Luis Enrique y la mecánica de los fluidos

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El rebelde entrevistado por el sistema.

El madridismo contuvo la euforia la noche parisina en que el Barcelona naufragó a conciencia. Sabemos que una entrañable relatividad rige los odios entre Madrid y Barça, de modo que el éxito de uno instaura el fracaso automático del otro. Pero hubo que aplazar el júbilo 24 horas, que es lo que tardaron los de Zidane en devolver al Nápoles a Italia con tres agujeros en su autoestima maradoniana, desde hace mucho trabajada por la polilla.

Y, sin embargo, con los años a uno le cuesta más celebrar la desgracia ajena o, por mejor decir, evacuar el júbilo reprimido sin mezcla de compasión alguna. Fíjense en Luis Enrique. Muchos madridistas apenas disimulan una corriente subterránea de solidaridad con ese asturiano regurgitado por el sanedrín de La Masia como un cuerpo extraño, como un bastardo en su linaje. Es verdad que su carácter no invita a nombrarlo embajador vitalicio de Unicef, pero demasiado rápido se han olvidado del triplete cosechado a su llegada, o lo que es peor: lo atribuyen exclusivamente a la inspiración de Messi y compañía. Luis Enrique ha tenido que soportar el parangón con Pep cada minuto que ha permanecido en ese banquillo narcisista donde sólo un protestante podría plantear la herejía del contraataque y la blasfemia del tridente ofensivo en detrimento del centrocampismo dogmático. Luis Enrique es el Lutero del credo cruyffista, y va a acabar en la hoguera.

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19 febrero, 2017 · 17:25

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