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El Atleti y sus eufemismos

Intensidad.

Intensidad.

¿Por qué le llamarán derbi cuando quieren decir reyerta? Y sobre todo, ¿por qué la prensa especializada no se cansa de elogiar la intensidad en el juego del equipo de Simeone? Ahora se le llama intensidad, queridos amigos. Habréis oído ya las siguientes expresiones a propósito de la riña patibularia en que los colchoneros quisieron convertir el derbi: partido canchero, jugar con sus armas, agresividad, carácter, brega, luchar unidos como hermanos y otros eufemismos enternecedores sobre los que se echan paladas de abono en la ribera del Manzanares para que crezcan robustos e incuestionados.

Pero Ancelotti, hombre apegado a la tradición, prefirió llamar a todo eso por su nombre: violencia. La palabra escogida, como todas las verdades, escandalizó a la mayoría de los presentes en la rueda de prensa, que tienen profundamente asumido que el Real Madrid, por culpa de sus millones, es el único sujeto jurídico sin derecho a legítima defensa. Y si los madridistas responden, como por momentos hicieron Pepe o Arbeloa o Xabi, la encomiable intensidad atlética pasa a llamarse automáticamente desquiciamiento, confusión, pérdida de papeles, ausencia flagrante de señorío. Así cavila la lógica sanchopancista del gremio.

Y lo cierto es que el Madrid, ya que le planteaban ese juego, debió arremangarse y bajar al barro como hizo en la ida de la Copa. Pero ese gol tempranero de Karim lo despistó y en cambio espoleó al Atleti, que supo reaccionar con sus armas –las ya descritas aquí– bajo la mirada bovina del árbitro, quien corregía sus propios fallos añadiendo otro nuevos hasta que el partido empezó a medirse no en minutos sino en asaltos.

Rendirse, sin embargo, no es una opción cuando se lleva la camiseta blanca. Los cambios de Ancelotti renovaron un engranaje atascado y el equipo se puso a asediar la meta de Courtois con todo el Atleti atravesado bajo el larguero. Los del eufemismo asimétrico lo llamarán a eso “defensa heroica”, pero un taurino optaría por “acularse en tablas”. Cristiano, a quien sometieron por momentos al tipo de régimen narrado en Doce años de esclavitud, se libró por un momento de los grilletes y marcó un gol que puede valer una Liga, como aquel otro en el Camp Nou.

Al término del partido, Simeone decidió afiliarse a la teoría de la conspiración. Dice que siguen vivos en Liga pese a que moleste a alguien. Yo creo que su juego solo molesta a las nueve musas de la estética y al Defensor del Menor.

(Real Madrid TV, 4 de marzo de 2014)

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6 marzo, 2014 · 20:00

Ruano y el antifascismo

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

Dos máscaras: la dandi de Ruano y la mortuoria de Azorín.

El nombre de Ruano sale del más polvoriento de los olvidos editoriales por la vía más efectiva en este país: vinculándolo con el fascismo. Ya se sabe que hay dos únicas formas hispánicas de cosechar alguna fama cultural: ser fascista y ser antifascista. La modalidad fascista fue hegemónica hace ya varias décadas, y la antifascista lleva siéndolo demasiadas desde que palmó el dictador, aunque ello exija resucitarlo cada día para seguir luchando contra su espantajo y poder echárselas de Laszlo en Casablanca.

Si usted es escritor o cineasta y tiene la desgracia de ni ser fascista ni ser antifascista, usted debe reciclarse cuanto antes en el cincado electrolítico o el reparto de routers inalámbricos a domicilio o bien se morirá usted de hambre. Yo diría, parafraseando a Ramón, que en esta vida hay que ser un poco fascista porque, si no, lo son solo los demás y no nos dejan nada. A cada cual, según sea su temperamento, corresponde luego elegir qué forma de fascismo prefiere: el fascismo fascista o el fascismo antifascista. Qué quieren: así funciona el debate intelectual en España. No lo he inventado yo, que nací en 1982.

El libro que ha obrado el milagro de devolver a César González-Ruano al escuálido candelero del debate libresco nacional se titula con mucha intención El marqués y la esvástica. César González-Ruano y los judíos en el París ocupado, y lo publica Anagrama el 19 de marzo. Sus autores son la filóloga alemana Rosa Sala Rose y Plàcid García-Planas, periodista de La Vanguardia, quienes han pasado tres años investigando los turbios negocios del genio del columnismo en el Berlín de Goebbels y en la Francia colaboracionista, donde el autoproclamado marqués de Cagigal se dio la gran vida baudelaireana a costa del trapicheo en el mercado negro, el proxenetismo y un lucrativo tráfico de salvoconductos que en no pocas ocasiones terminaba con un judío cazado en Andorra como un conejo.

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6 marzo, 2014 · 10:10

Reyerta sin daños de consideración

El derbi visto por Goya.

El derbi visto por Goya.

El realizador ofrece panorámica cenital del mosaico colchonero y luego un primer plano de Simeone, ojos claros pero no serenos si nos fijamos en la crispación mandibular. En lenguaje audiovisual se nos está diciendo que hay una grey y un pastor, un pueblo y un caudillo, un bolivarianismo y su Bolívar. Al primer córner, minutos después, Simeone ya está a horcajadas sobre la chepa moral del cuarto árbitro. Y así se pasará todo el encuentro. Pero a Simeone no se le echará nunca, Simeone goza de inmunidad (anti)diplomática porque en nuestra aporofílica España respetamos a los pastores siempre que se ocupen de los pobres, o al menos de los menos ricos, como es el caso. Se expulsó, eso sí, a su lugarteniente Burgos, que hizo honor a su simiesco apodo tras la tarjeta a Diego Costa. Tarjeta amarilla como amarilla es la estatuilla del Oscar que, aprovechando un pisuerguismo de Arbeloa, mereció su caída en el área, desfallecimiento impropio de mozo nacido en un lugar llamado Lagarto.

Costa es un delantero de progresión tan lenta, de paso tan grávido y habilidades tan primarias que no alcanzamos a explicarnos el peligro que es capaz de crear. Y sin embargo lo crea, vaya que sí. Se bastó solo para desquiciar a la pareja Ramos–Pepe durante buena parte del derbi, que tuvo una primera parte sencillamente patibularia. El gol de Benzema –decididamente mortífero desde que se dejó esa barba saudí– llegó demasiado pronto. Hay regalos espléndidos que se malogran por no entregarlos en el plazo justo de maduración. El Madrid no había madurado aún su juego y ya no lo pudo hacer hasta mediada la segunda mitad.

Porque el Atleti reaccionó ejemplarmente al revés tempranero: subió la presión, se multiplicó en las tareas de presa, protestó como un solo hombre, chocó como dos, fingió cuando fue necesario. La prensa especializada lo llama “intensidad”. El Madrid supo usarla en la ida de la Copa, pero esta vez le dio pereza y así llegó el empate. Arda, su Modric (porque el del Madrid tardaba en aparecer, y cuando lo hacía era muy capaz de perder el balón: algo insólito), metió un pase a Koke que ningún defensor del Madrid había previsto. Y Koke la cruzó perfectamente para volver superflua la estirada de Diego López.

Nunca estuvo tan bien elegido el sinónimo “choque” para un partido. Qué centelleo de navaja trapera, cuánto codo, qué vuelo de plantillas, aquella farsa de Pepe ante Godín, la ya mentada de Costa, la marrullería local, los destiempos de Arbeloa, las batallas que libraba Xabi, la decretada caza a Cristiano. A todo esto asistía el árbitro como ese novio cobardón que pretexta curro cuando su novia le dice que tienen que hablar. Si el curro lo tienes delante, hombre de Dios. Delgado Ferreiro iba aplicando una original métrica compensatoria para paliar sus propios errores: “Si no pito el penalti de Ramos sobre Costa, voy a perdonar ahora esas tres tarascadas sobre el portugués. Pero como me he comido la mano de la barrera en el libre directo, echo al Mono Burgos y le saco luego una amarilla a Godín aparte de a Pepe. Y niquelao”. Así razonaba nuestro Salomón comprado en los chinos, practicando su trile impresionista de unas injusticias por otras.

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2 marzo, 2014 · 23:00

Vente ‘pa’ Alemania, Carlo

Crónica del partido según Tiziano.

Crónica del partido según Tiziano.

Y se quedaron los alemanes cantando, porque los alemanes o duermen o marchan. Un alemán despierto es una garganta presta a la épica, sea la de la victoria o la de la derrota. Y qué manera de ser derrotados, qué paseo militar el del Real Madrid, que tomó Alemania como no se veía desde Carlos V en Mühlberg. Si en estos momentos no suena la Marcha Radetzky en el iPod de Benzema entonces no sé cómo justifica la nómina Pardeza, que para eso es el que pone la cultura.

Empezaron cantando las gradas de Gelsenkirchen su himno de mineros, su tonada siderúrgica, y abajo en el césped los muchachos del Schalke obraron en consecuencia: adelantaron la presión y lograron poner nerviosos a Pepe y a Ramos. Pero aquello duraría poco. Pronto se advirtió que el histórico tembleque del Madrid en Alemania se curaría esta noche.

Gareth Bale agarraba el balón y salía disparado hacia el área con la determinación de no parar hasta la boca de la mina. Sorteaba defensas con fastidio, porque se veía que lo que le apetecía era traspasarlos directamente. Karim Benzema no es que esté enchufado: es un puro calambre, un roce de electricidad estática que se prende en la combinación con Cristiano. Así llegó el primero: diagonal galesa, taconazo portugués y remate galo. La BBC sintonizada en prime time para traerles el show del más difícil todavía, pasen y vean.

Enseguida pudo empatar el Schalke, pero apareció el Santo. Su parada de santería, brazo incorrupto. Gran acción de Casillas para enmendar una confusión infantil, enojosa, entre Ramos y Pepe, que eligieron el peor momento para ponerse a jugar al Twister. Pero de ahí en adelante los mineros se empequeñecieron, fueron devueltos a las profundidades de su campo como una raza tolkieniana de enanos. El elfo Modric cogió su carcaj y ya no paró de correr hasta completar once kilómetros, según las últimas estadísticas. Di María hizo lo mismo, cubriendo un recorrido larguísimo y bombeando centros que invertían el guión de los agoreros: ¿no habíamos quedado en que el juego aéreo era la especialidad local? Marcelo se sumaba al doblaje y la BBC en general buscaba el desmarque constante. Así resulta muy difícil cegar el avance madridista, que llegaba en oleadas ansiosas bajo el grito tarzanesco de Ronaldo, hambriento como los lobos del amigo Félix.

Huntelaar, con esa cara como salida del Diario de Ana Frank, llamaba desesperado a sus compañeros. Pero no podían oírle. Farfán, nombre de entrante árabe –yo tomaré cuscús; para mí farfán–, tocaba algo más de bola, trataba de progresar por banda y fue el mejor de los suyos, lo que no es decir mucho visto lo visto. Porque de pronto se oyó un silbato en la estación: era Karim con visera y banderita, robando un balón a un lateral incauto y abandonándolo suavemente en la vía por la que llegaba el expreso de Cardiff. Bale recortó a uno, recortó a otro y soltó la zurda un segundo antes de descarrilar. El segundo estaba aquí, y era un golazo que estira el repertorio intuido a este jugador extraordinario, cada vez más barato: tiene el disparo, tiene el remate, tiene el autopase en velocidad y ahora tiene también el doble regate en estático seguido de gol. Bale ya es el Bale del YouTube, para catástrofe del franciscanismo mediático que le busca los millones con recelo digno de mejor causa. La de Neymar, sin ir más lejos.

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27 febrero, 2014 · 14:35

Rajoy ya nota el calor

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Con el índice nombra barones, con el pulgar recupera la economía.

Para ser ese país demoscópicamente harto de políticos y periodistas, el jaleo como de primer día de rebajas que se monta en el Congreso por el debate del estado de la nación está de lo más conseguido. ¿No sería una teatralización para afianzar el crédito dañado del sistema parlamentario? En vano busqué entre el gentío la barba de Garci o las gafas endiabladas de Évole. Pero lo cierto es que si las elecciones son la fiesta de la democracia, el patio de las Cortes se antojaba a mediodía un after-hours con derecho de admisión reservadísimo. Desde luego disimulamos bastante bien la famosa desafección hacia la política.

Un reportero logra acomodar el culo en la tribuna de prensa solo después de soportar la cola de acreditaciones, persuadir al departamento de prensa de que no trabaja para Manikkalingam, acreditar un buen juego de codos con los colegas para avanzar por los pasillos abarrotados, pasar el escáner de rayos X y probablemente otro de rayos UVA, reptar bajo la alambrada de espino y dirigir una caída de ojos reverencial a don Jesús Posada. Superados todos los filtros, accede uno al hemiciclo en el momento justo en que Mariano Rajoy está constatando que se ha invertido la dirección de la economía nacional.

Rajoy venía al debate a señalarse la espalda, porque un año después puede presentar datos para ello. Repasaba el jardín en que estamos metidos como el jardinero al final del invierno, cauto ante los restos del granizo pero optimista por la llegada de la primavera. Exponía con cuidado cada brote verde y depositaba luego la maceta en el suelo matizando que con cinco millones y medio de parados aún es pronto para decretar una semana de circo, naumaquia, cuentacuentos y juegos florales. Pero vamos, que el orgullo se le escapaba por las cinchas del traje. En la tribuna de invitados, un cortejo de barones o alfiles varios no tan pendientes de reparar en el jefe como de que el jefe reparara en ellos: Pío, Rudi, Monago, Fabra, Pedro Sanz, Herrera, los de Ceuta y Melilla e incluso Cospedal, que estaba tan guapa que no me atreví a saludarla en el patio y cuyo broche lila emitía destellos cegadores cada vez que Rubalcaba la llamaba cacique durante su réplica vespertina. Por la mañana, sin embargo, la oposición escuchó a Rajoy sin patalear, como si de verdad rigiera un protocolo diferente al de las sesiones de control de los miércoles. Esa formalidad duraría poco, como veremos ahora.

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26 febrero, 2014 · 0:01

Un cañonazo a la hora de la siesta

Cañoncito Bale.

Cañoncito Bale.

La heroica ciudad dormía la siesta, diría Clarín diciendo Concha Espina donde decía Vetusta, que al fin y al cabo Ana Ozores avanza un paradigma decimonónico de la pipera. Solo que toda la heroicidad del Elche se redujo en la ida a la épica del lúser desatada por el penalti de Muñiz, gesto fascista que le valió una nevera y le presentó ante España como el expósito de una familia problemática por boca o bocaza de Arminio o Arminione. Decidió Arminione que contra el Elche tampoco jugaría Cristiano y luego se paseó por la Federación como Don Fanucci por Little Italy, dando a besar la mano convexa.

Se evitó que el bostezo sesteante coincidiera con el pitido inicial mediante un minuto fúnebre por el yayo de Ramos, pues en España, tierra necrófila, nada anima tanto como un buen funeral. “Ya no nos volveremos a divertir tanto hasta que muera Azorín”, le susurró Raúl del Pozo a Umbral durante el entierro de Ruano. Me desvío. El caso es que Di María y Jesé se pusieron a presionar arriba con alegría noctámbula, a doblarse y a asociarse en pos del gol rápido que solucionara el trámite y devolviera a la tarde su necesidad de siesta. Estos dos jugadores a veces parece que se bañan el cuerpo en aceite antes del partido, como los luchadores griegos, porque se escurren entre defensas con facilidad líquida.

Por el lado opuesto, Carvajal y Bale maridan peor, por lo que a veces el galés derrota hacia el medio con la boca abierta, buscando oxígeno y pradera. De todos modos el canterano hizo bien su trabajo, con ese nerviosismo práctico que desbroza tupidas bandas. En cuanto al galés, mandó una a las nubes, se ofuscó un par de veces y esperó a que en los bares empezaran a contar millones para acabar marcando uno de los golazos de la Liga. Así es Gareth: un héroe que siempre fracasa en su intento de fracasar.

Confortaba ver a Varane ejerciendo de nuevo su mando sensato en la zaga, y nos sorprendía la ubicuidad de Illarramendi, que se beneficiaba de la ausencia de Modric. Arriba Benzema esperaba la suya, pero como no llegaba quiso hacerla Jesé a pase de Di María: colocó bien el interior sin control previo, pero ese remate lleva copyright galo y no se encuentra en los chinos. En la medular vasca del Madrid, RH verificable, el alumno Asier crecía a costa del maestro Xabi, aventurándose con un desparpajo nuevo por el frente de ataque. A Illarra se le ha insistido tanto en que es el relevo generacional de Xabi, el heredero de su tacticismo conservador, que se ha corrido el riesgo de castrar algunas tendencias originales de su tierno espíritu. No todo va a ser foralidad: hay espacio para la aventura entre los hijos de Zalacaín. Lo vimos con su gol: un gol de llegador. Y un disparo croata, en ausencia del genio. Los locutores del Plus lloraron amargamente el fuera de juego no pitado que precedió al córner que precedió al gol.

Quiso el Madrid cerrar pronto el recreo con el segundo y atacó en oleadas como las hordas godas, de modo que si un pase se quedaba atrás, aparecía otro de blanco para recogerlo. El Elche no se rindió y adelantó líneas, pero la defensa merengue no regalaba un balón y cumplía obsesivamente con el mandato heráldico de sacarla jugada. Nobleza obliga. Pero el buen tiempo comenzó a punzar los párpados de los jugadores, el estómago a reñir con las piernas y el partido de fútbol a devenir sobremesa. Solo Jesé giraba de vez en cuando el tobillo con un ademán brusco, absolutamente suyo, porque el tobillo de Jesé ya es como las cabezas de los búhos: pueden girar 360 grados sin partirse.

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23 febrero, 2014 · 17:00

Custodiad, escritores, vuestra torre de marfil

Ramón en su Torre de Marfil.

Ramón en su torre de marfil.

El principal problema del escritor no es la inspiración. Ni el talento innato, el argumento original o el estilo propio. Tampoco es su nivel de renta, según quiere un neomarxismo excusado en la crisis que trata de tasar últimamente a los autores como a los futbolistas. El principal problema para el escritor es una condición muy previa a todo eso y se llama intimidad. Lo decía Pla y lo sabe cualquiera que escriba con algún marchamo de profesionalismo.

Cuando decimos intimidad queremos decir tiempo y silencio, ausencia bendita de cláxones y de whatsapps de pareja, rebeldía ante la publicidad del mundo, resistencia activa al automatismo industrial de ver series, coraje para contradecir a los seres queridos y capacidad para recogerse y segregar algunas líneas de observación o imaginación. Malas o buenas, pero como mínimo personales. El primer enemigo del escritor, por tanto, es el gregarismo, y es un gigante que en la era de la reproducción instantánea, de la replicación invasiva e infinitesimal de palabras, imágenes y sonidos, parece imposible de derribar armados tan solo de adarga antigua y lanza en astillero. De papel y tinta, pantalla y teclado, lo mismo es.

Twitter es una caja de resonancia global donde resulta arduo distinguir las voces de los ecos, donde todo gregarismo halla su asiento y toda urgente banalidad hace su habitación. Los escritores de carrera ya lanzada, formados en edades sensatamente lejanas de la natividad digital, no suelen tener cuenta en Twitter, y si la tienen tuitean poco, y cuando tuitean no parecen tan preocupados por interactuar con sus seguidores como por diseminar semillas de calculada autopromoción. Lo que desde luego no hará un escritor sensato es malgastar en Twitter una idea brillante que porte el germen de un relato sorpresivo o de una columna ingeniosa. De ahí que muchos lectores se sientan decepcionados al consultar los tuits de sus escritores favoritos: solo topan con el serrín que cae de la mesa del celoso artesano. A no ser que al escritor-tuitero le sobre imaginación, y generosidad para regalar sus frutos en forma de trinos cotidianos. O puede que busque con ellos llamar la atención de los editores para que el más despierto de ellos le convierta en escritor homologado, que no es otro que quien puede permitirse el lujo de prescindir de Twitter para centrarse al fin en escribir. O puede que todo a la vez.

Sentado que la columna es un género literario, sí que encontramos en Twitter a numerosos columnistas que se comportan como activos partidarios de la red social del pajarito. Sus almas colmeneras pajarean por los altos andamios de Internet, diríamos con el poeta. La evangelización de la columna publicada esa mañana, la imposición de manos sobre los feligreses y la diatriba catecumenal contra los clérigos rivales de otras parroquias mediáticas son los usos más comunes que hace de Twitter el columnista contemporáneo. ¿Les ayuda Twitter a ser mejores escritores de columnas o reportajes? ¿Aquilata su ingenio, afila sus recursos, diversifica sus intereses, matiza su solemnidad? Mi opinión, no ya cómo ornitólogo incipiente y declarado cliente de la pajarería, sino como amigo de los pajareros y como pajarero mismo con unos pocos millares de seguidores, es que Twitter ejerce sobre el columnista una presión perversa al mismo tiempo que favorece innegablemente la popularización de su trabajo y la socialización de sus efectos, la inmediatez del retorno crítico y del aplauso edificante, la expectativa de un venial tráfico de influencias laborales y, por qué no admitirlo, el establecimiento de debates más o menos esquemáticos que alivian el tedio del escritor agraciado con dosis blindadas de intimidad.

De mi caso concreto puedo decir que sin una mediana actividad en Twitter como la que despliego desde 2011 no me habrían llegado ofertas de medios en los que hoy colaboro, ni habría accedido al trato de firmas célebres que hoy se cuentan entre mis amigos o conocidos, ni habría reeducado algunos de mis prejuicios menos firmes, ni habría descubierto algunas vetas semivírgenes del siempre proceloso temperamento nacional. Hoy opino todavía que un autor del siglo XXI, alguien que aspira a vivir de la difusión de sus productos intelectuales en la era de la telecomunicación global, debe estar en Twitter del mismo modo que un escritor de los siglos analógicos despachaba correspondencia o frecuentaba un club. La red además es gratis, instantánea y operativa.

Hasta aquí, creo, las evidentes ventajas. Sin embargo, y contra lo que cabría esperar de mis 31 años, pienso que Twitter acumula tantos quilates de panacea como de diamante había en los cristalitos con que nuestros entrañables ancestros timaban a los indios. Hay que desmitificar y racionar su uso. La adictiva red de microblogging invita con facilidad irresistible al abuso, a la pereza intelectual, al trastorno crónico de déficit de atención en adultos (aparentes), a la dilapidación del tiempo necesario para leer libros (¡o escribirlos!) y no caracteres, al acomodo convencional, a la jibarización de la lógica, a la perversión léxica, a la boutade pueril, a la alergia a lo complejo, a la confusión entre inteligencia y gracejo, al peaje chusco por un retuit, a la persecución alienante de efímera fama, al abaratamiento de los prestigios, a la igualación de las jerarquías mentales y a la irrelevancia infantil del ego en pie, en definitiva. Twitter somete al escritor a la presión fiscalizada de que el próximo texto guste a los seguidores propios o chinche suficientemente a los enemigos, lo que consolida apriorismos que terminan socavando la libertad requerida por toda escritura honesta –por esta razón ha explicado David Gistau su sonado abandono de Twitter–, y a la vez crea en el seguidor la falsa ilusión de que todos somos iguales, lo cual supone una deflación del valor de la palabra y de la misión del escritor genuino que explica con profética lucidez Ramón Gómez de la Serna, inventor del término “telecomadrismo” en sus Cartas a mí mismo de 1956, término que tan asombrosamente se ajusta al bullicio tuitero, a sus servidumbres subterráneas, sus intrigas traslúcidas y sus expectativas fraudulentas:

“Se levantan olas de comadrería y todos van envueltos y lanzados por esas olas como por una inundación. La comadrería buscar el modo de coincidir en algo con los demás y lo porteril les atrae sobre todo. ¿Quién iba a creer que ese iba a ser el motivo de unión para muchos? (…) Parece que tengo un aparato de mi invención, el telecomadrismo, que me entera de ese tacto de codos que trae algunos favores a los aproximativos y me doy cuenta de las cosas que voy a perder por no estar con ellos. Pero no importa. Yo tengo muchos caminos lejanos y estoy en los espacios libres, gozando de las gobernaciones tranquilas, sin esa espera iracunda que les cuesta la vida a ellos, estérilmente perdida al no verificarse los nuevos asaltos en pos de las gangas esperadas”.

Frente al telecomadrismo, Ramón erigió el “torremarfilismo”, una suerte de atento encierro en que debe vivir el creador, “un sensible por cada millón de insensibles, un vigía por cada millón de dormidos”, que desde su retiro interior ve las multitudes como no las ve nadie, “como el farero ve el mar”. La Torre de Marfil contra la que conspira Twitter no es más que la metáfora de la intimidad fértil que distingue al verdadero escritor, al intelectual de calado.

A Gómez de la Serna su profesión torremarfilista en época de trincheras le costó hambre, penuria y exilio. Pero le granjeó la posteridad de su literatura: la originalidad del hombre solo.

(Revista Leer, número 249, Febrero 2014)

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20 febrero, 2014 · 12:43

Cita en Zugarramurdi

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Fray Tomás de Torquemada: un progresista.

Amèlie Nothomb ha señalado que la Inquisición constituyó un hito progresista, pues antes de ella a las brujas se las quemaba sin proceso previo. Algo es algo. En ese sentido, las sesiones de control al Gobierno de los miércoles escenifican el mismo avance instituido por Torquemada, si bien en la hoguera democrática arden más bien las vanidades que desinhibidas señoras de Zugarramurdi. Son fuegos fatuos sin la espectacularidad del alarido poseso –como mucho el abucheo de bancada– y con las cenizas de cada ministro fénix puntualmente regeneradas para la pira de la semana que viene.

Este cronista tiene la incómoda impresión de que los verdaderos incendios se declaran en todas partes menos en el Congreso: en Suiza a cuenta de la cuenta de Granados, censor del fraude fiscal en mil tertulias; en Ceuta, a propósito del muro de las lamentaciones negras; en Andalucía, al hilo del hilo telefónico entre Moreno Bonilla y Dolores de Cospedal, apagado o fuera de cobertura en este momento; o en el Canal de Panamá, o en la Extremadura del extremoduro Monago, o en los Madriles revueltos de Espe, o en Kiev, o en Venezuela o qué sé yo. En cualquier sitio menos en el hemiciclo soberano.

La voluntariosa Soraya Rodríguez trata de paliar esta dislocación de la noticia concentrando en su pregunta semanal todos los asuntos de actualidad que pueden dañar al Gobierno. La rea de su torquemadismo sumario es tocaya, paisana y compañera de insti: Soraya Sáenz de Santamaría. Entre ambas se entabla una sorayomaquia más pirotécnica que combustible, prendida en la mañana de hoy por una traca compuesta de los siguientes petardos:

1) Molinos o gigantes. Acusación de pucherazo electoral por la voluntad autonómica de recortar el parlamento manchego en 15 diputados.
2) Gürtel. Analogía abrupta entre la trama corrupta y la mentada reforma estatutaria: «es la misma filosofía: sobres de más y escaños de menos» (sic);
3) Elegía ceutí. Se pide la dimisión del delegado del Gobierno y se formula una amenaza escalofriante: si Interior no entrega al Parlamento en 24 horas las cintas con las cinco horas de grabación de los hechos del Estrecho, este grupo parlamentario registrará ip-so fac-to una petición de demanda de amago de comisión de investigación. Ojito.
4) «¡Y además no fue penalti!», completó oficiosamente Gistau desde la tribuna de prensa.

La vicepresidenta se puso en pie, se arremangó mientras Posada trataba de apagar las teas recién encendidas y contestó solo al primer punto, que era el previsto en el orden del día. Dijo que recortar el número de diputados obedece a una demanda de ajuste que está en la calle hace tiempo. Se entiende la pataleta con que la Cámara recogió este pretexto de ahorro: no se mete uno a estudiar oposiciones si baja la tasa de reposición, y no se mete uno a medrar en un partido si le achican la boca del embudo que traga torrentes de ambición y escupe chupitos de escaños.

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19 febrero, 2014 · 19:10