Reunió fuerzas suficientes para tomar la palabra una última vez, flanqueado por el coro de sus enemigos: los adversarios los tenía enfrente. Evitó dar vuelo al verbo como hizo en sus instantes de mejor inspiración, automatizó la garganta y leyó el discurso para ahogar las emociones antes de que pudieran traicionarle, pues ya iba servido de traiciones. Apeló a la concordia, reivindicó al PP, añoró el bipartidismo. Su pudor castellano le prohibió el broche sentimental, la despedida explícita que habría fijado en la memoria la marcha de un gran parlamentario. Hablar no es liderar, pero siempre habló bien.
Se guardó un minuto de perfecto silencio por el desastre del pesquero gallego en Terranova. Que lo único que una ya a nuestros políticos sea un naufragio resulta suficientemente elocuente como para insistir en la metáfora. En cuanto sus señorías recuperaron la voz se reanudó la partida infinita de los tahúres que tratan de salvar sus apuestas desesperadamente.
Hubo un tiempo en que el nombre de Castilla evocaba un imperio, pero esta campaña lo ha reducido a un sembrado. La región más extensa de España, la segunda de Europa si me acordara de la primera, la única rival de la Toscana en patrimonio mundial hoy no es más que un puñado de vacas mirando pasar el tren de los fondos europeos y un abuelo con garrota que aguarda el fin de semana a su nieto emigrado para que le enseñe a hacer un bizum. Los trazos gruesos de este lugar común los repasan cada día los políticos, unos para explotar el victimismo rural y otros para hacerse las víctimas de los que explotan el victimismo rural. El voto del señor Cayo está en disputa, como aquellos significantes de Errejón, y la disputa ha llegado al Congreso.
La temporada parlamentaria concluyó sin ofrecer al público ningún final sorprendente. Las líneas argumentales mantienen sus inercias más reconocibles a la espera de que 2022 detone el ciclo electoral: confiemos en que para entonces los guionistas recuperen la creatividad perdida. Y si no ya lo hará la realidad, que últimamente no deja espacio alguno a la ficción.
Recapitulemos los relatos que tratan de interpretar los diferentes actores ante un respetable cada vez menos paciente y más angustiado. Sánchez, que no es Dickens, nos cuenta que España se vacuna mucho, crea mucho empleo y presenta tal impulso reformista que Europa, rendida al bíceps del galán sureño, se ha licuado encima con la remesa de fondos más madrugadora del continente. En su juego de bolitas nuestro tahúr mezcla como siempre alguna verdad -que no es mérito suyo, como la disciplina del españolito para el pinchazo- con varias trolas, pero sus manos ya no se mueven como antes. Sus respuestas en las sesiones de control a la oposición siguen siendo comentarios de texto a las preguntas de Casado, pero ya no finge escándalo ante el fascismo con la misma pasión. En el Senado, un escrúpulo fonético tembló en su garganta mientras trataba de sostener que los españoles pagamos la misma factura de la luz «descontada la inflación». Incluso en un momento de debilidad navideña le reconoció a Casado que venía «más calmado». Cerró el duelo con el líder del PP regresando al guion, llamándole a la meditación benedictina y pidiendo que le echara esa mano puramente retórica que ni loco tomaría.
No sonaron las campanas de Belén sino las que detonan el inicio de las hostilidades en un cuadrilátero parlamentario. El exacto ambiente que nos gusta a todos los que sabemos que solo en las dictaduras se respira paz en una cámara de representantes. Pablo Casado salió de su esquina como si esta semana le tocara creerse a fondo el papel de líder de la oposición. Fue directo a la berroqueña mandíbula de Sánchez con el niño de Canet entre ceja y ceja, como debe ser: «Usted es padre. Yo también. ¿Qué coño tiene que pasar para que asuma sus responsabilidades?», le espetó parafraseando al Sánchez de 2015. Pero el Sánchez de 2021, que ha dejado por el camino más pieles que una anaconda menopáusica, juega ahora al juego de la burguesa pidiendo las sales después de haber ejercido de pandillero de Kubrick. Se hizo el escandalizado -ah, oh, señor Casado, cuánta cafeína, ah, oh, me crispa usted- para evitar contestar por qué prefiere un solo voto de Esquerra a la dignidad de cientos de miles de familias castellanohablantes.
España va mejor, ha dicho Sánchez. Y en ese momento llegó hasta el hemiciclo un eructo salido del cráter de La Palma, porque hasta un volcán sabe que Sánchez siempre miente. Cuando se cumplen dos años de la anémica victoria del PSOE en las urnas podemos concederle que al menos hay un español para el que España va mejor, que es Sánchez. A partir de ahí, como dicen los tertulianos, nos va a costar encontrar al segundo.
Sánchez un día se puso a contar votos y dijo coño, si esos muchachotes vascos tiene ya grupo propio en el Congreso y van segundos en Euskadi. Además son progresistas, feministas y ecologistas. ¡Parecen hechos para apoyarme! Ahora se trata de que los demás, siempre tardos, lo vean tan claramente como yo.
Y en eso estamos, damas y caballeros. Se acelera el plan de blanqueamiento de los colegas de los gudaris que troceaban niños, amputaban mujeres, pulverizaban guardias civiles y culminaron con éxito la limpieza ideológica de una tierra donde el pluralismo ha sido extirpado literalmente a hostias. Ahora allí se mueren de viejos, pero eso sí, todos muy vascos y con el alzheimer oportuno, no vaya a ser que a la vejez se les recuerde el medio siglo de cobardía cuando no de complicidad sin las cuales ETA no habría durado lo que duró. Qué digo, sin las cuales las nuevas euskocamadas no seguirían hoy romantizando los bombazos de sus boomers. Y ojo porque quien justifica políticamente la violencia pasada solo necesita un gobierno de PP y Vox para justificar la futura.
No era por los abucheos del Doce de Octubre por lo que a Sánchez le temblaba la mano que sujetaba el papelito donde tenía apuntadas las respuestas a la oposición. A Pedro el Abucheado solo le hace temblar la idea de perder el poder, y su poder hoy por hoy no depende de los decibelios de la calle sino de los votos del Parlamento. De unos más que de otros. Por ejemplo del PNV, que fue quien le puso en La Moncloa con aquella moción de censura a Rajoy de la que los muchachos extractivos de Aitor Esteban por momentos parecen arrepentirse.