
Exvotos a los pies de uno de los restaurantes tiroteados.
En el cruce entre las calles Bichat y Albert, a los pies llagados de dos restaurantes contiguos -Le Petit Cambodge y Le Carillon-, los parisinos han improvisado un atrio con velas, flores y folios preñados de malos versos, que suelen ser también los más sinceros. A este cruce sagrado los ciudadanos de la laica República acuden temblando para volver a ligarse con los muertos, que eso significa religión. Vi ayer a una chica rubia llorar en silencio sobre el hombro de su novio. A un africano añadir deprisa (pudoroso, casi furtivo) otro ramo al cerro de rosas y crisantemos. A un oriental prender un cirio y juntar las manos. A un joven tatuado pedir con una camiseta la fraternidad entre las tres religiones del libro. También los vi hacer fotos, pero no ‘selfies’: sospechaban que un borrón de vanidad profanaría este pedazo de acera ardiente. He aquí el rebaño europeo, las buenas ovejas de Occidente.