La pizarra de Dios

El Vicediós bávaro.

El Vicediós bávaro.

[Benedicto XVI, prodigioso Papa emérito, ha vuelto hoy al Vaticano para alojarse definitivamente en uno de sus conventos hasta que el Jefe le llame a su presencia. Lo hace -y no hay casualidades para un alemán, y menos para un alemán que es Vicediós, retirado pero Vicediós- un día después de que su Bayern destrozara al Barcelona en la más humillante derrota encajada por un equipo en semifinales de Champions desde que hay memoria. Por si fuere oportuno, reproduzco a continuación una columna aparecida en La Gaceta el 1 de marzo de 2013 sobre la teología futbolística de Benedicto XVI, que pedía aprender a vivir con el espíritu del niño. O sea, como Piqué antes del partido]

Aunque lo lógico es que todo Papa sea siempre del Real Madrid, tanto por colores como por historia, Joseph Ratzinger es al parecer seguidor del Bayern de Múnich, cuyo presidente Uli Hoeness ha anunciado que preparan una camiseta honorífica con el “Joseph” a la espalda. Cuenta Rosalía Sánchez que siendo Giovanni Trapattoni entrenador del Bayern y Ratzinger cardenal itinerante entre Roma y Múnich, un amigo común los puso en contacto y desde entonces el teólogo telefoneaba con frecuencia al técnico para interesarse por la evolución de su equipo. Habría que convencer a Trapattoni de que publicase aquellas conversaciones, pues podrían contener la fórmula del sistema de juego infalible: la pizarra de Dios.

Unos años antes de aquel encuentro, cuando el planeta fútbol giraba en torno al Mundial de 1978, el entonces obispo de Múnich se contagió de la fiebre futbolística al punto de descender del púlpito al micrófono, del prelado al tertuliano, y grabó un mensaje radiofónico sobre la naturaleza fascinante del deporte rey que luego se editaría junto con otros textos en forma de libro, titulado Trabajador de la verdad. En aquella breve e impagable pieza, Ratzinger, el indiscutido teólogo, se aleja paradójicamente del evangelio apócrifo de la pontificación argentina que tanto triunfaría después –esa jerigonza metafísica a lo Valdanágoras– y explica con prosa limpia y pedagogía clara el sentido antropológico del deporte, que no es el pan y circo que cacarea por boca de ganso insomne el gafapastismo bobalicón, sino honda nostalgia del edén perdido que como sabía Rilke se encuentra en la infancia, y escuela para lo que espera después:

—Aquel grito que pedía “pan y juego” era la expresión del deseo de una vida paradisíaca. En este sentido, el juego se presenta como una especie de regreso al hogar primero, al paraíso; como una escapatoria de la existencia cotidiana, con su dureza esclavizante. Sin embargo el juego tiene, sobre todo en los niños, un sentido distinto: es un entrenamiento para la vida. Le enseña a cooperar con los demás dentro de un equipo, mostrándole cómo enfrentarse con los otros de una forma noble. Al contemplarlo, los hombres se identifican con ese juego, haciendo suyo ese espíritu de colaboración y de confrontación leal con los demás. Al pensar detenidamente en todo esto, se plantea la posibilidad de aprender a vivir con el espíritu del juego, porque la libertad del hombre se alimenta también de reglas y de autodisciplina.

De todo el sublime magisterio impartido por Benedicto XVI, yo me quiero quedar con su teología del fútbol: aprender a vivir con el espíritu niño del juego, plantear con los otros una confrontación leal y no olvidar nunca que sin disciplina no puede haber gloria.

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