En aquel tiempo se publicó un auto de un juez que imputaba varios delitos a un expresidente socialista, célebre por su buena voluntad, su corazón puro, su vida sencilla y sus ansias infinitas de paz. La noticia se divulgó por toda Judea y por las regiones vecinas, y llegó a oídos de fariseos, saduceos y zelotes. Al principio se negaron a creerlo, porque aquel expresidente había sido grande en obras y palabras. Así que enviaron emisarios (vulgarmente conocidos como asesores) para atestiguar la credibilidad del auto.
Albert Rivera solo se equivocó en el número: no había una banda sino dos. Como para seguir añorando la oportunidad perdida de un pacto viable y honroso con semejante material humano. El día en que el profeta ignorado de Cs pronunció su diatriba en el Congreso todavía mandaba la camorra de la Chistorra: Koldo y Ábalos. Les quedaban aún dos años de tríos, mordidas, tangas voladores, amaños de obra pública y volquetes de condones sufragados con el sobrecoste de las mascarillas.
Decimos de Pedro que es el presidente de las primeras veces y ninguna buena. Pero el dudoso honor de ser el primer presidente imputado por corrupción se lo acaba de quitar Zapatero. A despecho de su célebre talante y sus ansias infinitas de paz, el Código Penal le calcula 16 años de cárcel por blanqueo de capitales, falsedad, tráfico de influencias e integración en organización criminal (no necesariamente el PSOE).
Visto lo visto, debimos haber enviado a María Jesús Montero a Eurovisión. Dotes para el histrionismo más o menos involuntario nunca le faltaron, y tenía bastante más que ganar en Viena que en Sevilla. En su descargo, siendo piadosos, podríamos alegar que ella era muy consciente de sus limitaciones cuando se resistió a cumplir el encargo orgánico de su señorito. La mujer más poderosa del conjunto de la democracia según ella misma no reunía el poder suficiente para plantarse ante Pedro y negarse a bajar al matadero andaluz. Pero él se le dio todo y él se lo quitó. Bendito sea aquel en cuyo nombre son sacrificados los candidatos socialistas de todas las elecciones.
Aseguran los cronistas que en Ferraz ya se debate el destino de María Jesús Montero a partir del lunes, tal es la debacle que vaticinan los sondeos internos. Siendo Montero la número dos del partido, semejante debate solo lo puede haber abierto el número uno. Y conociendo su escasa disposición a la mayéutica, el uno habrá restringido los términos de la discusión al perímetro de su almohada. Pedro es así: hoy te telonea, mañana te desconoce. Anteyer te envía al matadero electoral bajo promesa de puerta giratoria, pasado mañana ordena que cambien la cerradura de tu despacho vacío.
Buenos días a todas y a todos. Hoy comparezco con mi buen amigo Tedros, director de la OMS, a quien me atrevo a llamar hermano después de haber compartido trinchera contra el hantavirus. La batalla ha sido dura, no lo voy a negar. Hemos vivido horas de verdadera angustia, porque no todos los días fondea un crucero en Tenerife. Pero la talla del capitán se mide cuando arrecia la tormenta, siempre lo digo. En circunstancias difíciles algunos se dejan llevar por el miedo, como Clavijo. Otros nos crecemos hasta ocupar por completo el lado correcto de la historia. Los progresistas queremos hacer que la ciencia sea grande de nuevo. Luchamos juntos contra el mal, ya adopte este la forma de un microorganismo o de Donald Trump, que le retiró la subvención a mi hermano Tedros. O sea, a la Ciencia.
Hace dos meses parecía rigurosamente imposible que Juanma Moreno revalidase la mayoría absoluta. El auge de Vox y la pura dificultad estadística de repetir la carambola de hace cuatro años aconsejaban al PP andaluz que fuera reclutando a la brigada Aranzadi de la letra pequeña y acopiando ibuprofenos para negociar con Abascal el contrato leonino de la investidura. No sé si las guerras intestinas en Vox o las guerras exteriores de Trump son la causa última del estancamiento del partido, pero las elecciones en Castilla y León lo confirmaron por vez primera y todas las encuestas lo reflejan hoy. El PP acaricia en la comunidad más poblada de España una libertad sin las ataduras de la prioridad nacional. De hecho el lío provocado por el dichoso sintagma beneficia a Moreno por el afluente izquierdo: no pocos exvotantes socialistas escogerán la papeleta azul para emanciparla de la verde.
Cabe preguntarse si España sigue siendo un país para abuelos. A juzgar por las lágrimas vertidas durante la pandemia, que se cebó con los pulmones exhaustos de nuestros mayores, uno habría dicho que sí. Pero últimamente no deja de crecer tal rencor contra el bumérido que ya se exhibe como credencial ideológica y marcador de clase. Se venden bien los libros que parten de la premisa de que los hijos vivirán peor que los padres para luego ajustar cuentas. No me interesa ahora compartir o refutar esa tesis: me limito a constatar el nuevo materialismo dialéctico que se extiende sobre los escombros woke de la guerra cultural. Vuelve el marxismo clásico, pero vuelve por la derecha. La revuelta de los que no tienen contra los que tienen se escenifica a diario en las redes, enconando las emociones y redirigiendo el voto hacia la extrema derecha en toda Europa. Desde Freud el hijo ha querido matar al padre, pero es que ahora quiere matar también al abuelo. A cualquiera que haya gozado del privilegio de la propiedad inmobiliaria, de la utopía de un ascensor social en funcionamiento, del puesto de trabajo de lo tuyo y del fin de mes sin recurso al crédito o al ansiolítico. La querencia narrativa de la especie por la falacia de la suma cero contribuye a aliviar la frustración personal por la vía mítica de la culpa colectiva: yo no tengo mucho porque ellos han tenido demasiado. Si la cosa sigue así y la muchachada no hereda pronto, se alzarán pronto voces en la derecha juvenil exigiendo expropiaciones a la venezolana.