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Ante Rufián, todos somos Valderrama

Sesión de control al Gobierno

Monologuismo.

Las esposas de Rufián. Parece el título de un romance compuesto por un viajero romántico al pie de la Alhambra. Pero la solemne zoquetería del personaje no invita tanto a tañer la lira como a rescatar el astracán de Muñoz Seca: «¡Mora de la morería! / ¡Mora que a mi lado moras! / ¡Mora que ligó sus horas / a la triste suerte mía!» Con la tristeza final del Procés concluye la segunda parte de La venganza de don Mendo, es decir, de don Mariano, que se ha vengado de cinco años de involución medieval de la forma más cruel, la única que conoce: en frío. Mientras todos los cabecillas del osado desafío caen en fuera de juego, hacen talleres en la trena o huyen a un exilio tartarinesco, Rajoy desliza en lo de Herreraque se volverá a presentar a las elecciones. Quizá le haya podido al fin la curiosidad de saber qué siente cualquiera de sus víctimas, así que va a nombrarse antagonista electoral de su propia tozudez y que sea lo que Dios quiera. La obra es redonda. Como en Don Mendo, aquí muere hasta el apuntador, pero nadie llora, sino que se entrega al meme.

Algún mosso muy fan o una madame divertida le prestó a Rufián unas esposas para justificar ese salario que solo Ciudadanos le quiere retirar, no por payaso, sino por absentista. Algunos cronistas, en cambio, se lo restituiríamos de nuestro bolsillo precisamente por su productividad cómica, porque el día que se vaya tendremos que escribir sobre leyes que mejoran la vida de los españoles y ya nadie clicaría en nuestras piezas.

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15 noviembre, 2017 · 19:29

Un elefante en el hemiciclo

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En los escaños vacíos se sienta el 155.

Sabemos que el compromiso en nuestro tiempo se expresa a través de lacitos. Los diputados indepes han elegido el amarillo porque el resto de la paleta ya está pillada, de modo que han de poner mucho cuidado al elegir por la mañana el lacito adecuado, no vaya a ser que pretendan exigir la libertad de los Jordis y acaben protestando contra el cáncer de mama. Si los androides sueñan con ovejas eléctricas, los cronistas ya soñamos con diputados cromáticos que no tengan que hablar, sino solo exhibir camisetas o blandir símbolos en cámaras perfectamente demudadas. Es cierto que ya no lo podremos llamar democracia parlamentaria, pero a cambio bajarán los niveles de contaminación acústica y alargaremos la vida de las sufridas taquígrafas, cuyo puesto ocuparán señaleros aeroportuarios. A los daltónicos se les negará el derecho al sufragio pasivo para prevenir el transfuguismo.

Ahora bien: ni siquiera entonces auguro sesiones pacíficas. El caso candente de la camiseta de Adidas demuestra que los españoles, a falta de palabras, somos muy capaces de discutir en colores. Nadie negará, por ejemplo, que al lazo de Rufián le conviene el amarillo chillón.

Hay un elefante blanco en el hemiciclo marcado como una res con el número 155. Sus señorías no evitan referirse a él, de hecho lo hacen continuamente, pero más bien habituadas a su imponente presencia, pues tampoco llegan noticias de que el polémico paquidermo haya entrado en Cataluña como en una cacharrería sino con un tacto felino. Tanto, que Albert Rivera no comprendía cómo una huelga sin seguimiento reseñable consiguió bloquear los accesos al área metropolitana de Barcelona por la sencilla razón de que el Gobierno interventor de Cataluña no quiere fabricar más ganadores de concursos de fotografía bélica de andar por casa como fabricó el 1 de octubre. Así que nuestro elefante es más retórico que verdaderamente agresivo. La pregunta iba dirigida a la vicepresidenta, pero tuvo que hacérsela a Montoro porque Soraya selecciona muy bien las batallas que libra: aquellas que puede ganar con comodidad, normalmente contra portavoces de Podemos. Ayer abusó de un Domènech presa de las contradicciones que el CIS delata, con las maletas ya hechas para unirse a Colau.

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8 noviembre, 2017 · 17:55

Del contubernio al tubérculo

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Tardá en su Lepanto particular.

Reconforta que los debates que llevan tiempo en la calle desemboquen naturalmente en el Parlamento, sede de la representación ciudadana. Nos referimos al debate sobre la tortilla de patata, que incendia las redes desde hace años. Cómo cocinamos la tortilla. Con cuánta patata. Y de qué variedad, pues el tubérculo es un vegetal identitario: está la patata valenciana reivindicada por Baldoví, la euskopatata de Esteban, el cachelo galaico, la papa canaria o la patata caliente de Puigdemont, que tiene cinco días para decidir si la quiere con cebolla. O sea, con el 155.

Sabemos que el debate se produce porque la receta de la tortilla española quedó demasiado imprecisa en el título octavo de la Constitución. A diferencia de la tortilla francesa, que no lleva patata y por tanto goza de mayor uniformidad, la tortilla española corre siempre el peligro de descomponerse como Míster Potato, ese juguete que tratado a golpes (de Estado) acaba perdiendo los ojos, las narices y el bigote porque cada una de estas extremidades decide proclamarse juguete soberano. Queda entonces un cuerpo ocre y mutilado que sería Castilla. Abandono ya la fiebre metafórica, pero es que ya no sabe uno cómo explicar a los niños el concepto de soberanía nacional.

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12 octubre, 2017 · 13:49

Los restos de La Moncloa

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Stevens y miss Kenton, la película.

Desde que supe el nombre del Nobel de Literatura no dejo de figurarme a su personaje más célebre, el mayordomo Stevens, con las mismas impasibles facciones de don Mariano. Lo imagino estos días atravesando en soledad los pasillos de La Moncloa, recolocando un cuadro torcido, estudiando el lustre de los zócalos, descorriendo audaz algún visillo para volver a correrlo enseguida con un mohín de repugnancia: «Cuánta sentimentalidad desatada ahí fuera. Qué falta de contención. Unos se atreven a imponerme la aplicación de cierto artículo de bárbara contundencia. Los otros se obstinan en desobedecer las leyes, como si tal cosa fuera concebible. Nunca encareceré lo suficiente las ventajas educativas que reporta ser hijo de un juez», reflexiona flemático al oído de Miss Kenton, el ama de llaves, que es Soraya.

El mayordomo del Ejecutivo se considera a sí mismo un hombre cabal. El único estadista en pie tras la desagradable urgencia manifestada por el joven monarca. Hace mucho que Stevens/Rajoy se niega a expresar sus sentimientos fuera del ámbito estrictamente deportivo. Mezclar el corazón con la política: qué grosería. No es eso lo que me ha traído hasta aquí, rememora. Ni lo que le ha mantenido allí en tiempos de mudanza de todo lo considerado inmutable. ¿Por qué el sarampión sedicioso de Cataluña iba a requerir un tratamiento diferente? El tiempo lo cura todo. ¡No se cambia lo que funciona!

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8 octubre, 2017 · 18:50

Fuga de cerebros catalanes

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¿Preparado para las esposas?

El Parlamento español es muy capaz de unanimidades siempre que las inspire una desdicha extranjera, como el terremoto de México, pero jamás una propia, como la mutilación de un miembro vital de su cuerpo político. Por eso la sesión se abrió con un conmovedor minuto de silencio en recuerdo de las víctimas mexicanas y terminó con la fuga de los diputados catalanes que entre la insolidaridad y la cobardía no son capaces de elegir: abrazan excitados las dos. Insolidaridad, porque la utopía indepe no es más que la revuelta de unos pijos con folclore propio que no quieren contribuir a las pensiones de las viejas extremeñas sin reparar en que, constituidos en estado europeo, tendrían que contribuir a la sanidad de las viejas croatas. Cobardía, porque fuera de Cs, del PP y de algunos ediles socialistas mal protegidos por la retórica preservativa del sanchismo -España sí, pero con condón-, no va quedando un solo político catalán con los atributos necesarios para soportar la coacción fascista que resulta de fundir calle y poder, escraches en Layetana y clausura del Parlament, escaños amordazados y cristales rotos.

Por eso salieron del hemiciclo los rufianes, los pedecatos y los comunes comunistas concomitantes, a tiempo de coger el AVE para que les guarden cacho en la inminente república, que ellos trabajan en Madrid, pero no mucho. La excusa para licuarse de gusto en el 1-O la diseñó la factoría Iglesias a la salida de casa Roures: ellos son las Rosa Parks y los Luther King de esta movida. Los picoletos nos reprimen, no se puede consentir, cantemos La estaca, camaradas. Todos desfilaron hacia la puerta, pero al irse olvidaron dejar sobre el escaño las nóminas que les abona puntualmente el Estado opresor. Asistimos a una fuga de cerebros catalanes. Lo que no sabemos es hacia dónde. Hacia qué unidad de destino en lo universal.

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20 septiembre, 2017 · 21:46

El país del que no se vuelve

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Gaby es nombre de payaso.

Todos los septiembres, en la vuelta al cole, cada niño acostumbra a traer a clase una rutilante adquisición con la que fardar: un forro fluorescente, un boli bicolor, unas Nike con cámara de aire. Gaby Rufián trajo una impresora. Sí: la secesión ya es una manualidad infantil. El problema es que la impresora, como me apuntó el diputado Jordi Roca -uno de los Otros Catalanes-, es propiedad del Reino de España, porque Gaby la había cogido del despacho. La metáfora es elocuente: incluso los materiales que usa el separatismo pertenecen a todos los españoles, empezando por el material genético. Se lo explicaba con escandalosa sencillez Pla a Soler Serrano: «El catalán es alguien que se ha pasado toda la vida siendo un español al cien por cien y le han dicho que tiene que ser otra cosa».

Lo que necesitaría el castizo Rufián, además de sentido de la vergüenza, es una impresora en 3D para imprimir su propio Estado cómodamente en casa, que en la Europa del siglo XXI será la única manera de independizarse. «¡Dejen de hacer el ridículo!», exclamaba Rufián a la bancada del Gobierno con la impresora en la mano, en un ejercicio asombroso de autoproyección. Sáenz de Santamaría no iba a desaprovechar semejante oportunidad. Abusó, por decirlo en jerga escolar: «Esta democracia que tanto le asfixia le permite hasta sus teatrillos y sus antologías de tuits semanales, mientras lo que vimos en el Parlament fue un ejercicio de tiranía que nadie puede defender». Claro que la eficacia de la pedagogía al final depende de las entendederas del niño.

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14 septiembre, 2017 · 9:32

El dilema de Mitilene

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Hamlet celta.

Soy muy consciente de lo que se espera de mí, advirtió lentamente Rajoy en un discurso notable, forma y fondo cosidos a la solemne pero no enfática voluntad del estadista desafiado. De sus palabras se deduce que ha aceptado la reducción de su larga carrera al temario único del que el juicio de la historia terminará examinándole. Y no será la corrupción, ni siquiera la gestión de la crisis: será el aspecto del paisaje institucional que deje la rebelión catalana una vez sofocada. Porque será sofocada. Desde que compartimos solar, los españoles salimos a un par de rebrotes indepes por siglo a cargo de los inquietos nobles del viejo reino de Aragón, deseosos de engordar la bolsa y adelgazar los tributos. Ambición tan vulgar que requiere generosas partidas en folclore para justificar hechos diferenciales. Pero Rajoy no es el conde duque de Olivares: en todos sus anuncios se esmera por acompañar la garantía de firmeza con la promesa de proporcionalidad. A esa facultad de la razón práctica que se basa en la experiencia y la medida los griegos la llamaban phronesis (prudentia, en latín), para diferenciarla de la sophia, que reservaban al conocimiento teórico. A la razón pura.

Si Rajoy fuera la clase de gobernante que aplica la razón pura, hace tiempo que la autonomía catalana habría sido suspendida. Pero la prudencia marianista, que complace antes a la izquierda o al centro que a la derecha huérfana de autoridad, muy pronto va a probar su condición de virtud o de vicio. Para los atenienses la democracia no era sino la expresión política de la phronesis, mientras que para los espartanos el miramiento ateniense delataba una fragilidad incompatible con el poder del Estado. Ambas ciudades se batieron en las guerras del Peloponeso, cuyo mejor corresponsal, Tucídides, recoge un episodio quizá instructivo para la democracia española de 2017.

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Vuelve El bueno (Rajoy), el feo (Coscubiela) y la mala (Forcadell) en La Linterna de COPE

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8 septiembre, 2017 · 12:45

Rajoy átono y atónito

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El temple celta viendo pasar el tren.

El político moderno, desde Maquiavelo, no tiene ideología sino talante. Una acuosa disposición del carácter que permite aislar la acción de la moral al objeto de conservar el poder. Fue Zapatero quien puso de moda el concepto entre nosotros, pero junto con el talante Zapatero incorporaba también la ideología, y no poca. El primer presidente antiideológico que hemos tenido, el primero en perfeccionar la adopción del mero temperamento como estrategia integral de poder, se llama Rajoy.

La política puramente temperamental de don Mariano, para cualquiera que haya ganado suficientes créditos presenciales en sus últimas catequesis parlamentarias, se cifra en dos sentencias que suele pronunciar con moroso deleite y el índice enhiesto, como el profesor que asesta una lección de vida a su audiencia desarmada e imberbe. La primera máxima del marianismo teórico reza: «Toda realidad ignorada prepara su venganza». Yo se la he oído aplicar a la recuperación económica, y en ese contexto se convierte en refutación del catastrofismo botswanés con que la oposición explota el cuanto peor, mejor, el suyo, etcétera. Dicha máxima se complementa con otra: «Todo lo exagerado acaba por volverse irrelevante». Lo que, aplicado al catastrofismo botswanés con que la oposición denuncia la cleptomanía del partido-más-corrupto-de-Europa, pretende la gratuidad total para las recientes traiciones del PP al liberalismo y la decencia. En ambos casos, el talante marianista le aconseja desoír a las casandras y seguir a lo suyo, en la rocosa confianza de que lo suyo coincide con la realidad, que se impone sola.

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1 septiembre, 2017 · 8:56