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Juanan, macho, dónde estás

Entré en el irlandés de Tribunal con Hughes, que se estaba quedando aquel finde en casa, recién llegado de Valencia. Veníamos de almorzar con Alfageme y Ruiz Quintano y de la redacción de La Gaceta, donde presenté a Hughes a Dávila y hasta escribimos juntos una sección del periódico. Para entonces ya estábamos borrachos, claro. El estado ideal para una quedada con la puta banda mourinhista que se había organizado esa tarde por Twitter para ver el Osasuna-Madrid. Recuerdo que salió Sinone a recibirnos, y que llamé a Gistau para ver si podía apuntarse, y que ingresamos en la penumbra grata del bar, donde un grupo de buenos muchachos se juntaba frente al televisor en torno a una mesa bendecida con un par de metros de cerveza en vertical, ya sabéis, esos cilindros con grifo que se vacían con anormal celeridad. Y allí estaba Juanan.

–¿Tú eres Van Palomaain?

–Sí, macho.

Juanan decía “macho” dos y tres veces en la misma frase. Es un vocativo ya algo anacrónico en la parla de Madrid y por eso le quedaba tan gracioso. A Hughes y a mí se nos pegó y ya estuvimos cerrando cada frase con “macho” todo el fin de semana. “Esa jerga suya, de negrata de aquí, era como un rapero en la grada. Eso es inolvidable para quien lo haya leído”, ha tuiteado en su memoria Hughes, con la habitual exactitud.

Así que aquel mod menudo y melenudo era el vitriólico Van Palomaain, cuya natural generosidad le hizo tuitear una vez: “Yo voy diciendo por ahí que conozco a Mesetas, Hughes y Jarroson, la santísima trinidad de internet”. Pues bien, a falta de Jarro, él completaba allí mismo la santa trinidad del putabandismo. Una de las cosas que más me gustan de Twitter es ese momento siempre sorpresivo en que confrontamos la preconcepción meramente textual de una persona con su apariencia física, aunque Jabois al día siguiente nos reprochara ese afán de poner cara a la puta banda, una “mariconada” que Mou seguramente condenaría. Yo mismo lo había hecho antes con el propio Manuel en Pontevedra y con Hughes en Valencia, ambas veladas memorables, la primera inserta incluso en el último libro de Jabo. A Juanan también le gustaban las quedadas tuiteras. En el irlandés estaban además El Socio, Meseta y alguno más que ahora no recuerdo. Meseta se puso a hablar de literatura conmigo sin presentarse, y el efecto era entre alucinatorio y genial, como hablar de barroco romano con Yul Brynner. La noche prometía mucho.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía.

La noche en que conocí a Juanan, con Hughes, El Socio, Meseta y cía. Tribunal.

Vimos marcar aquel golazo vanbasteniano a Benzema y al Madrid finiquitar la Liga de los Récords aquella noche. Juanan estaba eufórico y a la vez deslizaba críticas mordaces a cada jugador blanco si se le ocurría perder el balón. “El tuit es perfecto para disimular mi falta de talento. Soy un mediocentro africano y Tuiter es mi trivote”, había escrito una vez Van Palomaain, desmintiendo en la agudeza de ese fraseo suyo la propia declaración de modestia. La verdad es que estábamos todos excitados y crecientemente borrachos, los metros de birra caían sin piedad y en un momento dado no sé quién empezó a tararear el Ay se eu te pego entonces de moda con una nueva letra que consistía en repetir “Ay mi Meseta” constantemente. Nos pareció de lo más ocurrente, el colmo mismo de la risión, y lo coreamos durante un buen rato manoteando salvajemente sobre la mesa hasta que el camarero empezó a inquietarse y la clientela a abrir prudencial hueco a nuestro alrededor. No sé si Meseta llegó a subirse a la mesa a coreografiar el cántico por faralaes, acuso anchas lagunas de aquella noche inaugural. Lo que sí recuerdo es que Juanan propuso el Honky Tonk y hacia allá nos encaminamos Van Palomaain, Hughes, Meseta y yo, que estaba renqueante de una fractura de peroné y no podía seguir su ritmo, qué cabronazos, levitando todo ciegos sobre el bulevar de Alonso Martínez y yo mascullando 50 metros por detrás. Juanan iba pendiente del móvil, tratando de atraer mujerío al despropósito. Una vez dentro nos dispersamos. Meseta había perdido el móvil, aunque luego creo que lo recuperó, creo que dentro de su propio bolsillo, de hecho; Hughes vagaba enmudecido por el bar, como mirando todas las cosas por primera vez, con restos de líquido amniótico en las córneas; Juanan seguía con el teléfono y yo le entraba a una morena a quien aseguraba que no sabía con qué clase de periodista estaba hablando. Todo degeneró lo previsto en estos casos y terminé buscando a Juanan por todo el Honky, pues le había perdido; vagaba yo por el local murmurando: «Juanan, macho, ¿dónde estás?»

Y todavía me lo pregunto.

Al final metí a Hughes en un taxi y logramos llegar a casa. A la mañana siguiente se sucedió la divertida relación de tuits que aspiraba a reconstruir los hechos:

–También os digo, que la nueva derecha, @JorgeBustos1, @hughes_hu y @van_Palomaain, es guapa y violenta. Y que los perdí no sé dónde –escribió Meseta, vete a saber por qué.

Pero todos esperábamos a que Juanan se levantara, a ver qué tuiteaba de lo de ayer. Y cuando por fin lo hizo, volvió a romper la expectativa:

–INFORMO DE QUE SIGO SOLTERO –o algo por el estilo. El descojone.

El pasado 26 de julio, dos días después del accidente, Hughes recordó así en Twitter aquella altísima ocasión:

–Esa noche, con otros tantos especímenes, parecíamos escapados del pelotón en un descenso. Es decir, que Juanan no iba de boquilla.

El cuarto Gallagher.

El cuarto Gallagher.

La segunda vez que le vi fue en el Bernabéu. Guillermo Estévez tuvo el detalle –la puta banda es ante todo ciertos picos de calidad humana– de pagar por adelantado mi entrada para la vuelta de la Supercopa contra el Barça. Luego se lo devolví, eh. Nos íbamos a juntar una tropa de muchísimo cuidado. “Putabandismo is coming”, tuiteaba la víspera Van Palomaain. En la embajada americana supongo que habrían empezado con los cables cautelares al Pentágono desde julio, cuando se fraguó el concilio mourinhista entre prueba y prueba de las Olimpiadas de Londres. Recuerdo los jugosos tuits de Van Palomaain durante las ceremonias de inauguración y de clausura, sus intercambios con Favelas –orgulloso de Mireia I de Badalona– y su emoción estallada cuando salieron los avejentados restos de los Who a tocar Baba O’Riley.

El día de la Supercopa conocí en persona a Jarroson, Manuel Matamoros, Mercutio, Silvita, Inspector, Madrefaque, RockandBolesco… La previa la hicimos primero en la terraza del Círculo de Bellas Artes –vete a saber por qué– y luego en El Refugio, y allí se presentó Juanan, con un brillo etílico y jovial en los ojos, bajo su negra visera de pelo mod:

–Qué pasa, Bustos, macho.

Comentamos la posibilidad de viajar con Sinone ese otoño a ver a Pedro Ampudia a Ibiza para morir los cuatro en el Amnesia, y recuerdo también que calibramos los conocimientos estrictamente futbolísticos de Florentino, tema que Jarro y Matamoros abordaron con entusiasmo descriptible. El partido lo vimos pegados Jarroson, Juanan y yo. Hay una foto. Yo insistí en hacérnosla, porque ni a Jarro ni a Juanan les gustaba la publicidad. Ahora me alegro de haber insistido. Es la foto que tenía en la cabeza en el mismo instante en que Jarroson –serendipia– me escribió la noche del jueves 25, un día después del accidente, estando yo en Cerdeña de vacaciones, metiéndome yo en el wifi del hotel, enterándome yo de la noticia, recibiendo yo una sacudida de incredulidad y dolor, derrumbándome yo delante de mi novia por un momento.

–Vimos un partido abrazados a él, Jorge –me puso Jarro en el Whatsapp, por donde le mandé la foto.

–No sé si subirla.

–Haz lo que te pida el cuerpo. Joder, la veo y lloro.

–Y yo.

La subí. Me lo pedía.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Bustos, Juanan y Jarroson viendo ganar al Madrid.

Estamos los tres en la foto, yo sacando cuerno putabandista y Juanan en medio, abrazado por ambos. Rugimos con el sombrero de tacón que Cristiano le hizo a Piqué antes de marcar, y nos ciscábamos en Xavi con fruición caníbal. “¡Pepe, en la puta vida te pueden hacer eso, en la puta vida!”, aullaba Juanan a mi derecha si el central luso era superado por Messi. Jarro estaba tan tenso que pasó el final del partido de pie. Pero el leitmotiv de ese partido lo encarnaría para los restos Modric, que había robado el corazón de Juanan. “¡Inventa, Lukita! ¡Mirad cómo inventa Lukita!”, gritaba cuando el croata tocaba el balón con alguna intención ofensiva, por modesta que fuera. Fue un triunfo agridulce:

–Hemos perdido la ocasión perfecta de humillar al puto Barça –nos lamentábamos los tres a la salida.

Juanan vivía en Colmenar, excusa que musitó para hacernos la trece catorce y no unirse al reducto de resistentes –la tarde había comportado mucho desgaste– que pedía una copa en algún garito de la Avenida de Brasil. Recuerdo que me despedí de Jarro en Gran Vía con esa sensación de familiaridad extraña pero certísima que dejan las amistades surgidas en una red virtual y sancionadas por la presencia real.

Al día siguiente debutaba yo en Real Madrid Televisión, y en homenaje a Juanan elogié a “Lukita” y mencioné que había visto el partido en compañía de “madridistas furibundos”, indiscutibles, insobornables.

–Me ha llamado furibundo –tuiteó al término de la tertulia Van Palomaain, que había tenido la paciencia de tragarse mi debut.

Aún hubo una tercera vez en que quedé con él. Fue la última vez que le vi. Quedamos con Meseta y Madrefaque en el Molly Malone’s para ver el Rayo-Madrid, que se suspendió por una sospechosa avería lumínica.

–Qué chachos son. Qué país, macho –sentenciaba nuestro Dick Turpin.

Meseta nos contó historias de la mili mientras Van Palomaain tuiteaba y ponderaba los encantos de diferentes tuiteras. Nos despedimos en los torniquetes del metro, sintiéndonos jodidamente alejados del mundo Txistu. Me ha contado Madrefaque que se planea una quedada en ese templo-bar para tajarnos a su memoria. Ya le he dicho que cuenten conmigo.

Desde que me enteré, no he podido parar de pensar en él. Era de esos tipos con personalidad tan marcada que sus aristas se te clavan en el recuerdo, y no se sueltan. David (en cuya alusión a la necesidad de escribir un libro mourinhista me di por aludido quizá apresuradamente, aunque lo cierto es que hemos hablado de ese proyecto), Manuel, Iñaki han escrito ya de Van Palomaain en sus periódicos. Ampudia le ha dedicado un hermoso obituario. Telemadrid, un breve reportaje personalizado. Fansdelmadrid, un recuerdo muy tribal, muy fansista, de quien fue padre fundador y activista carismático, ilustrado con nuestra foto. Y un trabajador del Real Madrid me pidió datos biográficos para el detalle que el Club deseaba tener con él. (Bien hecho, Florentino.) Pero yo no tengo más datos sobre Juan Antonio Palomino Alfaro, natural de Madrid, 31 años, administrativo, que estas vivencias que dejo aquí anotadas con el alma en un puño y sin vuelo en el verso, con llaneza, porque cuando el sentimiento aprieta, la lírica está de más. Al menos la lírica engolada, pretenciosa, sustitutoria de la experiencia vivida. Ahora, al llegar al final de mi tributo privado, me vienen a la mente como tañidos secos y calientes las estrofas finales de aquel poema de José Hierro titulado Réquiem:

Él no ha caído así. No ha muerto
por ninguna locura hermosa.
(Hace mucho que el español
muere de anónimo y cordura,
o en locuras desgarradoras
entre hermanos: cuando acuchilla
pellejos de vino derrama
sangre fraterna). Vino un día
porque su tierra es pobre. El mundo
Libérame Dómine es patria.
Y ha muerto. No fundó ciudades.
No dio su nombre a un mar. No hizo
más que morir por diecisiete
dólares (él los pensaría
en pesetas) Réquiem aetérnam.
Y en D’Agostino lo visitan
los polacos, los irlandeses,
los españoles, los que mueren
en el week-end.

Réquiem aetérnam.
Definitivamente todo
ha terminado. Su cadáver
está tendido en D’Agostino
Funeral Home. Haskell. New Jersey.
Se dirá una misa cantada
por su alma.

Me he limitado
a reflejar aquí una esquela
de un periódico de New York.
Objetivamente. Sin vuelo
en el verso. Objetivamente.
Un español como millones
de españoles. No he dicho a nadie
que estuve a punto de llorar.

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Entrevista a Jorge Bustos en El Minuto 7

Bustos haciendo el narciso en un plató.

Bustos haciendo el narciso en un plató.

 1)      En tu biografía de Twitter se lee: “Cada vez que se encuentre usted del lado de la mayoría, es tiempo de hacer una pausa y reflexionar” ¿Te ha perjudicado en tu vida ir a contra corriente?

R- Veamos, no he sido perseguido por la ndrangueta, y ni siquiera por Bildu. Como mucho habré perdido unos puñados de followers y quizá un empleo de los que exigen obediencia debida. Estoy en paro, y si esto sigue así quizá cambie la bio del avatar, a ver si pillo moqueta. Sucede que las multitudes me repelen.

2)      En el estereotipo imaginativo de la multitud, el periodista escribe su artículo con un cigarrillo esquinado en los labios, un vaso de whisky y con la radio de fondo. ¿Cómo y cuáles son las condiciones ideales para Jorge Bustos?

R- Como ideales, una casa solariega con amplios ventanales sobre un acantilado cantábrico, en Donosti o en las Rías Baixas, donde pegara fuerte el mar. De momento he de conformarme con mi estudio madrileño del Barrio de las Letras, gélido en invierno y fundente ahora, donde tecleo en gayumbos bajo el fuego cruzado de dos ventiladores. Antes fumaba y bebía, ahora soy Pascal en una habitación (excepto cuando salgo). Los estereotipos ya no son lo que eran.

 3)   ¿Si un joven estudiante apasionado de periodismo te pide consejo, le motivarias a estudiar esa profesión o le dirigirías a algo diferente y quizá con más futuro? Y tú, si debieras volver a empezar, ¿harías los mismos estudios o dirigirías tu carrera por otros caminos?

R- Si ese estudiante es un verdadero apasionado del periodismo, de poco servirá que yo le advierta de la ciénaga ruinosa donde se mete, en la cual de todos modos a veces crece una amapola. Yo le diría que leyese a los clásicos de todo tiempo y lugar, que yo descubrí en Filología, pues no estudié Periodismo gracias a Dios. Hoy elegiría Barcenología directamente, como carrera orientada férreamente al beneficio.

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18 julio, 2013 · 15:22

Pep y la Escuela de Frankfurt

[Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, la contraportada de La Gaceta que publiqué el 18 de enero de 2013 a cuenta de la elección bávara de Pep Guardiola, quien fue presentado ayer como técnico del Bayern de Múnich. Los organizadores de la referida presentación se inspiraron en las bellas sesiones polifónicas del Senado español, donde toda oprimida identidad periférica encuentran satisfacción a su anhelo libertario por la vía del pinganillo de Babel. Sin embargo, durante la comparecencia de Pep no se planteó la verdadera pregunta, que no es si Alemania le va bien al estilo de Pep, sino si Pep le va bien al estilo de Alemania. Dada su pertinencia, por tanto, replanteo la cuestión candente]

Y Pep vino pa' Alemania.

Y Pep vino pa’ Alemania.

 Un español de nuestro tiempo normalmente emigra a Alemania tras un año en paro, pero Pep Guardiola lo hace tras un año sabático, y este privilegio ciertamente le resta españolidad más eficazmente que su publicitada voluntad de circunscripción al pequeño país del nordeste. Si Pep no es español, es porque tiene dinero bastante para tirarse un año en Nueva York pisando las huellas de otros iconos populares como Sinatra o Warhol; pero sobre todo, porque además tiene ofertas de trabajo.

Se desatan en esta hora sesudos debates futbolísticos –valga el oxímoron– sobre el acierto de la decisión guardiolana. Se dirime si este Bayern de Múnich ofrece arcilla de suficiente calidad al demiúrgico molde táctico de Guardiola. Se discute la idoneidad de Alemania para Pep, y a nadie se le ocurre sospechar de la idoneidad de Pep para Alemania. Por muy buen entrenador que aseguran que es Pep Guardiola, a uno le parece desproporcionado tomar del ronzal a un país hecho y derecho como Alemania –presidido por una mujer de firmeza masculina– y pasearlo ante Pep –que es un hombre de delicadeza femenina– del mismo modo que se pasea a un caballo dudoso en el paddock ante los apostadores, subordinando todo un Estado federal al capricho de un solo individuo, si bien hemos de convenir en la histórica propensión de los teutones al mesianismo. A uno todo esto le evoca las reservas que en Chesterton suscitaban los abusos del capitalismo yanqui:

—El hombre no se pregunta como correspondería: “¿Deberían tolerar los hombres casados ser asistentes de un comercio moderno?”, sino que se pregunta: “¿Deberían casarse los asistentes de comercio?” La inmensa ilusión del materialismo se ha visto coronada por el triunfo. El esclavo no se pregunta: “¿Me merezco estas cadenas? Sino que, muy ufano, se pregunta científicamente: “¿Soy lo suficientemente bueno para estas cadenas?”

Esa del materialismo es acusación proverbial que pesa sobre el carácter catalán, mientras que el idealismo trascendental tuvo cuna alemana. En consecuencia, y desvelando mi propia opinión sobre el sensacional caso de la migración alemana de Guardiola, observo un matrimonio perfecto de identidades opuestas en donde la severidad espiritual del país de Merkel casa con el pragmatismo mujeril del esbelto Pep como casan el hambre y un cocido, la lujuria y el burdel, el paro y la nómina. Además, el de Sampedor tendrá allí a mano a mi tocayo Jürgen Habermas –no confundir con Jürgen Klinsmann–, el último epígono de la Escuela de Frankfurt que postula la recuperación del proyecto ilustrado. Ya estoy viendo a Pep y a Jürgen, hundidos en sillones de oreja, señalando las fallas del programa kantiano en un vibrante diálogo patrocinado por Deutsche Bank.

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La indiscutible españolidad de Andrés Iniesta

Debió marcar él el gol del Mundial porque no hay nada más parecido a España que Iniesta. Iniesta es una paradoja tremenda: un individualista de equipo, un centrocampista moderno con fisonomía antigua, una estrella sin telegenia, un gran jugador de estatura irrisoria, un pueblerino de renombre mundial, un madridista culé. Para explicar a Iniesta habría que sustituir en las tertulias deportivas a tanto aforista de mondadientes por Salvador de Madariaga, Claudio Sánchez Albornoz, Laín Entralgo, Julián Marías y otros historiadores que han coincidido en lo complejo, lo ambivalente de España. También a Iniesta se le ha cargado con una leyenda rosa de aculturado modélico en los valores masíos y con una leyenda negra como de hermano pequeño de Pascual Duarte labrándose en Barcelona una reputación de Pijoaparte.

Ambas son falsas, claro. Iniesta fue un prometedor esqueje albaceteño –un brote decididamente verde– trasplantado en La Masía a los doce años que floreció más allá de lo concebible en lo futbolístico, pero que jamás dará la talla dramática en el belén bufo del redentorismo catalán más que como zagalillo invitado. El bueno de Andrés lleva el pancismo manchego pintado en la cara, y hace el ridículo cuando trata de hablar en catalán o defiende el derecho a decidir del nordeste peninsular. Es como meter a Maritornes en la cocina de Ferrán Adrià. Pero Guardiola, con esa sensibilidad tan suya para eso que los cursis llaman relato, se apresuró a celebrar sus goles decisivos como la obra artesanal de un hombre sencillo, sin tatuajes ostensibles ni damas aparatosas esperando en el reservado. El lindo Pep intentaba forjarle la más sofisticada de las leyendas, que es la de la sencillez, pero yo creo que si Iniesta no se serigrafía los antebrazos ni va petando los jacuzzis de escorts es porque toda la fantasía se le agota en el regate corto y el pase electrizante.

En el ángulo opuesto, hay quien no le perdona que no se haya revelado contra el tiquitaca, y esto es injusto. A Iniesta le ha perjudicado mucho la admiración de Ángel Cappa, al modo en que el refrán árabe lamenta que los necios nos humillen con su elogio, pero lo cierto es que su juego encajaría igual de bien en el Barça que en el Madrid, en River Plate que en el Rapid de Viena, porque a ningún equipo le sobra la habilidad. Ahora el fútbol, como el periodismo, se ha sofisticado tanto, ha alcanzado tal grado de sistematización y normativismo que un gol no parece explicable sin un despliegue prolijo de cartabones y pizarras, de la misma manera que un artículo no merece consideración sin el nihil obstat del sanedrín deontológico que divide escrupulosamente la información de la opinión, y dentro de la opinión, la democrática de la fascista. Al fútbol entre otros de Iniesta lo tildó Guardiola de izquierdista, pero yo creo que el número 6 de la Selección se conduce por el campo con la independencia de criterio del cura Merino: cuando no está sorteando emboscadas, está tendiéndolas. En todos los partidos de todas las ligas se producen emboscadas puntuales y pocos como el mágico monaguillo de Fuentealbilla saben salir de espacios achicados con recursos más baratos y eficaces. Los rivales se hartan de que se escurra siempre y acaban zancadilleándole, como pasó el otro día en el debut de España en la Copa de Confederaciones contra la pendenciera Uruguay.

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24 junio, 2013 · 10:49

España. Mi verdad

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

Morata confundiendo a Isco con Callejón en prueba de inequívoca camaradería.

 [Reproduzco a continuación, por si fuere oportuno, el artículo que publiqué en La Gaceta el 3 de julio de 2012 bajo el título «España. Mi verdad». La Selección acababa de ganar entonces su tercera Eurocopa aplastando a Italia en una comodísima final. Ayer, en otra comodísima final, la Selección sub 21 —nos negamos, claro, a transigir con el sonrojante apelativo de La Rojita, cuya mera pronunciación agita en su tumba al fantasma de sor María, hasta que termine incorporándose y dejándose caer por los alrededores de La Masía en busca de nuevos bebés que robar a las categorías inferiores del tiquitaca— ganó el Europeo celebrado en Tierra Santa, como santos son algunos porteros y ningún entrenador. Naturalmente nos alegramos de ambos triunfos, pero si en 2012 no creí inconveniente matizar con alguna reflexión esa parte grosera que alienta en toda euforia colectiva, ahora tampoco. Escucho los prontuarios de ética urgente que improvisan esta noche los locutores, releo el primero de los argumentos escritos hace un año y la verdad, no creo que el texto haya perdido toda su vigencia]

Pero claro que nos rompimos los hombros abrazándonos a cada gol de la Selección, señores, cómo no íbamos a hacerlo. Es España, después de todo, mis amigos y yo nacimos allí. Ahora bien. La hora de la victoria es muy traicionera, es resbaladiza y psicotrópica y calienta los hocicos y desata las lenguas con una eufórica facilidad de la que a menudo nos terminamos avergonzando. Por si esa vergüenza redentora no llegara, vamos a identificar modestamente los argumentos que deberían generarla sólo minutos después de concluido el atroz protagonismo de Reina.

—“Son un equipo de chicos normales. Buenísima gente. Sencillos y humildes”. Esto es una perversión lógica muy propia de un pueblo de moralistas. La excelencia profesional no sirve, debe revestirse de honorabilidad. No vale con jugar muy bien al fútbol, se tiene además que dar ejemplo a los niños. Yo no creo que los chicos de La Roja sean sencillos, sino simples, que es lo que son los futbolistas en general. Pinchan el bendito perreo de Pitbull en el bus, no las dodecafonías de Schönberg, y leen el Marca, no la Ética de Spinoza. Son humildes si entendemos por humildad la de Clooney cuando al acercarse a la valla en Cannes le roza la mano a una groupie sin calzarse antes unos guantes de látex. Son gente simple pero excepcionalmente habilidosa, y eso debería bastarnos. Que no nos baste prueba el arraigo de lo religioso en el sapiens sapiens y los siniestros taquillazos que cosecha la Marvel.

—“Pan y circo. Con la que está cayendo. Nos distraen con una pelota pero mañana el paro seguirá igual”. Esto no es demagogia, es oligofrenia. Hemisferios cerebrales dotados con cicatería de tendero de posguerra. Lo carnavalesco, lo que Bajtín definió como subversión folclórica del orden establecido es el fundamento mismo de la civilización. Un pueblo que celebra la eficiencia acaba poniendo Europa perdida de checas y campos de concentración. Un hombre que se arroja al botellón cuando baja la prima de riesgo está a punto de romper en Breivik. Los concejales de festejos en este país lo saben bien: se puede vivir sin Estado de Bienestar, pero no sin Sanfermines.

— “Cuando la final de la Eurocopa terminó, los incendios de Valencia todavía estaban allí”. Es una variante de lo anterior que debemos a Ignacio Escolar, el Gramsci de Torresandino. Intolerable ver a Rajoy en Kiev en vez de en Andilla o Cortes de Pallás. Soplando.

—“Los políticos deberían aprender de La Roja. En especial de la sensatez de Del Bosque”. No nos volvamos locos. Los políticos deberían aprender de los buenos políticos, no de sanos muchachos que le dan gloriosamente a la pelota y que, salvo Xabi Alonso, responden con un conmovedor “no entiendo de esas cosas” cuando les preguntan por el rescate. Del Bosque es un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, el que recibe no uno ni cinco talentos sino dos –y al menos saca otros dos–, pero no multiplica panes ni peces, que es lo que se le exige al refundador del euro.

—“Los jugadores, que ya son indecentemente ricos, deberían devolver la prima, con la que está cayendo”. Y los propietarios no deberían escriturar sus casas por encima de su valor, ni los tertulianos prodigarse en cenas de gañote. Y así.

— “La Selección simboliza el triunfo de la unidad en la diversidad”. La Selección simboliza el triunfo, a secas. El picapleitos de Los Simpsons, Lionel Hutz, imagina un mundo sin abogados –un corro multirracial entrelazándose bajo el arco iris– y de inmediato le sacude el espinazo un escalofrío como nos lo sacude a nosotros. En ese vestuario no son todos amigos ni falta que hace. Algunos ni se tienen por españoles, aunque se silencie para que el venero periodístico del Whatsapp no se seque. Unidad, la justa para pasar y recibir pases. Y bien está.

— “Celebremos la victoria”. No sería estrictamente preceptivo celebrar las victorias de ese modo obvio, organizado y mostrenco que postula autobús, fuente y un micro en manos de Reina. La alegría si no es espontánea suele ser desviación de fondos reservados. Por otro lado, celebrar victorias incurre en el pleonasmo. En lo vulgar. Lo distinguido sería celebrar las derrotas y encerrarse voluptuosamente en casa cuando lo ganamos todo aparatosamente.

Ninguno de estos ratoneros mantras en circulación resulta inesperado. España es la nación más vieja de Europa, se dice, y será verdad. Por eso mismo es tan predecible y por eso mismo es una nación tan cansada, piel de toro amenazada de cuarteamiento donde marca Abel y critica Caín, y esto es lo que más nos gusta de ella, porque disfrutamos dos veces.

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El señor de los banquillos

[Reproduzco, por si fuere oportuno, la crónica de mi única rueda de prensa con Mou cubierta para La Gaceta. Se publicó el 14 de octubre de 2011. Fue la vez que más cerca he estado de Mourinho. No descarto, por supuesto, estarlo más un día. Si la crónica tiene interés es porque refleja un estado de la relación del periodismo hacia Mou aún previo al napalm, la calumnia que algo queda, la venalidad inflamada del gañoterismo lerdo y la caza del salmón con bomba de racimo multimedia. Ya se intuía que todo acabaría mal, pero aún se guardaban las formas y la presencia de Mou generaba más expectación que saliva pavloviana. Aún se hacían preguntas deportivas y aún no salía Karanka. Se percibía de hecho una natural complicidad en el gran tinglado: por entonces todos cumplían más o menos con su papel. Por eso pertenece al umbrío ámbito de la psicopatología hispana la causa por la que José Mourinho acabó excitando sólo lo peor de la prensa deportiva mayoritaria, cuando debió haber motivado piezas antológicas de periodismo Mailer. Adiós, querido Mou. Gracias y hasta pronto, señor de los banquillos.]

En esta sala, el puto amo.

En esta sala, el puto amo.

Para alguien como uno, que ya celebraba los goles del Madrid chapoteando en el líquido amniótico, que simpatiza irremediablemente con los caracteres soberbios y punzantes –si van apuntalados por el talento– y que de hecho considera el mayor error de Felipe II no haber ubicado la capital del Imperio en Lisboa, asistir por primera vez a una rueda de Mou viene a ser como poder elegir ministerio para Gallardón. Medité pasarme la noche de la víspera releyendo a Clausewitz y abrillantando mi Beretta, y el compañero Tenorio me advirtió oportunamente: “Tienes el kit en mi cajón: machete, lata de anchoas, brújula, linterna y botiquín”.

Enfilo el Polo hacia Valdebebas, que sólo se distingue del Muro de Berlín porque no hay alambre de espino, no descartemos que Mou lo haga instalar esta temporada. Qué barbaridad, oigan, aquello parece el Pentágono. Se lo comento a un par de colegas con los que peregrino hacia la sala de Prensa, una vez que el patrullero de guardia ha confirmado nuestras identidades periodísticas y nos sube la barrera, ya cerciorado de que ninguno de los tres somos Pito Vilanova.

—¿El Pentágono? Qué va, hombre, ojalá. El Pentágono por lo menos desclasifica papeles cada 10 años. Aquí como mucho pega una rajada por Twitter Iván Campo mucho después de haber abandonado el club.
—Guti sí que era un tío que se vestía por los pies —tercia el segundo—. Si algo no le gustaba, lo decía. Aunque llegara tarde al entreno y de resaca…
—Transparente no es el adjetivo que uno asociaría al Madrid, no… Ah, y otra cosa que es culpa de Mourinho: ¿cuándo va a dejar de hacer este pu… calor?

El gremio del periodismo deportivo engaña mucho, porque la simpleza aparente de tanto titular obvio –democracia obliga– contrasta en el trato corto con un sarcasmo ágil, una camaradería afilada que te gana enseguida. En la sala los reporteros ponen en común las preguntas que van a hacerle a Mou para no repetirse, rememoran aquel partido en El Molinón que retransmitieron de resaca, se preocupan por el ERE anunciado en la empresa de un colega o comentan un artículo de Gistau.

—¿Hará mucho frío en Bosnia? —inquiere un inteligente reportero de los que viajan siempre con el equipo.
—La verdad es que es fácil meterse con Valdano, pero… ¡qué difícil decírselo a la cara, con lo elegante que va siempre! —manifiesta un locutor radiofónico.
—A riesgo de parecer impopular, he de decir que he hojeado la novela de Pepe Mel y no parece del todo mala… —informa un tercero.

Una azafata uniformada que ríete de Carbonero me pregunta si quiero preguntar. Le contesto que aún no estoy preparado, gracias. Una suerte de regidor dispone luces y sillas con mucho ringorrango y se asegura de que todos los periodistas están en sus puestos. La verdad es que aquello se antojaría una liturgia algo ridícula si olvidáramos la sentencia de Shankly: “Para algunas personas, el fútbol es una cuestión de vida o muerte. Pero es mucho más importante que eso”.

Aparece Mourinho. Camiseta de jugar y chándal. Sorprendentemente, no invade la sala el característico olor a azufre del que van previniéndonos los hare krishna del Gandhi de Sampedor. Me he sentado bien centradito y me clava los ojos: no le suena mi cara, claro. A la primera pregunta –si sacará “el equipo de siempre”– ya empieza por parar y templar: “No sé cuál es el equipo de siempre”. Y prosigue administrando su metódica, teatral sentenciosidad indomeñable. Apenas gesticula, le basta la voz. Responde ensimismado, la mirada perdida salvo cuando un nuevo reportero toma el micro, momento en que le clava los ojos al modo de inyecciones preventivas de epidural. Al que trata de provocarlo, lo deja sin respuesta; al que le plantea una cuestión inteligente, le concede una adicional. Disimula la satisfacción que le produce el amor que acaba de declararle otro rockero, Noel Gallagher. “Hay gente que te aprecia y gente que te detesta”. Pues eso.

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Por un puñado de pipas

La noticia ha corrido como la pólvora. Iker Casillas ha subido a su cuenta de Instagram la foto de un puñado de pipas. “Me gustan las #pipasconsal”, ha añadido a modo de glosa o comentario exegético.

El no iniciado en madridismo underground no ve aquí la noticia por parte alguna. Casillas es un tipo campechano, como Don Juan Carlos -en quien el portero tiene a un influyente partidario según Carlos Herrera-, y manifestar el gusto personal por las pipas saladas es signo coherente de campechanía, como manifestarlo por las cervezas con los amigos de toda la vida y por los campamentos estivales en favor de la infancia.

En cambio el iniciado, o sea el mourinhista, percibe enseguida una diáfana provocación por parte del capitán del Real Madrid, cuyo verdadero carácter distaría muy lejos de la inocencia magnética que le suponen apresuradamente los fabricantes de coches Hyundai. Como yo no conozco a Casillas y tampoco me fío de la publicidad, no estoy en disposición de ofrecer toda la verdad sobre la cuestionada personalidad del totémico portero de Móstoles, quien acaba de participarnos telemáticamente una predilección decidida por las pipas con sal.

¿Mascando la venganza?

¿Mascando la venganza?

¿Puede alguien como Casillas, con la cara de Casillas y la trayectoria de Casillas -¡incluso con una novia como la de Casillas!- ocultar un fondo de maquiavelismo vengativo y mordaz, experto en el uso de la sutileza semiótica y perito en sociología de masas? ¿A Casillas le gustan sin más las pipas –Casillas es un hombre tan querido que incluso podríamos aseverar, en un giro kennedyano, que a las pipas les gusta Casillas- o Casillas intenta mandar un mensaje a alguien a quien definitivamente no le gustan las pipas?

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24 mayo, 2013 · 11:30

Fado militar de José Mourinho

Acaba de morir el hombre que dijo que el poder desgasta al que no lo tiene: Giulio Andreotti. Y acaba de confirmar su salida del Real Madrid el entrenador que según decían tenía todo el poder, pero que se desgastó porque en realidad nunca lo tuvo: José Mourinho. Se va precisamente por eso, por falta de poder. De haber tenido el poder que Ferguson ostentó en el Manchester, su estancia en el Madrid habría sido más duradera y su salida tan plácida y unánime en el elogio como la del noble escocés. Pero esto es España, no Gran Bretaña: nosotros inventamos la guerra de guerrillas y ellos la flema británica.

de: de:José Mourinho - Inter Mailand en: en:Jo...

Un hombre y su destino.

Es evidente que José Mourinho militarizó el Real Madrid. Anteriormente había militarizado el Oporto, el Chelsea y el Inter, desplegando campañas victoriosas con cada uno de ellos. El Real Madrid venía de ser eliminado por el Alcorcón en la Copa del Rey y por el Olympique de Lyon en octavos de final de la Champions League por sexto año consecutivo.

Y lo que era peor y más sangrante, literalmente irrespirable de hecho: su decadencia competitiva coincidía con el esplendor imperial del eterno antagonista capitaneado por Pep Guardiola, quien a su vez se había beneficiado de la laureada herencia de Frank Rijkaard. Urgía militarizar al club blanco o hundirse en una década ominosa de abulia institucional y rencor de equipo pobre, y Florentino Pérez tomó la decisión correcta: contratar al único hombre que ofrecía garantías creíbles de interrumpir primero y revertir después la hegemonía futbolística del Barça.

Por semejante garantía, como por todo servicio mercenario de élite, había que pagar un precio. Algunos lúcidos augures ya vaticinaron entonces que ese precio acabaría resultando demasiado alto para la racanería espiritual de una afición pacata y rumiante, devota de su espejo y de la pipa, bien nutrida de colesterol mediático y poco habituada a la marcialidad. Esa confortable posición de privilegio no es sino el daño colateral que inflige la conciencia de poseer el mejor palmarés del mundo en una Meseta con pocos motivos adicionales de orgullo desde la desocupación de El Escorial: debemos entender que el ‘piperismo’ ocupa un rango de prosperidad tan deseable como la carnosidad femenina entre los coetáneos de Rubens. Pero para ganar títulos se necesita estar delgado.

Para ganar habría que despojar a la plantilla del cómodo chándal del fatalismo y también de la película protectora que le tejía esa prensa beneficiada por sus filtraciones y restituir valores ásperos como la disciplina, la autoridad, el control, la independencia, la jerarquía, la meritocracia, el silencio y la amnesia, que es lo contrario del estatus. Más o menos las cosas que enseñaban a los chicos en Esparta. Esparta sabía que Atenas tenía más talento, pero la venció cuando se convenció de que la épica lacedemonia podía despertar tanto terror y tanta piedad como el afamado teatro de los atenienses.

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21 mayo, 2013 · 14:35