En el café de los existencialistas

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Vino, rosas y existencialismo.

Tiene Sarah Bakewell el raro don de la oportunidad filosófica. Si su laureado Cómo vivir. Una vida con Montaigne respondía a una intuida nostalgia del yo íntimo en tiempos de ruido identitario, esta cálida reivindicación del existencialismo repone el anhelo de libertad radical en los asfixiantes escaparates del pensamiento único. Porque eso fue el existencialismo, un hondo grito libertario, si aceptamos el axioma de Sartre según el cual la existencia precede a la esencia. Nada nos determina. El hombre es arrojado al mundo y debe construirse decisión a decisión, lidiando con la ansiedad que provoca la conciencia implacable de la responsabilidad personal. Fue esa ansiedad, preconizada por Kierkegaard, la que propaló un aura fúnebre de jersey de cuello alto lucido por extranjeros espirituales. Nada más lejos, al menos en la escena francesa. Los existencialistas fueron trasnochadores libertinos y carismáticos que exprimían la vida de café y boîte sin entrar en contradicción con sus tesis sino por coherencia con ellas, y así los retrató el espumoso Boris Vian.

Demuestra Bakewell que el rigor no excluye la amenidad. Un grato instinto anglosajón para lo comercial -aunque la cubierta promete más sexo del que el libro da- sostiene el pulso ensayístico de la autora, alentado por un tono confesional en primera persona mediante el que la Bakewell madura se enfrenta a los ídolos intelectuales de su juventud inquieta. Se trata de hacer una relectura personal, alejada del academicismo de una monografía o una biografía, aunque cada afirmación está documentada en los apéndices. El jugoso anecdotario -del puñetazo de Koestler a Camus a la adicción al Corydrane de Sartre- contribuye a avivar el fresco.

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1 comentario

10 octubre, 2016 · 16:06

Una respuesta a “En el café de los existencialistas

  1. fors clavigera

    Allá por el terciario afásico, cuando no había internet donde comprobar lo que había dejado caer algún presumido, me quedé paralizado cuando un profesor de filosofía -crédito de libre disposición: mis intereses eran más contingentes- dijo “ah, la presencia de una ausencia”. Lo que habré sufrido -lo que habré, a veces, sonambulado- buscando la adecuada fuente del dicho decidero ¿Existencialismo de mentirijillas, como el que a ud le ocupa, alemán romántico o de Francfurt, griego? Hasta que olvidados de ello vinimos a un autor sonambulante, nefelibata, de esos genuinamente únicos y encontramos una referencia a san Pablo y la epístola a los filipenses, a su mismo comienzo. Natural, Kierkegaard era teólogo. Obviamente, no voy a imaginármelo a ud palpándose los machos y yendo a comprobar, temor y temblor, que había en las colonias de Asia Menor hace dos mil años, pero sí me apetece que sepa donde estaba el rotor de eso tan mareante que unos gabachos desnortados conocieron como existecialismo

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