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Pensiones: un agujero negro en busca de divulgador

Congreso debate pensiones

Rajoy jugando en casa.

Inventaron la divulgación científica porque la ciencia, literalmente, no hay Dios que la soporte. O sea, lo mismo que un pleno sobre pensiones, asunto donde el equilibrio presupuestario ejerce de ciencia y las calles agitadas por yayos indignados se encargan de la divulgación. En homenaje a Hawking, que hizo bastante bien las dos cosas, Mariano Rajoy se propuso descifrar el principal problema de la física constitucional, que es el agujero negro de las pensiones. Un enigma planteado en sus exactos términos por el veterano taxista que me llevó al Congreso: «Quieren subir las pensiones y bajar los impuestos. Y eso sólo se puede hacer de una manera: engañándonos». No hay más preguntas, señoría.

Pero las hubo, y todas retóricas. El clima entre prelectoral y poscensor que impera en la política española no admite ya la altura moral exigida por los creadores del Pacto de Toledo. Todos y cada uno de los portavoces deploraron retóricamente el perjuicio que el partidismo causa a los derechos de nuestros abuelos mientras procedían a la minuciosa demonización del adversario. Es que un pleno sobre pensiones no sirve para nada, del mismo modo que la ciencia no se hace en platós: se hace en la aséptica serenidad del laboratorio, que un día fue el Pacto de Toledo.

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14 marzo, 2018 · 15:05

La inmersión aprieta, y además ahoga

Sesión de control al Gobierno

Perfil alto.

El Congreso no legisla porque sus señorías están demasiado ocupadas instando a legislar. Pero esa es costumbre muy añeja, no puede decirse que importune a don Mariano. Por eso sorprendió su tono de este miércoles, más desabrido que de ordinario. Hubo dos momentos en la sesión de control en que no reconocimos al Rajoy flemático cuyo aliento hiela los problemas cuando se los arroja a la cara la oposición. Primero un casi cordial Pablo Iglesias le recordó muy pertinentemente que la Constitución obliga al Gobierno a someter las cuentas del Estado a debate en la sede de la soberanía, pero Rajoy le espetó: «Déjeme a mí hacer presupuestos y usted dedíquese a otras cosas». Nadie que aprecie su patrimonio le entregaría a Iglesias la gestión de su contabilidad, pero ese no es su estilo, presidente. Tampoco lo es la prepotencia con que acalló la atinada pregunta sobre el menguante poder adquisitivo de las pensiones de Íñigo Alli, que topó con este desplante olímpico: «Todos compartimos sus buenas intenciones, pero yo tengo que gobernar». Nadie lo diría mirando el BOE. ¿Qué fue de la exitosa saga del orador celta y la retranca perdida? A ver si, como le vino a decir Margarita Robles, está empezando a tomar conciencia de que ya tiene todo el pasado por delante.

Pero fuera de Rajoy, la diana de los zascas -iba a poner venablos, pero qué quieren- la sujetaron por turnos Catalá, Montoro y Méndez de Vigo. El ministro de Justicia se destapó con una fogosidad muy ajena a sus burocráticas hechuras. La culpa fue primero de Artemi Rallo (PSOE), que se desgañitó llamando «integrista y homófoba» a María Elósegui con tanta saña que al cuarto alarido ya estábamos todos completamente seguros de que María Elósegui es una bellísima persona. No quieren a Luis de Guindos porque no es mujer, pero tampoco quieren a Elósegui porque no es de izquierdas ni tampoco a Elena Valenciano porque no es sanchista. Sobre lo que quiere este PSOE se podrían rodar los más enigmáticos anuncios de compresas. Catalá perdió luego los papeles en Irán y en Venezuela cuando Errejón le hizo una observación exacta y bastante comedida sobre la corrupción: que la crónica de esta legislatura discurra eminentemente por el género de tribunales lastra toda la iniciativa política del Gobierno. Por cierto que De Guindos protagonizó un desaire cómico en los pasillos, donde se colocó a la espera de que le hicieran caso los periodistas, arremolinados en torno a Albert Rivera. La escena medía con precisión la actual cotización mediática de PP y Cs: un canutazo del próximo vicepresidente del BCE interesa bastante menos que la guerra abierta entre azules y naranjas.

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21 febrero, 2018 · 14:19

Es el nacionalismo, estúPPidos

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«¿Pero de qué se quejan, Aitor?»

Nos tenían dicho que la belicosidad era cosa de la izquierda, pero también ese tópico vamos a tener que revisarlo. Hoy el antagonismo más virulento de la política española lo desempeñan Ciudadanos y el PP, mientras Pedro Sánchez se abraza melancólico a Felipe y Pablo Iglesias se abraza enmudecido a su iPhone. Los de Rivera y los de Rajoy se sacuden ya sin mesura, llegan al escaño con el botiquín de campaña y alguno hasta se arremanga antes de pedir la vez. Ya se sabe que las guerras más encarnizadas se las declaran los presuntos aliados. Si algo acredita Ciudadanos es cintura, pero ya no es solo ideológica sino también geográfica: condiciona el Gobierno y al mismo tiempo ejerce la más dura oposición. Y todos los partidos, a su vez, se oponen a Cs. Los ciudadanos con minúscula lo ven y según los sondeos se identifican. Ahora es Cs el partido anticasta.

Por eso cuando Margarita Robles llama camastrón a don Mariano a primera hora de la mañana, suena antes a pellizco maternal que a la diatriba de la portavoz –portavoza para Lastra– de la primera fuerza opositora, u opositoro. «¡Despierta usted!», gritaba doña Margarita, pero su grito nos despertó a todos menos a Rajoy, que cabeceaba aún más aburrido que antes. Vedado el tema catalán por la entente del 155, el PSOE trata de arañar la piel de kevlar del presidente con el enfoque social, la precariedad, la brecha, la pobreza. Pero Rajoy recurre a la memoria ruinosa de Zapatero y todavía le funciona.

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La generosa reseña de Jesús F. Úbeda en Zenda sobre Vidas cipotudas

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14 febrero, 2018 · 13:36

Por qué legislar pudiendo pelear

No sería justo decir que sus señorías regresaron este miércoles de vacaciones, porque algunas han estado ocupadas en la Diputación Permanente o elaborando iniciativas de sus respectivos grupos. Pero para el gran público, el diputado español solo trabaja cuando se le ve pegarse con otro diputado español. Y eso que tanto echábamos de menos es lo que se reanudó tras el largo parón navideño. Hasta Pablo Iglesias volvió antes a los platós que las sesiones de control al Parlamento. Por cierto que don Pablo escogió un retorno canónico y preguntó por la corrupción, que siempre será una pregunta pertinente mientras en algún lugar Camps siga siendo imputado y mientras en algún tiempo don Mariano siga despertándose después del dinosaurio de Monterroso, que ya ha perdido cualquier esperanza de sobrevivirle.

Por parte del PSOE, que nos amenaza con una «ofensiva legislativa», abrió fuego Margarita Robles a cuenta de la brecha salarial. Le dio así a Rajoy la oportunidad de enmendar su marianismo ante Alsina -«No nos metamos en eso»- y reconocer al menos la existencia de la brecha susodicha merced a los papeles que le habría pasado Dolors Montserrat. Por algo se empieza.

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El autor, por Moeh Atitar para El Español.

Esta entrevista que me hace la temible Lorena G. Maldonado en El Español

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8 febrero, 2018 · 11:47

La izquierda inmóvil

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Inmóviles.

La izquierda está desmovilizada, quién la movilizará. ¿Será Pedro Sánchez el movilizador que la movilice? ¿Será Pablo Iglesias? Sospecho que no será ninguno, porque para moverse es imprescindible saber al menos dos cosas: el punto de partida y el punto al que se quiere llegar. Iglesias viene del comunismo del siglo XX, pero de momento no ha podido cruzar 1989. Y Sánchez viene de Pozuelo y se dirige hacia donde gire en ese momento la brújula del deseo de Jack Sparrow, de rumbo tan tornadizo como la ocasión de Maquiavelo.

Nos tenían dicho que la derecha es inmóvil y la izquierda móvil. El marianismo mineral se encarga de corroborar lo primero. Las encuestas, de desmentir lo segundo. Movilizar a la izquierda es un lema preocupante porque debería formar un pleonasmo y sin embargo reconoce una derrota. El simple hecho de que gobierne la derecha debería bastar para mantener movilizada a la izquierda, pero eso no sucede, quizá porque contra el irritante Aznar se vivía mejor que contra el cachazudo Rajoy. Los politólogos arguyen que la mejoría económica y el patriotismo reactivo tras la agresión separatista componen un escenario desfavorable para el discurso de izquierdas; pero en lugar de cambiar su discurso, don Pedro y don Pablo tratan de cambiar el escenario, es decir, la escaleta de las tertulias y los temas de las portadas. El argumento de los politólogos es cruel, porque presupone que la izquierda española no tiene sentido fuera de una recesión galopante, un colapso institucional o una corrupción africana. Que la catástrofe es la zona de confort de la izquierda. Y que a poco que mejoren las cosas o se ondee la rojigualda, los indignados abandonan la plaza y regresan apesadumbrados al sofá de la abstención.

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El bueno (Báñez), el feo (Roger Torrent) y el malo (Ernest Maragall) en La Linterna de COPE

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22 enero, 2018 · 12:41

No estaba muerta, no, no

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Herederos del 78.

El constitucionalismo corre el peligro de parecerse al columnismo según Umbral: el de llevar todos los días flores a su propia tumba. Cada 6 de diciembre nuestros representantes depositan flores al pie de la Constitución, sin reparar en la fúnebre resonancia de su ofrenda, aunque enseguida debemos añadir que ¡todavía! se llevan flores a las mujeres de las que uno se enamora. Eros o Thanatos: he aquí el dilema afectivo de la reforma constitucional. El muerto insigne del constitucionalismo ha sido este año don Manuel Marín, a quien ahora aman todos los compañeros que hace no mucho lo enterraban en críticas. Susana Díaz compareció de negro luctuoso para encarecer su ejemplo -«manchego, español, europeo»- y para pedir una reforma igualitaria de la financiación autonómica, que fue la verdadera protagonista de los corrillos, muy por encima de la constitucional. Entre la identidad y el dinero, los barones lo tienen claro. Lo cual nos hace dudar de que sean cosas diferentes. Uno es lo que da y lo que recibe, como ya sospecharon los fenicios. «Nosotros vamos a coincidir antes con Feijóo o con Juan Vicente que con algunos de nuestro partido», me confesaron los socialistas manchegos con impecable criterio liberal. Porque los derechos, los servicios públicos, son de las personas, que luego van y votan.

Para conjurar el riesgo narcisista y necrófilo de homenajear un texto difunto, Ana Pastor introdujo una astuta cita nada menos que de Cambó en su discurso: «España es una cosa viva, una sustancia». De la cual los nacionalismos serían los accidentes, en pura lógica aristotélica. Yo miraba a Alfonso Guerra, que fue quien puso palabras a aquello que allí nos congregaba, cabeceando discretamente en una esquina. Pastor, flanqueada por maceros -uno de los cuales parecía dirigir un partido de tenis con la mirada, a modo de ojo de halcón institucional-, desgranaba la exitosa transformación de España a lo largo de los últimos 40 años, incurriendo en ese lenguaje como de editorial viejuno sobre el consenso que nos hemos dado y el que todavía nos vamos a dar. Rajoy, siempre pragmático pese a su nebulosa reputación retórica, lo había expresado antes bajo la carpa del patio: «En este tiempo la renta per cápita de cada español se ha duplicado». O sea, cada español es hoy la mitad de pobre o el doble de rico que en 1978. Después de eso, si somos honestos, no habría que desperdiciar una sola palabra más en el examen de la Transición.

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7 diciembre, 2017 · 11:39

«En ocasiones veo fascistas»

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Femenino socialista de triunvirato.

Recuerdo la primera vez que oí la palabra fascista. Se la decía un compañero de EGB a otro que no le prestaba un boli, que ni siquiera era un boli rojo. Desde entonces hasta que Adriana Lastra confundió a Albert Rivera con José Antonio, el término ha conocido un imparable proceso de banalización. Ahora bien, sé que aquel compañero mío podría pasar por politólogo danés en sesiones como la de este miércoles en que el PSOE, preocupado por el auge de Arrimadas, se empeña en la húmeda fantasía de presentar a su socio de Gobierno en Andalucía como una troqueladora de yugos y flechas.

La estrategia es tan impúdica que convendría emitirla codificada. Aunque el pleno está pensado para controlar al Gobierno, de las seis preguntas que el grupo socialista dirigió a los ministros cuatro estaban formuladas contra Ciudadanos, abusando del calzador. Quien mejor entendió que aquello no iba con él fue el propio Gobierno, hasta el punto de que Rajoy ni siquiera compareció y la vicepresidenta se personó en salto de cama. Está bien, era un quimono. Se lo puso para aleccionar al pequeño saltamontes Domènech en la diferencia entre el yin constitucional y el yang independentista; pero este contraste resulta demasiado nítido para los comunes, que afrontan cada día la ardua misión de conciliar el nacionalismo de sus líderes con la indiferencia terruñera de sus votantes, pendientes todavía de las añejas promesas que auparon a Colau, como los desahucios. Que, como es natural, se siguen produciendo. En Cataluña y en la China popular.

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29 noviembre, 2017 · 17:53

Bajo el peso de la gran boina

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Baldoví, un valenciano desesperado por Montoro.

Amaneció el Congreso de los Diputados bajo una boina gigantesca, pero no era atmosférica sino foral. Era la gran txapela del Cupo vasco, que sigue cubriendo los cráneos privilegiados del septentrión peninsular exactamente como en tiempos de Cánovas. La boina de polución que tizna el cielo de Madrid es más reciente, pero me temo que los madrileños respiraremos oxígeno hiperbárico, como Raúl en aquella cabina donde dormía para estirar su carrera, antes de que los vascos o los navarros renuncien a su derecho a ser superiores. Porque, efectivamente, el privilegio vasco-navarro es el único supremacismo consagrado expresamente por la Constitución. Qué le vamos a hacer, dirán los padres patrios, si en aquellos años ETA ponía cien muertos al año encima de la mesa de negociación.

Amenábar estará lamentando que Aitor Esteban haya destripado el suspense de la lotería de este año: ya sabemos todos que el gordo -1.400 millones de euros- ha caído íntegro en Euskadi. Las cámaras habrá que mandarlas a los batzokis, donde ya están festejando que podrán tapar agujeros del tamaño de una galaxia, que por otra parte es la medida común en el mismo Bilbao. Sin embargo, Esteban se cuidó de mentar el asunto y preguntó por la ley de secretos oficiales a cuenta del Piolín. A Rajoy le faltaron reflejos para contestar: «Pero Aitor, qué secretos vamos a tener entre nosotros, ladrón».

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22 noviembre, 2017 · 20:19