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A la tercera

A la vista cruda de las trincheras, deliciosamente fijas, va siendo hora de pensar en las terceras elecciones. La maquinaria de las segundas se activará en cuanto Sánchez fracase, y ni siquiera un PSOE tan barato como el de Sánchez puede caer por debajo de su instinto de supervivencia: sabe que no superará la entrega del Estado a la rapacidad orwelliana de Podemos en una coalición caníbal. Pero las segundas elecciones no servirán tampoco para formar Gobierno, porque aunque Iglesias prejubile a Sánchez vía sorpasso, el Congreso seguirá bloqueado por la suma de PP y C’s, descontado el trasvase de escaños entre ambos.

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Músicos metidos a escritores, de Dylan a Sabina, esta semana en El Parnasillo

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19 febrero, 2016 · 10:25

Guiñol de rogelias

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Candidato español y Lagarde en plena rueda de prensa.

AL FINAL del libro de Ignatieff que me regaló don Mariano, el fracasado político canadiense que tanto había criticado el partidismo desde el burladero académico confiesa haber aprendido, tras desangrarse en la arena, que el partidismo es necesario. Lo que el votante ilustrado considera sectarismo, juramento de fratría, lealtad siciliana, teatro cainita más o menos sobreactuado resulta que es fundamental para articular la democracia representativa, pues la alternativa es el partido único: el totalitarismo.

Ninguno de los tres primeros partidos ha pensado en otra cosa durante los últimos 50 días que en la supervivencia de su sigla o la mejora de su expectativa electoral, y si excluyo a C’s de ese trío de la bencina y su política de tierra quemada es solo porque la originalidad naranja consiste precisamente en que su interés particular -exhibir músculo negociador- coincide con el general en una coyuntura de bloqueo. Rivera es el único líder que gana cuando cede (acordar es ceder) porque está libre de hipotecas periféricas, de baronías vigilantes y de mochilas corruptas. Pero vengo a decir que el egoísmo partidista es tan natural en política como el instinto monopolístico en la empresa o el hambre de exclusiva en el periodismo. Un periodista cabal no regala una primicia a la competencia aunque sepa que la va a contar mejor, igual que ningún Rajoy se abstiene en favor de un Sánchez aunque sepa que concita más apoyos. Los periódicos ambicionamos monopolizar la noticia como los partidos el BOE: se trata de que el bien común conecte de vez en cuando una medida inteligente con un respaldo amplio y una cobertura responsable.

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El Parnasillo de esta semana versó, al hilo de los Goya, sobre la complicada relación entre cine y literatura

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5 febrero, 2016 · 18:34

Democracia con acné

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Predicador de ‘Deadwood’ clamando contra la casta.

Hasta Cospedal habla ya de una segunda transición cuando lo urgente sería repetir la primera, a ser posible corregida, no empeorada. La inmadurez de la democracia española se manifiesta en esta ansia retórica de novedades combinada con una intransigencia pomposa, ridícula. Si un adolescente es un ser inconcluso que divide el mundo entre cofrades de una determinada idolatría pop y herejes comercialones, nuestros acneicos partidos acreditan una incapacidad cargante para persuadir o para ser persuadido, en la estúpida creencia de que ceder es de débiles y de que la sigla prima sobre el país. En todos los parlamentos de Europa, excepto Malta, se han dado ya gobiernos de coalición. Pero aquí queremos ser halcones malteses y no palomas de Alberti.

Del ansia de novedad política que padecemos no encuentro mejor prueba que la fascinación, incluso excitación, que las circenses evoluciones de Pablo Iglesias despiertan en el oficio. Lo advertía Jabois el día después del numerito del vicepresidente zumbón y sus ministros mágicos, más propio de una banda de rock de camerino caprichoso que de un partido coherente con sus principios, los que les queden. Ni los tertulianos de derechas disimularon cierto estupor admirativo ante el espectáculo, y ya la prensa militante no tiró sostenes al atril de puro milagro. Yo, que siento por Iglesias la misma admiración que por el predicador de Deadwood, sólo me explico estos desmayos por la aridez informativa a que la tecnocracia marianista ha sometido sus crónicas durante cuatro larguísimos años. El brusco contraste predispone a divertirse un poco, así como a agradecer al bufón sus andanzas e industrias.

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25 enero, 2016 · 12:02

Rastas versus corbatas

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«¡Como diputado vuestro que soy…!»

Este Parlamento se parece más a la gente, ha dicho Íñigo Errejón. Y su eco se propaga por las tertulias con ese reverbero automático y ful con que las mejores intenciones cristalizan en tópicos vulgares. Que lo diga Errejón tiene lógica, porque como teórico del populismo debe esforzarse por instalar en la opinión pública esta sinécdoque: mis votantes son el pueblo, mis diputados la asamblea legítima. Al final de ese camino mil veces fatigado en el siglo XX siempre hay un demente que confunde su ansia de poder con la voluntad popular. Y a los lados yace un reguero de escrupulosos.

Para que esa perversión poética de la lógica que es la sinécdoque allane el camino del despotismo, es importante que la anécdota suplante sistemáticamente a la categoría. El desaliño indumentario, la toma de un bebé o la negritud de una diputada son tratados por el populismo no como lo que son, circunstancias de la condición humana, sino como la sustancia del debate político. El mecanismo de la propaganda opera como un sombrero de prestidigitador donde entra un hecho y sale un eslogan. Según ese birlibirloque, un mayor pintoresquismo implica una mayor representatividad.

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16 enero, 2016 · 19:28

Hemiciclo Price

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La democracia balbuciente.

Ni cuando la proclamación de Felipe VI recuerdo una ebullición parecida. Los periodistas mal que bien nos conocemos todos, pero por el patio del Congreso pululaban caras nuevas que sonreían para el selfie y que, por descarte, solo podían ser diputados emergentes. El Parlamento más plural de la democracia ha abierto sus escaños a toda la ancha policromía de la España real, donde como sabía el torero hay gente pa tó.

Ya no se podrá decir eso de que no nos representan, porque los que lo gritaban en el vallado ahora pueden desarrollar su original cosmovisión del trabajo parlamentario desde su mismo estreno, esos segundos warholianos en que prometieron el cargo. «Nunca más un país sin su gente ni una España sin sus pueblos». Se conoce que hasta hoy el país era el centro de un donut, no tenía ni gente ni pueblos, ni nada. Un páramo de puertas giratorias, era.

Cuando alguien lo apuesta todo a la transparencia acaba exhibiendo sus partes menos airosas. La ropa se inventó por respeto a nosotros mismos y a los ojos del prójimo, y el protocolo democrático lo mismo. Ahora a los españoles nos representan demasiado, y a lo peor alguien ahí fuera nos esté mirando. Alguien que nos presta dinero, incluso. Este hemiciclo enseña ya más que la Pedroche.

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13 enero, 2016 · 16:11

Pólvora meada

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La mano que roba la democracia.

Si como avisaba Batman la noche se vuelve más oscura justo antes del amanecer, entonces Arcadi tiene razón y estamos mejorando. Pero aún falta la traca del ridículo final, que deseamos no sea más violenta que el usual tránsito de la niñez del ‘procés’ a la adolescencia de la norma adulta. Al espectador le resulta risible el tormento del acneico, pero la víctima pasa por él con toda la pomposa metafísica que aturde a Roquentin en ‘La náusea’. Del votante robinsón, cuando descubra que la independencia no va a ser posible, sólo esperamos que no queme más contenedores de los estrictamente necesarios.

Y sin embargo el cupero que ha perdido la virginidad política -del asamblearismo naíf al transfuguismo prostibulario en una semana- no ha de ser el responsable de tanto ridículo. Al fin y al cabo el que con niños se acuesta, meado se levanta. El responsable es el hombre con trazas de hombre (aunque ya sabemos que sólo con ellas) que en la agonía de su intervención postrera abandonó el cargo sólo después de haberse meado en él: «Hemos corregido a las urnas». Así habla no ya un político que ha desconectado del respeto a su pueblo, sino un niñato que, contrariado por la democracia, exige su corrección y que, amenazado por la ley, asegura su aforamiento.

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12 enero, 2016 · 11:05

Un alto para confraternizar

Miguel Gila

«¿Es el enemigo?»

Este era el año del cambio que inauguró el ‘tic-tac’ de un reloj y termina con el desconcierto del ábaco: todos sumando bolitas de colores para ver quién gobierna qué. Iba a ser el año en que eclosionara la nueva política que regenerase la democracia secuestrada por el régimen del 78 y concluye en rendida, unánime mímesis de los pilotos de la Transición. La invocan ya todos desde Iglesias a Susana, pasando por Rivera. El problema es que quieren ser Suárez, pero cuando más falta hace serlo, en pleno periodo de negociación postelectoral, cada cual tira al monte de su Fraga o su Carrillo.

El Rey, navideño, habló de concertación en la tierra por donde aún vaga errante la sombra de Caín. Así debió de sonar Jobs cuando presentó el primer Mac en pleno apogeo del Spectrum. ¿Coalición, gabinete polícromo? Puro futurismo. Con nosotros o contra nosotros: ¡ni un paso atrás! En España, por fortuna, tenemos el humor para no morir siempre del cainismo. Aquella viñeta que satirizaba a un orador de la Transición:

-¡Algún día os arrepentiréis de esto que os estoy diciendo!

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El último Parnasillo del año, con los hitos que nos traerá 2016

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1 enero, 2016 · 20:31

España, la Transición que no cesa

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Esta España mía, esta España nuestra.

España es un país difícil de cerrar, milagro que lo españoles le pedían a Santiago durante la Reconquista. Desde entonces ha habido muchas tentativas, algunas tan exitosas en lo territorial como la de los Reyes Católicos, o tan cumplidas en lo ideal como la de los constituyentes de Cádiz. Pero estas meritorias intentonas eran al cabo desbaratadas por una celtíbera discordia que rebrotaba tercamente. Hasta que, muerto el dictador, el milagro nos fue concedido y España tomó por una vez a tiempo el tren de la historia y lanzó una democracia europea, bajo el aplauso internacional.

Sin embargo aquí nunca está todo atado y bien atado. Cuando Aznar llega a La Moncloa en 1996, el primer presidente de derechas desde la muerte de Franco confiesa a un colaborador: “Ahora sí hemos superado la Guerra Civil”. Esta obsesión por declarar unilateralmente cerrada una etapa española es típica de nuestra idiosincrasia. Hay en ella mucho del cojonudismo unamuniano, que prescinde de la razón conservativa para proclamar la solución de barra de bar; el mismo adanismo airado que mueve a los jóvenes jacobinos a diagnosticar el agotamiento del “régimen del 78”. Es la manía quijotesca de no seguir el raíl, bruñéndolo si se precisa, sino de cargar cada cual con traviesas nuevas para tender el suyo.

El análisis de Aznar, en todo caso, no era descabellado: González había basado su última campaña en el miedo ideológico a la derecha dobermaniana que venía a arrancar las pensiones a los viejos y los subsidios a los pobres. Por eso se esforzó aquel primer Aznar en aparecer como líder de centro reformista, menos pendiente de las esencias que de la negociación requerida para su investidura en minoría. Logró el respaldo de Arzalluz acreciendo el autogobierno vasco y el de Pujol en el hotel Majestic a cambio de cesiones que él todavía defiende; y es verdad que por entonces muy pocos podían sospechar el grado vergonzoso de deslealtad institucional que alcanzaría el nacionalismo, uno de cuyos nombres señeros –Miquel Roca– había sido padre de la Constitución.

De la primera legislatura de Aznar ha quedado mejor recuerdo que de la segunda. No solo por el carácter pactista al que le obligaba un gobierno sin mayoría absoluta, sino principalmente por la gestión económica. El reto era ciclópeo: no solo sacar a España de una crisis profunda, con el desempleo rondando el 23% y las instituciones desacreditadas por la corrupción general, sino meter al país en la estrecha cintura del euro que prescribía Maastricht. Y Rato lo consiguió a base de liberalizar la economía y racionar el gasto, compatibilizando tanto patriotismo con los diseños mentales del entramado societario con el que pronto se pondría a amasar su ilícita fortuna. Aznar no perdonará a Rato semejante borrón sobre su expediente primero.

Pero peor fue el que cayó sobre su segundo mandato. El alienante síndrome de La Moncloa se cebó con un presidente otrora equilibrado que sin embargo acabó perdiendo pie en la persecución del sueño atlantista, o regazo de Bush. A ese viaje no lo acompañaron los españoles, empezando por dos que figuraban con Mayor Oreja como candidatos a su sucesión (¿primarias?, ¿qué primarias?): Mariano Rajoy y Rodrigo Rato. Las ínfulas imperiales de la boda escurialense, por donde desfilaron los padrinos de una trama de corrupción florecida al amparo del aznarismo, afiló los colmillos de columnistas poco partidarios. Pero la ofensiva mediática contra el PP se canalizó por lo emocional: la emoción ecológica abatida ante el Prestige y la emoción pacifista atizada por las inexistentes armas de destrucción masiva. Un anodino diputado llamado Zapatero, ascendido a líder del PSOE por descarte, escogió la vía callejera de oposición y se abrazó a la pancarta. Pero fue el 11-M la prueba que puso al desnudo la fragilidad de nuestra reconciliación. Al dolor unánime le siguió el agit-prop –esto es por vuestra guerra de Irak- más cainita en décadas, y la sociedad quedó partida en dos mitades: una quería creer a sus torpes representantes y otra los criminalizaba abiertamente y acosaba sus sedes.

De aquel fango goyesco emergió la sonrisa de Zapatero, quien decidió bascular como un péndulo hacia el polo opuesto del estilo aznarista. Nacía la era del talante con la retirada inmediata de las tropas de Irak, lo que unido a la sentada pueril del ahora presidente al paso de la bandera useña, condenó a la diplomacia española a entenderse con líderes bananeros durante años. Zapatero confesó a su esposa que cualquier español podría llegar presidente, y nunca dejó de estar a la altura de esa afirmación.

La primera legislatura de ZP entronizó a un dirigente naïf que enunciaba bondades solemnes, anunciaba gabinetes paritarios, se llevaba bien con los periodistas y en su mejor momento tomaba medidas pioneras en el reconocimiento de los derechos de los homosexuales o en la cobertura legislativa de los dependientes. Pero sin dejar de sonreír, Zapatero también dejaba aflorar al agente ideológico que venía a restablecer el paradigma de la Segunda República, reabriendo imprudentemente querellas amnistiadas. Con la ayuda de nuevas plataformas mediáticas, de artistas alineados y de la inercia económica, Zapatero revalidó el cargo ante los de Rajoy, que ejercían de cierrabares –se avista crisis- tras pasarse cuatro años encajando su traumático desalojo del poder.

Fue entonces cuando empezó a fraguarse el marianismo. Que nació en un congreso pepero en Valencia bajo un prurito de emancipación: del aznarismo y de sus consejeros mediáticos. ¿Qué manera? “El marianismo es centro y mujeres”, declaró Rajoy tras nombrar a Cospedal jefa orgánica y a Soraya mano derecha. Así que mientras la crisis –perdón, desaceleración- minaba el crédito de ZP, Rajoy perfeccionaba la estrategia que le ha hecho legendario: perfil bajo, inventos los justos, pragmatismo a prueba de lecturas y sentarse a ver pasar el cadáver de tu enemigo. Que fue exactamente lo que pasó.

El monzón despiadado de la crisis se llevó por delante al zapaterismo defendido precariamente por Rubalcaba. Rajoy fijó rumbo en la economía y tiró por la borda todo lo demás. Aguantó noches de pánico en el despacho, donde se le aparecía la prima de riesgo como la niña de la curva. Se negó al rescate total que le pidieron incluso aquellos a quienes obedecía con perruna docilidad (Merkel). El gallego resistió aquel embate y ganó entonces la baza decisiva para defender su reválida en 2015.

A medida que avanzaba la legislatura, la derecha más clásica se impacientaba. ¿Qué pasa con el aborto? ¿Cuándo va a revocar la ley de memoria histórica? ¿Se resuelve ya el recurso al Constitucional del matrimonio gay? Se resolvió en el sentido exacto en que deseaba Rajoy: dejando las cosas como estaban. Casi lo mismo con el aborto –episodio que se cobró la cabeza de Gallardón, víctima de esa letal ambigüedad marianista que funciona como un nudo corredizo para que se ahorque el más inquieto- y con el resto de legislación social zapaterista. Las reformas de Rajoy se han circunscrito principalmente a la economía, y las de mayor calado como la reordenación financiera han venido impuestas. Otras medidas urgentes y prometidas como la despolitización de la justicia las ha enterrado sin mucho remordimiento, y algunas polémicas como la ley mordaza no estaban en el programa pero sí han salido adelante.

Tras el aventurerismo infantil de ZP, el marianismo significa un retorno pendular a modos analógicos. Rajoy es todo lo contrario de un salvapatrias, de un pontífice moral, de un ansioso de protagonismo y hasta de un político del PP: de ahí el odio con que Aznar le distingue. Un presidente así, funcionarial e imperturbable, puede ser el mejor piloto para la tormenta, o para conducir un relevo ejemplar en la Corona. Pero no es un líder de futuro. No sabe reaccionar cuando aflora la mierda en su partido –le dicen Génova y él piensa en Italia-, ni salir al paso del separatismo catalán… hasta que Artur Mas se le declara en franca rebeldía. Don Mariano ni siquiera es capaz de explicar lo que hace bien porque encarna la persistencia de la vieja política, considerada como la atención al hecho y no al relato del hecho. Justo lo contrario de lo que caracteriza a las nuevas formaciones, sin otra experiencia que la pericia comunicativa: Podemos y Ciudadanos. Pero los centristas de Rivera, en concreto, pueden encarnar la némesis paradójica del moderado Rajoy, robándole el centro y empujando al PP a la derecha merced a un discurso creíble de regeneración. Si facilitan una segunda investidura del superviviente de Pontevedra, le obligarán a hacer lo que más detesta: cambiar. O sea, hacer la enésima transición española.

(Publicado en La Otra Crónica de España, El Mundo, 27 de diciembre de 2015)

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31 diciembre, 2015 · 8:00