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Guy Debord, el primer quincemista

“No hay que admitir las cosas, hay que hacer revoluciones”. Esta reducción a eslogan del marxismo se debe al ensayista y activista francés Guy Debord (París, 1931 – Bellevue-la Montagne, 1994), cuya influencia en la articulación ideológica del mayo del 68 resulta mucho más reconocible que la que pudo ejercer el existencialismo sartreano, con su notorio deje de burgués reciclado. Otra cosa es que Sartre supiera publicitarse mejor que Debord, quien era más coherente con sus ideas. Más pardillo, si quieren.

Ahora que la calle se prepara para acoger la kermesse heroica de un nuevo aniversario quincemista –y ojalá proliferaran para la ocasión tantas papeleras como ideas–, parece pertinente evocar el paradigmático caso del antisistema primigenio que devino autor sistematizado, o el apocalíptico jacobino que resultó finalmente integrado según la terminología acuñada por Umberto Eco en 1965. Solo dos años después –eran los sesenta y el pensamiento occidental bailaba una última danza lisérgica, entrechocándose las últimas utopías con alienaciones recién estrenadas, antes de ingresar en la debilidad crónica de la posmodernidad–, publicaba un título cuyo concepto axial compite con Marshall McLuhan en lucidez diagnóstica y lugarcomunismo académico: La sociedad del espectáculo. Vivimos en una sociedad del espectáculo regida por el consumo de masas donde el medio es el mensaje: esto es capaz de cacarearlo cualquier tertuliano sin haber leído jamás una sola página de Guy Debord o de McLuhan. Pero lo cierto es que el poder de impregnación por ósmosis da la medida del éxito de una idea, y un filósofo no puede aspirar a mayor gloria que la popularidad de sus tesis aun a costa de la de su nombre.

“Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, ahora se aleja en una representación”, escribe Debord, quien como tantos marxistas sagaces acierta en los diagnósticos del capitalismo y equivoca trágicamente los tratamientos. ¿Quién puede negar que el desarrollo tecnológico y el imperio de la imagen nos sirvan bajo el pretexto de la comodidad una existencia vicaria, meramente simbólica, acechada por el fantasma de la alienación espiritual? ¿Cómo desmentir que el arte bascula entre la banalidad y la deshumanización, que las instituciones políticas se divorcian del sentir ciudadano y que el foco de los medios de comunicación airea todo escondite por el efecto multiplicador de las redes sociales? Si lo definitorio de un espectáculo es su condición ficticia, el plano de fingimiento verosímil que se alza entre la butaca y la escena, entonces habremos de convenir en que hoy padecemos una expropiación forzosa de la realidad que nos tiene de lo más insatisfechos. Indignados, incluso. Nos han vedado el acceso directo al mundo, todo nos llega mediatizado por lo espectacular, sea una pieza de informativo, un anuncio publicitario, un titular de prensa, una aplicación de smartphone. Distinguir el hecho de su relato no es que nos resulte arduo: es que ya nos resulta indiferente.

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15 mayo, 2013 · 12:27

La mastectomía nacional

Espero no ser el único que advierte tremendos paralelismos entre la mastectomía de Angelina Jolie y la posición política de Mariano Rajoy. Ambos fenómenos se presentan a mi imaginación febril tan relacionados que he de realizar un severo esfuerzo de sindéresis para no acabar escribiendo sobre la mastectomía de Rajoy y la toma de postura de Angelina.

Veamos. La mastectomía es la remoción de una o ambas mamas de manera parcial o completa. Tras averiguar que su probabilidad genética de padecer un cáncer de mama ascendía al 87%, Jolie, de acreditada audacia, decidió literalmente cortar por lo sano. Muerto el perro se acabó la rabia. Ahora no tiene glándulas mamarias, sino cuidadosas reconstrucciones huecas, y al parecer ha logrado salvar los pezones. Da cuenta de su odisea quirúrgica en el New York Times, desde donde hace un llamamiento a otras mujeres para que sigan su ejemplo, ignorando que las mastectomías preventivas con resultado satisfactorio –de alguna lograda vistosidad– no están al alcance de cualquier economía, y cuando lo están no salen en el Times; todo lo más en el Interviú.

Rajoy es un hombre cuyo programa electoral ha sido sometido a una remoción por Bruselas, más completa que parcial, y sus sorprendentes efectos también salen en los periódicos. La remoción programática de Rajoy igualmente obedece a razones preventivas, pues los análisis le diagnosticaron altísimas probabilidades de rescate si no se prestaba a la dolorosa cirugía que tanto se le critica. Nos encontramos, por tanto, ante una política mastectomizada, que ha renunciado a sus atractivos más rotundos para conjurar la negrura de un futuro previsible. Ahora bien: el futuro previsible siempre se guarda un margen nada desdeñable de imprevisibilidad, y de esta forma desembocamos en el atributo semántico que según Sáenz de Santamaría mejor definía a Rajoy y que ha desaparecido, así como ha desaparecido el atributo morfológico que mejor definía a Jolie.

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15 mayo, 2013 · 11:56

Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: «No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido», apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

Mariano Rajoy y la gente en general

La frustración que produce la crisis hay que quemarla porque si no se queda dentro y puede uno acabar cualquier noche haciendo un Miguel Ángel Rodríguez. En otros tiempos la frustración nacional sabía canalizarla cualquier dirigente medianamente leído contra un enemigo exterior bien reconocible y acotadito, por ejemplo Las Malvinas o por ejemplo los masones, cuyo cripticismo funcionaba muy bien como una paradójica y desafiante omnipresencia. Pero contra la crisis, con sus causas arcanas y sus resortes remotos, no sabemos cabrearnos de forma plenamente satisfactoria, evacuar digamos un cabreo transitivo, externalizable, escrachante sin miramientos morales, y éste yo creo que es el secreto del fracaso del 15-M y de las huelgas generales. Si la calle no arde como viene pidiendo ilusionado Raúl del Pozo, deseoso de hallar nuevos términos de comparación entre Viriato y algún discípulo entusiasta de Sánchez Gordillo, es porque la calle ha visto que ni con el PSOE ni con el PP: ha visto que esto o se soluciona solo o no lo soluciona ni la revolución. Otra cosa es que intentemos robar jamones de vez en cuando.

Durante un tiempo traté a un ingeniero de caminos pero con vocación de ingeniero social que encabezaba todas sus opiniones diciendo: «La gente en general quiere…» O bien: «La gente en general busca…». Pues bien, la gente en general está mucho menos cabreada con el Gobierno que la prensa, cuyo enojo no obedece sino a su tradicional función de ignorar lo que sucede e imponer lo que le afecta, que aquí y ahora es la extinción de su propio modelo de negocio, de lo cual ni siquiera Rajoy tiene la culpa.

Rajoy es el primer presidente de la democracia que desvincula olímpicamente su agenda política de la opinión pública, lo cual es admirable y cabrea mucho al periodismo, si bien cabrear al periodismo ya no exige los cojones de antaño porque el cuarto poder no es lo que era, debe de andar por el octavo o el noveno lugar. La prueba es que la pinza contra el PP de los dos grandes periódicos a propósito del caso Bárcenas no ha arrancado una sola dimisión, cuando antiguamente bastaba con parecerlo para rendirse al apremio mediático. Ignorar a la opinión pública es la contribución revolucionaria que ha deparado Rajoy a la historia de las ideas políticas; para grabar con letras de bronce sobredorado su nombre en el perenne inventario de la Historia, al político gallego únicamente le ha faltado ya fundar su Gobierno sobre los intereses del pueblo español, y no sobre los del pueblo alemán. Pero tampoco es cosa de pedir peras al olmo, oigan.

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8 mayo, 2013 · 16:39

Giulio Andreotti: el obispo isósceles

Giulio Andreotti, il Divo que llena la escena de la política italiana desde la posguerra hasta ese guadianesco avatar de sí mismo que es Berlusconi, fue en todo caso un caballero, por lo que decidió ceder el paso postrero a Margaret Thatcher para que la Dama de Hierro fuera la primera de los dos en llamar a las puertas del cielo. Ahora don Giulio, que como político de longevidad mitológica llamó a todas las puertas incluidas las del infierno, habrá de armarse de paciencia ante la aldaba celestial. “No tengo vicios menores”, confesó él mismo, porque tenía el único que los engloba a todos: el poder, el poder en estado puro, sin condicionantes onerosos por culpa de los malditos principios, ese poder que sólo desgasta a los que no lo tienen, como dejó esculpido en cita memorable.

Andreotti fue el inveterado líder de una cosa que llaman Democracia Cristiana, sintagma inconciliable que a Unamuno, si no me falla la memoria, le suscitó una analogía genial: “Decir democracia cristiana es como decir obispo isósceles”. Y así es, porque el cristianismo es una respuesta unívoca a la búsqueda de la Verdad, mientras que la democracia no es más que un concierto aritmético de opiniones coyunturales. Y aunque todo partido democrático reproduce en la práctica un funcionamiento tan jerarquizado como el de la Iglesia, un político con convicciones demasiado definidas se revela pronto una rémora para el mercadeo partitocrático. En términos radicales o se es cristiano, o se es demócrata. El propio Andreotti –y en esto no hacía sino preconizar el comportamiento de las futuras derechas europeas, que equivale al presente relativista de nuestra época y país- no perdió demasiado tiempo tratando de justificar la ideología de su partido, y si a alguno se le ocurría pedirle un poquito de coherencia no tenía empacho en invocar las mismísimas Escrituras como fuente de su pragmatismo: “Lo leímos en los Evangelios: cuando a Jesucristo se le preguntaba qué es la verdad, nunca respondía”. Uno de sus más brillantes fustigadores, el inmortal Indro Montanelli, resumía plásticamente la inspiración maquiavélica de su proceder político: “De Gasperi y Andreotti iban siempre juntos a misa; De Gasperi para hablar con Dios y Andreotti para hablar con los curas”. Que a Dios no se le pueden hacer ofertas irrechazables. Y sin embargo, rara vez a lo largo de su vida faltó a misa de siete de la mañana. Algo tendría pactado con Él; quizá la gratitud por salir adelante como hijo huérfano de familia modesta en la Italia devastada por la guerra.

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7 mayo, 2013 · 12:57

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15

El difícil arte de matar

Las calles se están poniendo peligrosas para la democracia. Tiene que ver con la crisis y sus desahucios pero también con la primavera, que caldea los ánimos. Con el calor uno puede salir a escrachar o a rodear el Congreso con el vademécum de Hessel en una mano y la petaca de vermú en la otra sin dejar en ningún momento de luchar por la democracia.

Sucede que la democracia es a la calle lo que la gastronomía al canibalismo, y esto lo entendía muy bien la picaresca castiza que hubo de acuñar el tópico de la «universidad de la calle» para distinguirla de la universidad de los libros, distinción que ahora ha complicado muchísimo el Plan Bolonia, cuya bibliofobia termina por devolver a la rúa a los estudiantes tan ayunos de gramática como los canis de cuello vuelto, solo que después. De esa universidad callejera van graduándose al sol de abril los primeros licenciados en totalitarismo de primer ciclo como los que el otro día enviaron una carta con bala a Javier Arenas. Lo noticioso es que el sobre, en vez de incluir la bala sin más, que por sí sola resulta un mensaje tan elocuente como los peces de Luca Brasi, incluía una carta plagada de anacolutos, solecismos, mugidos y amenazas construidas con sintaxis de nominación de Gran Hermano. Esto es una redundancia semiótica en la que el terrorista de antaño no habría incurrido jamás, pues la concisión siempre fue virtud del mafioso elegante.

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24 abril, 2013 · 17:32

Cuando Verne anticipó el terrorismo contemporáneo

[Ayer, viernes 19 de abril, se presentó el tercer número impreso de Jot Down en la librería Tipos Infames de Madrid. Dicho número acoge generosamente este ensayo sobre la debilidad literaria y la fortaleza ficcional de Julio Verne, una de cuyas anticipaciones más originales -piensa uno- no fue otra que el terrorismo contemporáneo. Lo reproduzco aquí ahora por si sirviera para abrir un apetito más amplio de esta golosina]

Estaremos todos de acuerdo en que Julio Verne no es un gran escritor, un artista inmortal. El artista inmortal debe legar algo de su peculiar talento al arte que eligió practicar, alterando para siempre su decurso en alguna exquisita medida, hacia algún caprichoso meandro. Verne no inventó el estilo indirecto libre ni el monólogo interior, ni perfeccionó el perspectivismo psicológico, ni domeñó un estilo propio y brillante, ni dotó a sus historias de hondas repercusiones morales, ni armó un mundo vasto y sutilmente interconectado, ni modeló un personaje arquetípico que antes no existiera y que después continuara sirviendo de significativo espejo a los hombres o mujeres que leen para entender lo que les pasa. Las novelas de Verne no enriquecieron la historia de la literatura. Pero sí la de la ficción. Y mucho.

Si aceptamos la dicotomía fundamental de Pla, hay una literatura de observación y otra de imaginación. La primera se dirige a la realidad y asume modestamente su límite descriptivo, aunque Pla consideraba esa modestia la más ardua brida, el entrenamiento más exigente, el mérito más artístico al que podía aspirar la mentirosa vanidad del escritor, y tenía razón. La segunda abre su campo ingente a temperamentos fantasiosos, de poco escrúpulo y mucho hartazgo de este mundo que se les queda irreparablemente pequeño. Estas personas, estos escritores, no tienen tiempo –ni capacidad- para el adorno del arabesco ni el calado de la perspectiva: les arde la pluma en la mano imaginando no lo que no ha pasado pero podría pasar, que es la definición aristotélica –realista- de literatura, sino lo que jamás podría pasar de ningún modo, y qué importa. Saben sin embargo que la literatura de evasión no lo justifica todo en la mente calenturienta del creador, porque para evadirse hace falta que el lector se reconozca en ciertos tipos y caracteres, así como debe tender con facilidad las analogías necesarias entre El País de Nunca Jamás y el suyo propio, o la ficción no funcionará.

No nos referimos ahora a la capacidad alegórica de Kafka cuando idea la peripecia disparatada –y sin embargo creíble, horriblemente real para muchas personas del siglo XX- de un comerciante de telas de 23 años que amanece convertido en insecto y es despreciado –justamente porque es creído- por sus padres y por su hermana. Hay una verosimilitud en La metamorfosis, un pacto de lectura que evita que el lector cierre el libro al concluir la primera página exclamando con cerrilidad empirista: “Ningún hombre se convierte en cucaracha, no me lo creo”. El lector sabe que el autor quiere decirle algo a condición de que asuma lo inasumible, y sigue leyendo, y acaba descubriendo -vaya si lo acaba descubriendo- que Kafka dice la pura verdad. Pero eso es porque Kafka no es un escritor fantástico, sino un realista alegórico y un psicólogo puntilloso. De hecho los intentos alegóricos de los escritores de pura imaginación, como el señor Tolkien, suelen acusar una pobreza de detalles alarmante: el bosque queda muy aparente, pero como te fijes en un solo árbol se descoyunta el cuadro entero ante tus ojos.

Verne, por volver al tema, no es un artista inmortal, ni sus aventuras permiten más de un nivel de lectura, pero sí es un escritor de imaginación que ha pasado a la posteridad. Su campo no fue la fantasía neta sino ese territorio intermedio que la teoría de los géneros viene a denominar, mejor que ciencia ficción, ficción anticipatoria, género en el que luego brillarían Bradbury o Huxley con plenitud de rango literario. Verne sabía que escribía inocentes disparates, pero al mismo tiempo se hacía la ilusión de que la ciencia un día haría posibles algunas premisas inasumibles de sus tramas. Fue un positivista entusiasta y cerrado, influido por la escuela cientista liderada por su compatriota Comte, aquel filósofo tan loco que fundó la Sociología y que de tanto oponer la ciencia a la fe acabó fundando una religión laica atrincherada en dogmas positivos cuyo sumo sacerdocio ejerció él mismo, por supuesto. Las ficciones de Verne presentan esa misma fe paradójica y adanista en el poder taumatúrgico de la ciencia, y podemos disculparle, porque la biografía de Verne corre paralela al estallido tecnológico posterior a la primera Revolución Industrial, y todo ingenio mecánico parecía factible, y faltaban aún décadas para que el mito del eterno progreso saliera en forma de pavesas humanas por las chimeneas de Auschwitz. Fueron factibles su submarino, su helicóptero, su nave espacial para ir a la luna. En cuanto a la máquina del tiempo, seguimos trabajando en ello, porque como drástica solución a la crisis igual sale más barata que la aniquilación del Estado de Bienestar.

Verne era viajero y curioso, y su sincero y trabajado interés por la ciencia preconizó la figura del novelista-documentalista, que fía la verosimilitud de sus historias a una solvente impostura del crédito que aureola al rigor científico. Este tipo de novelistas no suelen conquistar los manuales de literatura, pero sí los corazones de sus banqueros. Verne, en todo caso, escribía mejor que Michael Crichton, porque la decadencia educativa es global y también ha afectado a los autores de best sellers. Verne es un novelista muy dueño de los recursos que exige la maestría narrativa, y yo aún creo –bien que no sé por cuánto tiempo- que un preadolescente de hoy es muy capaz de disfrutar leyendo con La isla misteriosa como yo lo hice en los lejanos años dorados de mi púber condición. Recuerdo perfectamente la nítida felicidad que me deparó aquella lectura. Y por eso creo que Verne no tiene ninguna necesidad de ser Cervantes o Joyce para acreditar un sillón orejero en el palco de la historia universal de la ficción.

Hemos afirmado que ningún personaje de Verne conquistó la dimensión del arquetipo novedoso, y es verdad. No tenía pulso don Julio para construir lo que su paisano Gustavo Flaubert construyó durante los cinco años de redacción de Madame Bovary, digamos. Pero si alguno de sus personajes logra trascender la planitud del tipo aventurero o científico, gentleman o rufián, pecador terrible o santo redimido, siendo una mezcla difusa y esotérica de todos ellos, ese es sin duda el capitán Nemo. El propio Verne se dio cuenta de que su criatura submarina reclamaba más protagonismo del que le había brindado el mero timón del Nautilus en 20.000 leguas de viaje submarino, así que lo recuperó para La isla misteriosa, donde tiene un cameo absolutamente estelar que redondea su estatura de personaje con relieve, atribulado, torvo, heroico o antiheroico en función de quien le mire y, en una palabra, moderno.

El Nemo que nos interesa es el de la segunda novela citada, el Nemo crepuscular y equívoco que confiesa su desgraciada y vengativa biografía a Ciro Smith y el resto de sus compañeros náufragos. Nótese que en La isla misteriosa Verne otorga el liderazgo del grupo humano no al marino Pencroff –y mucho menos al periodista Spillet, en un sabio ejercicio de realismo-, sino a Smith, un ingeniero defoeano gracias a cuyos enciclopédicos conocimientos la estancia de los náufragos en la inhóspita isla se vuelve a ratos un punto por encima de “confortable”, aunque cuatro por debajo de “molicie en el spa”. Es el científico pronóstico de una erupción volcánica realizado por Smith lo que lleva a los protagonistas a emprender la huida de la isla amenazada y a topar en ella con el Nautilus, fondeado en una cueva submarina bajo el volcán, y con su sombrío y solitario capitán. Nemo presiente que le llega su hora, que el volcán no es sino el instrumento natural elegido por una Justicia sobrenatural para cobrarse el castigo a su vida inconfesable, y es entonces cuando el vencido capitán del orgulloso Nautilus narra a sus fascinados huéspedes el secreto de su identidad, en unos de los clímax más memorables de toda la novelística de Verne.

Y es que en ese instante Verne consigna la más estupefaciente –y menos halagüeña- de sus anticipaciones: el terrorismo antioccidental. Nemo cuenta a los boquiabiertos náufragos que él es en realidad el príncipe Dakkar, hijo de un rajah indio que fue criado en Europa, donde no pudo asimilarse lo suficiente como para olvidar la vesania colonialista padecida por su familia. Nemo confiesa odiar todo lo que Inglaterra representa; detesta el imperialismo inglés que ha sojuzgado a su pueblo con mano de hierro durante décadas ominosas, del mismo modo que un etarra alimenta su odio asesino a España inventariando agravios a su pueblo, con la diferencia de que el colonialismo inglés está documentado históricamente. Narra el capitán a continuación el asesinato de su mujer y de su hija a manos de los sedicentes portadores de la civilización. Y explica cómo desde ese momento planeó la construcción del Nautilus como arma de destrucción masiva al servicio de su sed de venganza. La voz de Nemo parece enronquecerse cuando describe su pasión oceanográfica como un pretexto honorable para cultivar secretamente su misión terrorista: servirse de la superioridad tecnológica del Nautilus –el primer submarino de la historia- para perjudicar a Inglaterra en las batallas navales libradas al alcance del letal ingenio subacuático, o para directamente hundir con toda su tripulación aquellos barcos en cuyo mástil ondeara el nefando pabellón de San Jorge. (Incluso comparte Nemo, o mejor dicho Dakkar, formación británica con los yihadistas del 7-J londinense, nacidos ya en suelo inglés). Pero la carrera criminal de Nemo, cuya desproporcionada reacción a los abusos cometidos contra los suyos él había justificado toda su vida, toca a su fin y en el momento decisivo del balance el fanatismo se quiebra y deviene lucidez contrita. En señal de arrepentimiento y voluntad postrera de reparación, Nemo entrega el botín de sus rapiñas a Ciro Smith y a los demás supervivientes con el encargo de que inviertan tales riquezas en obras de caridad cuando arriben a tierra firme.

Tratándose del final del primer terrorista, el estallido autodetonado del Nautilus bajo el Puente de Londres con su capitán dentro –lo de los calzoncillos ya es opcional- habría resultado mucho más verosímil. Pero, señores, no olvidemos que Julio Verne era tan sólo un escritor de ciencia ficción.

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20 abril, 2013 · 17:01