Aquí una nueva entrega sonora de El Parnasillo, esta vez con Quevedo como protagonista: hicimos el programa de Herrera desde León, y nos alojamos en el sublime Parador, en su día horrible cárcel donde penó cuatro años don Francisco por espía.
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Neoliberalismo y CR
Cuando marcó el octavo gol en dos partidos, tuiteé que lo suyo empezaba a ser ya neoliberalismo. Esa voracidad de tiburón, esa renuncia casi insidiosa a conformarse, esa fe insolente en su propia capacidad. Esa manía analógica de limitarse a hablar en el campo, privándose de buscar simpatías en la zona mixta, que es el último eslabón en la cadena de montaje del mercado fútbol: donde te ponen las etiquetas. Lo paradójico es que CR, siendo millonario, practica un fútbol industrial, que manufactura goles como Henry Ford montaba coches. Ronaldo es proletario del triplete y lobo de Wall Street. Baluarte a la vez de un individualismo anglo y un estajanovismo soviético, funda por sí solo un nuevo paradigma que merece culto, pero que demasiadas veces solo causa escándalo, frialdad, distancia reverencial cuando no odio mal disimulado. ¿Por qué?
El apetito de Cristiano es contracultural. En España está mal visto ganar mucho dinero, pero lo está aún más ganarlo trabajando. Disculpamos al pícaro que pega el pelotazo quizá porque su éxito se labra sobre contactos u oportunidades que nos quedan lejos, que no nos interpelan. Pero alguien que prospera machacándose nos envía un mensaje poco confortable: «¿Y tú qué es lo que haces?» Y eso molesta, porque normalmente no hacemos gran cosa. Estamos más cómodos compadeciéndonos que peleando el ascenso.
Un manifiesto juvenil que no pude negarme a firmar: mantengan la compostura, niños y mayores.
La metamorfosis
Una mañana, tras un sueño intranquilo, Pablo Iglesias se despertó convertido en un monstruoso socialdemócrata. Estaba echado de espaldas sobre la blanda centralidad del tablero y, al alzar la melena, vio su vientre convexo y pálido, demasiado convexo y demasiado pálido aún, y lejos por tanto de las dulces curvaturas que procura una vida al solaz de la nómina de Estado; pero ya no tan inspirador, tan rugiente como antaño.
– ¿Qué me ha ocurrido?
Sócrates debe morir
Sócrates no puede pasar de moda mientras nos empeñemos en vivir en democracia. E incluso los súbditos de todas las tiranías –más exitosas históricamente que las democracias, sin comparación- han consolado durante 2.500 años su falta de libertad en los diálogos platónicos que construyeron la figura perenne de un titán, y sin embargo ciudadano ateniense. “He de confesar que me siento tan cerca de Sócrates que casi siempre estoy en lucha con él”, escribió Nietzsche, uno de los padres de la posmodernidad en que vivimos. Que no hace falta ser un atrabiliario filósofo alemán para sentirse interpelado por la vida, las ideas y el método revolucionario de Sócrates viene a probarlo Gregorio Luri (Navarra, 1955) en este ensayo de lectura tan magnética como enjundiosa. Pues Luri, que no en vano ha combinado la docencia con la filosofía, logra una escritura plena de rigor y pedagogía, demostrativa de que no hay pasión tan absorbente como el debate de ideas.
Este libro no es otra biografía intelectual del fundador de nuestra tradición filosófica, sino una suerte de thriller filosófico-judicial: el autor, que tiene metabolizada la obra platónica y segrega su jugo con toda naturalidad, nos sienta en el tribunal que ha de juzgar a Sócrates junto a Platón y Jenofonte, Alcibíades o Meleto, de quien parte la acusación terrible: Sócrates ha de ser ejecutado porque no cree en los dioses atenienses y corrompe a la juventud.
¿Matar o no a Sócrates? Esa es la cuestión. Y Luri sabe que, con la ley democrática en la mano, Sócrates debe morir. Su predilección por lo bueno o lo verdadero sobre lo propio o lo nuestro –la identidad comunitaria– actúa como un disolvente sobre los lazos que tejen la convivencia en la polis griega. Si todo hombre se para a cuestionar la justicia o bondad de las leyes, se abona el terreno para la subversión. Porque la idea clave del pensamiento socrático (y de todo pensamiento) es la autonomía intelectual y moral del individuo frente a la comunidad. Y la autonomía resulta tan peligrosa en el siglo de Pericles como en el de Merkel.
“El Sócrates histórico fracasó porque Atenas necesitó protegerse de su presencia. El Sócrates platónico ha triunfado porque siguió habiendo jóvenes deseosos de rememorar su palabra, y porque Platón consiguió convencer a los atenienses de que la filosofía es el mayor bien para el ciudadano y para la ciudad”, concluye Luri. El admirable martirio de Sócrates –que renuncia a una defensa persuasiva ante el jurado porque prefiere la coherencia–, no desprovisto de temple irónico y en guardia crítica hasta el fin, depara más de una lección al hombre emocional de nuestra sociedad terapéutica, donde Sócrates sigue muriendo.
(Revista Leer, número 265, Septiembre 2015)














