Sorayomaquia barcenológica

En una bodega de la ciudad de Rostov del Don, al sur de Rusia, un hombre recibió el pasado lunes un disparo en el decurso de una acalorada discusión sobre la filosofía de Immanuel Kant. Uno estaría argumentando que los juicios sintéticos a priori representan la única vía hacia un conocimiento científico, es decir, necesario y universal, y el otro debió de responderle –con total desfachatez– que el acuerdo epistemológico entablado por las peculiaridades estructurales del objeto con las condiciones perceptivas del sujeto no prueba apodícticamente el deslinde entre fenómeno y noúmeno. Ante semejante lenguaje tabernario, como es lógico, cualquiera se lía a tiros.

Esta escalofriante noticia, completamente verídica, demuestra que el interés de un debate no depende del tema de la discusión sino de la pasión de los contendientes. El caso Bárcenas, por ejemplo, cuenta a priori con muchos más alicientes para el disfrute parlamentario que la Crítica de la razón pura, y sin embargo puesto en boca de Soraya Rodríguez empieza ya a provocar unas cabezadas indisimulables entre los cronistas, y sospecho que también entre los votantes. Del mismo modo que Artur Mas es un cadáver político, Bárcenas es un cadáver dialéctico como mínimo hasta que Pedro J no enseñe más SMS, a poder ser con fotos para competir con las grabaciones carcelarias de La Sexta.

Pese a todo el PSOE se agarra a Bárcenas con tanta fuerza como a las cuotas de Susana Díaz, con más aplicación que a su propia propuesta de reforma constitucional y desde luego con mayor fe que al liderazgo de Rubalcaba. El líder socialista delegó esta vez en su Soraya la asignatura de Barcenología y prefirió preguntar por la “pasividad temeraria” del Gobierno tras la Diada. A Rubalcaba, como a muchos votantes del PP, no le basta la correspondencia epistolar Mas-Rajoy como enérgico compendio de política territorial, pero comete un error. No sólo porque pedir acción a Rajoy es como pedírsela a una peli de Eric Rohmer, sino porque en el desván de Ferraz se custodia a cal y canto el retrato wildeano del PSC, al que se le ha borrado el angelical rostro del federalismo y en cuyo lugar aparece el feo particularismo del derecho a decidir. Rajoy solo tuvo que sacar el espejo y ponérselo delante:

–Diga de una vez si apoyan o no el derecho a la autodeterminación de Cataluña.

Rajoy sabe que el concurso del socialismo hispano ayudaría a levantar un dique de constitucionalismo en el levantisco nordeste peninsular como lo hizo en Euskadi, pero los artríticos danzantes del Bocaccio y otros acomplejados restos de la gauche divine no quieren ni oír hablar de España y mucho menos de pactos de Estado unionistas con el PP, no digamos ya de Corcuera. El presidente ha convertido así el tabarrón catalán en una oportunidad dorada para invocar la razón de Estado y la oposición responsable, y luego ha vuelto a sentarse en el escaño bajo una ovación partidista a mi juicio excesivamente favorable. Con tanta música de palmas se corre el riesgo de reabrir las grietas del techo. Celia Villalobos, orgullosa presidenta sustituta de la Cámara –suponemos que Posada habría salido a por balas para reponer los disparos tapiados–, tuvo que cortar tajantemente el concierto de aplausos para hacerse perdonar su condición pepera ante Julia Otero. (Luego llamaría “Señor Pérez” a Rubalcaba para compensar por el otro lado.)

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18 septiembre, 2013 · 17:05

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