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La mastectomía nacional

Espero no ser el único que advierte tremendos paralelismos entre la mastectomía de Angelina Jolie y la posición política de Mariano Rajoy. Ambos fenómenos se presentan a mi imaginación febril tan relacionados que he de realizar un severo esfuerzo de sindéresis para no acabar escribiendo sobre la mastectomía de Rajoy y la toma de postura de Angelina.

Veamos. La mastectomía es la remoción de una o ambas mamas de manera parcial o completa. Tras averiguar que su probabilidad genética de padecer un cáncer de mama ascendía al 87%, Jolie, de acreditada audacia, decidió literalmente cortar por lo sano. Muerto el perro se acabó la rabia. Ahora no tiene glándulas mamarias, sino cuidadosas reconstrucciones huecas, y al parecer ha logrado salvar los pezones. Da cuenta de su odisea quirúrgica en el New York Times, desde donde hace un llamamiento a otras mujeres para que sigan su ejemplo, ignorando que las mastectomías preventivas con resultado satisfactorio –de alguna lograda vistosidad– no están al alcance de cualquier economía, y cuando lo están no salen en el Times; todo lo más en el Interviú.

Rajoy es un hombre cuyo programa electoral ha sido sometido a una remoción por Bruselas, más completa que parcial, y sus sorprendentes efectos también salen en los periódicos. La remoción programática de Rajoy igualmente obedece a razones preventivas, pues los análisis le diagnosticaron altísimas probabilidades de rescate si no se prestaba a la dolorosa cirugía que tanto se le critica. Nos encontramos, por tanto, ante una política mastectomizada, que ha renunciado a sus atractivos más rotundos para conjurar la negrura de un futuro previsible. Ahora bien: el futuro previsible siempre se guarda un margen nada desdeñable de imprevisibilidad, y de esta forma desembocamos en el atributo semántico que según Sáenz de Santamaría mejor definía a Rajoy y que ha desaparecido, así como ha desaparecido el atributo morfológico que mejor definía a Jolie.

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15 mayo, 2013 · 11:56

Elogio del ‘mainstream’

Nadie salvo un cabeza de alcornoque ha escrito jamás por otra razón que no fuera el dinero. Eso dijo textualmente el doctor Johnson, depósito humano de la Ilustración inglesa, y el espíritu fenicio de Pla no se cansaba de citar en inglés tan abierta declaración de filisteísmo: “No creo que sea necesario traducirla por su inteligibilidad y su buen sentido”, apostillaba. Por dinero, exactamente por unas birriosas 1.575 libras, compiló Johnson en solitario su célebre diccionario de la lengua inglesa de 40.000 entradas, la mayoría de las cuales viene ilustrada con citas de autores griegos y latinos.

De Johnson a Amy Martin, la columnista fantasma del PSOE, se traza toda la línea de la degeneración del intelectual en Occidente. La gráfica admite un empeoramiento trágico si le añadimos el eje temático que va de Píndaro, primer cantor de atletas en la Siracusa del siglo V antes de Cristo, al actual periodismo deportivo.

Recuerdo haber leído en una columna de Arturo Pérez Reverte la afilada teoría de un profesor amigo suyo a propósito de la espinosa postura del intelectual ante el dinero:

-La mayor desgracia que le ha sucedido al intelectual fue la alfabetización masiva. Cuando el pueblo era ignorante, el intelectual -el artista, el escritor, el hombre de pensamiento en suma- podía desarrollar todo su talento al servicio de un sibarítico mecenas que pagaba como la élite porque exigía como la élite. Pero cuando la masa aprendió a leer y reunió el poder adquisitivo que la caracterizaba ya como burguesía, el artista hubo de ponerse paulatinamente a su servicio para poder vivir, achicando los horizontes de su exploración estética si ese era el precio de la popularidad. La sociedad de consumo, la cultura de masas basada en el espectáculo no son sino el corolario natural del proceso.

La cita no es textual –y hasta es probable que la hayamos mejorado-, pero el espíritu es fiel, y parece veraz. Todo adolescente conoce (le va la vida en ello) la diferencia entre el burdo mainstream y el heroico underground. Luego, afortunadamente, crece y empieza a adivinar la porosidad estructural de esa frontera que creía impermeable. Empieza a darse cuenta de que algunos artistas supuestamente insobornables cultivan la semilla de su imagen indie en un patio marihuanero, donde fermenta bajo focos bien graduados, para luego poder recoger la cosecha en el mercado global, donde realmente cotiza el malditismo; y descubre también que artistas a los que inicialmente había despreciado por el presupuesto de sus videoclips y la amplitud de su público son capaces de tomar riesgos en su arte.

Se suceden las revelaciones: el público puede no ser siempre imbécil. El éxito puede no ser una maldición impura, sino una meta legítima. Nos resignamos a comprarnos la ropa en Inditex. Se puede decir entonces que hemos crecido. Aunque hay casos de gente que no crece, claro.

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13 mayo, 2013 · 14:32

Urgencia es antónimo de Rajoy

Luis de Guindos reconoce que nunca ha visto un billete de 500 euros y esta declaración debe tranquilizarnos a la mayoría de los españoles, que tampoco hemos visto uno jamás. Para ver esas cosas hay que irse al Madison Square Garden o a la Cañada Real, una de dos, y en ambos casos se recomienda haber sido boxeador, que solo se parece a trabajar en Leman Brothers en las inyecciones de activos tóxicos. A un gobierno se le pide representatividad, y un ministro de Economía español que se precie de representativo no puede haber visto nunca uno de 500 salvo cuando se asoma a Suiza mediante un pantallazo en el iPad implacable de Montoro, que empieza a ser el político occidental más odiado desde Joe McCarthy. Le odian los ricos por rondarles la Sicav, le odian las clases medias por levantarlas de los tobillos hasta que caiga el último tributo y le odian los pobres porque es feo.

Montoro –¡con su incongruencia afectiva o paratimia aquí diagnosticada!-, Guindos y Sáenz de Santamaría formaron el famoso viernes de dolores la troika doméstica de la desesperación a falta de Mariano Rajoy, que no quiere salir para no influir en los mercados. De todos modos Rajoy ha anunciado que comparecerá en el Congreso el 8 de mayo para explicar lo inexplicable y yo he pedido en Twitter que lo haga brotando de un elevador habilitado bajo la tribuna de oradores, como un Michael Jackson del parlamentarismo pop, que sería aquel que sustituye las razones por el espectáculo. Porque aquí las razones, de puro transparentes, resultan inexplicables: del mismo modo que según Lineker el fútbol es un juego simple en el que 22 hombres corren detrás de un balón y al final siempre gana Alemania, la democracia bajo el euro es un sistema de gobierno en el que 17 países miembros jadean en pos del crédito cuya soberanía reside en Berlín.

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1 mayo, 2013 · 13:15