Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Silencio, se rueda drama histórico

Give me the power.

El poder desgasta… a quien no lo tiene.

Hace una semana exacta escribimos aquí que Gallardón, por el tono elegíaco de su réplica a una diputada socialista, podría encarnar en las próximas horas la paradoja del político más censurado del PP por falta de compromiso ideológico a quien acaba ajusticiando el PP por un exceso de convicciones. Que se haya cumplido lo previsible no resta un ápice de asombro a la dimisión, pues debo recordar a los lectores que vivimos en España. De modo que el cuchicheo esta mañana en los pasillos del Congreso solo podía versar sobre el verso definitivamente suelto de Génova, del Gobierno y de la política, todo en la misma rueda de prensa. La vicepresidenta, de negro reglamentario, hizo el elogio fúnebre de “Alberto” ante un bosque de micros, procurando que la daga florentina no sobresaliera del bolso. Luego, en el hemiciclo, todos miramos hacia el escaño de Gallardón por si descubríamos una sábana blanca extendida, pero allí en su sitio comparecía Morenés, peligrosamente expuesto a la vera de Soraya Sáenz de Santamaría. Por un momento nos hicimos la ilusión de que el ministro de Defensa ordenara una salva de artillería para despedir al compañero caído, pero quia.

En lugar de pólvora a Morenés le preguntaron por farlopa, en concreto por la encontrada en el Juan Sebastián Elcano, en uno de los argumentos nacionales más tentadores para la próxima entrega de Torrente. Don Pedro respondió que la cosa está sub iudice, pero lo explicó con un hilo de voz tan ininteligible y asténico, tan escasamente marcial que todos rezamos para que el ISIS no estuviera siguiendo la sesión por internet; de lo contrario desembarcarán en Perejil no bien equipen dos zodiacs con cuatro cerbatanas.

La matinal resultó anodina pero dejó un curioso caso de estrechamiento bipartidista. Antonio Hernando abrió la sesión para pronunciar un sentido discurso de estadista en el que manifestaba su apoyo al Gobierno frente a las pueriles ilegalidades del tabarrón catalán, aunque por supuesto matizando que no es posible conformarse con un no a secas –qué poco se entiende en estos tiempos aquello de Camus de que la libertad consiste en decir que no–, sino que hay que caminar hacia la reforma federal de la Constitución, signifique eso lo que signifique más allá de una frase de galleta china sobre el sillón plastificado de Risto Mejide.

–Hay que reforzar el Estado autonómico sin dejar de reconocer la singularidad de las diferentes partes. Hablemos mucho. La situación es delicada.

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Una Cataluña escocesa y otros abortos

"¿Es que nadie quiere sentarse a mi lado?"

«¿Es que nadie quiere sentarse a mi lado?»

En la semana escocesa de Cataluña se ha colado el aborto de la ley del aborto y ya para qué queremos más. Margallo y Gallardón vuelven a monopolizar el foco, solitarios y finales. En otro tiempo menos convulso no negarán que les divertía el protagonismo, pero esta mañana uno los vio cansados, más canosos, quizá arrepentidos, en todo caso hartos. Que su hartazgo no obedezca tanto al marcaje de la opinión pública como a la erosiva indiferencia con que los castiga su patrón es certeza que corresponde verificar a los correveidiles más íntimos, pero que a los cronistas parlamentarios nos parece evidente. Ah, amigos: así es don Mariano.

Al presidente le preguntaron primero por, adivinen, la naturaleza perfectamente escocesa del tabarrón catalán. Lógico. Un propio de CiU –¿dónde estará Duran? ¿Será cierto que preparando una fiesta de la almohada como despedida del Palace?– se puso de pie y le dijo a Rajoy que aprendiera de Cameron a comportarse como un unionista sensato, que da voz al pueblo oprimido, pueblo cuyas instituciones sacrosantas fueron laminadas en 1714 por el bárbaro Borbón y tal. Rajoy, adoptando un tono escasamente épico, contestó que más quisiera Escocia tener las competencias de Cataluña o País Vasco, que la ley británica sí permite el referéndum y que en todo caso este fantasma de disgregación que recorre Europa no gusta un pelo en Bruselas, que causa inestabilidad, recesión y pobreza, y que no sueñen que en agradecimiento nadie ahí afuera reconozca al próximo Kosovo europeo.

Al presidente le preguntó luego Rosa Díez, que ha recuperado contra él ese tono cafeínico que retumba en la trompa de Eustaquio como mil serpientes de cascabel pisadas en un lagar. Su tema favorito: la corrupción institucionalizada –“y yo diría que endémica”, añadió–, para cuyo combate pidió más recursos capaces de articular una Justicia rápida y eficaz. Rajoy, conciliador, respondió que es muy consciente del descrédito popular, que como toda obra humana también la Justicia es perfectible, que no se tomó Zamora en una hora, que a quien Dios se la dé San Pedro se la bendiga y que no por mucho madrugar amanece más temprano. No es literal todo, aviso. Sí le dispensó una retahíla de medidas que acreditan que el presidente del Gobierno no solo se dedica a emular el espíritu del refranero.

Pedro Sánchez tomó la palabra dispuesto a esquilarse la piel de cordero de la semana pasada. Espetó a Rajoy que su reforma fiscal es un canto a la desigualdad, que el PP gobierna para la élite, que las familias pagan cincuenta veces más impuestos que las grandes corporaciones, que a los contribuyentes este Ejecutivo les ha subido cincuenta veces los impuestos –no se puede negar la acústica del número “cincuenta” en el Parlamento– y que el Gobierno administra para sus amigos los beneficios y para la mayoría los sacrificios, que a buen seguro no bajarán de cincuenta por barba. Incluso le mentó a Bárcenas. Mereció de los suyos sonora ovación, pese a que tiene quintacolumnistas –básicamente los de la Ejecutiva de Rubalcaba– que le escamotean el elogio hasta de su proverbial apostura. Don Mariano se encendió un poco. Lo suficiente para recuperar, adivinen, la herencia recibida de Zapatero. ¿Qué se creían, que Pedro no estaba en el ajo?:

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Josep Pla, el penúltimo facha

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración en el 255 de LEER de David Pintor.

Pla, fumándose la opinión de El País. Ilustración de David Pintor en el número 255 de LEER.

El pasado domingo 14 de septiembre El País, cumpliendo una tradición encomendada en persona por Voltaire y Diderot al diario de Prisa para que vele por la pureza ideológica de la cultura española, publicó un artículo titulado Pla, espía número 10 de Franco. Se hacía eco de una investigación del periodista Josep Guixà que la editorial Fórcola publica bajo el nombre Espías de Franco. Josep Pla y Francesc Cambó. Javier Fórcola es un gran editor para quien la búsqueda de un modesto gancho comercial no está reñido con el escrúpulo estético y la exigencia intelectual a la hora de planear sus lanzamientos. La verdad es la verdad, la diga Agamenón o Guixà, quien seguro ha escrito un libro documentado y riguroso, tirando por lo demás de un hilo viejo y conocidísimo: la labor de espionaje que el genio ampurdanés desarrolló para el bando nacional durante la guerra. Lo que no se sabía era el grado exacto de compromiso de Pla en esta tarea, y bienvenida sea la historiografía honrada para fijarlo.

En una guerra civil, un escritor sirve para muy poco: básicamente para hacer propaganda de un bando o de otro y para elaborar informes de inteligencia. También puede elegir el exilio y acabar muriendo en la Fleet Street por inadaptación fatal a los hunos ni a los hotros, caso que fue el de Chaves Nogales. Pero en España, en 2014, cuatro años después de la edición revisada y aumentada de Las armas y las letras, la cosa sigue funcionando más o menos como desde 1975, año inaugural de la Gran Revancha o antifranquismo cultural de maniqueísmo y pesebre. Con lo útil que habría sido el antifranquismo con Franco vivo.

Según esta ley de hierro, que a los nacidos en 1982 y por ahí nos sume en la desesperación y en un senequismo prematuro como de payaso suicida, hay que prohibir la palabra chiringuito porque la puso en circulación el fascista de Ruano. Sin embargo, hay que bautizar todos los colegios públicos que admita el presupuesto con los nombres de Alberti y Neruda, pese a que el primero firmaba durante la guerra en un periódico obrero una columna titulada «¡A paseo!» donde hacía exactamente lo que se esperaba del epígrafe: iba señalando a los intelectuales depurables que, efectivamente y una vez puestos en la diana por el camarada poeta, acababan en la checa y de ahí a Paracuellos. Y no es que Alberti y Neruda se dedicaran a versificar y unos descontrolados les interpretasen mal; no, no: formaban una célula homologada del Komintern perfectamente autorizada para la purga ideológica de retaguardia, entrañable afición de tanto arraigo en la tierra por donde vaga errante la sombra de Caín. El caso de don Pablo, además, se antoja especialmente inadecuado para prestar nombre a escuelas u hospitales, pues abandonó a su hija en cuanto se enteró de que padecía una severa hidrocefalia. De ella moriría la niña a los ocho años sin haber conocido a su padre, que estaba demasiado ocupado en enhebrar odas a Stalin. Vasili Grossman, en cambio, adoptó a las dos criaturas de su mujer, viuda de un purgado por Stalin, para evitar que fueran deportadas a un orfanato para hijos de contrarrevolucionarios, poético lugar que sin temor a la incongruencia bien podrían haberlo llamado Archipiélago Neruda, por ejemplo.

Y sin embargo no se nos ocurre decir que no haya que leer a Alberti, o que Neruda no sea un prodigioso renovador de la poesía castellana. Ni tampoco pedimos para el olmo de la mezquina estirpe formada por los escritores y los artistas en general las peras del heroísmo moral de Grossman, verdaderamente excepcional. Del genio su obra; a él, ni con un palo.

Ahora bien. Pla cometió el error de espiar para el bando equivocado, a efectos de la Gran Revancha. Y aunque al parecer Guixà prueba que ninguno de sus informes justificaron una sola represalia letal, es evidente que no se comportó como un héroe. Ni falta que hace para lo que nos importa a sus devotos lectores. Pla había cubierto la degeneración quemaconventos de la República y por su talante conservador, amante del orden y los buenos alimentos, estaba cantado que ayudaría al Movimiento. Lo cual ni siquiera lo convierte en un facha, pues su colaboración parece ser que fue pura táctica para evitarle a su amada Cataluña la ruina total de una prolongación del conflicto. Y si de todos modos Guixà probase que Pla le preparaba personalmente las sopas al Caudillo, tampoco saberlo disminuiría un ápice su consideración literaria, como espera que suceda el autor de la nota de El País, terriblemente obsesionado por hacer aparecer al gran escritor como un cobarde, un vendido, un franquista desorejado y basta ya de tanto homenaje y reedición, coño. Qué diferente el ponderado enfoque que usa el redactor de La Razón en la elaboración de la misma noticia; y que nadie advierta en esta oposición el consabido esquema de preferencias que evoca la mancheta progre contra la mancheta rancia: sencillamente el texto de La Razón no lleva incorporado al monaguillo de sotanita rasgada proclamando entre líneas el escándalo que le produce todo, qué horror, el Josep Pla, qué vergüenza, tú. Esta vez la mera información está del lado de Marhuenda.

La dramática infantilización de la inteligencia que padecemos demanda potitos de moralina que mezclen lo nutritivo con lo tragadero, de tal modo que el distingo entre ética y estética, conquista conceptual que rige la Historia del Arte y de la Literatura, se vuelve una provocación. Así que hay que rehacer el canon. Vamos camino de resucitar un Index laico donde figuren en exclusiva los escritores que se muevan en bici, se alimenten de brócoli y solo pisen los burdeles para afiliar a las putas a la Seguridad Social. A ver cuántos nos quedan. Entretanto, la industria cultural española es un sectarismo que no cesa. Por ideología y por los intereses creados bajo su bandera, claro. Que a nadie le han dado un Instituto Cervantes por reeditar a Foxá.

¿Hay una campaña orquestada para disuadir a las nuevas generaciones de la lectura de impuros como Ruano o Pla? Yo no creo en orquestaciones maquiavélicas ni en el vestuario del Real Madrid, que ya es decir. Pero ciertas adhesiones que ha traído El marqués y la esvástica, el libro contra Ruano (magistralmente reseñado aquí) que subió el rubor a las mejillas acomplejaditas de la novicia Fundación Mapfre, hace pensar que hay nombres de nuestras letras recientes que molestan. Que molestan bastante. Lo bueno es que toda fatwa excita el interés por el condenado, y yo puedo decir que acuden a mi Twitter jóvenes estudiantes de Periodismo y lectores en general pidiéndome títulos de Ruano, Pla o Camba; curiosidad que me apresuro a saciar lleno de esperanza en el futuro.

Dejen ustedes que leamos lo que nos salga de los cojones, señores mandarines de la intelligentsia. Sobre todo cuando no producen ustedes nada capaz de competir ni de lejos con Ruano o con Pla.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Portada del número 255 de LEER, septiembre de 2014.

Y dejando de lado la santa política -o no, porque al final no se puede-, aquí va mi homenaje estrictamente literario al mayor prosista de las letras catalanas, portada del número 255 de la revista LEER, septiembre de 2014. Ojalá muchos más espías de Franco escribiendo como él.

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Tú eres Pedro, ma non troppo

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

El nuevo PSOE arrancando suspiros.

Estas cosas no se le hacen a Pedro Sánchez. ¿Cómo pretenden salvar el bipartidismo si el día que debuta don Pedro en la liza parlamentaria contra Rajoy viene precedido por la renuncia de Botella –leña del árbol caído–, envuelto por el ruido diado del tabarrón en V, contraprogramado por la muerte repentina de don Emilio Botín, apenas emergido sobre la súbita hospitalización de Isidoro Álvarez y definitivamente inhumado bajo el derbi sabatino donde se ventila la crisis o la revancha? El flamante líder de la bancada socialista hubiera debido comparecer desnudo para rivalizar mediáticamente con semejantes focos de atención nacional. No lo hizo, así que hay que seguir conformándose con Jennifer Lawrence.

–Ha muerto Botín –informa Gistau en la tribuna de prensa. Y escrutamos el hemiciclo para cerciorarnos de que allí todavía no está Monedero con la cabeza del Gran Capital en la mano.

A las nueve el ruedo hierve de cuchicheos. Sus señorías se comunican el magno deceso con la sorpresa de quien sospecha no solo que el dinero compra perfectamente la felicidad, sino que en cantidades obscenas compra también la inmortalidad. Alguno consultaría la cotización de sus acciones. Pero Posada, talante prusiano para el reglamento, no concede el minuto de silencio que uno ya espera por defecto desde que se instauró la necrofilia protocolaria en los campos de fútbol. Para más inri, abre fuego Cayo Lara:

–Señor Rajoy, su reforma laboral ha provocado que se despida más barato, prolifera el contrato basura y el trabajo indigno. Usted se fue a Japón a vender mano de obra barata. Usted ha congelado el salario mínimo en 645 euros al mes. Míreme a la cara: ¿usted podría vivir con 645 euros al mes?

Pues precisamente Rajoy sí podría, don Cayo. Esa pregunta era más bien para CiU. En la réplica, don Mariano esculpió y frotó el argumento que nos sangrará las orejas hasta las generales y que podríamos bautizar como la doctrina del optimismo ma non troppo: un sí pero aún no, una esperanza sin triunfalismo, una lustrosa macro con poquita micro. El paro se reduce al 6% anual, los precios caen al 0,5%, todos los mercados lo dicen, todos los organismos lo dicen (léase con acento King África) pero aún hay mucho que hacer, señor Lobo. No nos las ponderemos todavía.

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Cortesía que agradezco al escritor y crítico Alberto Olmos.

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De cómo Madrid incubó el huevo nacionalista

El atril del Ritz esperando a Arcadi.

El atril del Ritz esperando a Arcadi.

El hotel Ritz, emblema del gran Madrid, acogió esta mañana un desayuno informativo del Foro Nueva Economía que sirvió a la plataforma Libres e Iguales para centrar la contestación civil a este “tránsito inquietante que va del 11 de septiembre al 9 de noviembre”, en palabras de Arcadi Espada, ponente de la mesa. El periodista catalán estuvo acompañado por Nicolás Redondo Terreros, y ambos fueron presentados por la portavoz de la plataforma, Cayetana Álvarez de Toledo, quien desenterró de nuevo una verdad sepultada por años de propaganda comprada y miopía convenida: “El nacionalismo es una ideología profundamente reaccionaria y destructiva. Nada es más antiguo que anteponer los derechos míticos del territorio a los derechos reales del individuo. La respuesta al nacionalismo será española o no será”.

A las nueve menos cuarto comenzaban a llegar los invitados. Ni un solo político en la sala –no fueran a salir en la foto– a no ser que contemos a la propia Cayetana, diputada del PP; a Redondo Terreros, afiliado pero no practicante del PSOE; o a Ana Palacio, ex ministra de Exteriores. Pero el espacio lo ocuparon puros representantes de la sociedad civil, de Boadella a Hermann Tertsch, de un Dragó cada día más joven en conjunto de blanco oriental al inevitable Rodolfo Martín Villa. Casi se diría que el sintagma sociedad civil, tan escueto en la tradición democrática española, cabía entero y solo en el salón. “A las masas encuadradas que desfilarán en Cataluña, nosotros opondremos en Madrid la palabra solitaria en un acto abierto que se celebrará ese mismo 11 de septiembre a las 19.00 de la tarde en el Círculo de Bellas Artes”, anunció Espada.

La intervención del afilado columnista hizo honor a su apellido, como se espera de él. Sin papeles se apoderó del atril y, tras agradecer las “feroces hipérboles” con que Álvarez de Toledo había elogiado su condición de crítico brillante y ciudadano “radicalmente libre”, hilvanó una razonada reprobación de la misma ciudad simbólica –Madrit– que le escuchaba. Debía uno haberlo previsto tratándose de Arcadi, pero el efecto final siempre te sorprende.

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«Vamos a por ti, Jordi»

La venganza se sirve fría.

La venganza se sirve fría.

Alguien debió de pensar: “Ya que ha de ser un otoño caliente, que lo inaugure Montoro”. Y el plan, queridos contribuyentes, ha sido un éxito sonoro: ya está montada. El curso parlamentario ha quedado abierto en canal por la retórica a dentelladas del vampírico don Cristóbal, Eliot Ness del fraude fiscal cuando quiere. Y tratándose de Jordi Pujol, ha querido. Vaya si ha querido. Toda la desganada, calculada tibieza que Rajoy exhibió durante el verano desde que el padre patrio de la Cataluña actual confesase la gran evasión ha quedado bruscamente corregida por Montoro de un modo tajante; de un modo montórico.

Ya que en España todo hay que explicarlo con fútbol, la intervención del ministro en la Comisión de Hacienda ha sido como las ruedas de prensa ígneas de un entrenador maquiavélico antes del choque inminente, en este caso la madre de todas las Diadas: “Si creía que pidiendo perdón públicamente se hacía borrón y cuenta nueva, se equivocaba de pleno. Vamos a poner los medios suficientes para ir hasta el final de este turbio asunto: hasta sus consecuencias no solo administrativas y fiscales, sino también judiciales. Mi comportamiento en este caso será el mismo que en el caso del señor Luis Bárcenas”.

¿Jordi Pujol i Soley en el trullo? No caerá esa breva. Pero la misma amenaza es la noticia. Y si me permiten, también el estilo. Habituados al pedregoso politiqués que hemos de sufrir los cronistas parlamentarios, la diatriba punzante contra la colosal hipocresía de Pujol y su familia que con énfasis y delectación leyó Cristóbal Montoro sacudió de los presentes cualquier remoloneo en el síndrome postvacacional. Oratoria caliente, derroche de adjetivos, juicios morales y la gran advertencia de fondo que Rubalcaba supo esgrimir contra los controladores aéreos: “El que le echa un pulso al Estado, lo pierde”. Ni siquiera se esforzó el ministro por disimular que a Pujol se le tienen ganas no tanto por viejo evasor como por neófito independentista:

–Ningún político sensato puede tolerar actitudes de cinismo político de los que se escudan en el nacionalismo pretendiendo lanzar pulsos políticos al Estado y lucrándose y sacando partido personal al mismo tiempo.

No solo eso, sino que sancionó lo publicado por los medios: que los Pujol ya fueron investigados entre 2000 y 2002. ¿Por qué se paró aquella investigación? ¿Por qué ni siquiera trascendió? Quien más quien menos sospecha que las andanzas andorranas de los Pujol eran conocidas y toleradas a cambio de la lealtad constitucional de CiU y su colaboración fáctica en la gobernabilidad del bipartidismo; quien más quien menos sospecha que ha sido el viraje separatista de CiU el que ha roto el pacto clandestino de la vista gorda, el que desató a los sabuesos de la UDEF –qué coño es la UDEF– y puso a funcionar el drenaje de las cloacas del Estado por donde hasta entonces se embalsaba la ciénaga. La moraleja es la siguiente: en este país se puede robar más o menos dentro del sistema, si la cosa no es muy descarada; pero robar y desafiar al tiempo la arquitectura institucional es como si un simple mortal se burla de Zeus y eso, advertían los griegos, convoca siempre una némesis implacable.

Sobre el eje de esta misma incoherencia, de este celo antifraude de nuevo cuño, giraron las críticas de la oposición. Saura (PSOE) le recordó a Montoro que dos de los cachorros de la camada Pujol Ferrusola se acogieron a la amnistía fiscal para aminorar las consecuencias de la ilegalidad, lo que probaría que la propia ley tuvo más de salvoconducto que de mina de millones aflorados para pagar sanidad y pensiones. ¿Habría sido tan duro el ministro si Pujol hubiera accedido a pasar por el aro de la Agencia Tributaria? Oigamos algunas saetas:

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Cantar de gesta del nacionalista español

  1. «Acusar a alguien de militar en el nacionalismo español (sic) es presenciar el salvamento marítimo de un canguro a manos de un surfista. Sucede, pero no tiene sentido. El sufijo ‘ismo’ en castellano indica, entre otros significados, movimiento ad quem, tendencia. Uno se declara partidario del cainismo cuando aspira a eliminar a su igual, que aún sigue vivo. Del mismo modo, uno se declara nacionalista catalán cuando es consciente de que Cataluña no es una nación-Estado, pero debe serlo. Uno pudo declararse nacionalista español cenando con Juana la Beltraneja, pero no hoy, cuando el objetivo de ver a España convertida en nación-Estado hace tiempo que se ha cumplido.

  2. El tertuliano de cuota territorial que acusa a otro de nacionalista español lo hace buscando equiparar dos sentimientos –uno de ley y otro de partido– para así evitarse razonar y fiarlo todo a la dialéctica desatada entre la condición victimaria de la tesis y la victimista de la antítesis, y alumbrar de ambas un nuevo estatuto o síntesis, o cambalache presupuestario. El otro tertuliano, que igualmente cuenta sus neuronas con rosario de dedo, trata de defenderse desmintiendo su militancia españolista (sic), con lo que acepta la inexacta premisa del tertuliano victimista. Otra cosa es tacharle a uno de patriotero, término exacto habiendo patria, pero llamarle a otro españolista es como llamar carlista a un simple Carlos. En el momento en que Cataluña sea una nación con todas sus cositas no tendrá objeto el nacionalismo catalán, de ahí que convenga alargar el proceso para no tener que cambiar unas siglas que se han revelado excepcionalmente lucrativas en los últimos decenios. Contra la tesis, sobre todo si es mayoritaria y garantista, uno puede pasarlo en grande por muchas décadas montando tiberios callejeros y enmoquetando edículos públicos. En consecuencia, nadie hay menos interesado en la independencia de Cataluña que un nacionalista catalán, así como no hay mayor papista que los diarios de izquierdas, cuyas tiradas son proporcionales a la facundia de los obispos».

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Aquí Samaranch no estaba determinando la dirección del viento. O sí.

Rescato estas reflexiones de un dietario de juventud que llevaba hace cinco años, en una época –como se ve– aún enérgica de mi vida. Las he recordado oyendo hablar tanto y tan gratis del nacionalismo español, usted lo que pasa es que es un nacionalista español, esto es un choque de trenes nacionalistas, hay mucho nacionalista español en Madrit, y otros pancismos.

Con el primer párrafo de la autocita sigo estando de acuerdo, porque la gramática no ha cambiado. Un nacionalista español es un artefacto retórico que se puede arrojar en las tertulias pero que no duele porque no tiene peso semántico real, carece de correlato callejero. En la calle encuentras españoles más o menos chillones, más o menos encariñados con la Costa Brava, más o menos hartos de que les acusen de robar a Cataluña y oprimir cada mañana al rico pueblo del nordeste; pero técnicamente los últimos nacionalistas españoles murieron con la propaganda franquista, si bien nuestra opinión pública aún no ha aprendido a vivir sin Franco, por lo que a todas horas hay que recrear el espantajo de fajín y bigotito para proceder a tundirlo democráticamente, heroico antifranquismo del siglo XXI. Como si Cataluña, por otra parte, no hubiera dado tantos y tan entusiastas franquistas durante aquellas divinas décadas que hicieron posible, naturalísimo, el brazo extendido de Samaranch.

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30 julio, 2014 · 18:05

Libres e Iguales: una crónica

España bien vale una insolación.

España bien vale una insolación.

Recibí generosamente un mail de parte de Arcadi Espada invitándome a participar de la puesta de largo de la plataforma Libres e Iguales. Habría un briefing en Lhardy con prensa, seguido de almuerzo y posterior lectura del manifiesto a la puerta del Congreso.

De la iniciativa ya había tenido alguna noticia por David Gistau, que asitió a la cena fundacional. Me extrañaba que hubiera tardado tanto en crearse algo así, de hecho. Don Mariano lo ha fiado todo al tancredismo y ya parece evidente que la estrategia no funcionará. «Ellos esperan que Madrid responda para alimentar su victimismo. Sin adversario se cuecen en su propio jugo y nace la división en sus filas. Rajoy no olvida que Aznar fue una fábrica de independentistas». Todos estos mantras que oímos son un bullshit, que diría nuestro convocante, y permiten al monocultivo ideológico nacionalista seguir expandiéndose sin encontrar otra resistencia que la seca apelación a la ley. Ninguna ruptura de naturaleza irracionalista se ha frenado apelando al orden legal, señores; si acaso, así es como se provoca: respondiendo al borracho que haga el favor de no hacer ruido, que los niños están acostados.

Los niños, efectivamente, están acostados. Me decía Jacobo Elosua que Libres e Iguales debe combatir la etiqueta de «élite intelectual» y abrazar la de ciudadanos, y yo pienso que ojalá, que ojalá España no hubiera inventado la santa siesta. La plataforma se funda para hablar, para crear un poco de debate cordial y hacer la pedagogía que no se hace, para tratar de despertar a la buena gente siempre huidiza ante problemas demasiado duros y cercanos, como dijo Fidalgo en la comida, a ver si hay suerte y toma conciencia de que la secesión de Cataluña constituiría la mayor catástrofe para la Península Ibérica desde la última guerra civil. Empobrecimiento general, fermento del odio casa por casa, actualización de los siniestros métodos de segregación social del siglo XX, lobos solitarios contestados por futivos montaraces y así. Todo para acabar remendando la brecha a la vuelta de dos generaciones envilecidas, exhaustas por la ruinosa aventura. Entretanto, España otra vez meca de exotismos y turistas de lo anacrónico.

Nuestro país tenía el récord mundial en pérdida histórica de trenes de progreso hasta 1978. Ahí se fastidió nuestra hegemonía de lo deprimente y cometimos la increíble fantochada de ingresar en un vestíbulo de modernidad, de prosperidad, de garantismo jurídico desde luego incompatibles con nuestra tradición. Pero aquí la tradición –y los fueros viejos– tiran mucho, normalmente por el lado equivocado, y ahora pretende retornarnos a la antesala de los Decretos de Nueva Planta, reinando Felipe V, el de la primera Diada. Ese sí es el statu quo fetén, el ser profundo de nuestra idiosincrasia. Y una romería a Montserrat para ambientar coherentemente la maniobra de retroceso.

Ya es hora de decir que el nacionalismo es la quintaesencia de lo reaccionario, decía Cayetana Álvarez de Toledo. Que la moderna idea de Europa se construyó precisamente contra los nacionalismos, apuntó, creo, Carlos Falcó. El economista vasco Felipe Serrano describió muy gráficamente cómo a medida que el Estado se retira, acosado por el nacionalismo, lo que va quedando es un páramo donde si acaso la oficina de correos erige un último vestigio más o menos poético de pertenencia a una comunidad de derechos democráticos. Y para entender cómo hemos llegado hasta aquí, Gabriel Tortella, de trayectoria inequívocamente izquierdista, dio en el clavo del pacto fáustico entre izquierda y nacionalismo por mor de un antifranquismo sentimental primero, y de la gobernabilidad a todo precio mediante apaños postelectorales contra natura, después. Lo cuenta muy bien hoy en una tribuna de El Mundo, y lo explicaba de forma antológica Félix Ovejero.

Almuerzo en Lhardy.

El briefing en Lhardy.

La verdad es que el almuerzo fue una delicia, tanto por el tumbet y el solomillo como por la compañía. Una de esas escasísimas ocasiones en que, te sienten donde te sienten, tienes conversación interesante a tu lado. Eso, sospecho, pasa solamente un puñado de veces en la vida. Yo tenía a Teo León Gross a mi izquierda, a Laura Fàbregas a mi derecha y enfrente a Jon Juaristi, Joaquín Leguina, Jorge Martínez Reverte y Andrés Trapiello, seguidos de Felipe Serrano y José María Fidalgo. Leguina es un caudal de anécdotas contadas con un jovial casticismo ya perdido. Juaristi posee una memoria prodigiosa y llena el personaje del sabio divertido, con un punto de descuido muy gracioso. Y así podríamos hablar de todos. Uno desea volver a coincidir con ellos pronto.

A los postres habló Trapiello para decir que toda su vida ha militado en bandos perdedores y que está perfectamente acostumbrado, y que los allí presentes componían en el fondo un plantel de solitarios pero que él se conformaba con fracasar en semejante compañía. No le faltaba razón, aunque Arcadi se mostraba más optimista que eso. Luego, ya frente al Congreso siguiendo el plan escenográfico diseñado por Boadella, hicieron acto de presencia Hermann Tertsch, Carlos Herrera y Mario Vargas Llosa, entre otros. Cayetana leyó el manifiesto, luego posamos para la foto y marchó cada cual a su casa a lavar la camisa empapada en sudor.

Mentiría si dijese que creo ciegamente en el efecto mágico de los manifiestos, y desde luego uno no es nadie para dar lecciones ni abajofirmar nada más allá que un post. Pero mentiría mucho más si no confesase el orgullo de aparecer entre estas cabezas que rehabilitan con naturalidad y buen humor la denostada condición del intelectual. Es sorprendentemente fácil perderse en matices justificatorios, tres pies de gato y tuits de moralidad superior y comodidad mediopensionista. Ahora bien: si cada quien, en su insignificancia, puede hacer algo en una hora ciertamente dramática para el país, creo que llegará un día en que no se perdonará no haberlo hecho a la vista de los posibles acontecimientos.

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