Archivo de la etiqueta: el tabarrón catalán

Utopía española

Patriota razonando.

Patriota periférico razonando.

Sabíamos el lugar, el día, la hora y el minuto en que el Rey y el himno de España serían pitados en España por dos grupos de españoles deseosos de ganar la Copa del Rey (de España). Hasta ahí, yo no veo dónde está la contradicción. Desde Juana la Beltraneja opera aquí la disensión como garantía de añeja españolidad, y reparemos en que la Constitución del 78 es muy posterior al Tratado de los Toros de Guisando. Otra cosa es que la legislación vigente tipifique con mayor o menor ambigüedad el delito de ultraje a los símbolos del Estado; pero si la interpretación de la norma corre finalmente a cargo de jueces tan modernos como Santi Pedraz, no creo que las frustraciones identitarias del hombre-masa periférico vayan a quitar el sueño a los Eliot Ness de la Fiscalía.

No me esconderé en la ironía confortable ni en la identidad problemática de mi país. Yo sé que el español no aprende modales si no es a palos, y sé que si los pitidos hubiesen acarreado la suspensión de la final las cosas empezarían a cambiar, así como las multas abusivas han rebajado sensiblemente las muertes en carretera. Pero ni hay voluntad política para asumir el coste de una ley así ni hay coraje en los medios deportivos para hacer su pedagogía entre las aficiones, de cuyo progreso civilizatorio ya nos felicitamos a poco que no tiren hinchas a los ríos. El señor Cardenal y el señor Tebas pueden ponerse jupiterinos y anunciar sanciones, pero los madridistas aún esperamos que chapen el Camp Nou, cumpliendo la sentencia que desestimaba el amparo del lanzamiento de cabezas de cerdo y botellas de whisky en los elásticos márgenes de la libertad de expresión.

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El año del despiste

Karim, decisivo en un visto y no visto.

Karim, decisivo en un visto y no visto.

La magnanimidad del Estado, más allá del FROB, quedó acreditada en la primera parte por mediación de la clemencia blanca, que tuvo al Barça arrodillado y en lugar de desnucarlo le tendió la mano y pidió que continuara este clásico que nos hemos dado todos los españoles. El suflé va a la baja y la consigna es mantener cerrada la fábrica de independentistas.

Modric y Kroos, con la solidaridad franciscana de Isco y Marcelo, violaron el espacio sacral del mediocampismo culé. Durante media hora el estadio asistió a una oportunidad histórica para ahondar en la sofisticación de su victimismo, pero se quedó en eso: en oportunidad. Porque Luis Enrique es un pragmático y ha despenalizado el pelotazo y el contraataque, extintos anatemas del pope Pep. Así llegaron los goles locales: el segundo dañó especialmente la fe reencontrada de los de Ancelotti, que entregaron la segunda mitad a las incursiones dentadas de Suárez, Neymar y Messi. Quienes perdonaron, en exquisita correspondencia con la primera mitad, todo lo que estipulaba la Constitución y el Estatut. Pero tuvieron que ganar o habrían sido descorteses con el público.

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Chat del clásico con Sostres

Sostres / Bustos.

Sostres / Bustos.

¿Qué les parece que el partido se juegue un domingo a las nueve de la noche?
-JB: Si de mí dependiera no habría avisado al Barça de la hora del partido, como diría Shankly.
-Salvador: Me parece estupendo porque cuando el Barça juega el sábado, el domingo es aburridísimo.

Buenos días, Salvador y Jorge, ¿estáis de acuerdo, como se está comentando por ahí, que el Barca con el mejor Messi desde hace mucho tiempo, le va a dar un repaso a un Madrid en horas bajas? Jorge, ¿será el domingo uno de esos días que te gustaría que Cataluña fuera un país independiente y, consecuentemente, este partido no tendría lugar? Muchas gracias a los dos.
-JB: A mí no me gustaría que Cataluña fuera independiente ni aunque encadenáramos manitas una década. Bueno, entonces puede. Pero quizá no hemos reparado en que la rivalidad del clásico nos une en un odio redentor muy español. Mientras juguemos clásicos, el Estado está a salvo. Y el folclore.
-Salvador: El Barça es Messi, sin duda. Sin Messi, el Barça es un equipo caótico y desfigurado. Hasta irrelevante. Pero hacer pronósticos sobre los clásicos es aventurado. Puede pasar cualquier cosa en cualquier momento. Dar al Madrid por muerto es de cateto provinciano. Y te lo digo yo, que estoy rodeado.

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El ruido sordo de la endogamia

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

La comandante Zaida en la tribuna de invitados del Congreso.

Abrió la sesión un atronador minuto de silencio en recuerdo de las víctimas del 11-M: fue la parte más elocuente de la matinal parlamentaria, zambullida ya en el barro electoral. Por unos instantes todos nos pusimos de pie para pasar íntimamente el dedo por aquella cicatriz nacional aún tibia, acariciándola enmudecidos, y sólo se oyó el tableteo de los fotógrafos disparando. Hasta la pantalla del iPad de doña Celia exhibía la sombra del luto. El responso laico concluyó con un aplauso como futbolero y a partir de ahí todo fue a peor.

El señor Bosch tomó la palabra y preguntó por la pobreza infantil. Más tarde, Pere Macias, tras «solidarizarse con el pueblo de Madrid», inquirió por el fomento de la innovación industrial. Se hace escandaloso, si no imperdonable, que ERC y CiU olviden así sea por un día la identidad oprimida de su tierra. Si el tabarrón catalán continúa amortiguándose, nos tememos que cualquier miércoles se alce Tardà clamando que le duele España.

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Los Pujol: una tara hereditaria

Padrino crepuscular.

Padrino crepuscular.

Hijo de un contrabandista de divisas, padre de seis hijos imputados, está bastante claro que el problema de Jordi Pujol i Soley es hereditario. Y eso confesó al juez: que recibió una herencia de 140 millones de pelas de su padre, el travieso Florenci, y no supo qué hacer con ella. Comprendemos su apuro. En España solemos usar estas adversidades inopinadas para tapar agujeros una vez aligerado de ellas el diezmo para Hacienda, pero vaya usted a saber qué comportamiento etnológico dicta para estos casos el hecho diferencial del noreste.

Total, que lo fue dejando, lo fue dejando y al final se encontró con que el desagradable problema sobrepasaba los 400 kilos; un tamaño bien hermoso para esta clase de quistes fiscales que se esconden a los cirujanos de la Agencia Tributaria. Hay quien insinúa que semejante tumor no se hereda así como así, sin una exposición continuada a las radiaciones B emanadas del Presupuesto. Pero si a San Isidro, patrón de Madrid, le araban el campo los ángeles, ¿por qué a don Jordi, padrino de Cataluña, no se le iban a multiplicar los ahorros sin necesidad de recurrir a la plebeya institución de la mordida?

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Pla, un vencedor derrotado

El hombre que murió en la cama.

El hombre que murió en la cama.

Cuando oigo decir que ya es hora de empe­zar a estu­diar el fran­quismo sin apa­sio­na­mien­tos, reprimo un hondo sus­piro de melan­co­lía. Ya sería hora, sí, en un país nor­mal: no en uno que revive cada día el espan­tajo del dic­ta­dor para jus­ti­fi­car un deli­rio iden­ti­ta­rio o una eterna revo­lu­ción pen­diente, con­ce­der meda­llas retros­pec­ti­vas, prac­ti­car un revi­sio­nismo absur­da­mente nos­tál­gico y, en gene­ral, ganarse la vida del inte­lec­tual ses­gado con sine­cura ideo­ló­gica, que es el modelo inma­duro de la indus­tria cul­tu­ral española.

Pero a veces topa­mos con tra­ba­jos rigu­ro­sos, labo­rio­sa­mente edi­ta­dos y valien­te­mente pro­lo­ga­dos, muy ale­ja­dos del sec­ta­rismo que alienta en la colo­ni­za­ción cul­tu­ral (enjui­ciar las posi­cio­nes éti­cas de los bio­gra­fia­dos en tiem­pos béli­cos desde la con­for­ta­ble óptica de la pros­pe­ri­dad pos­mo­derna) como este libro del perio­dista Josep Guixà, obra lumi­nosa sobre la rela­ción ambi­gua entre Pla y otros cata­la­nis­tas mode­ra­dos con el fran­quismo. A dife­ren­cia de lo que se ha tra­tado de hacer con Ruano, redu­cién­dolo a nazi sin com­pren­der su pica­resca estruc­tu­ral (y sí: amo­ral, pero nunca faná­tica ni cri­mi­nal), este libro des­cribe con pro­li­fe­ra­ción de docu­men­tos y esfuerzo de com­pren­sión la polé­mica evo­lu­ción ideo­ló­gica del gran escri­tor y de algu­nos cole­gas, desde su crianza bur­guesa hasta su coque­teo juve­nil con el radi­ca­lismo izquier­dista de Macià; siguiendo por el defi­ni­tivo des­lum­bra­miento ante Cambó y el regio­na­lismo pac­tista de la Lliga (posi­ción con­ser­va­dora que ya nunca aban­do­nará); con­ti­nuando por su labor de espio­naje desde Fran­cia para el bando de Franco durante la gue­rra, cuya elu­ci­da­ción pre­cisa es la mayor apor­ta­ción de este libro; y ter­mi­nando por la des­con­fianza amarga con que unos y otros (cata­la­nis­tas y fran­quis­tas, e incluso cata­la­nis­tas fran­quis­tas, con­di­ción mucho más mayo­ri­ta­ria de lo que vende el mito nacio­na­lista y que Guixà docu­menta con lujo) paga­ron sus servicios.

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La españolidad airada de Podemos

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

¿De veras no ven ustedes a don Íñigo pactando con el PP?

Durante la Gran Guerra los españoles se dividieron –el verbo que mejor conjuga un español– en germanófilos y aliadófilos, y dirimían sus diferencias en los cafés con el escaso sosiego propio de la raza hasta el punto de colmar la paciencia esteticista de Ramón, que terminó por prohibir en Pombo que se hablara de la guerra. Por entonces hizo fama el viñetista Bagaría, que alcanzó un grado sublime de españolidad satirizando al Káiser para un periódico aliadófilo y firmando con seudónimo para otra publicación sarcasmos contra franceses e ingleses; cuando le descubrieron, salió del paso con una genialidad: “Odio la guerra en todas sus manifestaciones, y qué mejor forma de demostrarlo que atacar a los dos bandos”. De este encaste de pícaros de la intelectualidad provienen también Pablemos y sus muchachos.

De continuar la deriva emprendida, Podemos va a acabar achicando el espacio al PP. Un aplauso más al papa, un guiño más al funcionario, otra mirada amorosa a la tropa de infantería y Cospedal tendrá que salir con su mantilla más tupida a insinuar que ya con el PSOE no: que ahora, por mor de la pura afinidad ideológica, con quien se plantea el pacto de gobierno el PP es con Podemos.

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Podemos y Cataluña: el indiscreto encanto de la burguesía

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

El círculo de Podemos: los ojos de la boa Kaa que obnubilan a los pijos.

La única inexactitud sugerida por el Jefe del Ejército, más allá de la inexactitud fundamental que supone el hecho de que un militar opine, es que España juegue en su analogía el papel de metrópoli de Cataluña, cuando las evidencias de renta económica e iniciativa política señalan que ocurre exactamente al revés. A Manuel Vázquez Montalbán no le gustaba la famosa sentencia de Wenceslao Fernández Flórez según la cual Cataluña es la única metrópoli que desea separarse de su colonia. No le gustaba, claro, porque no era tonto y porque era comunista, y por tanto sospechaba que Fernández Flórez metía el dedo en la llaga al señalar que el nacionalismo catalán era una afición de burgueses. Como así es, en efecto. Don Wenceslao era gallego, tierra entonces de miseria en comparación con Cataluña, y no podía entender un movimiento de liberación nacional que se apoyase no en la humillación de los oprimidos sino en el egoísmo de las clases medias y altas.

En Cataluña, como en Escocia o en la Padania, el independentismo es un juego de clases acomodadas que quieren serlo más, es decir, pagar menos impuestos a los pobres del sur del Ebro y tocar a menos bocas en el reparto de los propios, con los cuales además seguir haciendo suculentas distracciones al 3% sin miedo al ojo de la Hacienda central. No por pesetero e insolidario deja de ser menos transparente el empeño: menos comprensible es el caso vasco, cuyos nacionalistas, logrado el cupo, apelan a un esencialismo étnico que sonrojaría ya a Darwin. El hecho desnudo es que en las dos regiones históricamente más prósperas de España ha arraigado un sentimiento de vergüenza hacia el resto de la Península que no es alimentado por un escarnio sistemático, como el de los congoleños a manos de Leopoldo II de Bélgica, sino por el asco de mezclarse con pobres en alpargatas. De ahí la frase de Fernández Flórez.

Racismo y burguesía siempre han trabado bien, porque el que tiene su capitalito teme más que lleguen otros a quitárselo que el que no tiene nada, como el obrero, o el que tiene mucho, como el aristócrata, que propende antes al paternalismo que a la xenofobia. Pero revolución y burguesía conjuntan aún mejor. Todas las revoluciones –las buenas, como la inglesa y la americana; las mediopensionistas, como la francesa; y las vesánicas, como la bolchevique y la fascista– las ha hecho la burguesía, y el proletariado ha sido en ellas lo de siempre: la carne de cañón. Es natural que así sea, porque el proletario no tiene tiempo ni formación para idear revoluciones y lo que desea ante todo es convertirse en apacible burgués. Es el burgués el que posee lecturas y energía para entretenerse en hacer listas de agravios cuando la vida le ha despechado o no le ha catapultado adonde esperaba. Una checa siempre la empieza llenando un profesor ex burgués que señala con la pluma al editor que no le publicó antes que el miliciano lo sentencie con la pistola.

Recuerdo estas elementales nociones de sociología histórica porque han sido confirmadas por el último CIS, que identifica al votante mayoritario de Podemos como urbanita de clase media más o menos afectada por la crisis y con estudios universitarios. O sea el pijiprogre, pues el proletariado no entiende La Sexta, evidentemente, sino Telecinco. A los de Podemos les llaman con toda propiedad la casta de Somosaguas, Monedero es profesor de máster en ICADE, Errejón no puede disimular su dicción de niño pijo y las adhesiones ardorosas a su causa no se pronuncian en las fábricas de Fuenlabrada sino en las teterías del Barrio de Salamanca, donde declararse podemista es pura moda trendy como la talasoterapia o la crema de células madre.

–Pues yo voy a votar a Podemosss, tía, que está todo fataaal –se despereza la milf desde el centro burbujeante del spa del Metropolitan.

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