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La vigorexia otoñal del aznarismo

El aznarismo es un ismo correoso que se resiste a morir. No hay imagen más elocuente del aznarismo que aquellos abdominales extemporáneos de su fundador en la playa, musculado contra natura en un anacronismo pectoral que lo es también político. No era aquella una musculatura juvenil sino casi atemporal, como la de un elfo maduro. Aquel tegumento de piel se atirantaba no sobre el músculo sino sobre la determinación implacable de un espíritu. La vigorexia de Aznar –y esto creo que no se ha entendido bien, y por eso se le buscaban francesas a lo Hollande o becarias a lo Clinton– era de naturaleza espiritual, lo cual le ha obligado no a mantenerse en forma durante su mandato, que también, sino sobre todo a seguir entrenándose después como conciencia de la nación, ejercicio mucho más exigente que el mero gobierno.

El aznarismo que hoy se revuelve contra el PP de Rajoy invoca principios traicionados como los había invocado Fraga contra el pragmatismo de la UCD, pero al final Fraga se reveló como un político Dorian Gray que dejaba al franquista pudriéndose en el desván pero que en la escena achicaba espacio ideológico al BNG. Si Fraga crecía en progresismo a medida que no podía andar, Aznar se ha medievalizado a golpe de abdominales. Quiero decir que en política los principios no se invocan para reformar a la sociedad sino para desprestigiar a tus rivales, preferiblemente a tus compañeros de partido. Se invocan para pisar moqueta y una vez allí levantar una esquinita y meter debajo la voz de la conciencia. Luego se va o se le echa a uno de la moqueta y los principios reaparecen como por ensalmo, y uno acaba dando lecciones de vigorexia espiritual en platós y en presentaciones de libros.

Pero Aznar no siempre fue su propia caricatura derechista. Aznar llegó a ser liberal, llegó a ser centrista y a la vez periférico de catalán en la intimidad. Ni derogó la ley del aborto socialista ni recentralizó las competencias autonómicas: antes bien las llevó más lejos que nadie con tal de gobernar. Aznar sacrificó a Vidal-Quadras, aunque ahora los meten en el mismo saco antimarianista. Aznar desechó a Mayor porque no quería un PP democristiano y desechó a Rato porque no quería un PP pijo. Aznar purgó a toda figura heredada de Alianza Popular en mucho menos tiempo del que ha tardado Rajoy en hacer lo propio con el aznarismo, en aplicación escrupulosa del ciclo de la vida y la santa ley de la selva política. Así que menos fascismo, caperucita.

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30 enero, 2014 · 13:15

La belleza de la derecha

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Louis Auchincloss en el registro de Yale del año 1939.

Hace poco los curiosos muchachos de Arsuaga extrajeron de la Sima de los Huesos un fémur de cuatrocientos mil años cuyo análisis de ADN arrojó una conclusión asombrosa: pertenecía a un homínido más siberiano que burgalés. Hasta ahora en Atapuerca se creía haber encontrado básicamente casquería neandertal, individuos peor o mejor representados de la especie heidelbergensis. Pero resulta, dicen los chicos de Arsuaga, que la familia humana se dividió en dos ramas hace un millón de años, y que la fetén alumbró neandertales y sapiens mientras que la lerda siguió dando indocumentados documentados en norte de Rusia y norte de Burgos. El descubrimiento complica las cosas, enreda el árbol familiar y establece científicamente la verdad del torero: no solo hay gente pa tó, sino que la hay al mismo tiempo en el mismo planeta.

Creíamos que la historia de la evolución humana venía regida por un patrón de progreso lineal que iba enderezando al mono hasta erguirlo completamente para alcanzar cierta manzana por consejo de una mujer tentada por un ofidio, y ello antes de doblar al hombre otra vez sobre un ordenador de oficina según enseña el famoso chiste. Pero Atapuerca nos muestra que en el mundo convivieron especies distintas con distinto grado de sofisticación genética. Es decir, que la humanidad es en primer lugar gradual, y en segundo lugar tan sincrónica como diacrónica. Hubo un tiempo en que se podía ser más o menos humano no por educación sino de mero nacimiento, y en que los linajes pugnaban darwinianamente entre sí para pasar de la prehistoria a la historia pero a la vez eran exponentes cabales de su linaje particular, gorilesco o lampiño.

En Atapuerca ya se daba por tanto uno de los principales rasgos de la democracia: las minorías. La democracia es simultaneidad de estadios evolutivos dispares. Umbral definía Madrid por su simultaneísmo, por su generosidad para albergar a la vez a tontos y a listos, a carrozas y a dandis emprendiendo en el mismo barrio su acción contradictoria. Bien, pues ese simultaneísmo va a resultar muy viejo, de hecho connatural a lo humano desde su albor, y abre debates insospechados. ¿Cómo es posible que ante la reciente muerte de Nelson Mandela unos humanos entonasen la alabanza al ángel ido y otros de su misma especie lo despachasen como criminal? Pues porque ya que no la genética, sí la formación, las lecturas, la dotación neuronal estratifican incesantemente a la humanidad en minorías de desigual sofisticación, como ha sucedió siempre según sabemos ahora por los sabuesos de Arsuaga. Y no nos preguntaremos si el aborto de un feto neandertal habría sido más legítimo, por más inhumano, que el de un feto sapiens, aunque podríamos especular bizantina y deliciosamente al respecto puesto que ambas especies coexistieron hasta que el sapiens, inexplicablemente, se impuso a su pariente bruto hace quinientos mil años. Antes incluso de la Transición y de sus ancianos periodistas.

Exactamente lo mismo ocurre en la historia de la literatura y del arte en general. En arte no existe el progreso lineal: los frescos bajomedievales de Giotto no quedan superados por el descubrimiento de la perspectiva renacentista. Poseen un valor en sí mismo, ejemplifican una cima del espíritu humano en su tiempo, sí, pero también emocionan a ojos venideros. Hoy, mal cobijados bajo ese gran paraguas permeable que es la posmodernidad, la coexistencia de especies literarias es una realidad delirante. Hay gente escribiendo novelas exactamente igual que como las escribía don Alejandro Dumas —¡y recibiendo premios por ello!— y hay, supongo, oscuros y eternos becarios experimentando en su buhardilla con las vanguardias y los estilos del mañana. Y hay una infinidad de matices intermedios.

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29 enero, 2014 · 14:34

Velocidad de crucero y un comandante en jefe

El Madrid dudó al principio si bajar del autobús, pero al final acabó haciéndolo para ponerse el primero en la parada del liderato a la espera de que lleguen o no los muchachos desfondados de Simeone y los huérfanos de Rosell. El equipo da la impresión de poseer una caja de cambios más larga que ninguno, de disponer de velocidades que todavía ni ha estrenado, y el aficionado, que de momento solo ha intuido las prestaciones del bólido por acelerones parciales, fía partidos como el de liga contra el Granada a la marcha de crucero asentada por Ancelotti. Y con eso basta y sobra, pero todos desean ya las carreras de primavera que demanden el rugido a fondo del motor. A ver cómo suena.

No salieron enchufados los blancos. En la radio decían que eso pasa por inaugurar un día antes residencias deportivas y por distraerse de mañana en homenajes a Cristiano. Como si homenajear a Cristiano no fuera fiesta de precepto en el madridismo. Lo cierto es que la defensa ordenadita que planteó Lucas Alcaraz y un cierto descaro en el toque cuando tenían la pelota agigantaron al Granada durante la primera mitad, aunque se sospechaba que aquella insolencia duraría lo que quisiera el gigante de verdad: precisamente Cristiano. Velocidad de crucero más comandante en jefe igual a victoria.

Volvía Di María al Bernabéu y salió de él aplaudido. Eso quiere decir que la afición ha reacomodado sus afectos tras atestiguar el propio reacomodo penitencial del argentino, que lleva cuajando partidazo tras partidazo desde que se tocó los huevos. Esta meritocracia olvidadiza es una de las cosas que más nos gustan del fútbol, donde uno siempre puede valer lo que valió su último partido, haya cometido el crimen que sea en el penúltimo. Di María centró bien y mal, corrió la banda, defendió la espalda de Marcelo y la de otros, se asoció con Cristiano, intentó marcar de rosca exterior –es un zurdo excluyente–, de empalme frontal, de zigzag canchero. El temible runrún de Concha Espina cedió jabonosa y justamente a la ovación. Otra muestra de finezza del salomónico italiano, que primero reanima a Di María con la titularidad fuera de casa para ponerle en el Bernabéu cuando su buena forma garantice la reconciliación con la grada.

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25 enero, 2014 · 21:03

Pasión bíblica y aborto pasionario

De entre los muchos tipos de democracia que existen, la parlamentaria no es de las que menos me gustan. Ciertamente no es tan eficaz como la democracia gamonalera, pero a cambio es más aseada y se pasa menos frío ejerciéndola. Uno ocupa su sitio en la tribuna de prensa y contempla a los diputaos, que dice Rajoy, y puede entretener el fárrago de 16 folios que ocupó su balance del Consejo Europeo decidiendo qué señoría le representa mejor.

¿Quizá Rosa Díez, cruzada de piernas en su escaño, los tacones color cereza apuntando peligrosamente a la escalera? ¿Y aquellas diputadas populares del fondo que han pasado las navidades consumidas en la impaciencia de pasear el nuevo modelito por la sede de la soberanía nacional? Desde luego no nos representa el montaraz jersey de cuello vuelto de Errekondo, como tampoco la maraña húmeda que corona el cráneo de aquella otra diputada de Esquerra. ¿Qué puede haber de monárquico en un secador? Luego pasa lo que pasa, que el hemiciclo era hoy un mar de gripe A agitado por olas de pañuelos blancos, sonoros, sacudidos violentamente por las narices congestionadas de nuestros representantes. Y uno, que arrastra un catarro reglamentario, se siente al fin perfectamente representado por los mocos de sus señorías. «¡La democracia gripada!», me señaló un ágil tuitero.

El parón navideño y la envidia del relumbrón de que ha gozado la democracia real en Burgos preparaban el desquite de los portavoces, quienes no ahorraron ni un minuto de intervención al sufrido reporterismo. Fue servido sin pausas un engrudo retórico que se extendió uniformemente desde la nueve hasta las tres. Ahí queríamos ver nosotros al llorado Leguineche. Se oyó a Rajoy insistir en que los eurolíderes reunidos en Bruselas le ven mejor color a la orina del enfermo. Se oyó a Sánchez Llibre mentar a Schumann y a continuación oponer al tabarrón catalán «la política con mayúsculas» –qué será eso de la política con mayúsculas: ¿una teocracia?– para acabar quejándose de los procedimientos de limpieza de los cuarteles. Sic.

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22 enero, 2014 · 19:50

La música callada del recorte

La plena integración de Croacia en la Unión Europea no se produjo hasta julio de 2013, en paralelo a la plena integración en el Real Madrid de Luka Modric, quien ya llevaba meses presentando firme candidatura a la titularidad. Hoy todo el vestuario blanco habla croata, al menos en el campo, y apetece llamarle Real Modrid. En justa correspondencia, Lukita se ha españolizado hasta el punto de conducirse como un torero de poder en los medios, desde donde cita, recibe, da pases, vigila los derrotes, burla la embestida, gesta la faena y dispensa en suma la música callada del recorte que ayer se hizo sinfonía en el gol de Benzema. Tres defensas al suelo con un gesto y el balón cosido como una muleta para cuadrar al portero indefenso ante el remate del francés. ¿Cómo es posible, siendo croata?

Otro partido genial del pequeño Luka, cuyo recorte de hoy entronca con la dinastía del taconazo de Guti (jugada que también coronó Benzema: un terminador en piel de gato) y del regate de Di María a Puyol, y torerías por el estilo. Para ponerse líder del campeonato el Madrid recuperó precisamente el querido estilo vertical, el gozo de la zancada, la lujuria de la transición sin componendas debidas al ídolo azteca de la posesión. Llegaba el Madrid con prisa arriba, con tanta prisa por marcar el primero que Cristiano no quiso correr más y tiró a la salida del primer quiebro. De su rica panoplia esta vez desechó el misil teledirigido y eligió el mortero, el zapatazo Premier, empeine total, el golazo de toda la santa vida por la escuadra. Un gol difícil de ver en el Madrid que vuelve a argumentar la superioridad de repertorio a favor del luso y en contra de Messi, quien siempre mete más o menos el mismo gol, por más que sea un golazo.

Saciada la primera sed con la que salta al campo, no le importó a Cristiano ceder una falta a Bale, que se lo agradeció marcando con sutileza caballeresca. Bale mete una de cada dos faltas que tira, registro solo al alcance de Lee Harvey Oswald. El Betis intentaba levantarse de la lona pero la defensa del Madrid –¡albricias!– ha vuelto a soldar, y a la espera de sopletes ofensivos más fundentes no tuvo problemas para mantener la puerta a cero ni cuando Marcelo se quedaba arriba alisando las sábanas. Correcto estuvo Carvajal, Pepe puso otra piedra en el fiel de la fiabilidad que contrapesa sus episodios oscuros y Ramos se fue aplaudido del Villamarín, no solo por los béticos. Nacho cumplía hoy 24 y Carletto, que es un padrazo, le regaló unos minutos; me gusta Nacho por sobrio y porque va al balón dividido con decisión y limpieza, por lo que le suelen pitar la falta a favor. En las coberturas se aplicaba Di María, que está cumpliendo su penitencia a base de gol y sacrificio, y ya parece claro que será un jugador importante lo que queda de temporada. Al menos fuera de casa: el Bernabéu decidirá cuándo corta la soga que une al pecador al fardo ominoso que arrastra catarata arriba como Rodrigo Mendoza en La Misión. Marcó un golazo de empalme desde Rosario que levantó en su escaño (albi)celeste al padre Bartolomé de las Casas, el primer intelectual que creyó en la dignidad de los indios.

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19 enero, 2014 · 13:39

El prestigio mediático de la violencia

Quién nos iba a decir que la revolución saltaría en Burgos y por un bulevar de más. La yesca hace mucho que está repartida y la pérdida de plazas de aparcamiento es una chispa tan inflamable como cualquier otra. Tampoco sorprende el entusiasmo mediático ante el guevarismo comprado en los chinos, surja en la Puerta del Sol en el barrio de Gamonal, pues permite a los redactores maduros reblandecer idealismos costrosos al tiempo que ofrece baratas prácticas de corresponsal de guerra al becario primermundista.

Uno fue un adolescente anómalo que ni militó en Ultra Sur, ni se peleó por un estilo musical, ni sintió que el mundo estaba mal hecho o que la democracia real necesitaba de su compromiso. Yo entre los 15 y los 21 básicamente leía libros consignados en el canon occidental de Harold Bloom, el póster de mi pared era de Beethoven –hay que joderse– y mis fantasías se movían entre los laberintos de Borges y la vecina pija de la parada del autobús. Luego todo fue a peor y en el colmo de la frivolidad me hice periodista. Mi prematura senectud me salvó de perder el tiempo en cualquier forma de gregarismo que me admitiera como socio, pero no soy ajeno al romanticismo de la ideología en acción porque me lo encuentro todos los días en el tratamiento que el periodismo regala a hechos heroicos como la quema de contenedores o el derrocamiento épico de mobiliario urbano. Ese enternecedor recurso (de amparo) al santo contexto que cursa más o menos con “los vecinos están hartos” si admiramos el coraje burgalés o con “la realidad social de Euskadi ha cambiado” si jaleamos la impunidad de los perdonavidas de pipa y boina.

No vamos a descubrir ahora el prestigio intelectual de la violencia, historia del mundo desde que el primer hechicero justificó las ganas del irascible jefe de su tribu de invadir la aldea vecina. Este primitivo mecanismo luego ha conocido picos de sofisticación gracias a la Revolución Francesa o a la bulliciosa prole de Lenin, pero en esencia es lo mismo: la fuerza de la razón dura exactamente lo que tarda el ideólogo al mando en temer que otro le quite el puesto, momento en que se pasa a la divertida fase de las purgas encadenadas. Y ojo, que prestigiadores de la violencia los ha tenido la izquierda por ortodoxia y la derecha por afición. Dice el gran columnista mexicano Ibargüengoitia que todos convenimos con Juárez en que la paz es el respeto al derecho ajeno, pero nadie se pone de acuerdo en qué sea lo ajeno.

Lo que no admite duda es que la violencia es eficaz, también en democracia. Sin ETA quizá los vascos no habrían conservado sus privilegios fiscales y hoy seguramente no estarían a la cabeza del Estado en renta per cápita y tasa de empleo. Yo no digo que no haya que defender tus fueros, dejados en la noche de los tiempos por el Olentzero al pie del árbol de Guernica, pero tengo claro que no a hostias o no mientras duren las hostias. La violencia también les ha funcionado a los burgaleses, que han logrado del alcalde la paralización de la obra indeseada. Y no entro ahora en que la obra sea o no indeseable: desde luego, algo tienen que hacer los concejales de urbanismo mientras se infla de nuevo la burbuja, y un carril bici es una coartada bella y saludable para seguir pedaleando en la cinta rumbosa de las comisiones.

Al parecer en Gamonal la violencia mayormente la han puesto los profesionales del guevarismo flauta que según Interior forman grupos itinerantes, como la troupe de un circo en el que ellos mismos hacen de panteras famélicas: su oficio es rastrear altercados barriales que puedan convertir en una continuación nihilista de Sierra Maestra. Pues bien, no son pocos los medios nostálgicos del siglo XX a los que se les escapa aún una mirada simpática hacia estos idealistas, parteros del progreso cuando no sencillamente huérfanos de un Sistema impío. En un excelente documental dirigido por el gallego Manuel Fernández-Valdés, titulado significativamente “Fraga y Fidel sin embargo”, queda retratada con aséptica elocuencia la humana facilidad con que la historia cede a la campechanía, el déspota al icono, la sigla a la transversalidad del mero poder, la solidaridad de especie a la exaltación del terruño, la coherencia al esnobismo y en definitiva la ética crítica a la estética folclórica. El santo contexto que todo lo disculpa.

La violencia funciona en general cuando tiene detrás a un número representativo de cómplices o de tontos útiles, sea en la barricada o en la columna de progreso. Enfrente, Arcadi Espada escribía el otro día una frase terrible a cuenta de los 100.000 de la manifa proetarra en Bilbao: “Ahora sabemos que era un infamia acusarlos de cobardes cuando, en la plena actividad etarra, solo cuatro frágiles desairados salían a la calle a recordar a las víctimas del terrorismo y a acompañar a sus huérfanos. La violencia lleva dos años acabada y aún es el momento de que decenas de miles de personas recorran alguna calle vasca con esos propósitos. No, no era miedo. Aunque es cierto que ahora en la paz exhiben con más rotundo esplendor lo que son”.

No, no era miedo. No salían porque estaban de acuerdo con las nucas astilladas si eran de español. Una notable fracción de vascos ha apoyado, apoya y apoyará a ETA siempre, y por eso ETA dura y dura. Un par de cientos de miles de paseantes de por allí son zombis morales mezclados entre personas. Conviene decirlo para rendir justo tributo a la vida y milagros de los vascos normales. Conviene decir también que no hay izquierdista español que no ría privadamente el salto de altura de Carrero Blanco. Y sus hijos que se jodan, por nacer de fascista.

El intelectual normalmente admira los huevos del hombre de acción porque no los tiene y por eso se dedica a opinar. El hombre de acción admira correlativamente la formación y la labia del teórico, y por eso trata de emularle en discursos absurdos: inacabables oratorias castristas u ortopédicos comunicados batasunos. Juntos forman una sociedad bien avenida capaz de lo mejor y, con la historia del siglo XX en la mano, notoriamente de lo peor. Luego está lo que los antiguos llamaban la burguesía, cuya forma de estar en el mundo merece de Chaves Nogales esta dolorosa disección:

“Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas. Las masas modernas lo soportan todo menos la incomodidad material, física. La independencia de la patria, los derechos del hombre, los destinos de la civilización, son hoy para la gran masa ciudadana puras abstracciones que no tienen ningún sentido frente al hecho cierto, tangible, irritante, de que al salir del trabajo no se pueda tomar el aperitivo o de que haya que perder una hora haciendo cola ante la puerta de una panadería o de que el tráfico rodado no esté cuidadosamente regulado en las encrucijadas por los agentes de la autoridad. El automovilista que se ve obligado a permanecer quince minutos inmovilizado  entre cuatro filas de autos por un embotellamiento adquiere inmediatamente la convicción de que el Estado que le gobierna ha fracasado en su función esencial, y en ese momento no le importa lo más mínimo su significación ideológica ni su destino histórico; lo que quiere, nerviosamente, angustiosamente, es que las ruedas de su auto puedan seguir rodando”.

Así que no por casualidad los riots de Burgos los han empezado automovilistas temerosos de quedarse sin plaza. Una sociedad lanar como la descrita por Chaves nos da rabia y tuvo su castigo en forma de bigotito. Un periodismo que habla del estallido social con la excitación con que el adolescente anuncia su inminente visita a un prostíbulo cubano nos da la misma rabia o más.

Más que cuándo rebelarse, importa siempre cómo y por qué. Para el rey inglés, Washington era otro terrorista independentista, pero luchaba en campo abierto y tenía un proyecto mejor de sociedad que la sumisión a Inglaterra. Probablemente no hay tarea más difícil para el derecho internacional que redefinir las bases objetivas del casus belli, de la lícita rebelión, de la guerra justa. Que se lo digan a los sirios a la espera del Tío Sam. Pero está claro que ni el País Vasco es la celda de Madiba ni Cataluña la India de Gandhi: más bien representan el caso insólito de dos metrópolis socioeconómicas que desean separarse de su colonia, como observó Wenceslao Fernández Flórez. La violencia sindical contra las fuerzas del patrón en los telares de Manchester posiblemente estaría justificada; el asalto al Mercadona de Sánchez Gordillo pide sanción ejemplar primero y todos los monólogos que queramos después. Y en Gamonal los destrozos los deben pagar los causantes o sus padres, y no los burgaleses que encima votaron a otro candidato.

Me ha quedado un poco largo el artículo para que valga por todos los gilipollas que siguen fantaseando con el estallido social a ver si pillan cacho en el río revuelto o si les sale más nerudiana la columna, género que se vuelve peligrosamente costumbrista con las salidas de las crisis.

(Publicado en Zoom News, 16 de enero de 2014)

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17 enero, 2014 · 15:42

¿Cuánto hay de Edgar Hoover en Jorge Fernández?

Hoover a la izquierda. Fernández no sé si a la derecha o en Babia.

Hoover a la izquierda. Fernández no sé si a la derecha o en Babia.

Estaría como loco Jorge Fernández por soltar la noticia de la desarticulación del frente de presos de ETA para lavar en lo posible la foto de la infamia de Durango y mandó un mail a los medios de comunicación dando los detalles con una coda no escrita: «Esto para que veáis que al Estado no se le escapa ni una, bocazas». Pero el bocazas, de nuevo, fue el ministro del Interior. La Guardia Civil no había llegado todavía al piso franco y las webs ya estaban parpadeando con el registro, concediendo a los terroristas un cómodo plazo para entregarse al formateo de discos duros en la estricta senda de una tradición española recientemente instaurada.

Antes estas cosas costaban dimisiones pero en el gabinete de Rajoy el Gélido no se quema ni Dios. Fernández es un ministro del Interior original, revolucionario diríamos, que se esfuerza por ajustar los calmos tiempos de las operaciones policiales a las urgencias de lo digital, del mismo modo que Santiago Pedraz compensa la morosidad de lo jurídico evacuando tuits enfurecidos. Cuando nos anunciaron una Ley de Transparencia no imaginábamos que se llevara tan lejos.

Fuera de la inepcia comunicativa, asombra la paradoja que en el lapso de cinco días se alza entre el consentido «aquelarre repugnante» de Durango, en palabras de Fernández, y la prematuramente cacareada operación contra «el tentáculo que controla a los presos», en palabras del mismo Fernández. Hombre, don Jorge, puestos a cortar tentáculos podía ir directamente a por el pulpo, no solo no clandestino sino incluso fotogénico.

Como asombra la navideña disposición de los medios de progreso por avizorar gestos franciscanos en el cálculo mafioso de los comunicados etarras.

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9 enero, 2014 · 12:23

Luis Enrique se lleva el roscón

El Celta es un equipo que ha pasado de repudiar a Salva por facha a ser entrenado por Luis Enrique, amigo de Pep, depositario por él, con él y en él de un fúpbol pentecostal cuya lengua de fuego también ha socarrado hasta las raíces el pelo de Paco Jémez, otro personaje de los Coen. Luis Enrique se llevó tres del Bernabéu y yo, modesto madridista, me voy a alegrar de ello, porque no me alcanza la memoria a recordar otro jardinero que haya regado tan amorosamente el odio florido de Chamartín.

Todos los locutores alababan el juego del Celta, que consistía en un autobús de defensas y arriba un chófer talentoso llamado Rafiña. Todo locutor, como Santiago Pedraz, tiene sus opiniones preconcebidas, y si se ha hecho la composición de lugar de que el Celta es un gran equipo, dueño de un sistema de juego descarado y creativo, se pasará todo el partido husmeando jugadas que justifiquen su apriorismo. También decía la radio que el estadio en Reyes iba a hacer una entrada misérrima, pero cuando estaban a punto de ejecutar el salto dialéctico hacia la pérdida de imagen del club y la inminencia de la república el Bernabéu se llenó, silenciosamente, y hubo que hablar de fútbol.

El Madrid empezó el año con el polvorón a medio esófago y la poética confianza en que se hace camino al andar. Pero eso es lírica, caballeretes; en la épica la prosodia ha de ser fija y ya va siendo hora de que establezcan una ruta para llegar al área de los equipos que se blindan atrás como hetero en bar de ambiente. Cristiano y Benzema se obstinaban en coincidir por el medio y en la banda, Kyrie eleison, estaba Di María. Di María fue, señores. El lacito cuanto antes, que mañana empiezan las Rebajas. La inteligencia del Fideo nunca fue precisamente borgiana, pero la poca que tiene la ha alojado definitivamente fuera del mejor club del mundo, él y su representante sabrán por qué. El resultado es la higuanización de Di María, la ofuscación como forma de estar en el campo, la huida hacia delante por puro disimulo, el caracoleo intransitivo como de flamenco ronco. El fallo constante y la fe perdida. Ese prensado manual de escroto dirigido a la afición es su sentencia final.

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7 enero, 2014 · 14:26