Mi reino por un cordón

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Vuelve el hombre.

El partido Vox está descubriendo a muchas personas de orden un placer que creían reservado al adversario: la épica de la resistencia. Se caracteriza a la derecha como amante de la estabilidad que favorece los negocios, pero Marx y Engels, que por algo eran burgueses, tenían razón: la burguesía siempre fue el verdadero sujeto revolucionario. ¡También el Barrio de Salamanca quiere adornarse con los sacos terreros del No pasarán! Sin este excipiente emocional no se comprenderá la efervescencia de Vox entre los niños bien, que sienten llegada la hora de la revancha histórica en que el miedo cambia de bando -ahora le toca temblar a la izquierda- y a los apacibles conservadores se les confía la excitante misión de escandalizar al establishment. Si los desheredados de ayer viven hoy en mansiones serranas, a ver por qué los urbanitas de pista de pádel no van a poder echarse al monte.

Todo populismo exitoso empieza por ofrecer una retribución moral antes que una económica. Vox ofrece una emoción nueva, que podríamos bautizar como el malismo: frente al buenismo de los que insisten en visibilizar a los transexuales y acoger a los refugiados, los malistas proclaman que ya está bien del narcisismo moral de la pequeña diferencia, que vuelve el hombre, que ha de resurgir la gran identidad integrada por los nativos heterosexuales blancos católicos. A este amplísimo conjunto de ciudadanos Vox les oculta su posición hegemónica y les catequiza en la condición de minoría perseguida, un orgullo de catacumba que es lo más cristiano que cabe rastrear en la estrategia de Abascal. Por eso no desaprovecha una ocasión de denunciar el cordón sanitario: porque necesitan saberse acordonados para crecer. Porque su sentido tribal de pertenencia se alimenta del rechazo del mainstream. Porque el primer combustible político de nuestro tiempo es el victimismo, que puede atizarse contra los españoles como contra los antiespañoles. “A mí me beneficia el pacto PP-Cs, pero prefiero otras elecciones para que castiguen a Rivera”, escribía ayer un tuitero. He ahí la expresión cabal de la esencia punitiva del populismo: antes joder a la tribu rival que beneficiarnos todos del cambio.

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1 comentario

27 diciembre, 2018 · 11:34

Una respuesta a “Mi reino por un cordón

  1. el desdén con el desdén

    Bustos: las fotografias siempre que se trata del tema son de tirar cohetes: Patatito en su temporada triunfal. No sé si es necesario aclarar que a mí Patatito me da los siete males, pero habría que hacer una antología de candidatos cuando están en campaña ¿Ha visto la del hijo de Aznar en las carreras de Ascot? La charanga del tío Honorio. No es un mal nacional: espero que recuerden la del candidato a la alcaldía de Baltimore en The Wire cuando anda haciendo la suya en un servicio religioso de negros. Sube y baja, sube y baja, con la boca abierta como una muñeca de plástico y tirando de una cadena invisible en tanto la parroquia sigue con su gospel. Dios bendito ¿Prefiere cosas más discretas como la del padre del candidato Garicano cuando se cascó de que las cosas del antiguo régimen no daban mas de sí y convenía apaciguar a los que viniesen del nuevo? “Me ha dejado suspensa el veros tan ciego, porque yo en Cintia no he hallado ninguno de esos extremos: ni es agradable [¡buff!], ni hermosa, ni discreta, y ese es yerro de la pasión.” Que queremos otra cosa.

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