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Cómo confundir a Anna Karenina con Ana Torroja

No hace falta leer a Wilde para saber que en arte la separación entre forma y fondo es puramente convencional. Cuando se afirma que un escritor o un cineasta prima el preciosismo de la expresión sobre la transmisión de unos hechos o de un mensaje moral se quiere subrayar tan solo que el artista posee una marcada voluntad de estilo, que le gusta llamar la atención sobre cómo dice las cosas; no se le acusa de carecer absolutamente de algo que decir. Porque el cómo no opera en el vacío, sino siempre sobre un qué. Cuando se tiene un qué poderoso, un artista sabio escoge un cómo modesto, elástico, adaptado generosamente a la idea o argumento que se pretende realzar. Y viceversa, cuando el artista sabio solo dispone de un qué vulgar, extremará los recursos de su talento expresivo para lograr un efecto artístico de similar calado.

El fondo es la forma, el medio es el mensaje, etcétera. Por eso yerran en su argumentación las críticas que han destrozado por esteticista la Anna Karenina de Joe Wright, estreno de cine en el que tuve la desgracia de invertir una lluviosa tarde de domingo y un billete canjeable por una cena opípara comparada con las que en los últimos tiempos se encuentra en disposición de sufragar mi exhausto bolsillo. La película es la broma cara de un director pueril con serios problemas de adaptación social, dandismo hueco y comprensión lectora, y que sea tratada como tal por la crítica especializada constituye una magnífica noticia para la maltrecha causa de la veracidad periodística. Pero esas críticas insisten en el estéril y huero esteticismo de la película, advirtiendo en Wright la “arrogancia artística” del cineasta enamorado de sus propios trucos de estilo. Y se olvidan de decir lo fundamental: que ese barroquismo efectista y meramente pirotécnico no solo no logra nunca servir a la historia, que es a lo que debe aspirar toda competencia en técnica artística, sino que la opaca y hasta sustituye groseramente, de donde el espectador medianamente formado infiere, atendiendo a la ecuación con que empieza este párrafo, que la única medida de consistencia de la que es capaz el cerebro de Joe Wright la da el cartón piedra coloreado de un atrezzo de ópera rusa.

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6 abril, 2013 · 21:01

Oscar Wilde fue un hombre santo

Cuando visité el inevitable cementerio parisiense de Père Lachaise, una de las cosas que más me sorprendió fue el abigarrado mosaico de besos femeninos –o masculinos– estampados a golpe de pintalabios sobre el granítico monumento funerario bajo el que reposaba Oscar Wilde, a quien sus delicuescentes narraciones nunca me habían empujado a considerar un icono pop. Tras leer la excelente selección de sus ensayos realizada por Lumen y titulada, misteriosa pero atinadamente, El secreto de la vida, entiendo perfectamente la pasión y gratitud contemporáneas que sabe despertar este pionero de casi todo, en quien tantos veneran al protomártir de la causa gay o a la encarnación insuperada del dandismo y a quien, sin embargo, haríamos un gran favor juzgándolo estrictamente por sus escasas y siempre lúcidas palabras, cuya exigencia ética y estética no puede chocar más con los melifluos programas de la posmodernidad, la propia democracia y la cultura popular.

El juicio que emerge del descubrimiento del Wilde ensayista –con razón, el editor Andreu Jaume asigna al género de la reflexión lo más perdurable de la obra wildeana– consagra, paradójicamente, la asombrosa coherencia intelectual del rey de la iconoclastia finisecular y la hondísima sensibilidad moral del mayor réprobo de la era victoriana, condenado en sede judicial por sodomía y encarcelado en Reading durante dos penosos años de descenso a los infiernos y redención final. El presente volumen se divide en nueve secciones, incluyendo piezas ensayísticas publicadas como tales en vida del autor, textos periodísticos, una selección de sus afamados aforismos y esa estremecedora confesión a caballo entre el reproche amoroso, la ascesis religiosa y el testamento estético que es De profundis, la obra ya desnuda de adornos que cierra el círculo cabal del pecador justificado.

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6 abril, 2013 · 20:52

Entrevista a Jorge Bustos (y II): «En el fútbol, el fin justifica los medios»

Lo que para un madridista como tú debe ser un trabajo gustoso es poder charlar de madridismo desde las tripas con periodistas declarados de la causa como Juanma Rodríguez.
El verano pasado me llamó Jesús Alcaide, consiguió mi teléfono llamando al periódico. Al principio estaba un poco nervioso, ya había ido a tertulias de Intereconomía pero al ser mi empresa me imponía menos respeto. Luego también está el recelo del nuevo que llega siendo además un periodista generalista como yo… Pero encontré enseguida una facilidad, una familiaridad en la que me encuentro comodísimo. Es un descanso, un gusto y encima me pagan ¡así que no puedo pedir más! Sí que me gustaría aprender más de fútbol porque leo a gente que tiene auténticas tesis sobre el 4-4-2. Yo a veces veo el fútbol y me fijo en instantes individuales de habilidad o de fuerza. Estoy aprendiendo poco a poco y no descarto algún día hablar de fútbol sabiendo algo.

Hay una frase que creo que le gusta mucho a Ruiz Quintano, o que al menos utiliza, de Ruano: “Hasta quienes no tenemos nada que ver con el fútbol, estamos insobornablemente reunidos en torno al Real Madrid”. Habla del prestigio nacional, un prestigio que ahora la España plural solo concede al fútbol del Barcelona…
Eso es muy interesante. Ruano es quizá, con Camba, el mayor columnista de la historia del siglo XX, Umbral no sería nada sin él, un tipo que acudía al estadio y no sabía nada de fútbol, pero en ese momento la gran figura social de la época era Santiago Bernabéu. Él escribió esa frase con el matiz nacionalista que tiene y que alude también a esa universalidad o cosmopolitismo de la camiseta blanca. La descubrí y le pasé la cita a Iñaki [Ignacio Ruiz Quintano]. Iñaki ha leído todo Ruano y todo Camba, que ahora está de moda pero fue él quien lo empezó a reivindicar y es un honor que aún no se le ha reconocido. Él me descubrió a Ruano. En cuanto al sentido de la cita, visto desde ahora a mí no me gusta eso de unir una camiseta a unos valores, a una dimensión trascendente o política…El Madrid solo tiene que ser una cosa: el mejor equipo del mundo y el que más títulos gane. Pero nada más que un club, allá cada cual con sus peligrosas amalgamas.

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3 abril, 2013 · 11:05

Entrevista a Jorge Bustos (I): «Que te paguen por escribir en Internet es una utopía como la paz en el mundo o la Décima»

Amenaza con llegar a la cita en Casa Labra vestido de fundador del PSOE aunque finalmente no cumple. Jorge Bustos (Madrid, 16 de diciembre de 1982) es uno de esos periodistas de los que uno tiene una sensación de vacío al final del día si no le ha leído. Hablamos de periodismo, del Real Madrid, de boxeo y en caso de no vivir del periodismo, de trabajar de gigoló en Eurovegas.

Jorge, la semana pasada se celebró un Debate sobre el Estado de la Nación. Si hubiera un Debate sobre el Estado del Periodismo, ¿quién sería presidencia y quién oposición?
Estuve en el Congreso y me gusta ver a la clase política. No soy de aquellos periodistas que continuamente echan pestes de ellos, me divierten y me parecen muy necesarios. Del estado del periodismo no soy nadie para hablar y, acotando un poco la profesión, podría hacerlo del estado del columnismo. Descubro un problema y es que las vacas sagradas no se quieren ir. Además, los jóvenes periodistas se enfrentan al problema añadido de una crisis de “software” del  periodismo dentro de la crisis general. Aún no se ha encontrado la manera de que te paguen por escribir en Internet. Es una utopía: está la paz en el mundo, ganarse la vida escribiendo y la Décima. Al estado del periodismo lo único que podría pedirle es que leyera más, que dejaran de escuchar a sus profesores de Ciencias de la Información, lo cual es un oxímoron ya que la información no es una ciencia, y que leyeran. Que leyeran a los clásicos, que leyeran a periodistas muertos consagrados por el paso del tiempo para recuperar el lado intelectual. Tengo un discurso un poco aristocrático, pero es que el periodismo se ha democratizado tanto que ya uno no sabe encontrar la calidad. De ahí la petición de mejora de la capacidad intelectual. Lo demás son aplicaciones y trabajo de Apple.

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3 abril, 2013 · 10:55