Archivo de la etiqueta: monarquismo metafísico

Mi generación

Pertenezco a una generación que nació con la democracia ya parida, con España ya resuelta y con el liberalismo dado por supuesto como los peces presuponen el agua. El presidente se llamaba indefectiblemente González, el rey Juan Carlos nos dirigía un irrelevante mensaje cada Navidad y nuestro único miedo consistía en que los avisos de bomba que llegaban regularmente al colegio en época de exámenes no fueran otra broma de un holgazán de COU. La vida tardaba en empezar a ir en serio, y cuando lo hacía nos conminaba a la elección de una carrera que nos gustase y que no estuviera desprovista de salidas; antes había que pasar por un Erasmus, mucho cine americano y la reiterada epifanía del botellón. La política, cuando excedía las pintorescas batallitas de rojos y fachas con la mahou en la mano, solo revelaba una obsesión de inadaptados de un bando y de otro.

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15 diciembre, 2020 · 10:40

Plebeyo de corte y rey de pueblo

Asegura Landaluce que si hoy soltáramos en una barriada de Vallecas a Pablo Iglesias y a Juan Carlos de Borbón, el rey con olor a pueblo concitaría aplausos y selfis mientras que el plebeyo con ínfulas de marqués tendría que salir escoltado. Sospecho que Emilia acierta, y que su experimento de democracia directa pondría a la historia de Podemos el colofón populista que la historia reserva a los impostores. Los vallecanos sabrían distinguir entre aquel que se sirvió de ellos y aquel que los sirvió a ellos, al menos hasta que se perdió en pos del vil metal y el eterno femenino, pasiones desde luego más populares que el compulsivo visionado de series de politología francesa.

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8 diciembre, 2020 · 14:02

Felipe VI el Anacrónico

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Reyes del XXI.

El único republicano español al que me creo es uno que esté sinceramente dispuesto a que José María Aznar sea el jefe de su Estado. Y no cuatro años sino ocho o doce, los que diga la gente. A ver si de lo que se trata aquí no es de la forma del Estado sino de que los tuyos colonicen el último reducto apartidista de la vida pública española. Una pinza muy nuestra de tiernos adanistas y sus melancólicos abuelos aspira a una república mitificada que no existe en ningún sitio, por eso se desea. Y en España, donde hemos politizado desde las energías renovables hasta el porno -valga la redundancia-, existiría menos que en ninguno. Aceptemos que la república como ideal es imbatible, como lo es el amor, pero estas bellas palabras hay que pensarlas en concreto, es decir, la república hecha por y para españoles. Los españoles que concretaron la república en el siglo XIX terminaron ahogándola en un baño de sangre cantonal y los que la concretaron en el siglo XX la ahogaron en otro de sangre civil. En una vieja nación cuarteada por separatismos regionales e inflamada por fanatismos ideológicos, la mera idea de un cambio de régimen debería invitar a la prudencia sin necesidad de leer a Burke.

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9 julio, 2020 · 12:15

Roca: Rey e Infanta

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Real sitio.

Aquella mañana Felipe VI recibió en Zarzuela a Meritxell Batet y a Manuel Cruz, presidentes de las Cámaras, y aquella tarde Juan Carlos I recibió en Las Ventas el brindis de Andrés Roca Rey, figura del momento. Y visto el espectáculo de la víspera en las Cortes, ya no cabe descartar que el ruedo ibérico se haya trasladado a San Jerónimo y la sede de la verdadera soberanía a la muñeca de un torero. Rumiaba la paradoja desde el real sitio que me había guardado Zabala, exactamente detrás de don Juan Carlos y de la infanta Elena. Hasta ahora, y exceptuando las sesiones con la Reina Letizia en Fundéu, lo más cerca que había estado de la Casa fue en el avión de la Undécima con Froilán. ¿O fue en la Duodécima? Se me mezclan en la memoria del jubiloso ayer.

Los aficionados se paraban en la escalera a posar calibrando su selfie con Rey al fondo, alarde de vulgaridad que uno no esperaba encontrar en una plaza de toros, porque uno siempre ha encontrado en los toros a la gente más educada del mundo. Con insultante diferencia respecto del fútbol, sin ir más lejos. Me quedé con las ganas de preguntar a don Juan Carlos si vio lo del Congreso por la tele, la verdad. Pero habría sido como preguntar a Benedicto XVI por la entrevista de Évole a Francisco.

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23 mayo, 2019 · 17:28

La capital de todos los orgullos

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Cuando terminó, todos se levantaron.

Contra lo que esperaría el alcalde de Blanes, la capital del Magreb amanecía bien orgullosa el miércoles por la mañana. Del orgullo homosexual del World Pride pasaba Madrid sin esfuerzo al orgullo institucional del 77. De modo que una ardilla gay y democrática habría podido saltar de orgulloso en orgulloso desde Chueca hasta Cortes sin pisar el suelo.

Lo que vuelve fascinante al Congreso es su inescrupuloso poder de absorción. Esos dos leones de bronce custodian un agujero negro virtuoso capaz de anclar al sistema a los espíritus más indómitos. Toda una vida rebelándose en la Complucontra esa “institución inoperante al servicio de la clase dominante” -en que consiste según Lenin un Parlamento liberal- para acabar reduciendo la lucha a la ostentación de un clavel rojo como los que se ponía Esperanza Aguirre por San Isidro. De comisario organillero ejercía Monedero, que no se pierde una. Iba por el hemiciclo repartiendo claveles como un chino en Nochevieja.

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28 junio, 2017 · 20:13

Si esto es un Borbón

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“Una familia más”.

El martes una infanta de España logró con solo diez años una proeza: hacer su primera comunión sin reabrir el debate sobre monarquía o república ni desencadenar marchas por la aconfesionalidad del Estado. Dos controversias que, junto con la fijación moral del callejero, representan para el buen español lo que el porno para el soltero: vicios irresistibles, seguramente incurables. El español según Ferlosio es onfaloscópico: se escruta sin asco ni piedad el círculo del ombligo y nunca lo ve cerrado. Quién soy. Qué tiene él que no tenga yo. Por qué tengo menos. Cómo me ahorro la trimestral del IVA. ¿Acaso Alcañiz carece de identidad? La Transición fue un parche. Pedro, ¿tú sabes lo que es una nación? Cuestiones todas insolubles que repican sin cesar entre las paredes craneales del hijo de Atapuerca. Pues bien: todo ese temblor metafísico permaneció quieto al paso de una niña Borbón con un crucifijo al cuello acompañada de dos reyes nada metafóricos. De los de palacio, corona y dinastía de siglos. Uno de ellos, de hecho, era su padre.

El ABC recogió la noticia sin privarse del sintagma atenuante: “como una familia más”. Todos sabemos que no es una familia más, pero si siguen insistiendo va a terminar siéndolo, y los monárquicos metafísicos como Dalí o yo dejarán de sentir el eco de la historia y la belleza del símbolo que justifican nuestra adhesión a una institución efectivamente anacrónica. ¿Y? Algunas de las cosas más apreciadas por el hombre son anacrónicas, empezando por los vinilos o las manifas sindicales. Yo quiero que la monarquía lo siga siendo, pero Felipe VI ha emprendido tan firme camino de modernización que los nostálgicos de vez en cuando hemos de consolarnos en El Prado delante de Rubens. Ciertamente ese museo no lo pobló una familia moderna.

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El bueno (Girauta), la fea (Susana) y el malo (Pedro) en La Linterna de COPE

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19 mayo, 2017 · 15:23

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00

Elogio de la opacidad

Pudo prometer en la tele porque pudo obrar fuera de ella.

Pudo prometer en la tele porque pudo obrar fuera de ella.

Pues a mí, perdonadme, no me parece que tengamos que meter cámaras y micros en los reservados donde casta vieja y casta nueva pactan a escondidas. Y no por el chasco que nos llevaríamos luego al enterarnos de que en realidad charlaban de baloncesto. Sino porque, en cuanto vieran aparecer una cámara, estos políticos nuestros que por una vez ejercían de civilizados comensales -tal y como necesita el país- de inmediato empezarían a representar un papel, la misma cansina función que nos han propinado durante la campaña, el bucle melancólico de la retórica sectaria en la que giran como hámsteres los candidatos.

La presencia de una cámara mitiniza inevitablemente el lenguaje. La sociedad de la información, con su insomne ojo digital, actúa sobre la política según el principio de incertidumbre de Heisenberg: la posición del observador altera siempre la realidad observada. Un político razonable en los pasillos del Congreso se vuelve un basilisco en la tribuna de oradores: ¿qué ha pasado entre medias? ¿Se extinguió el efecto de la pastilla matinal? No: es la televisión, estúpido. De ahí que uno prefiera la opacidad responsable a la telecracia festivalera, y mientras esta exija roles enfrentados para salivación de sus hinchadas cautivas, será imposible hacer normal en los medios lo que ya es normal en los pasillos del Congreso y en los reservados de hotel, por parafrasear a nuestro primer telécrata.

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Cortesía por este artículo de Arcadi Espada en su carta sabatina.

Entrevista en Cope por La granja humana, a partir del minuto 39.

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