Giulio Andreotti: el obispo isósceles

Giulio Andreotti, il Divo que llena la escena de la política italiana desde la posguerra hasta ese guadianesco avatar de sí mismo que es Berlusconi, fue en todo caso un caballero, por lo que decidió ceder el paso postrero a Margaret Thatcher para que la Dama de Hierro fuera la primera de los dos en llamar a las puertas del cielo. Ahora don Giulio, que como político de longevidad mitológica llamó a todas las puertas incluidas las del infierno, habrá de armarse de paciencia ante la aldaba celestial. “No tengo vicios menores”, confesó él mismo, porque tenía el único que los engloba a todos: el poder, el poder en estado puro, sin condicionantes onerosos por culpa de los malditos principios, ese poder que sólo desgasta a los que no lo tienen, como dejó esculpido en cita memorable.

Andreotti fue el inveterado líder de una cosa que llaman Democracia Cristiana, sintagma inconciliable que a Unamuno, si no me falla la memoria, le suscitó una analogía genial: “Decir democracia cristiana es como decir obispo isósceles”. Y así es, porque el cristianismo es una respuesta unívoca a la búsqueda de la Verdad, mientras que la democracia no es más que un concierto aritmético de opiniones coyunturales. Y aunque todo partido democrático reproduce en la práctica un funcionamiento tan jerarquizado como el de la Iglesia, un político con convicciones demasiado definidas se revela pronto una rémora para el mercadeo partitocrático. En términos radicales o se es cristiano, o se es demócrata. El propio Andreotti –y en esto no hacía sino preconizar el comportamiento de las futuras derechas europeas, que equivale al presente relativista de nuestra época y país- no perdió demasiado tiempo tratando de justificar la ideología de su partido, y si a alguno se le ocurría pedirle un poquito de coherencia no tenía empacho en invocar las mismísimas Escrituras como fuente de su pragmatismo: “Lo leímos en los Evangelios: cuando a Jesucristo se le preguntaba qué es la verdad, nunca respondía”. Uno de sus más brillantes fustigadores, el inmortal Indro Montanelli, resumía plásticamente la inspiración maquiavélica de su proceder político: “De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas”. Que a Dios no se le pueden hacer ofertas irrechazables. Y sin embargo, rara vez a lo largo de su vida faltó a misa de siete de la mañana. Algo tendría pactado con Él; quizá la gratitud por salir adelante como hijo huérfano de familia modesta en la Italia devastada por la guerra.

Leer más…

Anuncios

Deja un comentario

7 mayo, 2013 · 12:57

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s