El llanto de la Esfinge

Partiendo de la base de que masacrar a 800 musulmanes no es la mejor manera de evitar una intifada, y de que convocar “marchas de la ira” a la salida de la oración no es la idea de paz que le pedimos al influjo religioso, se llega fácilmente a la conclusión de que el problema árabe no tiene solución. La geopolítica sólo puede aspirar allí al suministro de anestesias temporales. Que la primavera árabe fue un descorche de riots de barriada antes que una revolución jeffersoniana, se antoja ya tristemente irrefutable. Que la gran abeja Obama libaba la miel de una retórica gratuita cuando discurseó zapaterinamente en El Cairo para anunciar el chapado de Guantánamo y el cumplimiento de los sueños de las misses del mundo, nadie puede discutirlo, como tampoco su entrega inevitable a la realpolitik como comandante en jefe de la única superpotencia mundial, cuya hegemonía amenaza el capitalismo chino, mucho más peligroso que el maoísmo. Que la fuerza civilizadora de Europa –con todos sus tratados kantianos cogiendo polvo en el cerebro demoscópico de sus pequeños líderes– se reduce a la exportación de los derechos televisivos de la Champions, no creo que ni los más futboleros lo rebatan. De Oriente vino la luz, decían los romanos, y de Oriente vendrá la tercera guerra mundial en la que todos nosotros moriremos, decía mi profesor de historia de COU.

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18 agosto, 2013 · 13:16

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