Podremos discutir todo menos que este Congreso no sea representativo: está exactamente igual de fracturado que la sociedad a la que representa. Y esa falla se manifestó cuando debía, en la solemne sesión de apertura del mandato, más que nada para dejar las cosas claras desde el principio. No fue un arranque sino un espóiler.
Por una día el Congreso se honró a sí mismo y las señorías allí presentes abrieron un paréntesis de añorada solemnidad para renovar la vigencia de la monarquía parlamentaria. Nadie echó de menos a los que faltaron salvo el presidente en funciones, visiblemente incómodo por el protagonismo que le robaba Leonor de Borbón. Pegaba tanto Sánchez en el acto de hoy como una tarántula en un trozo de bizcocho. Y él sabe bien por qué.
Dicen que a Madrid le falta un icono incontestable. Que carece de un anfiteatro romano, una torre de hierro puntiaguda, un puente colgante sobre un caudaloso río o una sirenita de bronce posada sobre una piedra. Pero cualquiera que acceda al Campo del Moro por el paseo de la Virgen del Puerto dejará de buscar alternativas a la imagen más elocuente y poderosa de la capital. Allí, dominando la cornisa de poniente que desciende entre los parterres del jardín hasta más allá de la fuente de las Conchas, se alza la milenaria sede de la historia de Madrid, que es la de España. Allí erigieron los árabes su fortaleza fundacional en el siglo IX, relevada por el alcázar de los Austrias, sustituido con los Borbones por el palacio real más grande de Europa occidental.
Un francés dijo que el estilo es el hombre y una inglesa logró que la institución fuera la mujer. Se negó a sí misma para diluirse en la institución, y la institución terminó por adquirir su rostro. Isabel Windsor no fue educada para reinar, pero cuando abdicó su tío en su padre, siendo ella una niña, supo que su infancia había muerto. Más tarde descubrió que tampoco tendría adolescencia ni juventud; a cambio se eternizaría en una madurez numismática,sin envejecer jamás, porque un corazón que no desea nunca se marchita. Esta fue la ascesis entre victoriana y budista gracias a la cual Isabel II cuajó el modelo del monarca contemporáneo: uno en que la corona se apoya sobre un símbolo colectivo y no sobre una cabeza individual, con deseos y opiniones. Quien piense que es fácil extirparse la libertad a cambio de vivir en un palacio que pruebe a contar con una mano los ejemplares felices o meramente cuerdos que quedan en las familias reales europeas.
Quien lamenta el regreso de Juan Carlos I no tiene corazón y quien no cierra filas con Felipe VI no tiene cabeza. Otros no tienen vergüenza: la suficiente para tapar su pisuerguismo republicano aprovechando que el Emérito pasa por Sangenjo. Pero me centraré en los primeros y en los segundos.
Es más fácil amarse cuando el mundo conspira contra tu amor. El incendio se propaga mejor al contacto con el gas combustible de la opinión pública. No hay mucho mérito en enamorarse cuando el mundo se derrumba, con todos los respetos al guionista de Casablanca, porque el amor se aquilata en la desgracia compartida. Esa es precisamente la esencia de la rebeldía romántica: la afirmación de una intimidad asediada. Y por más que la zafiedad populista o el republicanismo romo o la embriaguez carroñera enturbien estos días el juicio mediático, ese romanticismo de catacumba fue decisivo para la duración del matrimonio entre Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón. Claro que para verlo hay que fijarse en el hombre y la mujer, no en el duque y la infanta.
Como su nombre indica, el palacio de Marivent se asoma a la cala desde lo alto de un risco que el viento, con mayor o menos intensidad, azota de continuo. En Marivent está ya la Familia Real, como cada verano. Felipe VI ya se ha reunido con Francina Armengol, con el presidente del Parlament balear, con el resto de autoridades locales. Volverá al club náutico a regatear en la Copa del Rey de Vela, suspendida el año pasado, a bordo del incombustible Aifos, anagrama del nombre de su madre, devota inquilina de Marivent. Despachará con Sánchez, visitará con sus hijas el monasterio de Lluc y hará lo que ha hecho siempre, lo que tiene que hacer, mientras el mar se agita o se aplana y mientras el viento silba entre los altos pinos o murmura contra los muros de palacio. Como siempre.
Pertenezco a una generación que nació con la democracia ya parida, con España ya resuelta y con el liberalismo dado por supuesto como los peces presuponen el agua. El presidente se llamaba indefectiblemente González, el rey Juan Carlos nos dirigía un irrelevante mensaje cada Navidad y nuestro único miedo consistía en que los avisos de bomba que llegaban regularmente al colegio en época de exámenes no fueran otra broma de un holgazán de COU.La vida tardaba en empezar a ir en serio, y cuando lo hacía nos conminaba a la elección de una carrera que nos gustase y que no estuviera desprovista de salidas; antes había que pasar por un Erasmus, mucho cine americano y la reiterada epifanía del botellón. La política, cuando excedía las pintorescas batallitas de rojos y fachas con la mahou en la mano, solo revelaba una obsesión de inadaptados de un bando y de otro.