La legislatura cuaresmal de Cristóbal Montoro

"Pero qué me está contando, majadero".

“Pero qué me está contando, majadero”.

El día en que don Cristóbal Montoro terminó de defender los que -dicen- serán sus últimos Presupuestos Generales del Estado, después de haber confeccionado nueve, vino a coincidir caprichosamente no solo con la Tomatina de Buñol, sino también con el aniversario de Puerto Hurraco. La primera es una cita señalada en rojo en el calendario de la jarana nacional; el segundo, una efeméride negra en la mejor tradición del tremendismo goyesco. Sin embargo, el color que corresponde a la clase de batalla que ha librado Montoro es el gris. El gris ceniza.

Don Cristóbal no es un hombre de negro como los de la troika, porque estos no dan razón pública de sus actos sibilinos pero vinculantes, mientras que la locuacidad del ministro normalmente desata el pánico primero en sus asesores de comunicación, y solo después en el resto de contribuyentes. Fue Wert el que a lo bardo de Orihuela declaró que se crecía en el castigo como el toro -ahora sabemos que se asemeja más al tórtolo-, pero el que ha llevado de verdad al toro en el apellido y la conducta ha sido don Cristóbal. Morlaco cárdeno, con resabios, de derrota imprevisible y no apto para torear a menos que se pague pronto la paralela (Messi) o forme uno parte del clan Pujol… hasta que Pujol dejó de ser el estadista del Majestic y rompió en padrino investigable por lo fiscal y por lo territorial.

En las sesiones de control de esta legislatura Montoro solía ser el ministro más interpelado junto con el propio Wert o Gallardón; de los tres no solo es el único que permanece, sino también el más temido por el resto de colegas de gabinete. Su mejor aliada allí es Soraya Sáenz de Santamaría, y con eso está todo dicho; su crítico más afilado: Margallo, que no pierde ocasión de menospreciarle en la intimidad del Consejo de Ministros, o de airear entre periodistas que Montoro le está investigando. A él. Al ministro de Exteriores. “Eso es porque quería la cartera de Hacienda”, aseguran desde el Ministerio. Pero a don Cristóbal las críticas de los enemigos (los compañeros de partido) o de los meros adversarios (como ese emisor de “mandangas” que a su juicio es Pedro Sánchez) le rebotan como chinas sobre el amianto. Este jienense de 65 años hizo una oposición aproximadamente liberal al socialismo, pero al ocupar su despacho en diciembre de 2011 recibió un sobre lacrado que decía: “Sabemos lo que vas predicando. Ahora harás lo contrario. Ajustarás lo nunca ajustado y subirás impuestos que no sabías que existían. Creerás en un solo dios llamado techo de déficit. Y serás salvo. Firmado, Angela“.

Y don Cristóbal asumió su ardua encomienda con fervor de neófito. Se convirtió en una mezcla original de recaudador transilvano, podador ultraortodoxo y parlamentario sanguíneo con ribetes de matonismo. Es en la tribuna o el escaño donde Montoro ahoga al dócil tecnócrata y deja que emerja el castizo espontáneo con muchas cuentas pendientes. Y es entonces cuando los periodistas deben aparcar sus juicios sumarísimos por discrecionalidad tributaria, injerencia política o vocación orwelliana y concederle la gratitud que merece todo pintoresco surtidor de titulares. ¡No habrá salvado Montoro tertulias plúmbeas de monotema económico en virtud de un exabrupto jubiloso! “A priori no parece el hombre con el carácter adecuado para llevar a cabo la misión que se le encomendó. Sus intervenciones públicas a menudo complican más el ya impopular mensaje del ajuste. Pero tiene una ventaja: no le importa caer antipático. Nunca se imaginó su cara en un cartel electoral. Y eso en política da mucha libertad”, cuenta un ex alto cargo del Gobierno. Una libertad suicida, si se quiere. Pero de lo más práctica.

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Cortesías

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27 agosto, 2015 · 11:41

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