de los sueños de las misses del mundo, nadie puede discutirlo, como tampoco su entrega inevitable a la realpolitik como comandante en jefe de la única superpotencia mundial, cuya hegemonía amenaza el capitalismo chino, mucho más peligroso que el maoísmo. Que la fuerza civilizadora de Europa –con todos sus tratados kantianos cogiendo polvo en el cerebro demoscópico de sus pequeños líderes– se reduce a la exportación de los derechos televisivos de la Champions, no creo que ni los más futboleros lo rebatan. De Oriente vino la luz, decían los romanos, y de Oriente vendrá la tercera guerra mundial en la que todos nosotros moriremos, decía mi profesor de historia de COU.

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18 agosto, 2013 · 13:16

Una espada atravesará tu alma

La coincidencia es prodigiosa. Supongo que alguien más se habrá dado cuenta, aunque no vamos a levantarnos a mirarlo. Me refiero a la imagen restallante, conmocionada y conmovedora, que le ha valido el Pulitzer al fotógrafo Manu Brabo -esa b insidiosa, como la z de Letizia, pero igualmente legal-, segundo español en ganar uno de esos copetudos galardones que dan en Columbia. El primero fue otro fotógrafo, Javier Bauluz. Siempre dio España mejores pintores que escritores.

Brabo cubrió la guerra civil de Siria y capturó uno de esos momentos que en las guerras se encadenan con la negligencia de lo rutinario, pero que sacados de su contexto de ferocidad burocrática, es decir, llevados al punto de vista de los hombres en paz, adquieren súbito rango de icono. Cuántos milicianos caerían abatidos en parecida pose de martirio blanco a la de aquel que cazó Capa en Cerro Muriano, teorías de la manipulación aparte. Y es que eso es la guerra: el hábito de la barbarie; y el periodismo de guerra ha de ser su desautomatización, su individuación doliente o exaltante. Por eso es el mimado a la hora de los galardones: porque nunca habrá noticia más importante que la desarmante naturalidad con que los hombres aniquilan a otros hombres. Incluso a otros niños.

La Piedad de Manu Brabo.

La Piedad de Manu Brabo.

La coincidencia de la que hablo remite al célebre aserto de Wilde según el cual la naturaleza imita al arte, y no al revés. Todo en la fotografía de Brabo evoca -cómo no verlo- a la Pietà de Miguel Ángel, que representa la realización artística del dolor en abstracto, en estado puro. Las figuras, las causas, los efectos. Incluso la composición piramidal del grupo, las líneas paralelas de las piernas exangües, el brazo derecho que pende sin vida, la flaccidez oblicua de las cabezas de las víctimas -la de Cristo se vence a la derecha, la del niño a la izquierda-, el regazo que recoge el cadáver formando entre las rodillas que apuntan al espectador un embalse de sufrimiento. Wilde diría que esta analogía es plausible porque Miguel Ángel fijó primero el arquetipo estético del dolor por pérdida violenta de un ser querido, y en esta categoría archiva luego inevitablemente el espectador su visión del desconsuelo hecho realidad documentada.

La Pietà de Miguel Ángel.

La Pietà de Miguel Ángel.

Hay sin embargo diferencias de intensidad entre el arquetipo artístico y la realidad palpitante (o mejor dicho: la realidad que palpitaba hasta hace tan poco, que esa traumática privación es la que retrata el fotógrafo). Miguel Ángel, neoplatónico al fin, esculpe a una doncella serena que sujeta cualquier rictus de histeria; la cuota de verosimilitud trágica la cubre la mano izquierda de la Virgen, que se abre como inquiriendo una razón imposible: tratando de explicar, literalmente, el sindiós. El hombre que en la foto de Brabo sostiene a su hijo muerto se agarra a él con ambas manos y baja la cabeza descompuesta por el dolor pero sin aspaviento excesivo, porque cuando se sufre de verdad el teatro sobra.

Él también entiende ahora la amarga profecía que el viejo Simeón (Lc 2,35) le hizo en el templo a María cuando Jesús era tan solo un niño, como todos los niños de las guerras: «Y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma».

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